Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 16
Adoración

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De cuerdo con estas dos últimas palabras, Muhammad comenzó entonces a hablar del Ángel y de las Revelaciones a aquellos que, después de su mujer, le eran más próximos y más queridos. Aún no les había hecho ningún requerimiento, salvo que no debían divulgar su secreto. Pero esta situación no duró mucho: un día se le apareció Gabriel sobre el elevado terreno situado por encima de la Meca y golpeó con el talón la hierba que cubría la colina; al instante brotó de allí una fuente.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Entonces hizo la ablución ritual para mostrar al Profeta cómo purificarse para la adoración, y el Profeta siguió su ejemplo.

Luego le enseñó las posturas y los movimientos de la plegaria: el mantenerse de pie, la inclinación, la prosternación y la posición de sentado, con la magnificación repetida, esto es, las palabras Allahu Akbar, Dios es el Más Grande, y el saludo final as-Salamu alaykum, la Paz sea con vosotros, y de nuevo el Profeta siguió su ejemplo. Después el Ángel lo dejó, y el Profeta se volvió a su casa y enseñó a Jadiyah todo lo que había aprendido y juntos hicieron la plegaria.

La religión quedaba establecida sobre las bases de la purificación ritual y la plegaria, y, después de Jadiyah, los primeros en abrazarla fueron Ah y Zayd y el amigo del Profeta, Abu Bakr, del clan de Taym. Alí sólo tenía diez años, y Zayd hasta ahora no tenía ninguna influencia en la Meca, pero Abu Bakr era querido y respetado porque era un hombre de vasto conocimiento, de maneras naturales y presencia agradable. Muchos acudían a consultarle sobre esto y aquello, y él, ahora, comenzó a fiarse de aquellos en quienes sentía que podía confiar, animándolos a seguir al Profeta. Hubo muchas respuestas a través suyo, y dos de los primeros en responder a la llamada fueron un hombre de Zuhrah, Abdu Amr, el hijo de Awf, un pariente lejano de la madre del Profeta, y Abu Ubaydah, el hijo de al-Jarrach de los Bani l-Harith.

En relación con el primero de éstos, Abdu Amr, se estableció un preceden te de importancia. Entre los más notables distintivos de la Revelación se encontraban los dos Nombres Divinos al-Rahmân y al-Rahim. La palabra rahím, una forma intensiva de ráhim, misericordioso, era corriente en el sentido de muy misericordioso o ilimitadamente misericordioso. La aún más intensiva rahmán, por falta de un concepto con el que cuadrase, había caído en desuso. La Revelación la revivió de acuerdo con la necesidad básica de la nueva religión de morar en las alturas de la Trascendencia. Siendo más intenso incluso que al-Rahim (el Todo Misericordioso) el nombre al-Rahmán se refiere a la esencia misma o raíz de la Misericordia, es decir, a la Beneficencia Infinita o Bondad de Dios, y el Corán expresamente lo hace equivalente de Allah: ¡Invocad a Dios (Allah) o invocad al Infinitamente Bueno (al-Rahmán)! Como quiera que invoquéis, El posee los nombres más bellos. " Este Nombre de Bondad era muy querido por el Profeta y, puesto que el de Abdu Amr, el servidor de Amr, era demasiado pagano, cambió el nombre del nuevo creyente por Abd al-Rahman, el siervo del Clemente. No fue el hijo de Awf el único hombre al que cambió su nombre por el de Abd al-Rahman.

Algunas de las primeras respuestas fueron estimuladas inicialmente por motivos que no podrían atribuirse a ningún intento humano de persuadir. Abu Bakr era conocido desde hacía mucho tiempo en la Meca por su aptitud para interpretar los sueños. Una mañana tuvo la visita inesperada de Jalid, el hijo de un poderoso shamsí, Said ibn al-As. El rostro del joven aún mostraba las señales del horror recién producido por una experiencia terrible, y se apresuró a explicar que durante la noche había tenido un sueño, el cual sabía que tenía un significado aunque no comprendía lo que quería decir. ¿Podría Abu Bakr interpretárselo? Había soñado que estaba al borde de un abismo en el que había un violento fuego tan vasto que no veía el fin. Entonces llegaba su padre e intentaba empujarle al fuego, y cuando estaban luchando en el borde, en el momento de mayor terror, sentía alrededor de su muñeca que dos manos lo asían firmemente reteniéndolo a pesar de todos los esfuerzos de su padre. Al mirar alrededor, veía que su salvador era al-Amin, Muhammad, el hijo de Abdallah, y en ese momento se despertaba.

"¡Enhorabuena!", dijo Abu Bakr, "Este hombre que te salvó es el Enviado de Dios, así que síguele, mejor dicho, lo seguirás y, a través de él, entrarás en el Islam, que te salvaguardará de caer en el fuego." Jalid se fue derecho al Profeta y, después de contarle su sueño, le preguntó cuál era su mensaje y qué debía hacer él. El Profeta lo instruyó y Jalid abrazó el Islam, manteniéndolo secreto a su familia. (I.S. IVIl, 68).

Aproximadamente por la misma época sucedió que otro hombre de Abdu Shams, un mercader que regresaba a casa desde Siria, fue despertado una noche por una voz que exclamaba en el desierto: "Durmientes, despertad, porque ciertamente Ahmad ha aparecido en la Meca." (I.S. 111/1, 37). El mercader era Uthman, hijo del omeya Affan, y nieto, por parte de madre, de una de las hijas de Abd al-Muttalib, Umm Hakim al-Bayda, la tía del Profeta. Las palabras calaron en su corazón, aunque no comprendía cuál era el sentido de "ha aparecido", no se imaginaba que el superlativo "Ahmad", "el más glorificado", se empleaba por Muhammad, "el glorificado." Pero antes de llegar a la Meca lo alcanzó un hombre del Taym llamado Talhah, primo de Abu Bakr; Talhah había pasado por Bostra, donde un monje le había preguntado si ya había aparecido Ahmad entre las gentes del Santuario. "Quién es Ahmad?", dijo Talhah, "El hijo de Abdallah, hijo de Abd al-Muttalib", respondió el monje. "Éste es su mes, en el que aparecerá; y él es el último de los Profetas." Talhah repitió estas palabras a Uthman, que le contó su propia experiencia, y de regreso Talhah le sugirió que debían ir a ver a su primo Abu Bakr, que se sabía era el amigo más íntimo del hombre que ahora ocupaba el primer lugar en sus pensamientos. Así que acudieron a Abu Bakr, y cuando le contaron lo que habían oído los llevó en seguida ante el Profeta para que le repitiesen las palabras del monje y las palabras de la voz del desierto. Después dé esto, hicieron la profesión de fe.

Una cuarta conversión, no menos singular que éstas por la forma en que se produjo, fue la de Abdallah ibn Masud, un joven confederado de Zuhrah. Hablando de ello, él mismo dijo: "En aquel tiempo yo era un joven que acababa de alcanzar la edad viril, y estaba apacentando los rebaños de Uqbah ibn Abi Muayt cuando un día el Profeta y Abu Bakr pasaron por donde me encontraba. El Profeta me preguntó si tenía algo de leche para darles de beber. Respondí que los rebaños no eran míos, sino que me estaba confiado su cuidado y no podía darles de beber. El Profeta dijo: "¿Tienes alguna oveja joven a la que ningún carnero haya cubierto nunca?" Le dije que sí y se la llevé. Después de atarla, el Profeta puso su mano en la ubre y pronunció una plegaria; entonces la ubre se hinchó de leche y Abu Bakr acercó un canto rodado que estaba ahuecado como un tazón. El Profeta la ordeñó y todos bebimos. Luego le dijo a la ubre: "Sécate", y se seco (I.S. 111/1, 107). Pocos días después, Abdallah fue a ver al Profeta y abrazo el Islam. No pasó mucho tiempo antes de que aprendiera de él setenta azoras de memoria, siendo excepcionalmente dotado en este sentido y pronto se convirtió en uno de los más autorizados recitadores del Corán.

El Profeta había padecido por el período de silencio del Cielo; sin embargo, su alma todavía se encogía ante el tremendo impacto de recibir la Palabra Divina, que en un versículo aún no revelado afirmó: Si hubiéramos hecho descender este Corán sobre una montaña, la habrías visto postrarse humildemente y hendirse por miedo a Dios. (LIX, 21)2 El impulso que le había movido a exclamar "Cúbreme, cúbreme" todavía le venía a veces, y una noche, cuando yacía envuelto en un manto, su retiro se vio interrumpido por una Orden Divina más severa y apremiante que cualquiera de las recibidas con anterioridad, mandándole advertir a los hombres acerca del Día del Juicio: ¡OH Tú, que en tus vestidos te envuelves, mantente en vela toda la noche salvo un poco, la mitad de la noche o menos de la mitad, o algo más, y con cuidado y claridad recita el Corán. En verdad depositaremos sobre ti la carga de una grave palabra! (LXXIII, 1-5). En el mismo pasaje estaba la orden: Y recuerda el nombre de Tu Señor y dedícate a Él con completa devoción. Señor del Oriente y del Occidente, no hay más dios que ÉL ¡Tómalo, pues, a Él, en Él deposita tu confianza! (LXXIII, 8-9.). Vinieron otras revelaciones de tono más suave que confirmaban y aumentaban las seguridades ya dadas al Profeta, y en una ocasión el Ángel, solamente visible para él, como ocurría siempre, le dijo: "Comunica a Jadiyah saludos de Paz de su Señor." Así pues, él le dijo: "¡Oh Jadiyah, aquí está Gabriel, que te saluda con la Paz de tu Señor!" Y cuando Jadiyah pudo encontrar palabras que decir, respondió:

"Dios es la Paz, y la Paz procede de Él, y la Paz sea sobre Gabriel!" (I.H. 156).
Los primeros partidarios de la nueva religión tomaron los mandatos dirigidos al Profeta como aplicables a sí mismos y, por ello, al igual que él, mantenían largas vigilias. En cuanto a la plegaria ritual, ahora tenían cuidado no sólo de realizar la ablución como preparación para ella sino también de estar seguros de que sus vestiduras estaban libres de toda suciedad. Del mismo modo, se apresuraron a aprenderse de memoria todo lo que había sido revelado del Corán para poder salmodiarlo como parte de su adoración. Las Revelaciones comenzaron a ser más abundantes. El Profeta se las transmitía inmediatamente a aquellos que estaban con él; luego pasaban de boca en boca y se memorizaban y recitaban; una larga letanía que aumentaba rápidamente, que hablaba de lo efímero de las cosas terrenas, de la muerte y de la certeza de la Resurrección y del Juicio Final, seguido del Infierno o del Paraíso. Pero sobre todo hablaba de la Gloria de Dios, de su Unicidad Indivisible, su Verdad, Sabiduría, Bondad, Misericordia, Munificencia y Poder, y, por extensión, se refería continuamente a sus Signos, las maravillas de la naturaleza, y a su armonioso funcionamiento conjunto que daba testimonio de forma harto elocuente de la Unidad de su Exclusivo Originador. La Armonía es la huella de la Unidad sobre la multiplicidad, y el Corán llama la atención sobre esa armonía como un tema para la meditación del hombre.

Cuando no estaban cohibidos por la presencia de incrédulos hostiles, los creyentes se saludaban entre sí con las palabras que Gabriel le había comunicado al Profeta como el saludo de las gentes del Paraíso: "¡La Paz sea con vosotros!", a lo que se responde: "¡Y con vosotros sea la Paz!", usándose el plural para incluir a los dos ángeles guardianes de la persona a quien se saluda. Los versículos revelados de consagración y de acción de gracias también desempeñaban un papel cada vez más importante en sus vidas y en sus miras. El Corán insiste en la necesidad del agradecimiento, y el sacramento de la acción de gracias es decir Alabado sea Dios, el Señor de los mundos, mientras que en el de la consagración o dedicación se dirá En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Éste era el primer versículo de cada azora del Corán, y, siguiendo el ejemplo del Profeta, lo usaban para iniciar toda recitación del Corán y, por extensión, cualquier otro rito, o incluso todo acto o iniciativa. La nueva religión no admitía nada profano.


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