Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 13
La casa

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EL novio dejó la casa de su tío y se fue a vivir a la de la novia. Al mismo tiempo que una esposa, Jadiyah fue también una amiga para su esposo, compartiendo sus inclinaciones e ideales en notable grado. Su matrimonio fue extraordinariamente bendito y lleno de una gran felicidad, aunque no estuvo exento de los pesares de la aflicción. Ella le dio seis hijos, dos varones y cuatro hembras. El hijo mayor fue un niño llamado Qasim, y a Muhammad se le conoció como Abu-l-Qasim, el padre de Qasim; pero el niño murió antes de cumplir los dos años.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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El siguiente fue una niña, a la que llamaron Zaynab, que fue seguida de tres niñas más: Ruqayyah, Umm Kulthum y Fatimah, y de otro hijo de corta vida.

El día de su matrimonio Muhammad liberó a Barakah, la fiel esclava que había heredado de su padre, y, el mismo día, Jadiyah lo obsequió con uno de sus esclavos, un joven de quince años llamado Zayd. Por lo que a Barakah se refiere, la casaron con un hombre de Yathrib al cual dio un hijo, por el que fue conocida como Umm Ayman, la madre de Ayman. En cuanto a Zayd, él y otros jóvenes habían sido adquiridos recientemente en la gran feria de Ukad por el sobrino de Jadiyah, Hakim, el hijo de su hermano menor Hizam; y la siguiente vez que su tía lo visitó, Hakim mandó traer a sus nuevos esclavos e invitó a Jadiyah a escoger uno para ella. Zayd había sido el elegido.

Zayd estaba orgulloso de su linaje. Su padre, Harithah, era de la gran tribu septentrional de Kalb, cuyo territorio se extendía por las llanuras entre Siria e Iraq. Su madre pertenecía a la no menos ilustre tribu vecina de Tayy, uno de cuyos jefes en aquel tiempo era el poeta-caballero Hatim, famoso en toda Arabia por su caballerosidad y su generosidad fabulosa. Varios años habían pasado entonces desde que la madre de Zayd lo había llevado a visitar a la familia de ella y la aldea donde estaban había sido objeto de una incursión de jinetes de los Bani Qayn que se habían llevado al chico y lo habían vendido como esclavo. Harithah, su padre, lo había buscado en vano, y Zayd no había visto a ningún viajero de Kalb que le pudiese llevar un mensaje a sus padres. Pero la Kaabah atraía peregrinos de todas las partes de Arabia y, un día durante la estación sagrada, varios meses después de haberse convertido en esclavo de Muhammad, vio a varios hombres y mujeres de su propia tribu y clan en las calles de la Meca. Si los hubiese visto el año anterior, sus sentimientos habrían sido muy diferentes.Había ansiado tal encuentro; sin embargo, ahora que por fin había sucedido lo ponía en un dilema. No podía deliberadamente mantener a su familia ignorante de su paradero. Pero, ¿qué mensaje podía enviarles? Cualquiera que fuese su tenor, sabía él, como hijo del desierto, que solamente un poema sería apropiado para una ocasión así. Compuso algunos versos que expresaban algo de su sentir, pero insinuaban más de lo que expresaban. Entonces abordó a los peregrinos kalbíes y, habiéndoles contado quién era, dijo: "Transmitid a mi familia estas líneas, porque bien sé que se han afligido por mí:

Aunque lejos me encuentre, llevad sin embargo mis palabras

A mi gente: en la Casa Sagrada

Tengo mi morada en medio de los lugares santificados por Dios

Desechad por tanto las penas que os afligían

No fatiguéis a los camellos, registrando la tierra por mi

Porque yo, alabado sea Dios,

Estoy con la mejor de las nobles familias,

En todo su gran linaje."

Cuando los peregrinos volvieron a sus hogares portando estas nuevas, Harithah se puso inmediatamente en camino hacia la Meca con su hermano Kab, y dirigiéndose a Muhammad le rogaron que permitiese el rescate de Zayd por la cantidad que pidiese. "Que elija él," dijo Muhammad, y si os elige a vosotros, es vuestro sin rescate; si me elige a mí, yo no soy quien deba poner a otro por encima de quien me ha elegido." Entonces llamo a Zayd y le preguntó si conocía a los dos hombres. "Éste es mi padre", dijo el joven, y este es mi tío." "A mí tú me conoces", dijo Muhammad, "y has visto mi compañerismo hacia ti, así pues elige entre ellos y yo." Pero la elección de Zayd ya estaba hecha y dijo enseguida: "No elegiría a ningún hombre antes que a ti. Tú eres para mí como mi padre y mi madre." "¡Qué vergüenza, oh Zayd!", exclamaron los hombres de Kalb. "¿Elegirás la esclavitud por encima de la libertad y por encima de tu padre, tu tío y tu familia?" "Así es," dijo Zayd, "porque he visto en este hombre tales cosas que nunca podría elegir a otro por encima de él."

Toda ulterior conversación fue abreviada por Muhammad, que les ordenó entonces que fuesen con él a la Kaabah; y, de pie, en el Hichr, dijo en voz alta: "¡Oh todos los presentes, dad testimonio de que Zayd es mi hijo; yo soy su heredero y él es el mío!" (I.S. III/1, 28).

El padre y el tío tuvieron así que volverse sin que su propósito se hubiera visto cumplido. Pero teniendo en cuenta el profundo amor mutuo que había ocasionado esta adopción, la historia que tuvieron que contar a su tribu no era una historia ignominiosa; además, cuando vieron que Zayd era libre y restablecido en su honor, con lo que prometía tener una posición elevada entre las gentes del Santuario que podría beneficiar a sus hermanos y parientes en años venideros, se resignaron y regresaron sin amargura. Desde ese día el nuevo hashimí fue conocido en la Meca como Zayd ibn Muhammad.

Entre las personas que con más frecuencia visitaban la casa estaba Safiyyah, ahora cuñada de Jadiyah, la más joven de las tías de Muhammad, más joven incluso que él. Solía llevar con ella a su hijito Zubayr, llamado así por el hermano mayor de Safiyyah. Así pues, Zubayr conoció bien a sus primas, las hijas de Muhammad, desde su más tierna infancia. Con Safiyyah también venía su fiel criada Salma, que había asistido a Jadiyah en el parto de todos sus hijos y que se consideraba a si misma como una más de la casa.

Con el paso de los años hubo visitas ocasionales de Halimah, la nodriza de Muhammad, y Jadiyah siempre se mostró generosa con ella. Una de estas visitas tuvo lugar en una época de intensa y extendida sequía debido a la cual los rebaños de Halimah habían mermado seriamente, y Jadiyah la obsequió con cuarenta ovejas y un camello con litera. (I.I.I./1, 71). Esta misma sequía, que produjo una cierta carestía en el Hiyaz, fue la causa de una incorporación muy importante a la familia.

Abu Talib tenía más hijos de los que podía mantener, y la escasez dejó sentir su peso sobre él abrumadoramente. Muhammad lo advirtió y sintió que había que hacer algo. Abu Lahab era el más rico de sus tíos, pero estaba algo distanciado del resto de la familia, en parte sin duda porque nunca había tenido hermanos o hermanas uterinos entre ellos, habiendo sido único hijo de su madre. Muhammad prefería pedir ayuda a Abbas, que bien podía proporcionarla, ya que era un próspero mercader, y con él tenía una estrecha relación por haberse criado juntos. Igual de íntima, o incluso más, era la mujer de Abbas, Umm al-Fadí, que lo quería muchísimo y siempre lo recibía afectuosamente en su casa. En consecuencia se dirigió entonces a ellos y sugirió que cada una de las dos familias debía hacerse cargo de los hijos de Abu Talib hasta que la situación mejorase. Asintieron de buena gana, y los dos hombres fueron a ver a Abu Talib, que dijo tras escuchar su propuesta: "Haced vuestra voluntad, pero dejadme a Aqil y Talib." Yafar tenía entonces unos quince años y ya no era el más pequeño de la familia. Su madre, Fatimah, había dado aún otro hijo a Abu Talib, unos diez años más joven, y le habían llamado Ali. Abbas dijo que él se encargaría de Yafar, con lo cual Muhammad acordó hacer lo mismo con Ali. Fue por esa época cuando Jadiyah había dado a luz a su último hijo, un niño llamado Abdallah, pero el pequeño había fallecido a una edad aún más temprana que Qasim. En cierto sentido fue reemplazado por Ali, que fue criado como un hermano para sus cuatro primas, siendo aproximadamente de la misma edad que Ruqayyah y Umm Kulthum, algo más joven que Zaynab y un poco mayor que Fatimah. Estos cinco, junto con Zayd, formaban la familia más inmediata de Muhammad y Jadiyah. Pero había muchos otros parientes por quienes sentía un profundo cariño y que desempeñan un papel, grande o pequeño, en la historia que aquí se narra.

El tío mayor de Muhammad, Harith, entonces ya fallecido, había dejado muchos hijos. Uno de ellos, su primo Abu Sufyan, era también su hermano de leche al haber sido criado por Halimah, entre los Bani Sad, algunos años después que Muhammad. La gente decía que Abu Sufyan era de los que guardaban más parecido con Muhammad, y entre las características que tenían en común estaba la elocuencia. Pero Abu Sufyan era un poeta de talento quizás de mayor talento que sus tíos Zubayr y Abu Talib mientras que Muhammad jamás había mostrado ninguna inclinación a componer un poema, aunque en su dominio del árabe y en la belleza de su lenguaje no había quien lo superase.

En Abu Sufyan, que era más o menos de su misma edad, tenía en cierto modo un amigo y un compañero. Más próximos por parentesco de sangre eran los numerosos hijos de las hermanas uterinas de su padre, es decir de las cinco hijas mayores de Abd al-Muttalib. Entre los mayores de estos primos se encontraban los hijos de su tía Umaymah, que se había casado con un hombre llamado Yahsh, de la tribu de Asad de Arabia Septentrional. 1 Tenía él una casa en la Meca, y para un hombre que vivía con una tribu que no era la suya existía la posibilidad de hacerse mediante alianza mutua confederado de un miembro de la tribu, en la cual quedaba en cierto modo integrado, compartiendo hasta cierto punto sus responsabilidades y sus privilegios. Harb, entonces jefe de la rama Umayya2 del clan de Abdu Shams, había hecho a Yahsh su confederado, por lo que al casarse Umaymah con él casi podía decirse que se había casado con un shamsi. Su hijo mayor, llamado, como el hermano de ella, Abdallah, era unos doce años más joven que Muhammad y los dos primos se profesaban un gran afecto mutuo. La hija de Umaymah, Zaynab, varios años menor que su hermano, una muchacha de notable belleza, estaba incluida en este vínculo. Muhammad había conocido y amado a ambos desde la más tierna infancia, al igual que le sucedía con otros, en particular con Abu Salamah, el hijo de su tía Barrah.

La poderosa atracción que se centraba en al-Amin - como a menudo se le llamaba- iba mucho más allá de su propia familia, y Jadiyah estaba con él en ese centro, amada y honrada por todos los que entraban en el amplio círculo de su resplandor, un círculo que también incluía a muchos de los parientes de ella. Especialmente próxima a Jadiyah estaba su hermana Halah, cuyo hijo Abu al-As visitaba con frecuencia la casa. Jadiyah quería a su sobrino como si hubiese sido su propio hijo, y a su debido tiempo - porque ella siempre estaba buscando ayuda y consejo Halah le pidió que le buscase una esposa. Cuando Jadiyah consultó con su marido él sugirió a su hija Zaynab, que pronto estaría en edad casadera; y cuando llegó el momento se casaron.

Las esperanzas de Hashim y Muttalib -los dos clanes contaban políticamente como uno -para la recuperación de su decadente influencia descansaban en Muhammad. Éste, sin embargo, más allá de todo asunto de clan, había llegado a ser considerado por los jefes del Quraysh como uno de los hombres más capaces de la generación llamada a sucederlos y que tendría, después de ellos, la tarea de mantener el honor y el poder de la tribu en toda Arabia. En boca de todos estaba continuamente el elogio de al-Amin; y quizás fue esta la razón por la que entonces Abu Lahab se dirigió a su sobrino con la proposición de que Ruqayyah y Umm Kulthum fueran prometidas en matrimonio a sus hijos Utbah y Utaybah. Muhammad aceptó, porque tenía en buen concepto a estos dos primos, y tuvieron lugar los esponsales.

Fue por aquella época cuando Umm Ayman se convirtió de nuevo en un miembro de la casa. No consta si volvió como viuda o si su marido se había divorciado de ella. Pero Umm Ayman no tenía ninguna duda de que su sitio estaba allí y, por su parte, Muhammad se dirigía a ella, a veces, como "madre" y decía de ella a otros: "Ella es lo único que me queda de las gentes de mi casa." (I.S. VIII, 162).


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