Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 12
Asuntos de matrimonio

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MUHAMMAD había sobrepasado ya su vigésimo año de vida y, a medida que el tiempo pasaba, recibía cada vez más invitaciones de sus parientes para unirse a ellos en sus viajes al exterior. Finalmente, llegó un día en que le pidieron que se hiciese cargo de los géneros de un mercader que estaba incapacitado para viajar, y su éxito en esta tarea lo llevó a otros compromisos similares. Estuvo así en disposición de ganarse un mejor sustento y el matrimonio se convirtió en una posibilidad.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Su tío y tutor Abu Talib tenía en aquel tiempo tres hijos: el mayor, Talib, de aproximadamente la misma edad que Muhammad; Aqil, de trece o catorce años, y Yafar, que era un niño de cuatro. A Muhammad le gustaban los niños, le agradaba jugar con ellos y le tomó un especial cariño a Yafar, que era un chiquillo hermoso e inteligente y que respondía al amor de su primo con una devoción que resultó ser duradera. Abu Talib también tenía hijas, una de ellas en edad casadera. Su nombre era Fatimah, más tarde llamada Umm Hani, nombre este por el que siempre se la conoce. Un gran afecto había crecido entre ella y Muhammad, que ahora pidió a su tío que le permitiese desposarla. Abu Talib, sin embargo, tenía otros planes para su hija: su primo Hubayrah, el hijo del hermano de su madre, del clan del Majzum, igualmente había pedido la mano de Umm Hani y Hubayrah no sólo era un hombre de cierto caudal sino que era también, como el mismo Abu Talib, un poeta de talento. Además, el poder del Majzum en la Meca iba en un aumento que era proporcional al declive del de Hashim; Abu Talib, pues, casó a Umm Hani con Hubayrah. Cuando su sobrino le reprochó levemente, tan sólo respondió: "Ellos nos han dado a sus hijas en matrimonio - sin duda refiriéndose a su propia madre - y un hombre generoso tiene que recompensar la generosidad." (I.S. VIII, 108). La respuesta era poco convincente puesto que Abd al-Muttalib ya había pagado con creces la deuda en cuestión casando a dos de sus hijas, Atikah y Barrah, con hombres del Majzum. Sin duda Muhammad tomó las palabras de su tío como un modo de responderle, no crudamente sino de manera cortés, que todavía no estaba en disposición de casarse. De cualquier forma, eso es lo que él mismo había decidido entonces para sí; pero circunstancias imprevistas pronto habrían de inducirlo a cambiar de opinión.

Uno de los ricos mercaderes de la Meca era una mujer, Jadiyah, hija de Juwaylid, del clan de Asad. Era prima carnal de Waraqah, el cristiano, y de su hermana Qutaylah y, al igual que ellos, prima lejana de los hijos de Hashim. Ya había estado casada dos veces, y desde la muerte de su segundo marido había sido su costumbre contratar a un hombre para que comerciase en su nombre. Ahora Muhammad se había hecho conocido en toda la Meca como "al-Amin", el Digno de confianza, el Honrado, el Honesto, y esto inicialmente se debía a los informes de quienes le habían confiado sus mercancías en varias ocasiones. Jadíyah también había oído a la familia hablar muy bien de él, y un día le envió un mensaje pidiéndole que llevase a Siria algunas de sus mercancías. Sus honorarios serían el doble de lo que jamás había pagado a un hombre del Quraysh y para el viaje le ofrecía los servicios de un mozo suyo llamado Maysarah. Muhammad aceptó lo que ella le proponía y acompañado del muchacho partió con sus mercancías hacia el norte.

Cuando llegaron a Bostra, en el sur de Siria, Muhammad se cobijó bajo la sombra de un árbol no lejos de la celda de un monje llamado Nestor. Puesto que las paradas de los viajeros a menudo permanecen sin sufrir alteración, podría haber sido el mismo árbol bajo el que se había guarecido unos quince años antes a su paso por Bostra con su tío. Quizás Bahira había muerto y había sido sustituido por Nestor. Sea como fuere - porque sólo sabemos lo que Maysarah relató - el monje salió de su celda y preguntó al mozo: "¿Quién es el hombre que está debajo de aquel árbol?" "Es un hombre del Quraysh," dijo Maysarah, añadiendo a modo de aclaración: "de la gente que detenta la guarda del Santuario." "Nadie sino un Profeta está sentado debajo de aquel árbol", dijo Nestor.

Mientras proseguían hacia Siria las palabras de Nestor fueron. calando en el alma de Maysarah, pero no le sorprendían mucho, ya que a lo largo del viaje había sido consciente de estar en compañía de un hombre diferente de cualquier otro que hubiera conocido antes. Esto se confirmó aún más por algo que vio en el camino de vuelta: a menudo había advertido que el calor, cosa extraña, no era agobiante, y una vez, hacia el mediodía, se le concedió una visión breve pero clara de dos ángeles que resguardaban a Muhammad de los rayos del sol.

Cuando llegaron a la Meca fueron a la casa de Jadiyah, llevándole los géneros que habían comprado en los mercados de Siria con el dinero obtenido de lo que habían vendido. Jadiyah escuchó sentada a Muhammad mientras éste describía el viaje y le hablaba de las transacciones que había hecho. Éstas resultaron ser rentables: Jadiyah había podido vender los bienes recién adquiridos por casi el doble de lo que habían costado. Aun así, semejantes consideraciones estaban lejos de sus pensamientos, porque toda su atención se centraba en quien hablaba. Muhammad tenía veinticinco anos. Era de estatura media, tendiendo a la delgadez, con una gran cabeza, hombros anchos y perfectamente proporcionado el resto del cuerpo. Sus cabellos y su barba, poblados y negros, no eran del todo lisos sino ligeramente rizados. El pelo le caía hasta pasados los lóbulos de las orejas sin llegar a los hombros y la longitud de la barba era parecida. Tenía una noble anchura de frente, y a los óvalos amplios de sus grandes ojos, con pestañas excepcionalmente largas, los enmarcaban unas anchas cejas un poco arqueadas pero sin unirse. En la mayoría de las descripciones más antiguas se dice que sus ojos eran negros, pero según una o dos de aquéllas eran marrones o incluso marrones claros. Su nariz era aquilina, y la boca grande y bien formada - una apostura siempre visible porque, aunque se dejaba crecer la barba, nunca permitía que el pelo del bigote sobrepasase el labio superior. Su piel era blanca, pero bronceada por el sol. Además de su belleza natural, tenía una luz en el rostro - la misma que había irradiado su padre, ahora más intensa en el hijo y esta luz se manifestaba de forma especial en su ancha frente y en sus ojos, que eran extraordinariamente luminosos. Jadiyah sabía que ella aún era hermosa, pero quince años mayor que él. ¿Estaría dispuesto, sin embargo, a casarse con ella?

Tan pronto como él se hubo marchado, consultó a una amiga suya, Nufaysah, que se ofreció a dirigirse a él en nombre de ella y, si era posible, a concertar un matrimonio entre ambos. Maysarah se presentó entonces ante su señora y le contó lo de los dos ángeles y lo que el monje había dicho, después de lo cual Jadiyah acudió a su primo Waraqah y le repitió esas cosas. "Si esto es verdad, Jadiyah", dijo él, "entonces Muhammad es el profeta de nuestro pueblo. Hace tiempo que sabía que se esperaba la venida de un profeta, y su momento ya ha llegado." (1.1.121).

Mientras tanto, Nufaysah fue a ver a Muhammad y le preguntó por qué no se casaba. "No dispongo de medios para casarme", respondió él. "Pero si se te diesen los medios", dijo ella, "y si se te ofreciese una alianza en la que hay belleza y propiedades, nobleza y abundancia, ¿no consentirías?" Quién es ella?", dijo él. "Jadiyah", contestó Nufaysah. "¿Y cómo podría ser mío un matrimonio tal?", dijo Muhammad. "¡Déjamelo a mí!", fue lo que ella respondió. "Por mi parte", dijo él, "yo consiento." (I.S. 1/1, 84). Nufaysah volvió con estas nuevas a Jadiyah, que entonces envió un mensaje a Muhammad pidiéndole que viniese a verla; cuando él llegó le dijo: "Hijo de mi tío, te amo por tu parentesco conmigo y porque tú siempre estás en el centro sin ser de los que entre la gente son partidarios de esto o aquello, y te amo por tu formalidad, por la belleza de tu carácter y la veracidad de tu palabra." (1.1.120). Luego ella misma se ofreció en matrimonio, y acordaron que él hablaría con sus tíos y ella con su tío Amr, el hijo de Asad, porque Juwaylid, su padre, había fallecido. Fue Hamzah, a pesar de su relativa juventud, en quien los hashmíes delegaron para que les representase en este acontecimiento, sin duda porque era el más estrechamente relacionado de ellos con el clan de Asad, debido a que su hermana uterina Safiyyah se había casado recientemente con el hermano de Jadiyah, Awwam. Así pues Hamzah acudió con su sobrino a ver a Amr y le pidió la mano de Jadiyah acordaron que Muhammad le entregaría a ella doce camellas como dote.


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