Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 8
El desierto

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ERA costumbre de todas las grandes familias de las ciudades árabes enviar a sus hijos, poco después del nacimiento, al desierto, para que fuesen amamantados y destetados y pasasen parte de su infancia entre una de las tribus beduinas. La Meca no tenía ningún motivo para ser la excepción, pues las epidemias no eran infrecuentes y el porcentaje de mortalidad infantil era elevado.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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De cualquier modo, no sólo el aire puro del desierto era lo que deseaban que sus hijos absorbiesen.

Eso, para los cuerpos; pero el desierto también tenía su obsequio para las almas. Hacía poco que el Quraysh se habían dado a la vida sedentaria. Hasta que Qusayy les dijo que se construyesen casas alrededor del Santuario habían sido en mayor o menor medida nómadas. Los asentamientos permanentes, quizás inevitables, representaban un peligro. La forma de vida de sus antepasados había sido la más noble, la de los moradores de tiendas frecuentemente en movimiento. Nobleza y libertad eran indisociables; y el nómada, libre. En el desierto un hombre se sentía consciente de ser el señor del espacio y, en virtud de ese señorío, escapaba en cierto modo del dominio del tiempo. Al levantar el campamento se desprendía de su pasado y el mañana parecía tener una menor fatalidad si su dónde y su cuándo estaban aún por venir. El habitante de la ciudad, sin embargo, era un prisionero; estar establecido en un lugar -ayer, hoy, mañana- era se~ un bl~nco para el tiempo, el destructor de todas las cosas. Las ciudades eran centros de corrupción. A la sombra de sus muros la pereza y la dejadez estaban al acecho prestas para embotar la atención y la vigilancia del hombre. Todo decaía allí, incluso el lenguaje, una de las más preciosas posesiones del hombre. Pocos árabes sabían leer; aun así, la belleza del habla se consideraba como una virtud que todos los padres árabes deseaban para sus hijos. La valía de un hombre se juzgaba en gran parte por su elocuencia, y la corona de la elocuencia era la poesía. Tener un gran poeta en la familia era algo de lo ciertamente había que enorgullecerse, y los mejores poetas procedían casi siempre de una u otra de las tribus del desierto, porque era en el desierto donde la lengua hablada estaba más próxima a la poesía.

Así pues, en cada generación había que renovar el vínculo con el desierto -aire puro para el pecho, árabe puro para la lengua, libertad para el alma- y muchos de los hijos de los qurayshíes permanecían hasta ocho años en el desierto para que pudiera dejar en ellos una impronta duradera, aunque un número menor de años resultaba suficiente para esto.

Algunas de las tribus tenían gran reputación por la lactancia y crianza de niños. Entre ellas se encontraba la de los Bani Sad ibn Bakr, una rama distante de los Hawazin, cuyo territorio se extendía al sureste de la Meca. Aminah era partidaria de confiar su hijo al cuidado de una mujer de esa tribu. Venían periódicamente al Quraysh por niños a los que criar y para dentro de poco se esperaba la llegada de algunas. Su viaje a la Meca en esta ocasión sería descrito años después por una de ellas, Halimah, la hija de Abu Dhuayb, que iba acompañada por su marido, Harith, y por un hijo que acababan de tener y al cual estaba criando. "Fue un año de sequia diría ella años más tarde, "y no nos quedaba nada. Me puse en camino en una asna gris de mi propiedad y llevábamos con nosotros una vieja camella incapaz de dar una sola gota de leche. Toda la noche nos mantuvimos despiertos por los gemidos de nuestro hijo a causa del hambre, porque mis pechos no tenían suficiente para alimentarlo y mi asna estaba tan débil, tan escuálida, que a menudo me tenían que esperar los otros."

Contó cómo prosiguieron el viaje con la única espéranza de la lluvia, que haría posible que la camella y la asna pastasen lo suficiente y sus ubres se hincharan un poco. Sin embargo, para cuando llegaron a la Meca no había caído ni una gota de lluvia. Una vez allí, se pusieron a buscar niños que les fueran confiados. Aminah ofreció su hijo, primero a una y luego a otra, hasta que finalmente hubo probado con todas y todas habían rehusado. "Eso", dijo Halimah, "era porque esperábamos algún favor del padre del niño." "¡Un huérfano!" decíamos. "¿Qué podrán hacer por nosotros su madre y su abuelo?" No es que quisieran un pago directo por sus servicios, pues se consideraba deshonroso que una mujer tomase cierta cantidad de dinero por amamantar a un niño. La recompensa que esperaban, aunque menos directa y menos inmediata, era de un alcance mayor. Este intercambio de beneficios entre ciudadanos y nómadas se hallaba más que nada en la naturaleza de las cosas; cada uno era rico donde el otro era pobre y viceversa. El nómada tenía para ofrecer su antiquísima forma de vida, heredada de Dios por medio de la~ vía de Abel. Los hijos de Cain -porque fue Cain quien levantó los primeros pueblos- tenían posesiones y poder. Para el beduino, la ventaja consistía en establecer un lazo duradero con una de las grandes familias. El ama~de leche ganaba un nuevo hijo que la~ consideraría como una segunda madre y sentiría hacia ella durante el resto de su vida un deber filial. También se sentía hermano de los hijos de la mujer. Y la relación no era simplemente nominal. Los árabes consideran que el pecho es uno de los conductos de la herencia y que el que mama absorbe en su naturaleza cualidades de la nodriza que lo amamanta. Poco o nada podía esperarse del niño adoptivo hasta que se hiciera adulto, y mientras tanto podía confiarse en que el padre cumpliese los deberes del hijo. Un abuelo era demasiado distante, y en este caso habrían sabido que Abd al-Muttalib era ya un hombre anciano del que, con toda razón, no era de esperar que fuese a vivir mucho más tiempo. Cuando muriese, sus hijos y no su nieto serían sus herederos. En cuanto a Aminah, era pobre; y por lo que al niño se refería, su padre había sido demasiado joven para haber adquirido riqueza. Había dejado a su hijo poco más de cinco camellos, un pequeño rebaño de ovejas y cabras y una esclava. El hijo de Abdallah era ciertamente vástago de una de las grandes familias; pero también, con mucho, el más pobre de los niños que aquel año ofrecieron a esas mujeres.

Por otro lado, aunque los padres adoptivos no tenían por qué ser ricos, no debían ser sumamente menesterosos, y era evidente que Halimah y su marido eran más pobres que cualquiera de sus compañeros. Siempre que se dio la posibilidad de elegir entre ella y otra, fue la otra la preferida y elegida, y no pasó mucho tiempo antes de que a todas las mujeres de los Bani Sad, excepto Halimah, les hubiese sido confiado un niño. Solamente la~ nodriza más pobre no tenía niño y solamente el niño más pobre estaba sin nodriza.

"Cuando decidimos abandonar la Meca", cuenta Halimah, "le dije a mi marido: "Me molesta volver en compañía de mis amigas sin haber tomado un niño para criar. Iré a ver ese huérfano y me lo llevaré." "Como tú quieras", dijo él." Puede que Dios nos bendiga en él." Así pues, fui y lo tomé, por ninguna razón más que porque no pude encontrar otro salvo éste. Volví con el niño adonde estaban nuestras monturas, y, tan pronto como lo puse en mi regazo mis pechos rebosaron de leche para él. Tragó hasta quedar satisfecho y, junto con él, su hermano adoptivo se alimentó también hasta llenarse. Luego ambos se quedaron dormidos. Entonces, mi marido se acercó a nuestra vieja camella y ¡mi~gro! sus ubres estaban llenas. La ordeñó y bebió de su leche y yo bebí también hasta que n9 pudimos beber más y nuestra hambre quedó saciada. Pasamos la mejor de las noches y por la mañana me dijo mi marido: "¡Por Dios!, Halimah, la que tú has tomado es una criatura bendita." "Ciertamente ésa es mi esperanza", dije yo. Luego partimos, y yo montaba mi asna llevando al niño conmigo sobre el lomo del animal. Éste dejó atrás a todo el grupo, no pudiendo ninguno de sus asnos seguir su paso. "¡Maldita seas!", me decían, "¡Espéranos! ¿no es este asno el mismo en el que viniste?" "Sí, ¡por Dios!, ciertamente es el mismo." "Le ha acontecido algún portento", decían."

"Llegamos a nuestras tiendas en el país de los Baní Sad; yo no conozco en esta tierra de Dios ningún lugar tan árido como aquél lo era entonces. Sin embargo, después de traer al niño a vivir con nosotros mi rebaño regresaba todos los días a casa, al caer la tarde, repleto y lleno de leche. Lo ordeñábamos y bebíamos, cuando otros no tenían ni una gota de leche, y nuestro vecinos decían a sus pastores: "¡Por Dios!, llevad vuestros rebaños a pastar donde él lleva el suyo", refiriéndose a mi pastor. Pero sus rebaños volvían a casa hambrientos, y no daban leche, mientras que el mío volvía bien cebado y con leche en abundancia. No dejamos de disfrutar de este aumento y de esta liberalidad de Dios hasta que el niño tuvo dos años y lo desteté."" (1.1. 105).

"Crecía bien," continuó diciendo ella, "ninguno de los otros niños se le podía comparar en crecimiento. Para cuando tuvo dos años era un niño bien constituido y se lo llevamos de nuevo a su madre, aunque anhelábamos que permaneciera con nosotros por las bendiciones que nos aportaba. Así pues, le dije a ella: "Deja al pequeño conmigo hasta que esté más robusto, porque temo que le pueda atacar la plaga de la Meca." Y la importunamos hasta que una vez más lo entregó a nuestro cuidado y nos lo llevamos de nuevo a casa.

"Un día, varios meses después de nuestro regreso, cuando él y su hermano estaban con algunos de nuestros corderos detrás de las tiendas, su hermano vino a nosotros corriendo y dijo: "¡Mi hermano qurayshí! dos hombres vestidos de blanco se lo han llevado, lo han tumbado, le han abierto el pecho y están hurgando en él con sus manos." Su padre y yo fuimos donde estaban y lo encontramos de pie, pero su cara estaba muy pálida. Lo atrajimos hacia nosotros y dijimos: "¿Qué te sucede, hijo mío?" Él respondió:

"Dos hombres vestidos de blanco se acercaron a mí, me tumbarQn y abrieron mi pecho para buscar no sé qué."" (1.1.105).

Halimah y Harith, su marido, miraron por todos sitios, pero no había señal alguna de los hombres, como tampoco sangre o herida que corroborase lo que los dos niños habían dicho. Por muchas preguntas que les hiciesen no se retractarían de sus palabras ni las modificarían en ningún punto. Aún más: no había ni siquiera el rastro de una cicatriz en el pecho de su hijo adoptivo ni defecto alguno en su perfecto cuerpecito. El único rasgo algo insólito estaba en medio de su espalda, entre Tos dos hombros: una marca oval pequeña pero inequívoca en la que la carne era ligeramente protuberante, como si hubiese sido producida por una ventosa; pero la tenía desde su nacimiento.

En años posteriores describiría el acontecimiento más detalladamente:

Vinieron hacia mí dos hombres vestidos de blanco, con una jofaina de oro lena de nieve. Entonces me tendieron, y abriéndome el pecho me sacaron 1 corazón. Igualmente, lo hendieron y extrajeron de él un coágulo negro que arrojaron Tejos. Luego lavaron mi corazón y mi pecho con la nieve." (I.S.I/1, 96). También dijo: "Satán toca a todos los hijos de Adán el día en que sus madres los paren, salvo a María y su hijo." (B. LX, 54).


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