Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 7
El año del elefante

--------------------------------------------------------------------------------

EN aquel tiempo el Yemen se encontraba bajo el gobierno de Abisiy el virrey era un abisinio llamado Abrahah. En Saná levantó una catedral magnífica con la esperanza de que reemplazara a la Meca como el gran lugar de peregrinación para toda Arabia. Para su construcción hizo traer mármol de uno de los palacios abandonados de la Reina de Saba, colocó cruces de oro y plata y púlpitos de marfil y ébano, y escribió a su señor,

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

Indice

Inicio Libros
Inicio Sufismo
 
 

el Negus: "He construido una iglesia para ti, oh Rey, como jamás antes fue erigida otra para ningún rey, y no descansaré hasta que haya desviado hacia ella la peregrinación de los árabes." Tampoco hizo de su intención un secreto, lo cual provocó gran ira entre las tribus de Hiyaz y Nachd. Finalmente, un hombre de Kinanah, una tribu relacionada con el Quraysh, fue a Saná con el propósito deliberado de profanar la iglesia, lo que hizo una noche, volviéndose luego sin novedad con su gente.

Cuando Abrahah se enteró, juró que como venganza arrasaría la Kaabah. Después de hechos los preparativos, se puso en marcha hacia la Meca con un gran ejército en cuya vanguardia colocó a un elefante. Algunas tribus árabes del norte de Saná intentaron impedir su avance, pero los abisinios los pusieron en fuga y se apoderaron de su jefe, Nufayl, de la tribu de Jatham. Como rescate por su vida se ofreció a actuar como guía.

Cuando el ejército alcanzó Taif, los hombres de Thaqif salieron a recibirlos, temerosos de que Abrahah pudiera destruir su templo de al-Lat confundiéndolo con la Kaabah. Se apresuraron a señalarle que todavía no había llegado a su meta y le ofrecieron un guía para lo que restaba de marcha. Aunque ya contaba con Nufayl, aceptó su oferta, pero el hombre murió durante el camino, a unas dos millas de la Meca, en un lugar llamado Mugammis, y allí lo enterraron. Más adelante a los árabes les dio por lapidar su tumba, y todavía hoy las gentes que allí viven le siguen arrojando piedras.

Abraham se detuvo en Mugammis y envió un destacamento de jinetes a las afueras de la Meca. Durante el camino se apoderaron de cuanto pudieron y enviaron el botín a Abrahah, que incluía doscientos camellos propiedad de Abd al-Muttalib. El Quraysh y otras tribus vecinas celebraron un consejo de guerra y decidieron que era inútil intentar oponer resistencia al enemigo. Mientras tanto, Abrahah envió un mensajero a la Meca con la orden de preguntar por el principal hombre de allí. Tenía que decirle que no habían venido a combatir sino sólo a destruir el templo, y si deseaba evitar cualquier derramamiento de sangre tendría que acudir al campamento de los abisinios.

El Quraysh no había contado con un jefe oficial desde la época en que se habían dividido sus privilegios y responsabilidades entre las casas de Abd ad-Dar y Abdu Manaf. Pero la mayoría de la gente tenía su opinión acerca de cuál de los jefes de los clanes era de hecho, si no de derecho, el hombre más destacado de la Meca. En esta ocasión dirigieron al mensajero a la casa de Abd al-Muttalib quien, junto con uno de sus hijos, se volvió con el emisario hacia el campamento. Cuando Abrahah lo vio quedó tan impresionado por su aspecto que se levantó de su asiento real para saludarlo, luego se sentó junto a él en la alfombra y le dijo al intérprete que le preguntase si quería pedir algún favor. Abd al-Muttalib respondió que el ejército se había apropiado de doscientos de sus camellos y pidió que le fuesen devueltos. Abrahah quedó un tanto sorprendido por esta petición y dijo que le había decepcionado que pensase en sus camellos antes que en su religión, la cual habían venido a destruir. Abd al-Muttalib respondió: "Yo soy el señor de los camellos, y el templo igualmente tiene un señor que lo defenderá." "No puede defenderlo contra mí", dijo Abrahah. "Veremos", respondió Abd al-Muttalib. "Pero dadme mis camellos." Y Abrahah dio órdenes para que se los devolvieran.

Abd al-Muttalib se volvió al Quraysh y les aconsejó que se retirasen a las colinas que dominaban la ciudad. Luego, él se fue con algunos miembros de la familia y otra gente al Santuario. Se pusieron a su lado, pidiendo a Dios para que los ayudase contra Abrahah y su ejército, y él agarró el anillo metálico colocado en el centro de la puerta de la Kaabah y dijo: "¡Oh, Dios! ¡Vuestro esclavo protegió su casa, proteged Vos Vuestra Casa!" Después de haber orado de esta manera se fue con los otros a unirse al resto de Quraysh en las colinas, en puntos desde donde podían ver lo que sucedía abajo en el valle.

A la mañana siguiente, Abrahah se dispuso a entrar en la ciudad con la intención de destruir la Kaabah y luego volverse a Saná por el mismo camino por donde habían venido. El elefante, ricamente enjaezado, fue conducido al frente del ejército, que ya estaba ordenado para el combate; cuando el poderoso animal llegó a su posición su guardián Unays lo puso en la misma dirección hacia donde estaba dispuesta la tropa, es decir, hacia la Meca. Pero Nufayl, el guía forzoso, había marchado durante la mayor parte del camino en la vanguardia del ejército con Unays y de éste había aprendido algunas de las palabras de mando que comprendía el elefante; y mientras la cabeza de Unays se volvió para observar la señal de avance, Nufayl agarró la gran oreja del elefante y le transmitió con voz apagada pero enérgica la orden de arrodillarse. Acto seguido, para sorpresa y consternación de Abrahah y el ejército, el elefante, lenta y pausadamente, se arrodilló sobre el suelo. Unays le ordenó levantarse, pero la palabra de Nufayl había coincidido con una orden más imperiosa que la de cualquier hombre, y el elefante no quiso moverse. Hicieron cuanto pudieron para que se incorporara; incluso le golpearon en la cabeza con barras de hierro y le pincharon en el vientre con ganchos de hierro, pero él permaneció como una roca. Entonces intentaron la estratagema de hacer que todo el ejército diese la vuelta y marchase algunos pasos en dirección al Yemen. El elefante se levantó de inmediato, se dio la vuelta y los siguió. Esperanzados, volvieron a dar la vuelta, y el elefante también la dio, pero tan pronto como estuvo mirando hacia la Meca se arrodilló de nuevo.

Era el más claro de los portentos que no diese ni un sólo paso más adelante, pero Abrahah estaba cegado por su ambición personal hacia el santuario que había construido y por su determinación de destruir a su gran rival. Si entonces se hubiesen dado la vuelta, quizá habrían escapado todos del desastre. Pero, de improviso, fue demasiado tarde: por occidente el cielo se ennegreció y se escuchó un extraño sonido, su volumen aumentó a medida que una gran ola de oscuridad procedente de la dirección del mar los envolvía, y el cielo sobre sus cabezas, hasta donde alcanzaba la vista, se llenó de aves. Los sobrevivientes dijeron que volaban de forma parecida a los vencejos, y que cada ave llevaba tres guijarros del tamaño de guisantes secos, uno en el pico y otro entre las garras de cada pata. Se lanzaron de aquí para allá sobre las filas, arrojando a la vez los guijarros, y éstos eran tan duros y caían con tanta velocidad que perforaban incluso las cotas de malla. Cada piedra dio en su blanco y mató a su hombre, porque en cuanto el cuerpo recibía el golpe sus carnes comenzaban a pudrirse rápidamente, en algunos casos, y con mayor lentitud en otros. No hubo ningún herido, y entre los que vieron su vida perdonada se contaron Unays y el elefante; pero todos fueron presa del terror. Unos pocos se quedaron en el Hiyaz y se ganaron la vida con el pastoreo o con otros trabajos. Pero la mayoría del ejército volvió en desorden a Saná. Muchos murieron por el camino y muchos otros, incluido Abrahah, fallecieron poco después de regresar. En cuanto a Nufayl, había abandonado subrepticiamente el ejército cuando el elefante se convirtió en el centro de la atención de todos, alcanzando sin contratiempos las colinas que dominan la Meca.

Después de ese día el Quraysh fue llamado por los árabes "el pueblo de Dios", y se les tuvo en un respeto aún mayor que antes, porque Dios había respondido a sus plegarias y salvado a la Kaabah de la destrucción. Todavía hoy se les honra, pero más bien a causa de un segundo acontecimiento -sin duda desconectado del primero que tuvo lugar en el mismo año del elefante.

Abdallah, el hijo de Abd al-Muttalib, no se encontraba en la Meca cuando sucedió el milagro de las aves. Se había ido para comerciar a Palestina y Siria con una de las caravanas; de regreso al hogar se había alojado con la familia de su abuela en Yathrib, y allí había enfermado. La caravana prosiguió sin él hacia la Meca; cuando Abd al-Muttalib se enteró envió a Harith para que acompañase a su hermano en su retorno tan pronto estuviese suficientemente bien para viajar. Sin embargo, cuando Harith llegó a la casa de sus primos sus saludos encontraron respuestas de condolencia, y al instante comprendió que su hermano había fallecido.

Grande fue la aflicción en la Meca cuando Harith volvió. El único consuelo de Aminah era el hijo que estaba esperando de su marido ahora fallecido, y su alivio fue mayor a medida que se fue acercando el momento del parto. Era consciente de una luz en su interior, y un día brilló desde ella con tan gran resplandor que pudo ver los castillos de Bostra en Siria. Y oyó una voz que le decía: "En tu seno llevas al señor de este pueblo, y cuando nazca di: Lo pongo bajo la protección del Uno, contra el mal de los que envidian. Luego, ponle por nombre Muhammad." (1.1.102).

Unas semanas más tarde nació el niño. Aminah se encontraba en casa de su tío y envió un mensaje a Abd al-Muttalib pidiéndole que fuese a ver a su nieto. Abd al-Muttalib tomó al pequeño en sus brazos y lo llevó al Santuario y al interior de la Casa Sagrada, donde pronunció una plegaria de agradecimiento a Dios por el don recibido. Luego lo llevó de nuevo con su madre, y de camino se lo mostró a los miembros de su propia casa. Él mismo habría de tener poco después otro hijo de Halah, la prima de Aminah. En aquel momento su hijo más pequeño era Abbas, de tres años, que lo recibió a la puerta de su casa. "Éste es tu hermano; bésalo", dijo, presentándole al recién nacido, y Abbas lo besó.


siguiente