Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 6
La necesidad de un Profeta

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ABD al-Muttalib no oraba a Hubal. Siempre oró a Allah. Pero el ídolo moabí había estado durante generaciones en el interior de la Casa de Dios y para el Quraysh se había convertido en una especie de personificación de la barakah, es decir, la bendición, la influencia espiritual, que impregnaba al mayor de todos los Santuarios.
Había por toda Arabia otros santuarios menores y, de éstos, Tos más importantes del Hiyaz eran los templos de las "tres hijas de Dios", como las llamaban algunos de sus adoradores: Al-Lat, al-Uzzah y Manat.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Desde muy pequeño, al igual que el resto de los árabes de Yathrib, Abd al-Muttalib había sido educado en la adoración de Manat, cuyo templo se encontraba en Qudayd, junto al Mar Rojo, casi en línea recta al oeste del oasis. Más importante para el Quraysh era el santuario de al-Uzzah en el valle de Najlah, a una jornada a camello al sur de la Meca. Otra jornada de viaje en la misma dirección llevaba al devoto a Taif, una ciudad amurallada que se levantaba en una exuberante meseta verde y que estaba habitada por Thaqif, una rama de la gran tribu árabe de Hawazin. Al-Lat era la "dama de Taif", y su ídolo se albergaba en un rico templo. Como guardianes de éste, a los Thaqif les gustaba considerarse el equivalente del Quarysh, y entre los qurayshíes llegó a ser normal hablar de "las dos ciudades" al referirse a la Meca y Taif.

A pesar del clima maravilloso y de la fertilidad del "Jardín del Hiyaz", como Taif era llamada, sus gentes no estaban exentas de celos del árido valle ubicado hacia el norte, ya que eran plenamente conscientes de que, por mucho que pudieran fomentar su templo, nunca podría compararse éste con la Casa de Dios. Tampoco es que desearan que fuese de otra manera -ellos también descendían de Ismael y tenían raíces en la Meca-; pero sus sentimientos hacia ella eran contradictorios. El Quraysh, por otra parte, no tenía envidia de nadie. Sabían que vivían en el centro del mundo y que en medio de ellos tenían un imán capaz de atraer peregrinos desde los cuatro puntos cardinales. Era asunto suyo el no hacer nada que pudiera socavar las buenas relaciones que se habían establecido entre ellos y las tribus distantes.

El cargo de Abd al-Muttalib como anfitrión de los peregrinos de la Kaabah le hizo profundamente consciente de estas cosas. Su función, intertribal, era compartida en cierto modo por todo el Quraysh. Había que hacer sentir a los peregrinos que estaban en su casa, y el darles la bienvenida significaba dar la bienvenida a los dioses que adoraban y no dejar de honrar nunca a los ídolos que traían consigo. La justificación y la autoridad para aceptar a los ídolos y creer en su eficacia era la de la tradición: sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos había obrado así. Sin embargo, para Abd al-Muttalib, Dios era la gran realidad, por lo cual, sin duda, se hallaba más cerca de la religión de Abraham que la mayoría de sus contemporáneos del Quraysh y Hawazin, de Juzaah y otras tribus árabes.

Había -y siempre había habido unos pocos que conservaban la adoración abrahámica en toda su pureza. Sólo ellos comprendían que, lejos de ser algo tradicional, la idolatría era una innovación, -un peligro del que había que guardarse. Solamente se necesitaba tener una visión histórica un poco amplia para ver que Hubal no era mejor que el becerro de oro de los hijos de Israel. Estos "hunafa",1 como a sí mismos se llamaban, no querían tener nada que ver con los ídolos, cuya presencia en la Meca la consideraban una profanación y una corrupción. Su rechazo a comprometerse y su frecuente forma de hablar sin pelos en la lengua les relegó al margen de la sociedad mequí, donde eran respetados, tolerados o maltratados, en parte según sus personalidades y, en parte, según sus clanes estuvieran o no dispuestos a protegerlos.

Abd al-Muttalib conoció a cuatro hunafa. Uno de los más respetados de ellos, de nombre Waraqah, era el hijo de su primo segundo Nawfal,2 del clan de Asad. Waraqah se había hecho cristiano, y entre los cristianos de aquellos lugares existía la creencia de que era inminente la llegada de un Profeta. Esta creencia quizá no estaba muy difundida, pero la mantenían uno o dos venerables dignatarios de las iglesias orientales y también los astrólogos y los adivinos. En cuanto a los judíos, para quienes semejante creencia era más fácil, ya que para ellos la línea de profetas solamente terminaba con el Mesías, se mostraban casi unánimes en su expectativa de un profeta. Sus rabinos y otros hombres sabios les aseguraban que estaba a punto de aparecer uno; ya se habían cumplido muchas de las señales vaticinadas de su advenimiento y sería, sin duda alguna, un judío, porque ellos eran el pueblo elegido. Los cristianos, entre ellos Waraqah, tenían sus dudas sobre esto; no encontraban la razón de que no pudiera ser un árabe. Los árabes tenían incluso mayor necesidad de un profeta que los judíos, ya que éstos, al menos, seguían la religión de Abraham -pues adoraban al Dios Uno y no tenían ídolos- y, por otra- parte, ¿quién sino un profeta podría conseguir que los árabes se desembarazaran de la adoración de los dioses falsos? En un extenso círculo alrededor de la Kaabah, a cierta distancia de ella, había 360 ídolos y, además, casi todas las casas de la Meca tenían su dios, un ídolo grande o pequeño que era el centro del hogar. Cuando un hombre marchaba de casa, especialmente si salía de viaje, lo último que hacía antes de partir era ir ante el ídolo y pasarle la mano para obtener bendiciones de él, y eso mismo era lo primero que hacía al regreso. Y la Meca no era excepción en cuanto a estas cosas, porque estas prácticas imperaban en toda Arabia. Ciertamente, existían algunas comunidades cristianas árabes bien arraigadas en el Sur, en Nachran y en el Yemen, así como en el norte cerca de la frontera con Siria; pero la última intervención de Dios, que había transformado el Mediterráneo y extensas áreas de Europa, en casi seiscientos años no había producido prácticamente ningún impacto en la sociedad pagana que se centraba en el santuario mequí. Los árabes de Hiyaz y de la gran llanura de Nach al oeste parecían impermeables al mensaje del Evangelio.

No es que el Quraysh y las otras tribus paganas fuesen hostiles al cristianismo. Los cristianos, a veces, venían a honrar el Santuario de Abraham y eran recibidos como los otros creyentes. Además, a un cristiano le habían permitido e incluso lo habían animado a pintar una imagen de la virgen María y del niño Jesús en un muro interior de la Kaabah, donde contrastaba marcadamente con las restantes pinturas.

Pero el Quraysh era, por lo general, insensible a este contraste: para ellos se trataba simplemente de aumentar la multitud de ídolos mediante otros dos; y era en parte su tolerancia lo que los hacía tan impenetrables.

A diferencia de la mayoría de los de su tribu, Waraqah sabía leer y había estudiado las escrituras y teología. En consecuencia, era capaz de ver que en una de las promesas de Cristo, generalmente interpretada por los cristianos como referente al milagro de Pentecostés, había sin embargo ciertos elementos que no cuadraban con ese milagro y que debían tomarse como referentes a otra cosa, algo que todavía no se había cumplido. Aun así, el lenguaje era críptico: cuál era el sentido de las palabras: Él no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyera y os comunicará las cosas venideras. (San Juan, 16:13).

Waraqah tenía una hermana llamada Qutaylah, con la que guardaba una relación muy íntima. A menudo le hablaba de estas cosas, y sus palabras habían causado tanta impresión en ella que con frecuencia le venían a la mente pensamientos sobre el Profeta esperado. ¿Sería posible que él ya estuviera entre ellos?

Una vez que el sacrificio de los camellos hubo sido aceptado, Abd al-Muttalib se decidió a buscar una esposa para su hijo indultado. Después de algunas consideraciones, la elección recayó en Aminah, la hija de Wahb, un nieto de Zuhrah, el hermano de Qusayy.

Wahb había sido jefe de Zuhrah, pero había muerto unos años antes y ahora Aminah estaba bajo la tutela de su hermano Wuhayb, sucesor de su padre como jefe de clan. El mismo Wuhayb tenía también una hija casadera, Halah. Abd al-Muttalib, después de arreglar el matrimonio de su hijo con Aminah, pidió que Haíah le fuese concedida a él en matrimonio. Wuhayb aceptó, y se hicieron todos los preparativos para que la doble boda tuviese lugar al mismo tiempo. El día señalado, Abd al-Muttalib tomó a su hijo de la mano y salieron juntos en dirección a las casas de los Bani Zuhrah.3 Por el camino tenían que pasar por las de los Bani Asad, y sucedió entonces que Qutaylah, la hermana de Waraqah, se encontraba en la entrada de su casa, quizás con la intención de observar lo que pudiera verse, ya que todos en la Meca estaban enterados de la gran boda que estaba a punto de celebrarse. Abd al-Muttalib tenía por aquel entonces más de setenta años, pero para su edad se conservaba todavía notablemente joven en todos los aspectos: y era sin duda una visión impresionante ver a los dos novios aproximarse lentamente con su gracia natural realzada por la solemnidad de la ocasión. Cuando se acercaron, los ojos de Qutaylah sólo fueron para el hombre más joven. Abdallah era, por belleza, el José de su tiempo. Ni tan siquiera los más ancianos Quraysh recordaban haber visto un hombre semejante. Se encontraba ahora, con sus veinticinco años, en la flor de la juventud. Qutaylah quedó impresionada sobre todo -como lo había estado en otras ocasiones, pero nunca tanto como ahora- por el resplandor que iluminaba su rostro y que a ella le parecía que brillaba desde más allá de este mundo. ¿Sería que Abdallah era el Profeta esperado? ¿O estaba destinado a ser el padre del Profeta?

Acababan de pasar junto a ella y, vencida por un impulso repentino, dijo: "¡Oh, Abdallah!". Su padre lo soltó de la mano, como indicándole que hablase a su prima. Abdallah se volvió hacia ella, y ella le preguntó a dónde iba. "Con mi padre", dijo él escuetamente, no sin reticencia, ya que estaba seguro de que ella tenía que saber que se dirigía a su boda. "Tómame aquí y ahora como tu esposa", dijo ella, "y tendrás tantos camellos como cuantos se sacrificaron en tu lugar." "Estoy con mi padre", respondió él. "No puedo actuar contra sus deseos, y no puedo dejarlo." (1.1.100).

Los matrimonios tuvieron lugar según lo establecido, y durante unos días las dos parejas permanecieron en la casa de Wuhayb. Durante ese tiempo, Abdallah fue a traer alguna cosa de su casa y de nuevo se encontró con Qutaylah, la hermana de Waraqah. Los ojos de la joven escudriñaron su cara con tal afán que él se detuvo junto a ella, esperando que hablase. Como permaneciera callada, le preguntó por qué no le decía lo que le había dicho el día anterior. Ella le respondió, diciendo: "La luz que ayer estaba contigo te ha abandonado. Hoy no podrías satisfacer la necesidad que tenía de ti." (1.1. 101).

El año del matrimonio fue el 569 de la era cristiana. El siguiente a éste, conocido como el Año del Elefante, fue trascendental por más de un motivo.


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