Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 5
El Voto de Sacrificar un Hijo

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ABD al-Muttalib era respetado por el Quraysh por su generosidad, su veracidad y su sabiduría. Era también un hombre de buena presencia, con un aspecto que imponía. Otra razón por la que debía considerarse afortunado era su riqueza. Ahora todo esto se veía coronado por el honor de ser el instrumento elegido a través del cual Zamzam había sido recuperado.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Estaba profundamente agradecido a Dios por estas bendiciones, sin embargo su alma aún estaba perturbada por pensamientos del momento en él que le habían dicho que dejase de cavar, cuando todo pareció pender de un hilo. Todo había salido bien, ¡alabado sea Dios!, pero nunca antes había sentido tan intensamente su pobreza -así le parecía a él- al tener un solo hijo.

Su primo Umayyah, por ejemplo, cabeza del clan Abdu Shams, había sido bendecido con muchos hijos; y si el que cavaba hubiese sido Mugirah, el jefe de los Majzum, sus hijos podrían haber formado un círculo amplio y fuerte alrededor suyo. Pero él, aunque tenía más de una esposa, sólo tenía un hijo para apoyarle. Ya estaba medio resignado a ello; aun así, Dios, que le había dado Zamzam, podría también acrecentarlo en otros aspectos; y, estimulado por el favor que acababa de recibir, pidió á Dios que le concediese más hijos, añadiendo a su plegaria el voto de que si lo bendecía con diez hijos y permitía que todos ellos alcanzaran la edad viril le sacrificaría uno de ellos en la Kaabah. Su plegaria tuvo respuesta: los años pasaron y le nacieron nueve hijos. Cuando hizo su voto, parecía que se refería a una posibilidad muy remota.

Pero llegó el tiempo en que todos sus hijos fueron adultos excepto el más joven, Abdallah, y su voto comenzó a dominar sus pensamientos. Estaba orgulloso de todos sus hijos, aun no habiendo sentido nunca el mismo afecto por todos, y desde hacía mucho tiempo era obvio que al que más amaba era a Abdallah. Quizás Dios también prefería a este mismo hijo, al cual había dotado de singular belleza, y quizás Él lo elegiría para ser sacrificado.

Como quiera que fuese, Abd al-Muttalib era un hombre de palabra. El pensamiento de romper un juramento no se le pasó por la cabeza. Era también un hombre de justicia, con un profundo sentido de la responsabilidad, lo que significaba que sabía qué responsabilidades había que evitar. Él no iba a cargar con el peso de decidir cuál de sus hijos habría de ser sacrificado; de modo que cuando ya no fue posible considerar por más tiempo a Abdallah como un muchacho imberbe, reunió a sus diez hijos, les contó el pacto que había hecho con Dios y les pidió que le ayudasen a cumplir su palabra. No tenían más elección que la de asentir; el voto de su padre era el de ellos: así pues le preguntaron qué tenían que hacer. Él les dijo entonces que cada uno hiciese su marca en una flecha. Mientras tanto, había hecho avisar al adivino oficial de flechas del Quraysh para que acudiera a la Kaabah. Llevó luego a sus hijos al Santuario y los condujo a la Casa Sagrada, donde le habló al adivino acerca de su voto.

Cada hijo presentó su flecha. Abd al-Muttalib se colocó al lado de Hubal, sacó un gran cuchillo que había llevado consigo y rogó a Dios. Se echaron suertes, y salió la flecha de Abdallah. Su padre lo cogió de la mano y, con el cuchillo en la otra, se dirigió hacia la puerta con la intención de ir sin más demora al lugar de los sacrificios, como si temiera darse tiempo para pensar. Pero Abd ai-Muttalib no había contado con las mujeres de su casa ni con Fatimah, la madre de Abdallah. Sus restantes esposas procedían de tribus lejanas y tenían una influencia relativamente pequeña en la Meca. Fatimah, al contrario, era una mujer del Quraysh, del poderoso clan de Majzum y, al mismo tiempo, por parte de madre descendía de Abd, uno de los hijos de Qusayy.

Toda la familia estaba a mano, al alcance, dispuesta a ayudarla si fuera necesario. Tres de los diez hijos eran suyos: Zubayr, Abu Talib y Abdallah. También era madre de cinco hijas de Abd al-Muttalib, que querían con devoción a sus hermanos. Estas mujeres no habían permanecido ociosas, y, sin duda, las otras esposas habían buscado la ayuda de Fatimah a la vista del peligro que pendía sobre las cabezas de los diez hijos, uno de los cuales poseía la flecha del sacrificio. Para cuando se hubo echado a suertes, una gran concurrencia se había reunido en el patio del Santuario.

Cuando Abd al-Muttalib y Abdallah aparecieron en el umbral de la Kaabah, ambos tan pálidos como la muerte, se levantó un murmullo entre los majzumíes, pues comprendieron que la supuesta víctima era uno de los hijos de su hermana. "¿Para qué ese cuchillo?" gritó una voz, y otras repitieron la pregunta, aunque todos sabían cuál era la respuesta. Abd al-Muttalib comenzó a contarles su voto, pero fue interrumpido por Mugirah, el jefe del Majzum: "No lo sacrificarás; sino que en su lugar ofrecerás un sacrificio,. y, aunque su rescate fuese todas las propiedades de los hijos de Majzum, lo redimiremos." Para aquel entonces los hermanos de Abdallah habían salido de la Casa Sagrada.

Ninguno de ellos había hablado, pero ahora se volvieron hacía su padre y le rogaron que dejase vivo a su hermano y que ofreciese cualquier otro sacrificio como expiación. Ninguno entre los presentes se abstuvo de intervenir. Abd al-Muttalib anhelaba que le convenciesen aunque, por otra parte, estaba lleno de escrúpulos. Finalmente, sin embargo, accedió a consultar a cierta mujer sabia de Yathrib que podía decirle si en este caso era posible una expiación y, de serlo, cómo habría de hacerse.

Llevando consigo a Abdallah y a uno o dos hijos más, Abd al-Muttalib se encaminó a su país natal, donde se enteró de que la mujer se había ido a Jaybar, una rica colonia judía en ~n fértil valle a casi cien millas al norte de Yathrib. En consecuencia, continuó su viaje, y cuando encontraron a la mujer y le contaron los hechos ella prometió consultar a su espíritu familiar y les ordenó que volviesen al día siguiente. Abd al-Muttalib rogó a Dios. A la mañana siguiente la mujer dijo: "Me ha venido un mensaje. ¿Cuál es la reparación de sangre entre vosotros?" Le contestaron que era de diez camellos. "Volved a vuestro país", dijo ella, "y poned a vuestro hombre con diez camellos al lado y echad suertes entre ellos. Si la flecha cae contra vuestro hombre, añadid más camellos y echad suertes de nuevo; si fuera necesario, añadid más camellos, hasta que vuestro Señor los acepte y la flecha caiga contra ellos. Luego, sacrificad los camellos y dejad vivir al hombre." Volvieron a la Meca sin dilación y condujeron solemnemente a Abdallah, junto con diez camellos, al patio de la Kaabah. Abd al-Muttalib entró en la Casa Sagrada y, colocándose al lado de Hubal, pidió a Dios que aceptase lo que estaban haciendo. Luego, echaron suertes, y la flecha cayó contra Abdallah. Se añadieron otros diez camellos, pero de nuevo las flechas dijeron que los camellos debían vivir y el hombre morir. Siguieron añadiendo camellos; diez cada vez, y echando suertes con el mismo resultado, hasta que el número de camellos alcanzó la centena. Sólo entonces la flecha cayó contra ellos.

Pero Abd al-Muttalib era sumamente escrupuloso; la evidencia de una flecha no era para él suficiente para decidir un asunto de tal envergadura. Insistió en que debían echar suertes una segunda y una tercera vez, lo cual hicieron, y en cada ocasión la flecha cayó contra los camellos. Al final tuvo la certeza de que Dios había aceptado su expiación, y los camellos fueron debidamente sacrificados.


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