Muhammed
su vida basada en las fuentes mas antiguas
Martin Lings

 
 

Capítulo 4
La recuperación de una pérdida

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LINDANTE con el lado noroccidental de la Kaabah hay un pequeño recinto rodeado por un muro bajo semicircular. Los dos extremos del muro quedan cerca de las esquinas norte y Oeste de la casa, dejando un pasillo para los peregrinos. Pero muchos de los peregrinos ensanchan su círculo en este punto e incluyen el recinto dentro de su órbita, pasando alrededor del exterior del muro bajo. El espacio que comprende se llama "Hichr Ismail", ya que bajo las losas que lo recubren se hallan las tumbas de Ismael y Agar.

Este libro esta integrado por 85 capitulo que se presentan en orden correlativo

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Abd al-Muttalib sentía tal gusto por estar cerca de la Kaabah que, a veces, hacía que le extendieran un lecho en el Hichr. Una noche, mientras allí dormía, se le apareció en una visión una figura de formas imprecisas que le dijo: "Excava la agradable claridad." "¿Qué es la agradable claridad?", preguntó, pero quien hablaba se desvaneció. Al despertarse, Abd al-Muttalib sintió tal felicidad y paz de espíritu que decidió pasar la siguiente noche en el mismo sitio. El visitante volvió y dijo: "Excava la beneficencia." Mas de nuevo quedó su pregunta sin respuesta. La tercera noche le dijo: "Excava el tesoro escondido", y una vez más se desvaneció quien hablaba al ser interrogado. Pero la cuarta noche la orden fue: "Excava la Zamzam"; en esta ocasión, al preguntar "¿Qué es la Zamzam?", su interlocutor dijo:

"Excávala, no lo lamentarás, porque ella es tu herencia, la de tu más grande antepasado. Nunca se secará, ni dejará de proveer de agua a toda la muchedumbre de peregrinos."

Luego, el ser que hablaba le dijo que buscase un lugar donde hubiera sangre y excremento, un hormiguero y cuervos picoteando. Por último, le dijo que suplicase "Agua abundante y cristalina que abastecerá a los peregrinos durante toda su peregrinación." (1.1.93)

Despuntaba el alba cuando Abd al-Muttalib se levantó y abandonó el Hichr en la esquina septentrional de la Casa Sagrada, llamada la esquina iraquí. Luego caminó junto al muro del noreste, en cuyo otro extremo está la puerta de la Kaabah; pasando junto a ésta se detuvo, unos metros más lejos, en la esquina oriental, donde besó con reverencia la Piedra Negra. Desde allí comenzó el ritual de las circunvalaciones, volviendo a pasar por delante de la puerta hasta la esquina iraquí, por el Hichr hasta la esquina occidental -la esquina siria- y desde allí hasta la esquina Yemení, que da hacia el sur. Los hijos de Abraham, los linajes de Ismael e Isáac por igual, circunvalan sus santuarios con un movimiento contrario al del sol. Mientras caminaba desde la esquina Yemení hacia la Piedra Negra podía ver la oscura ladera de Abu Qubays y, más allá, las más lejanas colinas orientales, que se recortaban de forma nítida contra la luz amarilla. Dio siete veces la vuelta; la luz se iba apreciando cada vez más brillante, ya que los amaneceres y los crepúsculos son breves en Arabia. Habiéndose cumplido el rito, se dirigió desde la Piedra Negra hacia la puerta y, asiendo el anillo metálico que colgaba de la cerradura, pronunció la plegaria que se le había ordenado recitar.

Hubo un sonido de alas y un ave se posó en la arena detrás de él. Luego se posó otra, y cuando terminó su súplica se dio la vuelta y las vio, contoneándose con sus andares de cuervo, yendo hacia dos rocas esculturales que estaban a unas cien yardas, casi en frente de la puerta. Habían sido adoptadas como ídolos, y en el espacio entre ellos el Quraysh sacrificaba a sus víctimas. Al igual que los cuervos, Abd al-Muttalib sabía bien que en ese lugar había siempre sangre en la tierra. También había excrementos; y, al acercarse, vio que también había un hormiguero.

Se fue a su casa y cogió dos picos, uno de ellos para su hijo Harith, a quien se llevó consigo al lugar donde sabía que tenía que cavar. Los sordos golpes de las herramientas en la tierra y el espectáculo poco habitual -el patio podía verse desde todas partes- pronto atrajeron a multitud de personas. A pesar del respeto que sentían por Abd al-Muttalib, no pasó mucho tiempo sin que algunos protestaran, ya que era un sacrilegio excavar en el lugar de los sacrificios entre los dos ídolos; así pues, le dijeron que se detuviera. Él les contestó que no lo haría, y a Harith le dijo que permaneciera a su lado y que procurara que nadie se interfiriese en su tarea. Fue un momento de tensión y el desenlace pudo haber sido desagradable. Pero los dos hashimíes estaban decididos y unidos, mientras que los espectadores habían sido cogidos por sorpresa. Tampoco estos ídolos, Isaf y Nailah, disfrutaban de un rango elevado entre los ídolos de la Meca, y algunos incluso decían que se trataba de un hombre y una mujer yurhumi'es que habían sido convertidos en piedra por profanar la Kaabah. Así pues, Abd al-Muttalib prosiguió cavando sin que realmente nadie hiciese nada por detenerlo; y, ya se estaban marchando algunas personas del santuario, cuando, de repente, golpeó la piedra que cubría la fuente y profirió un grito de gracias a Dios. La multitud se reagrupó y aumentó, y cuando comenzó a sacar a la luz el tesoro que Yurhum había enterrado allí todos exigieron una parte de él. Abd al-Muttalib se mostró de acuerdo en que cada objeto se echase a suertes para saber si se dejaría en el santuario, si sería para él personalmente o si se dividiría entre la tribu. Éste se había convertido en el modo reconocido de decidir un asunto dudoso, y se hacía mediante flechas adivinatorias en el interior de la Kaabah, delante de Hubal, el ídolo moabí. En este caso, parte del tesoro fue a parar a la Kaabah y parte a Abd al-Muttalib, pero al Quraysh no le tocó nada. Se acordó también que el clan de Hashim se encargaría del Zamzam pues, en cualquier caso, suya era la función de suministrar agua a los peregrinos.


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