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Los descendientes de Isaac también veneraban
la Kaabah como un templo que había sido erigido
por Abraham. Lo consideraban como uno de los remotos
tabernáculos del Señor; pero a medida
que pasaron los signos se contaminó la pureza
de la adoración al Dios Uno. Los descendientes
de Ismael llegaron a ser demasiado numerosos para vivir
todos en el valle de la Meca, y los que se marcharon
para asentarse en otros lugares se llevaron consigo
piedras del recinto sagrado y cumplían ritos
en su honor. Más adelante, por influencia de
las tribus paganas vecinas, se añadieron ídolos
a las piedras y, finalmente, los peregrinos comenzaron
a traer ídolos a la Meca. Fueron colocados cerca
de la Kaabah, y fue entonces cuando los judíos
dejaron de visitar el templo de Abraham. (1.1., 15).
Los
idólatras afirmaban que sus ídolos eran
poderes que actuaban como mediadores entre Dios y los
hombres. Como consecuencia, su aproximación a
Dios fue cada vez menos directa, y, cuanto más
distante les parecía El, más se debilitaba
su sentido de la realidad del Más Allá,
hasta que muchos de ellos dejaron de creer en la vida
después de la muerte. Pero en medio de ellos,
para quien supiera interpretarlo, había una señal
evidente de que se habían ido alejando de la
verdad: ya no tenían acceso a la fuente de Zamzam,
e incluso habían olvidado dónde estaba.
Los yurhumíes, que habían venido del Yemen,
eran los responsables directos. Se habían hecho
con el control de la Meca, y los descendientes de Abraham
lo habían tolerado porque la segunda esposa de
Ismael era una parienta de Yurhum; pero llegó
el tiempo en que los yurhumíes comenzaron a cometer
toda clase de injusticias, por lo que finalmente fueron
expulsados, y antes de marcharse enterraron la Fuente
de Zamzam. Indudablemente lo hicieron para vengarse,
pero también es probable que abrigasen la esperanza
de volver y enriquecerse con ello, porque la llenaron
con parte del tesoro del santuario, con las ofrendas
de los peregrinos que se habían acumulado en
la Kaabah a lo largo de los años, y luego la
cubrieron de arena.
Su
puesto como Señores de la Meca fue asumido por
Juzaah, una tribu árabe descendiente de Ismael
que había emigrado al Yemen y luego había
regresado al norte. Pero los juzaahíes no hicieron
ningún intento para encontrar las aguas que le
habían sido otorgadas milagrosamente a su antepasado.
Desde aquel día se habían hecho brotar
otros pozos en la Meca, el don de Dios ya no era una
necesidad, y la Fuente Sagrada se convirtió en
un recuerdo medio olvidado.
Juzaah
compartió de esta forma la culpa de Yurhum. Deberían
ser culpados también en otros aspectos; un jefe
suyo, en su camino de regreso de un viaje a Siria, había
pedido a los moabíes que le diesen uno de sus
ídolos. Le dieron a Hubal y se lo llevó
al Santuario, e instalado dentro de la misma Kaabah,
se convirtió en el ídolo principal de
la Meca.
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