Introduccion
Introduccion
al Lector Capitulo
I
El Regreso del hombre a su fuente original Capitulo
II
El descenso del Hombre a lo mas bajo de lo mas bajo
Capitulo
III
El descenso del Hombre a lo mas bajo de lo mas bajo
Capitulo
IV
Sobre el Conocimiento Capitulo
VI
Sobre el arrenpentimiento y la enseñanza mediante la palabra
Capitulo
VII
Sobre la Recordacion Capitulo
VIII
Las Condiciones Necesarias para la Recordacion Capitulo
IX
Sobre la Vision de Allah Capitulo
X
Los velos de la Luz Capitulo
XI
El Jubilo de ser bueno y el Sufrimiento de ser rebelde
Capitulo
XII
Los Derviches Capitulo
XIII
Sobre la Purificacion del Ser Capitulo
XIV
Sobre el significado de la Adoracion Ritual Capitulo
XV
Sobre la Purificacion del Hombre perfecto. Capitulo
XVI
Sobre la Caridad Capitulo
XVII
Sobre el Ayuno prescripto por la religion y el Ayuno espiritual
Capitulo
XVIII
Sobre la Peregrinacion a la Mecca Capitulo
XIX
Sobre atestiguar la Divina Verdad Capitulo
XX
Sobre el Apartamiento del Mundo dentro de la Reclusion
Capitulo
XXI
Sobre las Plegarias y Recitaciones Capitulo
XXII
Sobre los Sueños Capitulo
XXIII
Sobre los Seguidores del Sendero Mistico Capitulo
XXIV
Postfacio
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P R E F A C I O
"Y
cuando vuestro Señor dijo a los ángeles, Yo voy
a colocar en la tierra un vicerregente ... y El
enseñó a Ad n todos los nombres ... Y cuando
Nosotros dijimos a los ángeles: Hagan homenaje a
Adán, ellos hiciéronle homenaje ...
(Sura Al-Baqarah, 2:30, 31, 34)
Cuando
Allah creó a Adán (Quiera Allah ser complacido con él)
lo hizo
superior a los ángeles al dotarle con el conocimiento de la esencia
de
la creación entera. Los Nombres enseñados a Adán
(Quiera Allah ser
complacido con él) eran los atributos y las cualidades de Allah.
Cada
divina cualidad especial involucrada en la creación de un objeto
se
manifiesta en él. Cuando Adán (Quiera Allah ser complacido
con él)
recibió los Nombres, todas esas cualidades fueron implantadas dentro
de su ser, y por medio de ellas él comprendió el universo
entero.
Allah le colocó entonces dentro del mundo para servir como Su
vicerregente.
Los descendientes de Adán (Quiera Allah ser complacido con él)
heredaron este don como una capacidad potencial, que varía de
Individuo en individuo de acuerdo a su naturaleza. Así como difieren
los talentos de las personas, también lo hacen sus grados de
responsabilidad para con Allah, y las formas particulares que han de
asumir sus vicerregencias. Aún en los niveles más elevados
esto es
válido, y así es como se encuentra ejemplificado en la Sura
Kahf
(18:60/82) por los diferentes roles jugados por Moisés (Quiera
Allah
bendecirle), quien fue la corporización de la rectitud moral, y
por
Khidr (Quiera Allah bendecirle) que se constituyó en el evidenciador
de la intuición mística. Sin embargo, la suprema vicerregencia,
universal y abarcante, se manifestó en el Profeta Muhammad (Que
la Paz
y las Bendiciones de Allah sean con él).
Para todo individuo es necesario entender la naturaleza y alcances
de esta aptitud potencial. Solamente entonces podrá aquilatar sus
vínculos reales con el universo así como con su Creador,
y cumplir su
misión, la función de vicerregencia que ha aceptado. Y únicamente
en
tales circunstancias tomar comprensión del significado y sentido
profundos de los divinos decretos traídos por el Santo Profeta
(Que la
Paz y las Bendiciones de Allah sean con él).
Faltando esta penetración se da el peligro de que las enseñanzas
de
la religión permanezcan como una escasa vestidura externa a la
que se
adhiere superficialmente, pero que no es activada desde lo interno.
Cuando ocurre esto, la práctica de la religión se torna
una regla de
costumbres y convenciones, y la presencia de Allah dentro del corazón
no se realiza.
Si bien es cierto que el Paraíso está prometido a quienes
simple y
sencillamente siguen las órdenes de Allah y las instrucciones del
Profeta (Que la Paz y las Bendiciones de Allah sean con l), también
está dicho que "Aquellos de entre vosotros que son creyentes,
y los de
conocimiento serán elevados en su rango" (Sura Al-Muyadilah,
58:11), e
igualmente que, "Son iguales los sabios a los ignorantes?"
(Sura Al-Zumar, 39:9).
La Sura Al-Waqi'ah nos muestra que la división final de la humanidad
ser
hecha en tres categorías y no únicamente en dos - las gentes
destinadas
al Infierno, las gentes destinadas al Paraíso, y, de entre los
últimos, las gentes "más cercanas a Allah" (Sura
Al-Waqi'ah 56:7-11).
En el recuento final, aquellos que se han esforzado y hayan sido
bendecidos con el conocimiento de sí mismos y de su Señor,
obtendrán
un nivel más alto. Porque este saber aumenta el amor de uno por
Allah
y el Profeta (Que la Paz y las Bendiciones de Allah sean con él),
y
cuanto más uno ama, más cerca puede aproximarse. Con tal
comprensión,
uno entiende que las prácticas de la religión son la forma
de la
sabiduría, y que mediante la aceptación de la forma uno
apresa la
substancia. Los modos y maneras de aprehender la substancia dentro de
la forma constituyen lo que se llama Sufismo.
"Sirr al-asr r" , brinda dentro de su breve extensión
la esencia
substancial del Sufismo. Aunque muchos Sufíes habían escrito
antes que
él, fue Hazrat `Abdul-Qadir al-Jilani, quiera Allah ser complacido
con
él, quien más claramente definió el sendero y explicó
los términos que
desde entonces, han tomado uso aceptado. En este libro él da una
exposición Sufi de los deberes fundamentales del Islam - plegaria,
ayuno, caridad y peregrinación. Al hacerlo, construye un puente
entre
sus dos más famosos trabajos, "Ghunyat al-t libin", `Riqueza
para los
Buscadores', cuyo propósito es inspirar a hombres y mujeres a ser
buenos Musulmanes practicantes, y "Futuh al-ghayb", `Revelación
de lo
Desconocido', una tardía colección de conferencias sobre
temas
místicos. A menos que uno pase a través de "Sirr al-asr
r" puede que
no sea capaz de apreciar todo lo que el Sheikh dice en "Futuh
al-ghayb". Así, "Sirr al-asr r" es un portal de
ingreso a la ciudad
del conocimiento.
Al traducir este libro al inglés, el Sheikh Tosun Bayrak ha rendido
un enorme servicio a quienes no saben árabe o no logran hallar
el
texto en su lenguaje original. Si es la voluntad de Allah, este
trabajo iluminar muchísimas almas, y conducir a los que ya han
recibido iluminación dentro de las más altas regiones del
conocimiento.
Quiera Allah hacer llover las bendiciones sobre el alma de Hazrat
`Abdul-Qadir al-Jilani, quiera Allah ser complacido con él, y
conducirnos a todos nosotros dentro de ese más profundo y más
alto
reino del saber, para que podamos todos ser elevados a la condición
de
aquellos `más cercanos a Allah.'
Sayed Ali Ashraf
Director General,
Academia Islámica
Cambridge
I N
T R O D U C C I O N D E L T R A D U C T O R
Sheikh Tosun Bayrak a l-Jerrahi al-Halveti
El
venerable Muhyiddin Abu Muhammad `Abdul-Qadir al-Jilani, que su
alma sea santificada, es `al-ghawth al-a`zam'- la manifestación
del
atributo de Allah de `el Todo-Poderoso', que escucha el grito pidiendo
ayuda y salva a quienes lo necesitan, y `al-qutb al-a`zam' - el polo,
el centro, la cumbre de la evolución espiritual, el gobernante
espiritual del mundo, la fuente de la sabiduría, el contenedor
de todo
conocimiento, el ejemplo de la fe y del Islam; un verdadero heredero
de la perfección del Profeta Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones
de
Allah sean con él), un hombre perfecto, y el fundador de la Qadiriyya,
la mística orden que se ha expandido a lo lejos y a lo ancho y
ha
preservado el verdadero significado del Sufismo Islámico a través
de
esos siglos hasta nuestros tiempos.
Nació en el año 470 A.H. (1077-78 E.C.) en la región
llamada al-Jil
en lo que hoy en día es Irán. Esta fecha se basa en la declaración
que
hizo a su hijo en relación a que contaba dieciocho años
cuando fue a
Baghdad, el año que murió el famoso erudito al-Tamimi. Esto
ocurrió en
el año 488 D.H. Su madre, Ummul-Khayr Fátima bint al-Sheikh
`Abdullah
Sem¡, pertenecía al linaje del Profeta Muhammad (Que la Paz
y las
Bendiciones de Allah sean con él), a través del nieto de
este, el
venerable Husayn.
Su madre relata lo siguiente:
Mi
hijo `Abdul-Qadir nació en el mes de Ramadán. Sin importar
mis
persistentes esfuerzos se rehusaba a mamar durante las horas del
día. Durante toda su infancia, jamás probó alimento
durante el
mes de ayuno.
Cierto
Ramadán durante su infancia, el comienzo del mes cayó en
un
día nublado en el que la gente no podía ver la luna nueva.
Ignorando
si el mes de ayuno estaba realmente iniciado o no, fueron a ver a
Ummul-Khayr y le preguntaron si el niño había tomado algún
alimento
ese día. En vista que no era así, asumieron que el ayuno
había
comenzado.
El venerable `Abdul-Qadir relata lo siguiente:
Cuando
yo era un niño pequeño, todos los días era visitado
por un
ángel bajo la forma de un hermoso hombre joven. El caminaba junto
a mí desde nuestro hogar hasta la escuela y hacía que los
niños
me diesen un lugar en la primera fila de la clase. El permanecía
conmigo durante el día entero y luego me llevaba de regreso a mi
hogar. Yo aprendía en un solo día más que todo cuanto
los otros
estudiantes lograban en una semana. Quien era él, yo lo ignoraba.
Un día se lo pregunté y me dijo, `Yo soy uno de los ángeles
de
Allah. El me envió a ti y me pidió que permaneciese contigo
mientras tu estudies.'
Hablando
nuevamente sobre su niñez, nos relata:
Cada
vez que surgía en mí el deseo de ir a jugar con los otros
niños, escuchaba una voz diciéndome: `Ven a Mí en
lugar de ello,
Oh bendito, ven a Mí.' En mi terror yo huía, a buscar apoyo
en
los brazos de mi madre. Hoy en día, aún en mis más
intensas
devociones y largos retiros, no puedo escuchar esa voz tan
claramente como entonces.
Cuando
alguien le preguntó que fue lo que le llevó a su elevado
nivel
espiritual, contestó: `La veracidad que le prometí a mi
madre.' Y a
continuación, relató la siguiente historia:
Cierto
día, en las vísperas de `Id al-Adha , fui a nuestros campos
para ayudar a labrar el terreno. Mientras caminaba detrás del
buey, éste giró su cabeza, me miró y dijo: 'Tú
no has sido
creado para esto!' Yo me asusté mucho, corrí a mi hogar
y me
trepé al techo plano de la casa. Mientras miraba, vi los
peregrinos reunidos en las planicies de `Arafat, en Arabia, como
si se hallasen delante mío. Fui a ver a mi madre, que para ese
entonces ya era viuda, y le pedí, `Envíame al sendero de
la
Verdad, dame permiso para ir a Baghdad, adquirir conocimiento,
vivir con los sabios y con los cercanos a Allah.' Mi madre me
preguntó cuál era el motivo para este súbito pedido.
Yo le conté
lo que me había pasado. Ella lloró, pero trajo ochenta piezas
de
oro, que era cuanto mi padre nos había dejado como herencia. Puso
a un costado cuarenta piezas para mi hermano y las otras
cuarenta, las cosió dentro de la axila de mi chaqueta. Luego ella
me dió permiso para partir, pero antes de dejarme ir, me hizo
prometerle que diría la verdad y sería veraz, sin importar
lo que
pasara. Luego me envió con estas palabras; `Quiera Allah
protegerte y guiarte, hijo mío. Yo me separo de lo que me es más
querido, por el amor de Allah. Sé que no podré verte nuevamente
hasta el día del Juicio Final.'
Me uní a una pequeña caravana que iba con rumbo a Baghdad.
Mientras estábamos dejando atrás la ciudad de Hamad n, nos
atacó
una banda de ladrones formada por sesenta jinetes. Se apoderaron
de todo cuanto tenía cada uno de nosotros. Uno de ellos se llegó
hasta mí y me interrogó: `Joven, qué tienes tú?'
Le contesté que
tenía cuarenta piezas de oro. Me dijo: `Dónde?' Le repliqué:
`Debajo de mi axila.' Se rió y me dejó solo. Otro bandido
se
acercó y me demandó lo mismo, y le dije la verdad. El también
me
dejó solo. Deben haber comentado el incidente a su líder,
porque
este me llamó al lugar donde estaban dividiendo el botín
y me
preguntó si tenía algo de valor. Yo le expliqué que
poseía
cuarenta piezas de oro, cosidas dentro de mi chaqueta, debajo de
mi brazo. El se apoderó de mi chaqueta, desgarró la axila,
y
halló el oro. Entonces me preguntó, lleno de asombro: `Cuando
tu
dinero se hallaba seguro, qué fue lo que te impulsó a persistir
en decirnos que lo tenías y su escondite?' Le contesté `Yo
debo
decir la verdad bajo cualquier circunstancia, tal y como se lo
prometí a mi madre.' Cuando el jefe de los bandidos escuchó
esto,
rompió en llanto y se lamentó: `Yo he renegado de mi promesa
a
Quien me creó. He robado y he matado. Qué me pasará
?' Y los
otros, al verlo dijeron, `Tú has sido nuestro líder todos
estos
años en el pecado. Sé ahora también nuestro
líder en el
arrepentimiento!' Todos ellos, los sesenta, se aferraron a mí
mano, se arrepintieron, y enderezaron sus caminos. Esos sesenta
fueron los primeros que tomaron mi mano y hallaron el perdón de
sus pecados.
Cuando
el venerable `Abdul Qadir llegó a Baghdad, tenía dieciocho
años de edad. Al arribar a las puertas de la ciudad, apareció
Khidr y
le impidió el paso. Le comunicó que era la orden de Allah
que durante
los siete años siguientes, no entrase a Baghdad.
Khidr le llevó a unas ruinas en el desierto y le dijo: `Quédate
aquí, y no abandones este lugar.' Permaneció allí
durante tres años.
Cada año, Khidr aparecía ante él y le decía
que continuase donde se
hallaba.
El
santo relata sobre estos años:
Durante
mi estadía en los desiertos en las afueras de Baghdad,
todo cuanto parece bello, pero es temporal y de este mundo, vino
para seducirme. Allah me protegió de sus perjuicios. El Diablo,
apareciéndose bajo diferentes maneras y formas, continuamente se
acercaba a mí, a tentarme, para molestarme y para combatirme.
Allah me hizo victorioso sobre él. Mi ego me visitaba diariamente
en mi propia forma y apariencia, rogándome que fuera su amigo.
Cuando yo me rehusaba, me atacaba. Allah me otorgó la victoria
en
mi lucha sin fin contra él. A su tiempo fui capaz de hacerle mi
prisionero y le mantuve conmigo durante todos esos años,
forzándole a permanecer en las ruinas del desierto. Durante un
año entero comí el pasto y las raíces que pude encontrar
y no
bebí nada de agua. Otro año bebí agua, pero no comí
ni una brizna
de alimento. Durante otro año, ni comí, ni bebí,
ni dormí. A
través de todo este tiempo, mi vida transcurrió en las ruinas
de
los antiguos reyes de Persia, en Karkh. Caminaba descalzo por
encima de las espinas y no sentía nada. Cuando a veces, veía
una
colina, la trepaba. No concedí ni un minuto de descanso o de
respiro a mi ego, a los deseos inferiores de mi carne.
Al final de los siete años escuché una voz en la noche:
`Oh
'Abdul-Qadir, ahora se te permite entrar en Baghdad'.
Llegué a Baghdad y pasé unos pocos años allí.
Muy pronto no
pude soportar la rebelión, la maldad, y las intrigas que
dominaban la ciudad. Para salvarme del daño de esta ciudad
degenerada y para resguardar mi fe, partí. Todo lo que llevé
conmigo fue mi Corán. Cuando estaba llegando a los portales de
la
ciudad, en mi camino al aislamiento en el desierto, escuché una
voz: `Dónde vas? dijo ella , `Vuelve. Tú debes servir a
la gente.'
`Qué me importa la gente?' protesté `Tengo que salvar mi
fe!'
`Regresa, y jamás temas por tu fe, la voz continuó, `Nada
te
hará daño nunca.' Yo no pude ver al que hablaba.
Entonces algo me ocurrió. Cortados mis vínculos con el mundo
exterior, caí en un estado de meditación interna. Hasta
el día
siguiente me concentré en un deseo y supliqué a Allah que
El
pudiese apartar los velos para mí de modo que yo supiese lo que
debería hacerse.
Al día siguiente, mientras estaba deambulando a través de
una
vecindad llamada Muzaffariyya, un hombre a quien yo jamás había
visto abrió la puerta de su casa y me llamó: `Ven, entra,
`Abdul-Qadir!' Cuando estaba llegando a su puerta, él me dijo:
`Dime, que deseabas tú de Allah? Qué fue lo que suplicaste
ayer?' Yo estaba helado, con estupefacción. No podía hallar
palabras para responderle. El hombre escrutó mi cara y cerró
la puerta de un golpe con tal violencia que se levantó el polvo
todo alrededor mío y me cubrió desde la cabeza hasta los
pies. Me
alejé preguntándome qué era lo que había pedido
a Allah el día
anterior. Luego recordé. Regresé para decírselo al
hombre, pero
no pude encontrar la casa ni a él. Yo estaba muy preocupado, ya
que me dí cuenta que se trataba de un hombre cercano a Allah. De
hecho, más tarde pude saber que era Hamm d al-Dabb s, quien se
convirtió en mi sheikh.
En una
noche fría y lluviosa, una mano invisible condujo a Hazrat
`Abdul-Qadir hacia el `tekke', la logia mística, del Sheikh Hamm
d ibn
Muslim al-Dabb s. El sheikh, sabiendo por divina inspiración de
su
venida, había hecho cerrar las puertas de su logia y apagar las
luces.
Cuando `Abdul-Qadir se sentó en el umbral de la puerta cerrada,
le
llegó el sueño. Tuvo una emisión nocturna, por lo
que fue al río, se
bañó, e hizo su ablución. Se durmió nuevamente,
y ocurrió lo mismo -
siete veces durante esa noche. Cada vez, él se bañaba y
hacía su
ablución en las heladas aguas del río. A la mañana,
las puertas fueron
abiertas y él entró a la logia Sufi. El Sheikh Hamm d se
puso de pie
para recibirlo. Llorando de alegría, lo abrazó, y le dijo:
`Oh hijo
mío `Abdul-Qadir, la buena fortuna es nuestra hoy, pero mañana
será
tuya. No abandones jamás este sendero.' El Sheikh Hamm d se convirtió
en su primer maestro en las ciencias del misticismo. Fue tomando su
mano que realizó los votos e ingresó en el sendero de los
Sufíes.
El relata:
Estudié
con muchos maestros en Baghdad, pero cada vez que no
lograba entender algo, o llegaba a un secreto que yo deseaba
conocer, era el Sheikh al-Dabb s quien me iluminaba. Algunas
veces lo dejaba para buscar conocimiento de otros - para aprender
teología, tradiciones, ley religiosa, y otras ciencias. Cada vez
que regresaba, él me decía: `Adónde has estado? Nosotros
hemos
tenido tantos alimentos maravillosos para nuestros cuerpos,
mentes, y almas mientras tú te habías ido, y no hemos guardado
nada para ti!' Otras veces, él decía: `Por el amor de Allah,
adónde vas? Acaso hay alguien por aquí que sepa más
que tú?'
Sus derviches me hostigaban sin descanso, y me decían: `Tú
eres
un hombre de leyes y un hombre de letras, un hombre de
conocimiento, un hombre de ciencia. Qué tienes que hacer entre
nosotros? Porqué no te vas?' Y el sheikh los amonestaba y les
decía: `Que la vergüenza caiga sobre ustedes! Yo juro que
no hay
nadie como él entre ustedes. Ninguno de vosotros se elevará
más
allá de los dedos de sus pies! Si ustedes piensan que yo soy
áspero con él, y me imitan, sepan que lo hago para traerle
a la
perfección y para probarlo. Yo le veo en el reino espiritual
robusto como una roca, tan grande como una montaña.'
Hazrat
`Abdul-Qadir fue el ejemplo más claro del hecho de que, en el
Islam, la búsqueda del conocimiento constituye una obligación
sagrada
- para todos los hombres y las mujeres, desde la cuna hasta la tumba.
El siguió a los más grandes sabios de su época. Memorizó
el Sagrado
Corán y aprendió su interpretación de `Al¡
Abul-Waf al-Qayl,
Abul-Khatt b Mahu£z, y Abul-Hasan Muhammad al-Q d¡. De acuerdo
a
ciertas fuentes, él estudió con Q d¡ Ab£ Sa`¡d
al-Mub rak ibn `Al¡
al-Muharram¡, el más grande sabio de su tiempo en Baghdad.
No obstante
que Hazrat `Abdul-Q dir adquirió las ciencias del sendero místico
del
Sheikh Hamm d al-Dabb s y entró al camino Sufi por su mano, le
fué
dado el manto derviche, el símbolo del manto del Profeta (Que la
Paz y
las Bendiciones de Allah sean con l), por Q d¡ Abu Sa`¡d.
El linaje
espiritual de Qadr Abu Sa`id pasa a través del Sheikh Abdul-Hasan
`Alí
ibn Muhammad al-Qurash¡, Abdu-Faraj al-Tarsus¡, al-Tamimi,
el Sheikh
Abu Bakr al-Shibli, Abdul-Qasim al-Junayd, Sari al-Saqati, Ma`ruf
al-Karkhi, Dawud al-T, Habib al-`Ajam, y Hasan al-Basri, hasta
Hazrat `Alí ibn Abu Talib. Hazrat `Alí tomó el manto
de servicio de
las manos de Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de Allah sean con
él), el Amado del Señor del Universo, y él del arcángel
Gabriel, y él
de la Divina Verdad.
Alguien preguntó al Sheikh `Abdul-Qadir qué había
recibido él, de
Allah El Más Elevado. Su respuesta fue: `Buena conducta y
conocimiento.' Qadi Abu Said al-Muharram¡ dijo, `Sin duda,
`Abdul-Qadir al-Jilani tomó el manto del derviche de mi mano, pero
mi
propio manto de servicio me llegó también de su mano.'
Abu Sa`id al-Muharram¡ enseñaba en una escuela que le pertenecía,
situada en B b al-`Azj en Baghdad. M s tarde entregó esa escuela
al
Sheikh `Abdul-Qadir, quien comenzó su enseñanza allí.
El Sheikh `Abdul-Qadir tenía más de cincuenta años
para ese momento.
Sus palabras eran tan efectivas y milagrosas que transformaban a los
que las escuchaban. Sus estudiantes y congregación aumentaron en
número muy rápidamente. Muy pronto no había más
lugar para acomodar a
sus seguidores, dentro o alrededor de la escuela.
El Sheikh `Abdul-Q dir nos cuenta sobre los comienzos de su
enseñanza:
Una
mañana ví al Mensajero de Allah. El me preguntó:
"Porqué no
hablas?
Yo dije, `No soy más que un persa, cómo podría hablar
en el
hermoso idioma árabe de Baghdad?'
`Abre tu boca,' me dijo. Yo lo hice. El sopló su aliento siete
veces dentro de mi boca y dijo, `Ve, encara la humanidad e
invítalos al sendero de tu Señor con sabias y bellas palabras.'
Yo hice mi plegaria del mediodía, y al darme vuelta vi mucha
gente esperando que yo hablara. En ese instante, me excité mucho
y mi lengua se atascó. Entonces se presentó el bendito Imam
`Alí
El se acercó hasta mí y me pidió que abriese mi boca,
luego sopló
su propio aliento dentro de ella, por seis veces. Yo le pregunté:
`Porqué no has soplado siete veces, como lo ha hecho el
Mensajero de Allah?' El dijo, `Debido a mi respeto hacia él,' y
desapareció.
Desde mi boca brotaron las palabras: `La mente es un buceador,
que se sumerge en las profundidades del mar del corazón para
encontrar las perlas de la sabiduría. Cuando él las trae
a las
orillas de su ser, se vuelcan fuera en forma de palabras que
surgen de sus labios, y con ellas él compra inapreciables
devociones en los mercados de adoración de Allah ... ' Después
dije: `En una noche como una de las mías, si uno de vosotros
matase sus bajos deseos, esa muerte poseería un sabor tan dulce,
que él ya no podría degustar ninguna otra cosa en
este mundo!'
A partir de ese momento, ya fuera que estuviese despierto o
dormido, cumplí mi deber de enseñar. Había en mí
una tan inmensa
cantidad de sabiduría sobre fe y religión. Si no hablaba
y la
volcaba fuera, sentía que finalizaría ahogándome.
Al comenzar a
enseñar, tenía solamente dos o tres estudiantes. Cuando
me
escucharon, su número aumentó a setenta mil.
Ni la escuela ni sus alrededores alcanzaban para contener a sus
seguidores. Se hizo necesario ubicar más espacio. Ricos y pobres
colaboraron para añadir edificios, los ricos contribuyendo
financieramente, y los pobres con su esfuerzo. También las mujeres
de
Baghdad hicieron su labor. Una joven que se desempeñaba sin paga,
como
obrera, trajo a su esposo, el que no consentía en hacerlo gratis,
y se
lo presentó al sheikh. `Este es mi esposo,' explicó. `He
recibido
veinte piezas de oro de él como dote. Le devolveré sin cargo
la mitad,
y por la otra mitad deseo que él trabaje aquí.' Acto seguido,
entregó
a Hazrat `Abdul-Qadir el oro, y el hombre comenzó su tarea. Cuando
el
dinero se terminó continuó en su puesto. No obstante, el
sheikh siguió
pagándole, porque sabía que estaba necesitado.
Hazrat `Abdul-Qadir al-Jilani era la autoridad, el Imam, en materia
religiosa, teología y la ley, así como el líder de
las ramas Shafi y
Hanbal del Islam. Era un hombre de gran sabiduría y conocimiento.
Todos se beneficiaban con él. Sus plegarias eran inmediatamente
aceptadas, tanto cuando oraba por el bien como cuando lo hacía
por
castigo. Llevó a cabo muchos milagros. El era un hombre perfecto,
de
consciencia continua y permanente recuerdo de Allah, meditando,
pensando, tomando, y dando lecciones.
Poseía un corazón tierno, una gentil naturaleza y una faz
sonriente.
Era sensitivo y tenía los mejores modales. Gozaba de un carácter
aristocrático, desinteresado y dadivoso, tanto de cosas materiales
como de consejo y conocimiento. Amaba la gente, pero particularmente a
quienes eran creyentes y servían y adoraban al Uno en Quien ellos
creían.
Su porte era varonil y vestía bien. No hablaba excesivamente, pero
cuando lo hacía, su lenguaje era rápido, y cada vocablo,
cada sílaba
eran nítidos. Su discurso era bello y veraz. Decía la verdad
sin
temores, porque no le preocupaba si era elogiado o criticado y
condenado.
Cuando el Califa al-Muqtaf¡ nombró a Yahya ibn Said, en el
cargo de
Qadi, o Juez Principal, Hazrat `Abdul-Qadir le acusó en público,
diciendo: `Tú has nombrado al peor de los tiranos como juez sobre
los
creyentes. Veamos como responder s por ti mismo mañana cuando seas
presentado ante el Gran Juez, el Señor del Universo!' Al escuchar
esto, el califa empezó a temblar y rodaron sus lágrimas.
El juez fue
inmediatamente removido.
La población de la ciudad de Baghdad era presa de degeneración
moral
y en las conductas. A través de su influencia, la mayor parte de
las
gentes de la ciudad se arrepintieron y siguieron la correcta moral y
las prescripciones del Islam. El llegó a ser amado y respetado
por
todos, y su influencia se esparció por todos los confines. Así
como
los justos le amaban, los opresores y los perversos le temían.
Mucha
gente, incluyendo reyes, visires y sabios se llegaron hasta él
para
plantearle interrogantes y buscar soluciones. Muchos Judíos y
Cristianos abrazaron el Islam a través suyo.
Había en Baghdad un sacerdote muy sabio e influyente, que tenía
muchos seguidores. Este hombre poseía un vasto conocimiento, no
sólo
de las tradiciones Judaica y Cristiana, sino también del Islam.
Era
versado en el Islam y el Sagrado Corán, y sentía gran amor
y aprecio
por el Profeta Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de Allah sean
con él). El califa respetaba al sacerdote y confiaba que él
y sus
seguidores se convertirían en Musulmanes algún día.
De cierto, estaba
listo para aceptar la religión, salvo por una cosa. El obstáculo
que
se lo impedía, lo que no podía aceptar ni comprender, era
la ascensión
física a los cielos del Profeta Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones
de Allah sean con él), durante su tiempo de vida.
La Ascensión tuvo lugar cuando una noche, el Profeta (Que la Paz
y
las Bendiciones de Allah sean con él) fue llevado en cuerpo y alma
desde Medina hasta Jerusalén, y desde allí hasta los siete
cielos,
donde vio muchas cosas. Visitó el Paraíso y el Infierno,
y fue más
allá de ellos para encontrarse con su Señor, Quien habló
noventa mil
palabras con él. Regresó antes que su lecho se hubiese enfriado,
y
antes que una hoja que había tocado al pasar hubiese cesado de
estremecerse.
La mente del sacerdote no podía aceptar la ascensión del
Profeta
(Que la Paz y las Bendiciones de Allah sean con él) y su regreso
para
contarla. En verdad, cuando el mismo Profeta (Que la Paz y las
Bendiciones de Allah sean con él), la declaró al día
siguiente en que
tuviese lugar, muchos Musulmanes no creyeron, y abandonaron su
religión. Esto constituye una prueba para la fe verdadera,
ya que la
mente no puede concebir algo así.
El califa presentó al sacerdote a todos los sabios y maestros de
esa
época, a fin de cancelar sus dudas, pero ninguno de ellos obtuvo
el
éxito. Entonces una noche él envió un mensaje a Hazrat
`Abdul-Qadir,
preguntándole si él podía convencer al sacerdote
de la verdad de la
Ascensión.
Cuando Hazrat `Abdul-Qadir llegó al palacio, halló al sacerdote
y al
califa jugando al ajedrez. Mientras el sacerdote levantaba una pieza
del juego para moverla, sus ojos se encontraron con los del sheikh.
Parpadeó ... y al abrirlos nuevamente, se halló a
sí mismo ahogándose
en un correntoso río! Gritó pidiendo ayuda y un joven pastor
saltó al
río para salvarlo. Cuando el pastor lo aferró se dio cuenta
que estaba
desnudo, y que se había transformado en una joven muchacha!
El pastor la sacó del agua y le preguntó de quién
era hija, y donde
vivía. Al mencionar el sacerdote a Baghdad, el pastor dijo que
se
encontraban a una distancia de unos pocos meses de viaje de esa
ciudad. El pastor la honró, la mantuvo y protegió, pero
eventualmente,
ya que ella no tenía lugar adonde ir, se casó con ella.
Tuvieron tres
hijos, que fueron creciendo.
Cierto día, mientras ella lavaba ropa en el mismo río donde
había
aparecido muchos años antes, se resbaló y cayó al
agua. Cuando abrió
sus ojos, el sacerdote se encontró a sí mismo sentado enfrente
del
califa, sosteniendo la pieza de ajedrez y aún mirando a los ojos
de
Hazrat `Abdul-Qadir, el que le dijo: `Ahora, venerable sacerdote,
todavía tú descrees?'
No enteramente seguro de lo que le había pasado, y pensando que
se
trataba de un sueño, respondió con las palabras: `Qué
quieres decir?'
Quizás te agradaría ver a tu familia?' inquirió el
santo. Cuando
él abrió las hojas de la puerta, allí estaban
parados, el pastor y los
tres niños.
Al ver esto, el sacerdote creyó. El y su congregación se
hallan
entre los cinco mil Cristianos, que se convirtieron en Musulmanes por
las manos de Hazrat `Abdul-Qadir.
En su enseñanza y su servicio a la humanidad, aplicó cualidades
que
heredó de los más elevados. El dijo:
Un maestro espiritual no lo es verdaderamente a menos que posea
doce cualidades.
Dos de ellas provienen de los atributos de Allah El Más Elevado.
Estas son
1- El ocultar las faltas del hombre y del resto de la creación,
no solamente a otros, sino aún de sí mismos, y
2- el tener compasión y perdón para inclusive el peor de
los pecados.
Dos cualidades son heredadas del Profeta Muhammad (Que la paz y las
Bendiciones de Allah sean con él)
3- Amor
4- Y dulzura.
De
Hazrat Abu Bakr, el primero de los cuatro Califas, un
verdadero maestro, hereda
5- veracidad,
6- honestidad
7- y sinceridad, así como devoción y generosidad.
De
Hazrat `Umar
8- justicia,
9- e imponer lo correcto e impedir la maldad.
De
Hazrat `Uthman,
10- Humildad, y permanecer despierto y orar mientras el resto de la humanidad
sigue dormida.
De
Hazrat `Ali,
11-Conocimiento
12- Coraje.
El
fue un padre devoto para todas las decenas de miles de sus
seguidores. Los conocía por su nombre, y cuidaba de sus asuntos
mundanos, así como de sus condiciones espirituales. Les ayudaba
y
salvaba de desastres, aún cuando se encontrasen en el otro extremo
del
mundo. Era un niño con los niños, y los trataba con las
más profunda
de las ternuras y compasiones. Con aquellos mucho más viejos que
él,
se convertía en aún más anciano que ellos, y les
brindaba su respeto.
El mantenía el trato con los pobres y los débiles; no buscaba
la
compañía de los famosos o de los poderosos. Con tales gentes
se
comportaba como si fuese el rey del verdadero Rey.
Uno de los hijos de su sirviente relataba que su padre, Muhammad Ibn
al-Khidr, sirvió al Sheikh `Abdul-Qadir durante trece años.
Jamás notó
que ninguna mosca se posara en él, ni tampoco jamás lo observó
sonarse
la nariz. Aunque el sheikh trataba a los débiles y pobres con gran
respeto, su servidor jamás lo vio levantarse cuando llegaban sultanes,
ni tampoco él los visitaba, ni comía del alimento de ellos,
excepto
una sola vez. Cuando se presentaba un rey a visitarlo, él abandonaba
la sala de recepción y regresaba después que el rey y su
comitiva
estaban acomodados, de manera que todos ellos se veían obligados
a
levantarse para saludarlo. Cuando escribía una misiva al califa,
decía
que `Abdul-Qadir le ordenaba hacer esto o aquello, y que era una
obligación del califa el obedecerle, ya que él era su líder.
Cuando el
califa recibía tales cartas, él las besaba antes de leerlas,
y decía:
`El sheikh tiene razón, sin duda él está diciendo
la verdad!'
Uno de los grandes juristas de esa poca, Abu-Hasan, relata:
Yo escuché al califa al-Muqtafi decir a su ministro Ibn Hubayra:
`El Sheikh `Abdul-Qadir me está ridiculizando, subrayando muy
claro a cuantos están alrededor suyo que me está aludiendo
a mí.
Me han
informado que apuntó a una palmera datilera en su huerto y
dijo "Mejor que te comportes. o vayas demasiado lejos o haré
que te decapiten!" Ve a él, háblale en privado y dile:
"Tú no
debes satirizar ni amenazar al califa. Has de saber que el rango
del califa es sagrado y ha de ser respetado."
El vizir Ibn Hubayra fue al sheikh y lo halló en compañía
de
una vasta multitud. Al hablar, súbitamente en cierto punto,
declaró: "De cierto, a él también lo decapitaría".
El visir
percibió que el sheikh se refería a él mismo, y aterrorizado
huyó
y le relató al califa lo que había ocurrido. Este se conmovió
hasta las lágrimas y dijo: "Verdaderamente, el sheikh es grande."
Y fue a verlo él mismo. El sheikh le dio muchos consejos y el
califa lloró y lloró.'
No
obstante que era extraordinariamente compasivo y tenía el mejor
carácter y modales - gentil y caritativo, cumplidor de sus promesas
-
era justo, e inflexible en su justicia. Jamás mostró indignación
por
nada que a él le fuera hecho, pero si se cometía alguna
acción
perversa en perjuicio de la fe y de la religión, su ira se
hacía
motivo de pavor, y su castigo era rápido y riguroso.
Un sheikh de ese tiempo, Abu-Najib al-Suhrawardi, cuenta:
En
el año 523 de la Hégira, yo estaba con el Sheikh Hamm d,
el
maestro del Sheikh `Abdul-Qadir, quien también estaba presente.
El Sheikh `Abdul-Qadir hizo una declaración grandilocuente. Ante
ella, el Sheikh Hamm d le dijo: `Oh `Abdul-Qadir, tú hablas
demasiado aparatosamente! Temo para ti la desaprobación de
Allah.'
`Abdul-Qadir puso su mano sobre el pecho del Sheikh Hamm d.
`Mira mi palma con el ojo de tu corazón,' dijo, `y dime lo que
está escrito sobre ella.' Cuando el Sheikh Hamm d no pudo,
`Abdul-Qadir sacó su mano del pecho del sheikh y le mostró
la
palma. Sobre ella había una escritura luminosa que decía:
`El ha
recibido setenta promesas de Allah de que jamás se verá
frustrado'.
Cuando el Sheikh Hammad vio esto, dijo, `Jamás podría hacerse
una objeción a un hombre bendecido con una divina promesa como
esa. Allah bendice a quien El desea entre Sus servidores.'
El
Sheikh `Abdul-Qadir, acostumbraba a decir:
Ninguno
de mis seguidores morirá antes de arrepentirse. Todos
ellos morirán como fieles servidores de Allah. Cada uno de mis
buenos seguidores habrá salvado a siete de sus pecadores hermanos
del fuego del infierno. Si en el distante occidente, las partes
privadas de uno de mis seguidores fuesen inadvertidamente
expuestas, nosotros, no obstante que nos encontrásemos en el
lejano oriente, las cubriríamos antes de que nadie lo notase.
Me
ha sido dado un libro, un libro tan largo como el alcance de
la vista del ojo común, que contiene los nombres de todos los que
me seguirán, hasta el fin de los tiempos. Con la bendición
de
Allah, nosotros los salvaremos a todos. Benditos son los que me
ven. Yo anhelo a los que no me verán.
Todos
los que se le unían estaban siempre en paz y alegres. Alguien
le preguntó: `Sabemos la condición de los buenos seguidores
y lo que
les aguarda en el Mas Allá . Pero, qué pasará con
los malos?' El
respondió: `Los buenos me son devotos, y yo soy devoto en salvar
a los
malos.'
Una jovencita seguidora del sheikh vivía en Ceilán. Cierto
día fue
atacada en un lugar solitario, por un hombre con el propósito de
deshonrarla. Ya impotente, ella gritó: Sálvame, Oh mi sheikh
`Abdul-Qadir!' En ese momento el sheikh estaba haciendo su ablución
en
Baghdad. La gente le vio detenerse, tomar coléricamente su zapato
de
madera y arrojarlo en el aire. Nadie lo vio descender. El zapato cayó
sobre la cabeza del delincuente que estaba intentando ultrajar a la
niña en Ceilán, y le mató. Se dice que el zapato
aún está allí,
conservado como una reliquia.
Cuenta
Sahl ibn `Abdullah al-Tustari que cierto día, los seguidores
del Sheikh `Abdul-Qadir lo perdieron de vista. Miraron por todos los
lugares para hallarlo. Alguien les dijo que había sido visto caminando
hacia el Río Tigris, y sus seguidores corrieron hacia allá,
para
buscarlo. Cuando llegaron a la ribera, el sheikh venía por el medio
del río, caminando sobre las aguas hacia ellos. Todos los peces
sacaban sus cabezas afuera, dándole la bienvenida.
Era el momento de la plegaria del mediodía. Por encima de ellos
apareció una enorme alfombra extendida sobre sus cabezas, que cubría
la totalidad del cielo. Era de color verde, y bordadas sobre ella en
oro y plata estaban las siguientes palabras:
`De
cierto, para los amigos de Allah, no hay ni temor ni
lamentación.' (Sura Yunus 10:62).
`Oh,
familia del Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah
sean con vosotros. En verdad, solamente El es digno de alabanza
y El más glorioso!' (Sura Hud 11:73)
El
tapiz, que flotaba como la alfombra voladora del profeta Salomón,
descendió a tierra. La gente, inspirada, tranquila y pacífica,
caminó
hacia él. El sheikh, vestido con hermosos ropajes, puso sus pies
encima, y así, les condujo en plegaria. Cuando elevó sus
manos y dijo:
`Allah es grande,' una luz verde emanó de su boca, cubriendo el
cielo.
Al final de la plegaria é abrió sus manos y dijo:
`Oh Señor, por
deferencia a mi ascendiente tu amado Muhammad, que la paz sea con él,
y por causa de aquellos entre tu creación que te temen y te aman,
no
tomes a ti a ninguno de mis seguidores hasta que sean perdonados de
sus pecados y que su fe sea completa.' Todos y cada uno escucharon el
murmullo de los ángeles diciendo: `Amin.' Después de los
ángeles,
también ellos dijeron `Amin.' Entonces todos percibieron una voz
que
partía del interior de ellos, que decía: "Regocijáos!
Yo he aceptado
vuestras plegarias.'
El Profeta Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de Allah sean con
él), dice: `El sheikh perfecto es como un profeta para su pueblo'.
Ciertamente Hazrat `Abdul-Qadir fue uno de esos sheikhs perfectos, que
abrió para las gentes las puertas de la felicidad en este mundo
y los
portales del Paraíso en el siguiente.
Fue solamente después que Hazrat `Abdul-Qadir hubo logrado maestría
sobre su ego y llegase a ser un hombre perfecto, y únicamente por
la
inspirada orden del Sagrado Profeta (Que la Paz y las Bendiciones de
Allah sean con él), que se convirtió en un maestro y estableció
contacto con la gente. También en ese momento, y siguiendo el ejemplo
de su antecesor el Profeta Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de
Allah sean con él), contrajo matrimonio con cuatro esposas, cada
una
un modelo de virtud y devota a él. Tenía cincuenta y un
años de edad.
Procreó cuarenta y nueve hijos, veintisiete niños, y veintidós
niñas.
Cierto día sus esposas se allegaron a él y dijeron: `Oh
poseedor del
mejor de los caracteres, tu pequeño hijo ha muerto, y no hemos
visto
una sola lágrima en tus ojos, ni tampoco has mostrado tú
ningún signo
de tristeza o de cuidado. No tienes un poco de compasión por alguien
que es una parte de ti? Nosotras estamos encogidas por el dolor, sin
embargo tú sigues adelante con tus asuntos como si nada hubiese
ocurrido. Tú eres nuestro maestro, nuestro guía, nuestra
esperanza
para este mundo y para el Más Allá , pero si tu corazón
es duro y no
hay misericordia en él, cómo podemos nosotras, que confiamos
en
aferrarnos a ti en el día del Juicio Final, tener fe en que tú
nos
salvarás?'
El sheikh les dijo: `Oh mis queridas amigas, no piensen que mi
corazón es duro. Yo compadezco al infiel por su infidelidad. Yo
me
apiado del perro que me muerde y suplico a Allah que deje esa
costumbre, no porque me importe ser mordido, sino porque otros le
arrojarán piedras. Acaso no saben ustedes que mi compasión
es
heredada de aquél a quien Allah envió como una misericordia
sobre el
universo?'
Las mujeres dijeron: `Ciertamente, si te condueles aún del perro
que
te muerde, cómo es que no muestras ningún sentimiento por
tu propio
hijo, que ha sido golpeado por la espada de la muerte?'
El sheikh dijo: `Oh mis entristecidas compañeras, ustedes lloran
porque se sienten separadas de su hijo al que aman. Yo estoy siempre
con aquél que amo. Ustedes han visto a su hijo en el sueño
que es este
mundo, y ustedes le han perdido en otro sueño. Allah dice: "Este
mundo
no es sino un sueño." Es un sueño para los que se encuentran
dormidos.
Yo estoy despierto. Yo vi a mi hijo cuando él se hallaba dentro
del
círculo del tiempo. Ahora él ha caminado fuera de ese círculo.
Yo aún
le veo y él está conmigo. El juega alrededor mío,
exactamente como
antes lo hacía. Porque cuando uno ve lo que es real con el ojo
del
corazón, ya sea muerto o vivo, la verdad no desaparece.'
Cierto
día, el sheikh y algunos de sus seguidores estaban viajando a
pie en el desierto. Era el mes de Ramadán, y la arena ardía.
El
relata:
Yo
me encontraba cansado y sediento en demasía. Mis seguidores
estaban caminando adelante mío. De súbito, una nube apareció
encima nuestro, como una sombrilla, protegiéndonos del hirviente
sol. Enfrente nuestro emergió una fuente surgiente y una palmera
datilera cargada con frutas maduras. Finalmente brotó una luz
redonda, más brillante que el sol, fija, y apartada de éste.
Una
voz llegó desde esa dirección, y dijo: `Oh gentes de
`Abdul-Qadir, Yo soy vuestro Señor! Coman y beban, porque
Yo he
hecho legítimo para ustedes lo que había dispuesto como
prohibido
para otros!' Mi gente, que se hallaba adelante, corrió hacia la
fuente para beber y a la palmera datilera para comer de ella. Yo
les grité que se detuviesen, y levantando mi cabeza en dirección
a la voz, clamé: `Yo me refugio en Allah del maldecido Diablo!'
La nube, la luz, la fuente y la palmera datilera, todo
desapareció. El Diablo se plantó delante nuestro, en toda
su
fealdad. Preguntó `Como supiste que era yo?' Contesté al
Maldito que había sido arrojado fuera de la misericordia de Allah
que el discurso de Allah no es un sonido escuchado con los oídos,
ni proviene desde afuera. Aún más, yo sabía que las
leyes de
Allah son constantes y valen para todos. El no las cambia ni
convierte aquello que es prohibido en permitido para quienes El
favorece.
Al escuchar esto, el Diablo intentó su última tentación,
la de
incitar la arrogancia. `Oh `Abdul-Qadir,' dijo, `Yo he engañado
a
setenta profetas con esta triquiñuela. Tu conocimiento es vasto,
tu sabiduría es aún mayor que la de los profetas!' Entonces,
señalando a mis seguidores, continuó, `Es este puñado
de
estúpidos tu único acompañamiento? El mundo entero
debiera
aceptarte, porque tú eres igual a un profeta.'
Yo dije: `Yo me refugio de ti en mi Señor Quien es el
Escuchador de Todo, y el Sapiente de Todo. Porque no es mi
conocimiento, ni mi sabiduría, lo que me ha salvado de ti, sino
la misericordia de mi Señor.'
El
veía todo como proveniente de Allah, hacía todo por motivo
de
Allah, y no atribuía nada a ningún ser creado, incluyéndose
él mismo.
Elogios o críticas, beneficios o pérdidas, todo era igual
para él. Su
conocimiento lo abarcaba todo y su sabiduría era suprema. Consideraba
que los que saben y no aplican su conocimiento, no son mejores que
burros cargando pesados libros.
Uno
de los grandes sheikhs de su tiempo, el Sheikh Muzaffar Mansur ibn
al-Mubarak al-Wasiti, relata:
Yo
fui a visitar al Sheikh `Abdul-Qadir, con algunos de mis
estudiantes. Llevaba un libro sobre filosofía en mi mano. El nos
dio la bienvenida, nos observó, y luego me dijo: `Qué amigo
malo
y sucio llevas en tu mano! Ve y lávalo!' Yo quedé espantado
por
las iracundas palabras del sheikh. El no podía saber el contenido
del libro, que yo amaba y que había casi memorizado.
Debatí conmigo mismo si me levantaba y escondía el libro
en
algún sitio, para luego recogerlo a mi partida. Cuando estaba por
hacerlo, él me miró de una manera extraña y ya no
pude moverme de
mi lugar. Luego me ordenó que le diese el libro. Mientras hacía
esto, lo abrí para darle una mirada final. Y vi solamente
vacías
páginas en blanco! Todo cuanto estaba escrito había desaparecido.
Le entregué el libro. El lo tomó, lo hojeó en partes,
y me lo
devolvió diciendo, `Aquí está "La Sabiduría
del Corán" por Ibn
D ris.' Yo lo tomé y al abrirlo, vi, fuera de toda duda, que el
libro de filosofía se había transformado en "Fad 'il
al-Qura n"
por Ibn D ris, escrito en la más hermosa de las caligrafías.
Entonces él me dijo: `Deseas que tu corazón se doblegue
cuando
digas tu arrepentimiento?' Yo le respondí: `Sin duda, lo deseo.'
El me dijo: `Entonces, ponte de pie'. Mientras me levantaba, sentí
que todos mis conocimientos de filosofía descendían de mi
mente y
se enterraban en el suelo. De todo ello, no permaneció en mi
memoria ni la menor palabra.
En
otra oportunidad una gran cantidad de gente estaba reunida
alrededor del Sheikh `Abdul-Q dir, esperando que él hablase. E
permaneció sentado por un largo tiempo, sin emitir una sola palabra;
la congregación también seguía sentada, aguardando
en silencio.
Después de un cierto lapso de tiempo, un extraño éxtasis
se apoderó de
Él y permaneció sentado por un largo tiempo, sin emitir
una sola palabra;
la congregación también seguía sentada, aguardando
en silencio.
Después de un cierto lapso de tiempo, un extraño éxtasis
se apoderó de
ellos, como si hubiesen sido vaciados de pensamiento o imaginación.
Entonces todos ellos al unísono tuvieron un mismo pensamiento;
`¨En
qué está pensando el sheikh?'
Tan pronto como este interrogante surgió en sus mentes, Hazrat
`Abdul-Qadir habló. `Hace un momento, un hombre fué transportado
desde
la Mecca hasta Baghdad en un instante, se arrepintió en mi presencia,
y voló de regreso,' dijo.
La congregaci¢n pensó al unísono: `Porqué un
hombre que puede volar
desde la Mecca hasta Baghdad en un segundo, habría de necesitar
arrepentirse?'
El dijo: `Volar en el aire es una cosa, pero sentir amor es algo
diferente. Yo le enseñé como amar.'
`Abdull
h Zkayal relata esto:
En
el año 560 yo estaba en la escuela de Hazrat `Abdul-Qadir.
Cierto día lo vi abandonar su casa con su bastón en la mano.
Me
dije a mí mismo, ` Desearía que me mostrase un milagro
con ese
bastón!' El me miró, y sonriendo, enterró parte del
bastón dentro
de la arena. Instantáneamente se tornó en un rayo de intensa
luz
elevándose hasta fuera de la vista en el cielo, iluminando todo
durante una hora. Entonces él tomó ese rayo de luz y se
transformó nuevamente en un bastón común. El me miró
y dijo, `Oh
Zayal, es esto todo cuanto tú deseabas?'
A sus
manos más de cinco mil Judíos y Cristianos se convirtieron
en
Musulmanes. Más de cien mil rufianes, delincuentes, asesinos, ladrones
y bandidos se arrepintieron y se hicieron devotos Musulmanes y
pacíficos derviches. El explica como alcanzó esa bendencida
condición:
Durante
veinticinco años deambulé por los desiertos de Iraq.
Dormí en ruinas. Me quedé en reclusión durante once
años, en un
lugar de Shustar, donde se hallan los restos de un castillo en el
medio del desierto, a doce días de viaje desde Baghdad. Le
prometí a mi Señor que no comería ni bebería
hasta que alcanzase
perfección espiritual. En el día cuadragésimo llegó
un hombre con
una hogaza de pan y algún alimento y los colocó delante
mío, para
luego desaparecer. Mi carne gritaba, ` Tengo hambre, estoy
hambriento!' mi ego susurraba, `Tu promesa hacia Allah se
encuentra cumplida. Porqué no comes?' Pero yo no rompí mi
voto a
Allah.
Por azar sucedió que el sabio Abu Sa'¡d al-Muharram¡
pasó por
el lugar. Escuchó los gritos de hambre de mi carne, a pesar que
yo estaba sordo a ellos. El se acercó y contemplando mi demacrado
estado me dijo, `Qué es lo que veo y escucho, Oh `Abdul-Qadir?'
`No te preocupes, amigo mío,' le dije. `Es solamente la voz de
la desobediencia de mi insubordinado ego, mientras que el alma,
en verdad te lo digo, está prosternada delante de su Señor
y se
encuentra plena de esperanza, paz y alegría.'
`Compláceme y ven a mi escuela en B b al-`Azj,' me pidió.
Yo no
contesté, pero internamente me dije, `No dejar este lugar
salvo
una orden divina.' No mucho más tarde, Khidr se presentó
a mí y
me dijo, `Ve y únete a Abu Sa'¡d'.
Cuando recibí la orden, fuí a Baghdad, a la escuela de Ab
Sa'¡d,
y lo hallé aguardándome a la entrada. ` Yo te
rogué que
vinieras!" dijo. Luego me invistió con el manto del derviche.
Desde ese momento en adelante nunca lo dejé.
Durante cuarenta años jamás dormí a la noche. Hice
mi plegaria
de la maana con la ablución que había tomado para mi oración
nocturna. Leía el Corán para que el sueño no me venciese.
Me
paraba en un pie y me apoyaba contra la pared con una mano. No
cambié esta posición hasta que hube terminado la lectura
del
Sagrado Libro.
Cuando no podía vencer yo mismo el sueño, escuchaba una
voz que
sacudía cada célula de mi cuerpo. Ella decía, `Oh
`Abdul-Q dir,
Yo no te he creado para dormir! Tú eras nada. Yo te di la vida.
Para que, mientras estés vivo, no estés desatento de Nosotros.'
Un día,
alguien le preguntó: `Oh `Abdul-Qadir, nosotros oramos,
ayunamos y nos negamos a los bajos deseos de nuestra carne, igual que
tú. Cómo es que no recibimos altos estados místicos
y la habilidad de
llevar a cabo milagros, como tú?'
El respondió: `Yo veo que ustedes no solamente intentan competir
conmigo en los actos - creyendo que hacen lo que yo hago, cuando en
realidad meramente hacen lo que me ven hacer - sino que reprochan a
Allah por no darles las mismas recompensas! Allah es mi testigo en que
nunca he comido o bebido a menos que escuchase a mi Creador decir:
"Come y bebe - tú Me lo debes, por el cuerpo que Yo te he
dado."
Tampoco jamás hice una sola cosa sin la orden de mi Señor.'
El Sheikh
`Al¡ ibn Mus fir relata:
Yo
estaba entre cientos de personas reunidas para escucharlo al
aire libre. Mientras él hablaba, una espesa lluvia comenzó
a caer
y algunas personas empezaron a partir. El cielo estaba obscuro de
nubes que prometían más lluvia. Hazrat `Abdul-Qdir elevó
su
cabeza y sus manos en plegaria y dijo, `Oh Señor, yo deseo reunir
a la gente para Ti. Acaso Tú estás intentando alejarla de
mí?'
Tan pronto como él dijo esto, la lluvia encima nuestro se detuvo.
Ni una sola gota cayó sobre nosotros hasta que él terminó
de
hablar, a pesar que estaba lloviendo fuera del lugar donde nos
encontrábamos congregados.
Yahy
ibn Jina al-Ad¡b recuerda:
El
Sheikh `Abdul-Qadir acostumbraba a intercalar poesía en sus
charlas. Un día el estaba hablando acerca del alma y recitó
este
poema:
Mi
alma, antes que llegara a ser en el reino de la nada,
Te amaba.
Si ahora yo abandonase el reino del amor,
Podrían mis pies alejarme?
Internamente,
me dije a m¡ mismo: `Veamos cuantos poemas recitar
hoy.' Tenía conmigo un tramo de cordel, y le hacía un nudo
debajo
de mi manto, cada vez que él recitaba un verso. Yo estaba sentado
alejado, y verme le hubiera sido imposible. El me miró y me dijo
`Yo trato de desenredar, y parece que tú hallas satisfacción
en
atar nudos!'
Su devoto
servidor Abdul-Rid relata lo que sigue:
Cierto día cuando estaba predicando, el sheikh se interrumpió
en
el medio de una sentencia y declaró: `No continuar a menos
que
ustedes me den cien piezas de oro, ahora mismo!' Rápidamente la
gente reunió cien dinares y los colocaron en mis manos. Todos
estaban sacudidos, sin saber que hacer, mirándolo con asombro.
Yo
le alcancé el dinero. El me devolvió los cien dinares, mientras
me decía: `Oh, Abul-Rid , ve al cementerio de Sh£n¡ziyyah.
Allí
encontrarás un anciano tocando el laúd para los sepulcros.
Entrégale este oro y tráeme al anciano.'
Yo fui y allí estaba ciertamente el anciano, tocando su laúd
y
cantando para las tumbas. Yo le ofrecí mis salutaciones, y le di
la bolsa conteniendo el oro. El quedó espantado, lanzó un
largo
grito, y perdió el sentido.
Cuando revivió, le llevé al Sheikh `Abdul-Qadir, quien le
pidió
que subiese al púlpito. El hombre ascendió los escalones
con el
laúd en sus hombros. `Amigo, diles tu historia,' le invitó
el
sheikh.
El tocador de laúd nos dijo que durante su juventud, él
había
sido un cantante popular de fama. Sin embargo al llegar a la
vejez, nadie ya lo buscó, ni deseó escucharlo más.
Triste y
abandonado por todo el mundo, ese mismo día él hizo un voto
de
que nunca cantaría más para nadie, exceptuando los muertos.
Había
ido al cementerio, y mientras estaba allí, cantando y tocando el
laúd, la tumba más cercana se abrió en dos!
El difunto levantó
su cabeza y dijo: `Toda tu vida has cantado para los muertos.
Canta una vez para el Siempre-Viviente, para Allah. Ciertamente
El te otorgará más de lo nunca antes te haya sido dado -
más de
lo que tú jamás hayas esperado recibir!' Al ver y escuchar
esto,
se desmayó de temor y estupefacción. Luego, al retornar
sus
sentidos, comenzó a cantar así:
Oh
Mi Señor, el día en que Te encuentre no tendré
nada para
entregar salvo ruegos en mis labios y esperanza de misericordia
en mi corazón.
Todo ser reunido en Tu presencia con esperanza, ay de mí
si soy
dejado con las manos vacías!
Si solamente los buenos llegasen rogando a Tu puerta, ¨a quién
irían a pedir los pecadores?
Oh Señor, cuando yo esté avergonzado ante Ti en el Día
de la Rendición
de Cuentas, no me salvarás Tú, del Fuego?
Abul-Rid
continúa relatando:
En
el medio del verso yo llegué a él con los cien dinares de
mi
maestro como recompensa por sus súplicas a su Señor, y en
su
sorpresa, él perdió los sentidos.
El tocador de laúd, con lágrimas brotando de sus ojos, se
desmayó. Arrojó al suelo su laúd y lo rompió.
El sheikh dijo, `Si
esta es la recompensa de Allah por la honestidad de alguien que
tomó su vida como un juego, cuál ser el premio del servidor
de
Allah que es puro y leal toda su vida? Preserven la sinceridad en
su corazón, porque sin ella ustedes no progresarán hacia
su Señor
ni siquiera una pulgada.'
`Abdul-Samad
ibn Hum m era uno de los hombres más ricos en Baghdad.
Un hombre mundano, orgulloso, y arrogante, creía que era dueño
del
mundo y de la gente que trabajaba para él. Suponía que los
controlaba,
haciendo con ellos cualquier cosa que deseaba. Un materialista en todo
el sentido de la palabra, tenia aversión profunda por el sheikh
y
negaba sus milagros. Este es su relato:
Como ustedes saben, a mí nunca me agradó el sheikh. No obstante
que soy un hombre pudiente y tengo todo cuanto pueda desear,
jamás estaba contento, feliz o en paz.
Un
día viernes, mientras pasaba cerca de su escuela, escuché
el
llamado a la oración. Me dije a mí mismo, `Echemos una mirada
más
de cerca a este hombre que impresiona a otros con sus así
llamados, milagros. Iré a hacer mi plegaria del viernes en su
mezquita.'
La mezquita estaba repleta. Empujando hacia adelante, en medio
de la multitud, conseguí un lugar justo delante del púlpito.
El
sheik comenzó a decir su sermón y las ideas que exponía
me
irritaron.
De súbito sentí la necesidad de evacuar mi vientre con terrible
urgencia. No había modo de salir de la mezquita. Yo quedé
horrorizado ante la terrible vergüenza, ya que estaba a punto de
defecar allí mismo y en ese instante. Mi cólera hacia el
sheikh
se incrementó.
En ese momento él descendió calmosamente los escalones del
púlpito y se paró al lado mío. Mientras continuaba
hablando, me
cubrió con el ruedo de su manto. De súbito me encontré
en un
hermoso y verde valle donde corría un arroyo de aguas
cristalinas. No había nadie a la vista. De inmediato hice mi
necesidad, me lavé, y tomé mi ablución en el arroyo.
Cuando
decidí cumplir mi plegaria, me hallé nuevamente debajo del
manto
del sheikh. El levantó su ruedo y subió nuevamente los escalones
hasta el púlpito.
Yo quedé estupefacto. No solamente se sentía aliviado mi
vientre, sino también lo estaba mi corazón. Todo el descontento,
la cólera y los sentimientos negativos se habían evaporado
de él.
Después de la plegaria, abandoné la mezquita y caminé
hacia mi
hogar. En el camino, me di cuenta que había perdido la llave de
mi caja fuerte. Regresé a la mezquita y la busqué pero no
la
pude hallar en ninguna parte. Tuve muchas dificultades para
conseguir que el cerrajero abriese mi caja fuerte.
Al día siguiente, tenía que hacer un viaje de negocios.
A tres
días de distancia de Baghdad, pasamos por un valle muy hermoso.
Como si una fuerza nos arrastrase, llegamos hasta la ribera de un
arroyo increíblemente bello. Inmediatamente reconocí que
este era
el lugar donde yo había estado, y el arroyo en el que me había
lavado. Nuevamente lo hice así, en el mismo sitio. Y allí
encontré la llave perdida, de mi caja fuerte! Cuando retorné
a
Baghdad, me convertí en un seguidor del sheikh.
Una
mujer de Baghdad, muy impresionada con la fama y las riquezas
del sheikh, decidió dejar su hijo al cuidado de Hazrat `Abdul-Qadir.
Le llevó al niño, le dijo `Toma este hijo como el tuyo propio
- yo
renuncio todo derecho a él - y críalo para que llegue a
ser como tú.'
El sheikh aceptó al niño y comenzó a enseñarle
piedad, ascetismo y la
negación de los bajos deseos del ego.
Después de algún tiempo, la madre vino a ver a su hijo,
y le halló
delgado y pálido, comiendo una costra de pan. Ella se encolerizó
con
el sheikh y pidió estar ante su presencia. Cuando llegó
ante él, lo
encontró bien vestido, sentado en una agradable habitación
y comiendo
un pollo. `Mientras tú comes tu pollo, ella le reprochó,
`mi pobre
hijo, el que yo dejé a tus cuidados, no tiene más que un
pedazo de pan
viejo!'
El sheikh colocó su mano sobre los huesos del pollo. `En el nombre
de Allah Quien revive los huesos desde el polvo, levántate!' Al
sacar
el sheikh su mano, el pollo estaba vivo. Corrió por encima de la
mesa,
diciendo: ` No hay dios sino Allah y Muhammad es Su Mensajero y el
Sheikh `Abdul-Qadir es el amigo de Allah y Su Mensajero!'
El sheikh se volvió hacia la mujer y le dijo: `Cuando tu hijo pueda
hacer esto, el también podrá comer cualquier cosa que desee.'
Más adelante en su vida, una noche estaban en su casa cincuenta
personas de la élite de Baghdad . La reunión incluía
todos los grandes
sheikhs de su tiempo, entre ellos Hafiz Abul-`Izz `Abdul-Mughith ibn
Harb. Este recuerda:
Esa
noche el sheikh estaba realmente inspirado. Perlas de
sabiduría brotaban de su boca. Todos nosotros estábamos
en un
perfecto estado de paz y beatitud, de una clase que jamás
habíamos experimentado antes. En un momento dado, el sheikh
señaló su pie y declaró, `Este pie está por
encima de los cuellos
de todos los santos.' No bien había él dicho esto, cuando
uno de
sus estudiantes, el Sheikh `Ali ibn al-Hili, se arrojó a los pies
de su maestro. Tomó el pie del sheikh y lo colocó sobre
su propio
cuello. Entonces todo el resto de nosotros, hicimos lo mismo.
Otro
de los presentes, el Sheikh Ab£ Sa'id al-Kaylawi, dijo:
Cuando
él dijo, `Este pie está por encima de los cuellos de todos
los santos,' yo sentí la verdad de Allah manifestarse en mi
corazón. Vi a todos los santos del mundo parados en su presencia,
llenando completamente mi visión. Los que eran de este mundo
estaban presentes corporalmente; aquellos que habían muerto lo
hacían espiritualmente. El cielo estaba lleno de ángeles
y otros
seres invisibles al ojo. Un grupo de ángeles descendió y
confirió
al santo el manto del Mensajero de Allah (Que la Paz y las
Bendiciones de Allah sean con él). Mientras todos nos
prosternábamos y estirábamos nuestros cuellos, escuchamos
una voz
sin sonido que decía `Oh sultán de la época, guía
de la religión,
del lugar, Oh ejecutor de la palabra de Allah el Compasivo,
heredero del Libro Sagrado, representante del Mensajero de Allah,
Oh aquél a cuyas órdenes son entregados la tierra y los
cielos,
cuya plegaria es aceptada, cuando él pide por lluvia, esta viene,
y brota leche de los pechos secos, Oh amado y respetado de la
creación entera ...'
Después
que el Sheikh `Abdul-Qadir pronunció esas palabras, no solo
aquellos que se encontraban presentes, sino todos los hombres de
religión sintieron un acrecentamiento de su conocimiento y de su
sabiduría, en la divina luz de sus corazones y en sus niveles
espirituales.
Cuando este acontecimiento fue conocido en el mundo, Musulmanes, todos
los sheikhs y maestros pusieron sus cabezas en el suelo en enorme
humildad y aceptaron su liderazgo. Pecadores de entre las gentes se
acercaron a su presencia, se arrepintieron, y se convirtieron en
puros. Bandidos, ladrones, delincuentes se allegaron a él, y se
hicieron sus seguidores. El llegó a ser el centro, el polo.
Trescientos trece santos de la época, entre ellos diecisiete en
la
sagrada ciudad de la Mecca, sesenta en Iraq, cuarenta en Irán,
veinte
en el Egipto, treinta en Damasco, once en Abisinia, siete de Ceilán,
veintisiete en el Oeste, cuarenta y siete en las tierras inaccesibles
más allá del Monte Qaf, siete de las tierras de Gog y Magog,
y
veinticuatro en las islas de los océanos, todos escucharon y pusieron
sus cabezas en el suelo en obediencia - con la excepción de un
Persa.
Este Persa era un muy devoto sheikh. Oraba más que nadie y ayunaba
continuamente. Hizo numerosas peregrinaciones a la Kaa'bah, y tenía
mucha ambición por el logro del placer de Allah. Durante cincuenta
años permaneció recluso del mundo con sus cuatrocientos
discípulos, a
los que hizo trabajar día y noche para perfeccionarse. Tenía
enormes
conocimientos, y podía obrar milagros. Cuando le llegó el
aviso de la
declaración de Hazrat `Abdul-Qadir, se encontraba en Peregrinación
con
sus discípulos, en la sagrada ciudad de la Mecca. Ya sea que haya
desmerecido la grandeza de Hazrat `Abdul-Qadir, o que sobreestimase la
suya propia, se rehusó a bajar su cerviz en obediencia a la llamada
de
`Abdul-Qadir. Aquella noche soñó que partiendo desde la
Mecca llegaba
a Bizancio y allí adoraba un ídolo. Deprimido por este ominoso
sueño,
reunió sus discípulos y les dijo que debía ir de
inmediato a Bizancio,
donde confiaba en descubrir el significado de su sueño. Sus leales
discípulos le siguieron a Bizancio.
Cuando entraron a la ciudad el sheikh vio a una hermosa muchacha parada
en un balcón. Su cabello era negro como la noche, sus ojos eran
lunas gemelas con cejas arqueadas como tiernas hoces sobre ellos, su mirada
una tentación para los amantes. Sus húmedos labios, del
color de los rubíes, tornaban sedientos a cualquiera que los mirase.
Su boca era tan pequeña que ni siquiera las palabras podían
atravesarla, su estrecha cintura estaba ceñida por el cinturón
de los idólatras.
Tan pronto como el sheikh la vio, su corazón se encendió
en fuego, sus ojos quedaron fijos sobre ella, su voluntad se deslizó
de sus manos.
Mientras su corazón se llenaba de amor por ella, la religión
y la fé lo abandonaron.
Aún con toda su belleza, esa mujer no era más que una meretriz,
una tentación del Diablo. El sheikh permaneció a la puerta
de esta ramera pagana, con la boca abierta, sus ojos fijos en el balcón,
esperando verla.
Interiormente, él estaba en pleno tormento. Pensaba que todos esos
años de ayuno en que atormentaba su carne, no había sufrido
como
ahora. Buscó en su conocimiento, en su razonamiento, para encontrar
la
lógica de esta situación, pero toda razón y conocimiento
le habían
abandonado. Sus compañeros se acercaron a él, en terror
y aflicción, y
le rogaron que se apartase, que se arrepintiese, que orase. El sheikh
replicó que antes de hacerlo, se arrepentiría del absurdo
de alejarse
del mundo y sus placeres por motivo de su fe, y que en cuanto a orar y
suplicar, lo haría más bien a esta muchacha que a Dios.
Cuando se le
recordó el castigo de Allah y el Infierno, dijo que la separación
de
su amada y el fuego del amor en su corazón podrían alimentar
siete
Infiernos. Sus discípulos le imploraron por largo tiempo, pero
al ver
que sus esfuerzos no producían ningún efecto en el sheikh,
le dejaron.
El sheikh permaneció un mes entero a la puerta de la prostituta
pagana. El polvo fue su cama y el umbral su almohada. Dormía en
la
calle, junto a los perros callejeros.
Finalmente la bella pagana se aproximó a la puerta para encontrarlo
y le dijo: ` Oh anciano que te llamas a ti mismo, un sheikh y un
Musulmán, estás tan intoxicado con el vino de atribuir iguales
a Dios,
que te muestras en ese estado en esta pagana calle!' El sheikh dijo,
`Yo abandonaré no solo mi religión sino mi vida por un toque
de tus
labios.' La ramera dijo, ` Avergonzate, esclavo decrépito
de tus
pasiones! "Cómo te atreves a sugerir besarme, cuando más
bien estás
cercano a envolverte en tu mortaja e irte a tu sepulcro? Vete! Yo
no
puedo amarte.'
Sin importar cuánto ella le insultase, el sheikh permanecía
a su
puerta. Entonces ella descendió nuevamente a él y le dijo,
`Si tu amor
por mí es como tú dices, entonces has de renegar del Islam,
quema el
Corán, inclina tu cabeza y prostérnate delante de los ídolos
y bebe
vino.' El dijo: `No puedo en verdad todavía abandonar el Islam,
ni
puedo quemar el Corán, pero estoy dispuesto a brindar con vino
por tu
belleza.' Ella dijo, `Entonces ven, y bebe vino conmigo. Muy pronto
estarás de acuerdo en hacer todas las otras cosas que te he pedido.'
Mientras él sorbía vino de sus manos, su corazón
y su mente ardían con
fuego. Intentó recordar el Corán que tenía memorizado,
los libros que
hubo leído y escrito sobre el Islam, pero los había olvidado
todos.
Borracho, trató de tocarla. Ella dijo: `No, hasta que te conviertas
en
un pagano como yo y hayas quemado tu Corán.' El arrojó su
Corán y su
manto de derviche al fuego, abandonó su fe y se inclinó
ante los
dioses paganos, e intentó nuevamente tocarla. Ella le dijo: `Tú
viejo
baboso, esclavo de tu pasión, que no posees ni bienes mundanos
ni
fama, cómo puede una mujer como yo ser acariciada por tal clase
de
mendigo? Yo necesito plata y oro y seda. En vista que tú no tienes
nada, aparta tu horrible ser y vete!
Transcurrió más tiempo. El pobre anciano, desgastado, permanecía
ante la puerta. Finalmente, cierto día, ella se entregó
a él. Entonces
ella dijo: `Ahora, hablemos de mi precio, Oh sucio viejo, ve y cuida
mi piara de cerdos durante un año.' Sin protestas, el otrora sheikh
de
la Kaa`bah, se convirtió en un porquerizo.
Las tristes noticias del sheikh que no inclinó su cabeza ante Hazrat
`Abdul-Qadir se desparramaron, y sus discípulos, que lo abandonaron,
llegaron a Baghdad. Allí pidieron ver al sheikh `Abdul-Qadir. Cuando
le dijeron lo ocurrido, que el sheikh había dejado su religión,
se
había convertido en un pagano y reducido a un porquerizo, Hazrat
`Abdul-Qadir dijo: `Si uno no se somete y se transforma en el cordero
de un pastor, entonces se hace porquerizo de una piara de chanchos.
Porque cada hombre tiene su propia manada de mil cerdos, mil ídolos
en
su corazón, salvo que los ahuyente mediante la sumisión
y el
arrepentimiento.' Después los reprendió por el abandono
de su sheikh
y les dijo que por respeto a él debieran aún haberse
hecho paganos!
Añadió que un amigo real es aquél en quien se puede
confiar durante la
desgracia, porque en momentos afortunados todos pretenden ser amigos.
Luego oró por el descarriado sheikh y les dijo que regresaran a
Bizancio y le transmitiesen que `Abdul-Qadir le invitaba a volver.
Los discípulos partieron prontamente hacia Bizancio. Hicieron
plegarias por su sheikh durante todo el camino. Ayunaron y pidieron a
Allah que otorgase a su sheikh las recompensas. Enviaron innúmeras
bendiciones al Profeta Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de Allah
sean con él) y rogaron por su intercesión. La flecha de
la plegaria
alcanzó su blanco. Al llegar al sheikh le hallaron radiante entre
los
muchos cerdos, y cuando le dijeron de la llamada de Hazrat
`Abdul-Qadir, se arrancó el ceñidor de los paganos, derramó
torrentes
de lágrimas de arrepentimiento, elevó sus manos al cielo
en
agradecimiento, y todo cuanto él había abandonado - el Corán,
los
secretos divinos - le regresó y fue rescatado de su miseria y locura.
Entonces tomó un baño, realizó sus abluciones y se
cubrió con el manto
del derviche. A continuación, partió para Baghdad.
Mientras ocurría esto, la muchacha pagana vio en un sueño,
una luz
que descendía sobre ella y escuchó estas palabras: `Sigue
a tu sheikh,
abraza su fe, conviértete en el polvo debajo de sus pies. Tú
que has
sido manchada, eres ahora tan pura como lo es él. Le llevaste a
tu
camino. Entra ahora en el suyo.' Cuando se despertó, su ser se
hallaba
transformado. Corrió para alcanzar al sheikh y sus discípulos.
Corrió,
sin comer ni beber, por encima de planicies y de montañas. Finalmente,
en el medio del desierto, cayó al suelo. Ella oró: `Oh Tú
Quien me has
creado, perdóname, no me aniquiles. Si me rebelé contra
Tu fe y Tu
sendero, lo hice en ignorancia, así como mi sheikh lo hizo en
arrogancia. Tú le has perdonado, absuélveme a mí
también. Yo me
entrego y acepto la verdadera fe
Allah dispuso que el sheikh, quien se hallaba no muy lejos,
escuchara las palabras de la muchacha; él y sus discípulos
retornaron
hasta donde ésta yacía. Ella dijo `Por tu causa la vergüenza
me
consume. Instrúyeme en el Islam para que pueda enfrentar a mi Señor
en
el sendero.' Mientras el sheikh atestiguaba su fe, y de sus compañeros
brotaba llanto de júbilo, la joven les deseó bienaventuranza
y se
reunió con su Señor. Ella, una gota en el mar de la ilusión,
regresó
al océano de la Verdad y el sheikh llegó a Baghdad y en
humildad,
estiró su cuello debajo de los pies de Hazrat `Abdul-Qadir.
A medida que la influencia de Hazrat `Abdul-Qadir se esparcía a
todos los rincones del mundo, muchos de sus discípulos obtuvieron
posiciones de importancia y numerosos gobernantes de hombres se
convirtieron en sus discípulos. El facultó a incontables
seguidores
suyos para actuar como sus representantes, de acuerdo con las
habilidades, cualidades internas y rangos espirituales de cada uno. De
varios hizo maestros espirituales y juristas de otros. Algunos fueron
nombrados gobernantes y detentadores de poder mundano.
Existía
un derviche que desde que ingresara al servicio de Hazrat
`Abdul-Qadir estuvo durante cuarenta años realizando todo esfuerzo
para complacerle. El veía como otros discípulos mucho más
jóvenes que
é, y que habían pasado mucho menos tiempo con el sheikh,
eran
delegados por éste para recibir importantes posiciones. Cierto
día se
acercó a Hazrat `Abdul-Qadir e hizo su pedido. Le había
servido
durante tantos años, y ahora estaba más cercano a la ancianidad.
"Por
qué no podía también él, recibir un puesto
substancial y elevado como
algunos de los otros?
Mientras hablaba, arribó desde la India un grupo de emisarios.
Deseaban que Hazrat `Abdul-Qadir nombrase un maharajah para su reino.
El sheikh contempló a su derviche, y le dijo, `Quisieras este puesto?
Te sientes cualificado para él? El derviche no cabía en
su alegría.
Después que los emisarios se alejaron, el sheikh dijo al derviche,
`Si tú sientes encontrarte cualificado para servir en mi nombre,
te
nombraré para ese reino en la India. Tengo una condición.
Has de
prometer que me darás la mitad de todos los beneficios y bienes
que
recibirás durante tu reinado.' El derviche prestamente aceptó.
El derviche era cocinero en la escuela de Hazrat `Abdul-Qadir. Ese
día se estaba preparando un postre al que era necesario revolver
continuamente. Después de su charla con el sheikh, él regresó
a la
cocina para mezclar el pesado postre en un gran caldero con una
cuchara de madera. Mientras se encontraba ocupado en ello, fue llamado
para acompañar a los emisarios a la India como su rey, y así,
partió.
El derviche se convirtió en un maharajah. Amasó enorme riqueza,
construyó muchos palacios para sí mismo, se casó
y tuvo un hijo.
Eventualmente, olvidó todo cuanto se refería a su sheikh
y a su
promesa.
Cierto día recibió un mensaje notificándole que el
Sheikh
`Abdul-Qadir estaba llegando para visitar su reino. Se alistó para
agasajarlo con gran pompa. Después de lujosas ceremonias, procesiones,
y fiestas, fueron dejados solos para hablar. El sheikh hizo presente
al maharajah el acuerdo de ambos: él tomaría la mitad de
todo cuanto
éste hubiese acumulado durante su reinado. El maharajah se molestó
al
serle recordada su promesa, pero no obstante admitió que al día
siguiente prepararía sus cuentas de todo cuanto poseía y
que ofrecería
la mitad al sheikh.
Su ambición y su hambre de riquezas - que se había incrementado
muchas veces a medida que adquiría m s y más caudales -
no le
permitieron rendir una cuenta honesta de su hacienda. Al día siguiente
trajo una lista y la entregó al sheikh. Aunque ésta enumeraba
muchos
palacios y tesoros, solamente representaba una fracción de lo que
él
poseía en realidad.
El Sheikh `Abdul-Qadir pareció estar satisfecho con su parte. Luego
habló. `He escuchado que también tienes un hijo.'
El maharajah respondió: `Sí, desafortunadamente solo uno.
Si tuviese
dos, gustosamente te daría uno.'
`A pesar de todo, trae al niño,' replicó el sheikh. `Siempre
podremos compartirlo.' El muchacho fue llevado a presencia de ellos.
El sheikh desenvainó su afilada espada y la sostuvo sobre la cabeza
del niño. `Tú tendrás la mitad, y yo tendré
la mitad!' declaró.
El padre, horrorizado, extrajo su daga y con las dos manos, la
hundió en el corazón del sheikh.
De inmediato sus ojos parpadearon; al abrirlos se halló a sí
mismo
al borde del caldero de postre, blandiendo la cuchara de madera dentro
del recipiente. Hazrat `Abdul-Qadir lo contempló y le dijo: `Como
ves,
tú no estás aún listo para ser mi representante.
Todavía no has
entregado todo, incluyéndote a ti mismo, a mí.'
El mismo se había dado por entero a Allah. Sus noches transcurrían
con poco o ningún sueño, en solitaria plegaria y meditación.
Pasaba
sus días como un verdadero seguidor del Profeta (Que la Paz y las
Bendiciones de Allah sean con él) al servicio de la humanidad.
Por
tres veces a la semana decía en público sermones a cientos
de
personas. Cada día, por la mañana y por la tarde daba lecciones
sobre
comentarios al Corán, tradiciones Proféticas, teología,
ley religiosa
y Sufismo. Su tiempo después de la plegaria del mediodía
lo ocupaba
dando consejos y en consultas con la gente, ya fueren ellos mendigos o
reyes, que venían desde todas las partes del mundo. Antes de las
oraciones de la caída del sol, ya fuese que lloviese o tronase,
partía
a las calles para distribuir pan entre los pobres. Como su vida era de
perenne ayuno, comí únicamente una vez al día, después
de la plegaria
del ocaso, y nunca solo. Sus servidores se paraban en su puerta
preguntando a los que pasaban por allí si estaban hambrientos,
de modo
que pudieran compartir su mesa.
Falleció
en sábado, el octavo día de II Rabi, en el año 561
A.H.,
1166 E.C., a la edad de 91 años. Su bendecida tumba, en la academia
de
B b al-Daraja, en Baghdad, se ha convertido en un importante lugar de
peregrinación para Sufíes y todo Musulmán.
Cuando
contrajo la enfermedad a cuya causa murió, su hijo
`Abdul-`Aziz vió que estaba sufriendo grandes dolores, sacudiéndose
y
revolviéndose en el lecho. `No tengas preocupación por mí,'
dijo a su
hijo. `Yo estoy siendo dado vuelta una y otra vez en el conocimiento
de Allah.'
Cuando
su hijo `Abdul-Jabbar le preguntó donde sentía dolor, le
dijo: `Todo en mi duele, excepto mi corazón. No hay dolor en él,
ya
que está con Allah.'
Cuando
su hijo `Abdul-Wahhab le pidió: `Dame algún consejo final
en
base al cual yo pueda actuar después que tú hayas dejado
este mundo.'
El dijo: `Teme a Allah y a nadie más. Que tu esperanza provenga
de
Allah y confía todas tus necesidades a El; espera y desea nada
de
nadie, excepto de El. Apóyate en Allah y en ningún otro.
Únete con El,
únete con El, únete con El.'
Antes
de abandonar este mundo, echó una mirada a su alrededor y dijo
a los presentes: `Han venido a mí otros, a quienes ustedes no ven.
Hagan lugar para ellos y muéstrenles cortesías! Yo
soy el núcleo
dentro de la cáscara. Me ven con ustedes, pero estoy con alguien
más.
Es mejor que ahora me dejen.' Luego, dijo: ` Oh ángel de la
muerte, yo
no te temo, como tampoco temo a nada, excepto a El, Quien me ha
asistido con su amistad, y ha sido generoso para conmigo!'
- En
el último momento elevó sus manos y dijo: `No existe ningún
dios,
salvo Allah, y Muhammad es Su Profeta. Que la Gloria sea con Allah, el
Exaltado, el Siempre-Viviente, que la gloria sea con El, el
Todo-Poderoso, Quien subyuga a Sus servidores mediante la muerte.'
Luego
emitió un estentóreo grito y dijo: `Allah, Allah, Allah!'
y
su bendita alma abandonó su cuerpo.
Que
la complacencia de Allah sea con su alma y que su espíritu
interceda por este faqír, el escritor de estas palabras, y por
aquellos que las leen.
UNA
ALOCUCION AL LECTOR
(Tomado de una carta escrita por Hazrat `Abdul-Qadir al-Jilani)
Querido
Amigo,
Tu corazón es un espejo pulido. Tú debes frotarlo hasta
que permanezca
limpio del velo del polvo que se ha acumulado sobre él, porque
está
destinado a reflejar la luz de los secretos divinos.
Cuando la luz proveniente de `Allah [Quien] es la luz de los cielos
y de la tierra ... ' comience a brillar sobre las regiones de tu
corazón, la lámpara del corazón se encenderá.
La lámpara del corazón
`está dentro de un cristal, el cristal es como si fuese una estrella
de luz resplandeciente ...' Luego se hunde el dardo relampagueante del
descubrimiento divino en el interior de ese corazón. Este relámpago
en
forma de dardo emanará de las tormentosas nubes del significado
que no
viene `ni del Oriente ni del Occidente, inflamado desde un bendito
árbol de olivo ... ' y arrojar luz sobre el árbol del descubrimiento,
tan pura, tan transparente, que `esparce luz aunque el fuego no la
toque'. (1) Entonces, la lámpara de la sabiduría se enciende
por sí
misma. ¨
Cómo puede permanecer apagada cuando la luz de los secretos de
Allah fulgura sobre ella?
Si
únicamente la luz de los divinos secretos brilla sobre él,
el
cielo nocturno de los secretos resplandece con miles de estrellas `...
y por las estrellas [tú] hallas [tu] camino ...' (2) No son las
estrellas las que nos guían, sino la divina luz. Porque Allah ha
`...
engalanado el bajo cielo con belleza [en] las estrellas.' (3) Con tan
solo que la lámpara de los secretos divinos haya comenzado a arder
en
tu ser interior, el resto vendrá ya sea de inmediato o bien de
poco a
poco. Algo, tú ya sabes, y algo nosotros te diremos aquí.
Lee,
escucha, trata de entender. Los obscuros cielos de la inconsciencia se
encenderán por la divina presencia y la paz y la belleza de la
luna
llena, que se elevará desde el horizonte esparciendo `luz sobre
la
luz', (4) siempre ascendiendo en el cielo, pasando a través de
sus
preordenadas etapas tal como Allah ha `... ordenado para ella
Mansiones' (5) hasta que brille en gloria en el centro del cielo,
dispersando las tinieblas de la irresponsabilidad. `[Yo juro] por la
noche cuando se encuentra inmóvil ... (6) ... Por la gloriosa luz
del
amanecer ...' (7) tu noche de inconsciencia ver la brillantez del
día. Entonces tú inhalarás el perfume de la recordación
y `te
arrepentirán en las horas tempranas de la mañana' (8) de
tu
inconsciencia y lamentarás tu vida disipada en el sueño.
Tú escucharás
las canciones de los ruiseñores mañaneros y les oirás
decir:
`Ellos
estaban en la costumbre de dormir muy poco por la noche, y
en las horas de la madrugada, ellos [eran hallados] orando por
perdón.' (9)
`Allah
guía hacia Su luz a quien El le place.' (10)
Entonces
verás desde el horizonte del Divino Razonamiento elevarse el
sol del conocimiento interior. Se trata de tu propio y privado sol,
porque tú eres aquél a `quien Allah guía' y te hallas
`en el recto
sendero 'y no eres aquél que `El deja en el error.' (11) Y así
comprenderás el secreto de que:
`No le es dado al sol alcanzar a la luna, ni puede la noche
sobrepasar al día. Cada uno nada a lo largo de [su] órbita
(designada].' (12)
Finalmente,
el nudo será desatado en acuerdo con `las parábolas que
Allah ha expresado para los hombres, y Allah es el Conocedor de todas
las cosas,' (13) y los velos serán apartados y las coberturas rotas,
revelando lo fino debajo de lo tosco; la verdad descubrirá su cara.
Todo
esto tendrá comienzo cuando el espejo de tu corazón sea
purificado. La luz de los divinos secretos caerá sobre él
-si estás
dispuesto- y pides por El, de El, con El.
N O
T A S
1.
Lo anterior es citado del Versículo de la Luz (Sura Al-Nur 24:35)
2. Sura Al-Nahl (16:16).
3. Sura Ya Sin (36:36).
4. Sura Al-Nur (24:35).
5. Sura Ya Sin (36:39).
6. Sura Al-Duha (93:02).
7. Sura Al-Duha (93:01).
8. Sura Al'Imran (3:17).
9. Sura Al-Fatiha (1:17-18).
10. Sura Al-Nur (24:35).
11. Sura Al-A`raf (7:178).
12. Sura Ya Sin (36:40).
13. Sura Al-Nur (24:35).
SOBRE
EL COMIENZO DE LA CREACION
Quiera
Allah acordarte éxito en actos que Le complazcan y encuentren
Su aprobación.
Piensa, graba en tu mente y comprende lo que yo digo.
Allah El Más Elevado creó primeramente a partir de la divina
luz de
Su propia Belleza, la luz de Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de
Allah sean con él). Así Lo declara en la divina tradición
proveniente
desde El, relatada por el Profeta (Que la Paz y las Bendiciones de
Allah sean con él):
Yo
hé creado el alma de Muhammad desde la luz de Mi Manifestación
(`wajh').
Esto
es enunciado por nuestro Maestro el Mensajero de Allah (Que la
Paz y las Bendiciones de Allah sean con él) en sus palabras: `Allah
creó primeramente mi alma. El la creó inicialmente como
una divina
luz,' `Allah creó al principio la Pluma,' `Allah creó en
el comienzo
el Intelecto,' Lo que se significa por todo cuanto es mencionado como
primeramente creado, es la creación de la verdad de Muhammad, la
realidad oculta de Muhammad (Que la Paz y las Bendiciones de Allah
sean con él). El es también [como su Señor] designado
por muchos
bellos nombres. Se le llama `Nur', la Divina Luz, porque él fue
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