Libro Estados del Alma
 
 

Los Estados del Alma
Sheik Abd Al-Khaliq Al-Shabrawi

 

 
 

INTRODUCCION DEL TRADUCTOR

El objetivo de la religión es reunir al hombre con su Creador. Esa unión ocurre en el Paraíso, una vez que los siervos creyentes han pasado a salvo los peligrosos eventos que siguen a la Resurrección, de modo que Dios les otorga a cada uno según su estado la recompensa suprema: la visión beatífica de Su Semblante. Para la elite, sin embargo, el pensamiento de la reunión tiene implicancias más inmediatas, dado que son los pocos afortunados que no necesitan esperar hasta que entran al Jardín para experimentar el deleite de esa visión; porque se les concede entrar en el Jardín interior del conocimiento directo mientras están aún en este mundo. Este es el propósito más elevado de la existencia del hombre, y el modo de lograrlo, consecuentemente, es lo más valioso que cualquiera puede desear aprender. De aquí que en el corazón de toda religión revelada existe un núcleo central que representa su más profundo y valioso aspecto, es decir esas enseñanzas y prácticas espirituales que llevan al buscador más allá del conocimiento teórico y le permiten subir la escala espiritual hacia la experiencia directa de la Presencia Divina.

El Sufismo es el corazón del Islam, su aspecto más profundo y central. Es un método de realización espiritual cuyo soporte doctrinal y ritual es el del Islam. Por lo tanto no puede haber una verdadera comprensión del Islam sin al menos algún grado de comprensión del Sufismo; ni puede haber ninguna comprensión real del Sufismo separadamente del Islam. No es posible comprender Sufismo mas allá de Islam. Un Islam sin Sufismo sería un cuerpo sin un corazón, un cuerpo privado de eso que pulsa dentro suyo y lo llena de vida; mientras que un Sufismo fuera del Islam sería un corazón sin un cuerpo, un órgano privado del sostén material del que depende su propia vida. Exactamente así como el cuerpo y el corazón dependen enteramente uno del otro para sobrevivir, así es la relación mutua entre el Islam y el Sufismo. Esto está claramente demostrado por el hecho de que los más famosos Sufíes han sido típicamente acreditados eruditos ortodoxos, un patrón que se ha mantenido hasta hoy. Los esfuerzos de ciertos orientalistas para poner en duda la procedencia del Sufismo y sus intentos de atribuirle un origen foráneo al Islam son inevitables y sus motivos son obvios. Siendo incapaces o estando mal dispuestos a reconocer la verdad de que los aspectos más profundos de cualquier doctrina deben ser imposibles de aprehender desde afuera, son víctimas del espíritu de nuestros tiempos, que ha llevado a una civilización entera a afanarse bajo la ilusión de que cualquier cosa en absoluto se puede comprender leyendo acerca de ella y sometiéndola a una evaluación ‘racional’, (significando aquí ‘racional’, conformarse a las idiosincrasias y prejuicios de esa misma civilización). Menos obvios, pero también menos excusables, son los motivos de aquellos Musulmanes, que careciendo ellos mismos de toda aptitud espiritual, no pueden soportar verla en otros y proceden así a negarla y combatirla con una vehemencia sorprendente. Los primeros representan un intento por socavar el Islam desde el exterior, y los segundos, su no menos inevitable complemento, el ataque desde el interior. Ambos se sentirían mucho más cómodos con un Islam árido, unidimensional, que no requiriera de sus adherentes más que la comprensión doctrinal más superficial, y una conformidad ritual correspondientemente superficial que no permita espacio alguno para la búsqueda de la pureza interior y la iluminación. Este proceso al final no deja más que una cáscara vacía, una mera forma carente de todo significado. Ninguna de las grandes religiones se ha visto eximida de esos ataques, porque no son otra cosa más que la respuesta inevitable y por lo tanto predecible, de los mundos inferiores a la luz que desciende desde arriba. Las estratagemas usadas durante las diversas fases de tales guerras son innumerables, y quizás tengamos la oportunidad de analizarlas en detalle en otro contexto.

Una vez que una religión pierde su poder para reunir a la gente con su Señor, a través de la vivencia, es simplemente una cuestión de tiempo antes de que su vitalidad se vaya reduciendo hasta el grado en que también pierde su poder de salvación y luego se desintegra. Detrás no quedan más que fragmentos sin valor que se parecen a los de un espejo roto, cuyos pedazos son tan pequeños que ya no son capaces de cumplir su propósito original, pero son sin embargo identificables como partes de ese espejo en particular y por lo tanto de ser reivindicados como partes del original. Esta es la situación del Occidente moderno tras la desintegración de la Cristiandad.

Una de las mayores pruebas de que una religión todavía nutre su corazón vivo, palpitante, es la presencia dentro de su interior de su método de realización, es decir el ‘arribado’, el santo que ha entrado en la Presencia Divina y se ha tornado así capaz de guiar a otros a lo largo de la misma ruta. Estos son aquellos seres humanos en quienes se ha actualizado el potencial Adámico para la santidad y la gnosis. Siendo su presencia el criterio irrefutable de la vitalidad de cualquier religión dada, no es sólo el fracaso manifiesto del mundo Cristiano para producir un solo gnóstico durante siglos, sino también su pérdida del conocimiento del método para hacerlo, lo que ha llevado a muchos Musulmanes a considerar a la Cristiandad como irremediablemente extinta. En contraste, tales ‘arribados’ abundan en el mundo Musulmán y son relativamente fáciles de encontrar a pesar de la bancarrota espiritual de una mayoría inmersa en burdas búsquedas físicas y encandilada por la capacidad material de Occidente, y a pesar de los esfuerzos de la mayoría de los Sufíes para permanecer en la oscuridad en un clima tan hostil.

En el contexto del Sufismo, Imam al-Haddad ubicó a las personas en una de tres categorías cuando escribió en Regalos para el Buscador: ‘Todo ser humano es, o un viajero, o un arribado, o un no-viajero’. Por ‘no-viajeros’ se refiere obviamente a la mayoría Musulmana que vive distraída de sus obligaciones espirituales, pero esto se puede extender para incluir a los no Musulmanes. Siendo el presente volumen una exposición de las etapas de la realización espiritual por un maestro que ha completado el viaje entero exitosamente y tomado también innumerables discípulos a lo largo de él, debe despertar en cualquiera con la más leve inclinación espiritual un anhelo por el retorno a Dios. Estar espiritualmente inclinado es sentir, discontinua o vagamente, que debe haber algo más allá del mundo material, que tomar este mundo al pie de la letra no puede ser el propósito último de un ser humano, que debe haber un significado dentro de toda forma, que debe haber alguna manera de poder aprehender esos significados; resumiendo, que hay algo en el hombre que requiere más que la mera supervivencia animal, algo capaz de alcanzar lo Absoluto. Una clara y detallada exposición del sendero tal como ofrece este volumen, cuando se encuentra con una inclinación semejante, torna inteligible el sendero y su objetivo último, establece la idea misma de la realización espiritual dentro del ámbito de lo concebible, e instala la idea de la viabilidad de realizar el intento. En otras palabras, el viaje hacia la realidad infinita se torna más substancial en la propia mente, y puede estar seguido por el pensamiento de que, después de todo, no es irrazonable desear algo semejante. Esto puede inducir a aquellos con poco o ningún conocimiento previo de tales cuestiones a tratar de saber más, y por consiguiente se alcanza el comienzo. En cuanto a aquellos que ya están en posesión de un adecuado conocimiento teórico sobre el tema, pero perciben el aspecto práctico como remoto e irrealizable, pueden verse impulsados a darle una consideración mucho más seria, y quizás a empezar activamente la búsqueda de aquellos capaces de arrojarles más luz sobre ello, o quizás, más decisivamente, al maestro que los aceptará como discípulos. Hay otros dos tipos de no-viajeros que pueden sacar mucho beneficio de este volumen: aquellos que están actualmente afiliados al Sufismo pero no se dan cuenta todavía de sus implicancias y posibilidades más profundas, y aquellos que tienden a confundir el conocimiento a través de los libros con la iluminación, es decir, a confundir la asimilación puramente mental de la doctrina con la inspiración y la gnosis. Ambos encontrarán aquí puntos de referencia y criterios, que honestamente aplicados, les permitirán una clara evaluación de su situación y sus requerimientos. Para los viajeros, el valor de esta obra yace en la descripción explícita de ciertos puntos de importancia, que hasta ahora maestros anteriores habían dejado implícitos, haciendo uso de los profundos insights de la perspectiva Khalwati, así como de la organización esquemática del material, que tendría que haber sido recogido de docenas de tratados más antiguos. Los maestros sólo escriben desde la inspiración; en verdad, el autor del presente volumen le declaró a uno de su discípulos directos, que mientras lo escribía, su pluma corría más velozmente que su mano, y cada tratado es una respuesta a las necesidades de su época. La necesidad de esquematizar surge del deterioro que le ha acaecido a los poderes de asimilación de la nación Musulmana. Se debe mantener un delicado equilibrio entre la búsqueda de inteligibilidad y la necesidad de evitar la excesiva rigidez y constricción que probablemente impondría la esquematización sobre el conocimiento, que es por naturaleza propia fluido e incondicional. Se olvida con frecuencia que el Sufismo es esencialmente una tradición oral; por lo tanto es improbable que libro alguno pueda obviar la necesidad de la enseñanza oral, la guía, y la constante supervisión de un maestro. Cada maestro usará la terminología adecuada a la escuela a la que pertenece, y es probable que el mismo término signifique más de una cosa según quién lo esté usando. Es por eso que el autor ha proporcionado definiciones precisas para los términos que usa, lo que no debería dejarle al lector duda alguna en cuanto al significado establecido, y permitirle también compararlos con términos similares o equivalentes en otras obras. En su introducción explica cómo considera que se deben entender los términos ‘alma’ (nafs), ‘espíritu’ (rúh), y ‘secreto’ (sirr), dado que otros autores los usan de modo diferente.

Este libro proporciona una explicación de las diversas ‘enfermedades’ del alma y sus remedios. Las dolencias constituyen los velos que impiden que el Ojo del Corazón contemple lo Invisible, mientras que los remedios son las diversas prácticas devocionales y de auto disciplina que deshacen tales velos hasta el momento en que el primer rayo de luz los atraviesa. A partir de allí las prácticas guían, peldaño por peldaño, hasta que se alcanza la perfección humana, que es la finalización del viaje. Hay peligros en el camino. Los novicios pueden llegar a creer, con el primer destello de luz, que se han convertido en grandes santos. Los caminantes más avanzados pueden llegar a desarrollar la ilusión de que han alcanzado el final del sendero y que ahora se han convertido en maestros y guías por derecho propio. En ambas instancias, como en los casos de severa violación de la cortesía espiritual, el viajero puede verse desposeído de cualquier beneficio que haya logrado y encontrarse cayendo en picada a un nivel más inferior de lo que alguna vez podría haber imaginado. La extensión de los capítulos indica a qué audiencia desea dirigirse el autor, porque a medida que el libro progresa los capítulos se tornan más breves, hasta que aquellos que se ocupan de las tres últimas etapas no tienen más que dos o tres páginas cada uno. Esto es así porque aquellos que ya han viajado tan lejos como los tres estados más elevados difícilmente tienen necesidad de tratados sistemáticos, y uno sospecha que el sheik ha escrito esos capítulos simplemente para no dejar la obra incompleta, para darles a los novicios una sugerencia sobre la naturaleza de los alcances más elevados de la realización espiritual, y proporcionar quizás unas pocas indicaciones sutiles para ser comprendidas sólo por los caminantes que se están acercando a esos niveles.

El autor de este tratado es el sheik Sufí y erudito Shafi `Abd al-Khaliq al-Shabrawi, un descendiente del segundo califa `Umar ibn al-Khattab, que Dios esté complacido con él, a través de su padre, y del Imán al-Husayn, que Dios esté complacido con él, a través de su madre. Su abuelo paterno era el distinguido sheik `Umar al-Shabrawi, eminente erudito, conferencista en la Universidad de Al-Azhar, santo, maestro Sufí, y fundador de la rama Shabrawi de la orden Sufí Khalwati. Fue uno de esos individuos excepcionales que nacen con una pureza de alma suficiente para calificarlos para una rápida ascensión de la escala espiritual y un temprano florecimiento de la santidad. El sheik `Umar al-Shabrawi fue un hombre de gran presencia y carisma que atrajo a una multitud de discípulos, muchos de los cuales se convirtieron en maestros famosos tanto durante su vida como después de su muerte. Lo sucedió a la cabeza de la orden su hijo, `Abd al-Salam, quien murió cuatro años más tarde, cuando tenía poco más de treinta años, siendo su sucesor, después de un intervalo, el propio hijo de `Abd al-Salam, `Abd al-Khaliq.

El sheik `Abd al-Khaliq nació en 1887, en una pequeña ciudad al norte del Cairo en vida de su abuelo, y creció bajo ‘su solícita mirada’, que es la manera Sufí de decir que recibió una intensa atención espiritual de su parte. Fue verdaderamente tan intensa, que muchos miembros de la familia se sintieron perplejos; pero la respuesta del sheik a eso fue decirles: ‘Déjenme solo con mi nieto, porque yo veo en él y sé de su futuro lo que ustedes no pueden ver ni saber. ¡Este es el portador de la bandera de la orden después de mí!’ El autor aún era un niño cuando el Sheik `Umar murió, seguido por su hijo `Abd al-Salam. Sin embargo, él siguió la tradición familiar, aprendió de memoria el Noble Qu’ran, y luego se incorporó a la Universidad de Al-Azhar para estudiar bajo las más destacadas autoridades de su época. Sus maestros fueron unánimes en conferirle un gran respeto y consideración a pesar de su juventud, y muchos de ellos le predijeron un gran futuro cuando se graduó en 1914. Durante los años siguientes era sabido que mantenía vigilias nocturnas regulares y que permanecía en remembranza constante de Dios.

Enseñó en Al-Azhar durante unos pocos años, negándose a hacerse cargo de la tariqa y prefiriendo permanecer en la oscuridad. Había recibido también las tariqas Shádili y Naqshbandi a través de su padre y de otros maestros, pero para proteger su intimidad con su Señor, eligió permanecer apartado a pesar de los repetidos pedidos de los afiliados de la tariqa para que les administrara el juramento de lealtad y fuera su guía. Eventualmente abordaron a su tío, que era uno de los guías de la orden, y le imploraron que convenciera al sheik para que aceptara su lealtad. Su tío, el sheik gnóstico `Uthmán al-Shabrawi se dirigió a él así: ‘Los hermanos son numerosos y yo me he puesto viejo y ya no soy capaz de cargar con este peso’. Al principio, el Sheik `Abd al-Kháliq se negó, pero viendo la insistencia del anciano su corazón se suavizó y finalmente consintió en hacerse cargo como maestro de la orden. Pronto el número de afiliados creció y su fama se difundió. Esto lo llevó a renunciar a su cargo de enseñanza en Azhar y a aceptar a otra persona como imán de la mezquita al-Fath, lo que le permitió más tiempo para dedicar a sus discípulos. Pasó el resto de su vida enseñando, disciplinando, refinando, y guiando a la gente a lo largo del sendero.

Uno de sus discípulos lo describió como ‘un mentor de una cualidad excepcional, un guía en el sendero de la Verdad cuyo estilo era siempre cortés. Protegía a sus discípulos de todas las cosas cansadoras y pesadas: cada vez que un estado espiritual amenazaba con abrumar a un discípulo lo hacía detener, y cada vez que un discípulo sucumbía a la indolencia, a la negligencia de sus actos de adoración, y a la atracción de sus apetitos, el Sheik lo tomaba de la mano y lo hacía mover. . .’ Entre aquellos que viajaron por el sendero bajo su guía se encontraban su hermano `Abd al-Salám y su hijo Mustafá. Este último se convirtió en maestro de la orden a la muerte del sheik, en 1947. Fue un erudito eminente de suficiente autoridad como para haber ocupado el cargo de subdirector Grand-Mufti de Egipto. Antes de su muerte, en 1994, tuvo la gentileza de permitirnos publicar este libro, tanto en su original Arabe como en su traducción Inglesa.

MOSTAFA AL BADAWI
al Madina al Munawwara, 1415