Develacion del Amor
 
 

BREVE AUTOBIOGRAFÍA

Fue en 1916 (A.H. 1332) cuando mi madre Hajja Aysha Ozak, me trajo al mundo. El lugar de mi nacimiento fue nuestra casa, cerca de la tekke (lugar sufi de reunión) de los derviches jerrahi en el barrio de Karagumruk, en Istambul.
Mi padre, Haji Mehmed Efendi de Konya, era un erudito islámico y maestro en la corte del sultán Abdul Hamid. Descendiente de una larga línea de guerreros, fue el primero en dedicarse a la erudición. Mis dos tíos fueron alféreces en las fuerzas de Ghazi Osman Pasha, el héroe de Plevna. Uno de ellos fue promovido a rango de general por su valentía al evitar que el estandarte cayera en manos del enemigo.

 
 

Más tarde fue herido en otra batalla y hecho prisionero por los rusos, pero al ser liberado continuó sirviendo como general en el ejército otomano hasta el día de su muerte. Mi otro tío, Bekir, cayó en la batalla de Plevna y se le rindió el funeral reservado a los mártires.
Mi padre pertenecía a una familia muy antigua, que se había dividido en dos ramas: la Jebejioghullari y la Bashaghaoghullari. Rompiendo con la tradición militar de la familia, mi padre Mehmed Efendi estudió en al escuela islámica Kurshunlu en Suleymaniye, Istambul. De ahí fue asignado a la escuela de Plevna, que en ese tiempo aún formaba parte del Imperio Otomano, en donde se casó con Aysha Hanun, mi madre.
Mi madre era nieta de Sejid Hussein Efendi, el sheikh de la Orden Halveti de la población de Yanbolu. Su padre, el Capitán Ibrahim Agha, del distrito de Eregli en el Mar Negro, había estudiado en la Escuela Naval en tiempos del Sultán Mahmud el Justo. Enfermó en un viaje a lo que es hoy Bulgaria, y acudió a curarse a la tekke de Yanbolu. Fue así como mi abuelo conoció al sheikh Hussein Efendi; con el tiempo se convertiría en miembro de esa comunidad por el matrimonio con la hija del sheikh. Sejid Hussein Efendi era hermano del gobernador de Yanbolu.
Cuando se perdieron las provincias balcánicas en 1878 (A.H. 1293), los miembros sobrevivientes de mi familia emigraron a Istambul, en donde mi padre recibió su nombramiento al Palacio Imperial. Los ancestros de mi padre provenían del clan Kizilkecheli de la tribu conocida como Kayi Turk. La familia de mi madre, los Ozak, eran Sejids descendientes de Alí, yerno del Profeta, la paz sea con él.
Mi padre murió trágicamente cuando yo tenía seis meses de edad. Mi hermano mayor, Murad Reis, sobrevivió a la guerra de 1914-1918 que causara la muerte a muchos de mis familiares, pero habría de encontrar la muerte un día viernes en Istambul a manos de las fuerzas de ocupación. No me quedó nadie más que mi madre, mi hermana y dos primas pequeñas, huérfanas de guerra. Nos quedamos en al miseria.
Cuando tenía yo cinco o seis años, me pusieron al cuidado de un compañero de escuela de mi padre, Sejid Sheikh Abdurahman Samiyi Saurhani, sheikh de las órdenes Kadiri, Nakshbandi, Ushaki y Halveti, y él se ocupó de mi educación durante los siguientes doce años. En ese tiempo terminé la escuela primaria, y estaba en el segundo año de secundaria cuando Dios se llevó a mi amado sheikh, a quien quería yo como un padre. Mientras tanto, había estado estudiando el Corán y había aprendido muchas partes de memoria. Completé estos estudios bajo la dirección de Mehmed Rasim Efendi, imán en jefe de la Mezquita Fatih. Durante ocho años que siguieron asistí a las clases de Arnavut Husrev Efendi sobre el Hadith (las tradiciones del Profeta Muhammed) y la Ley Islámica. La pobreza me obligaba a trabajar de día, pero en las noches estudiaba con Gumuljineli Mustafá Efendi, a quien apodaban "La Biblioteca Ambulante"
Con el correr del tiempo califiqué como muezín (el que llama a la oración) y cumplí con ese cargo primero en la mezquita Alí Yaziji, luego en la de Soghan Agha. De allí pasé a la mezquita Kefeli en Karagumruk, en donde fui instruido por el imán, Shakir Efendi, en el arte del negocio de libros. Entonces fui asignado como muezín a la gran Mezquita de Beyazi, junto a la cual se encuentra el bazar de libros.
Cuando servía en esa mezquita conocí al imán de Bakirkov, Hafiz Ismail Hakki Efendi, quien admiró mi voz y mi estilo. Este discípulo de Eyuplu Hafiz Ahmed, hijo del famoso músico Zekai Efendi de la Orden Mevlevi, habría de enseñarme los cantos religiosos y odas conocidos como hilahi, kaside, durak, mevlud y mersiye. Mi maestro me tomó tal afecto que me dio en matrimonio a su parienta cercana Gulsum Hanum que era directora de una escuela. Así pasé a formar parte de su familia. Me cambié a la casa de ella, cerca de la Mezquita Suleymaniye construida por el famoso arquitecto Sinan. Yo había sido nombrado imán de la Mezquita Veznejiler, y durante veintitrés años habría de servir como imán honorario en la gran Mezquita Suleymaniye en el mes de Ramadán. Cuando mi mezquita se derrumbó fui asignado imán de la mezquita del Bazar Cubierto.
Como esta mezquita no tenía púlpito, siendo por ello inadecuada para la oración congregacional de los viernes, la comunidad ayudó a restaurar una casa en ruinas del vecindario y comencé a dirigir la oración de los viernes en respuesta a la demanda popular.
Aunque actualmente me he retirado del cargo de imán, todavía dirijo la oración de los viernes allí, brindando instrucción y guía en calidad honoraria.
En la actualidad soy propietario de una extensa librería que es visitada por gente de todo el mundo. Puedo decir que poseo algún conocimiento sobre manuscritos antiguos, pues antes de hacer mi servicio militar, estudié caligrafía y artes decorativas en al Academia de Bellas Artes con Hakki Kamil. Hakki Nureddin y Turakesh Islail Hakki Bek, además de contar con cuarenta y dos años de experiencia en el comercio de libros.
No tuve hijos de mi primer matrimonio, aunque duró veinte años. Después de la muerte de mi primera esposa volví a casarme y ahora tengo un hijo y una hija.
He realizado la peregrinación a la Meca y a Medina once veces.
He visitado Iraq en seis ocasiones, Siria y Palestina en ocho y Egipto en tres. En todos estos lugares he conocido muchos sufis y sheikhs. También conocí sheikh y eruditos en Istambul y en otras ciudades turcas, gocé de su compañía y me beneficié de sus enseñanzas y opiniones. Pero de todos los venerables personajes a los que conocí, del que más aprendí fue de mi benefactor y sheikh de mis años mozos, el Sheikh Samiyi Suruhani Ushakiyul-Halveti. Este santo hombre escribió más de veinte libros sobre Ley Islámica y sufismo, en turco y árabe. Todos estos trabajos han sido publicados. También conozco numerosos manuscritos inéditos sobre química, alquimia, medicina herbaria y otros temas, quemados en un incendio que devastó gran parte de Istambul. De hecho él mismo destruyó muchos de sus libros de química y alquimia ya que temía que no fueran usados con buenos propósitos en el futuro. Este hombre maravilloso con el que pasé gran parte de mi infancia, era amado y respetado por todos por su carácter, buen humor, generosidad, valor, amabilidad y humildad.
El siguiente guía que encontré en mi temprana juventud fue otro sheikh Halveti de la rama Shabaniya, el Sheikh Sejid Ahmed Tahir ul-Marashi. Su especialidad era la obra de Ibn Al'Arabi. Con él estudié al-Futuha al Makkiya y el Fusus. Estudié la interpretación del Corán con Nevshehirli Hakki Hayrullah y Atif-Hoja. También seguí las enseñanzas del Haji Abdul Hakim Arvasi y del Sheikh Sheikh Efendi. Con la sabiduría aprendida de estos extraordinarios hombres de conocimiento, he predicado durante treinta años e instruido al público en cuarenta y dos mezquitas en Istambul, incluyendo inmensas multitudes en las grandes mezquitas del Sultán Ahmek (la Mezquita Azul), Yeni Hami, Nuruosmaniye, Beyazit, Laleli, Valide Sulán, Fatih, Eyub, Kojamustafa Pasha y Suleymaniye.
Cuando era joven y estudiaba la interpretación del Corán en la Mezquita Aya Soya de Istambul, soñé una noche con el Profeta, la Paz sea con él. Iba en camello y el Imán Alí, que Dios se complazca en él, le llevaba la rienda con una mano, y con la otra sostenía su famosa espada de dos filos, Zulficar. El Profeta me preguntó si tenía fe y si era musulmán. Al responder que sí me preguntó si daría mi cabeza por el Islam. Una vez más dije que sí. Entonces el Profeta le ordenó al Imán Alí en nombre del Islam que me cortara la cabeza. El Imán Alí me indicó que le presentara el cuello y descargó la espada con toda su fuerza, degollándome. Desperté aterrorizado. A la mañana siguiente, cuando vi a mi maestro de Corán, le relaté el sueño, mencionando también quien era mi padre, pues aunque yo sabía que eran amigos, nunca habíamos hablado de ello. Maneó la cabeza exclamando: "¿Así que eres hijo de mi compañero de exilio?" Ambos se contaban entre los setecientos sheikhs y teólogos que habían sido desterrados al puerto de Sinop, en el Mar Negro, por los revolucionarios del Comité de Unión y Progreso, por haber apoyado al Sultán. El exilio de dichos dignatarios religiosos se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial en 1914.
Mi maestro interpretó mi sueño diciendo que iba a integrarme al camino sufi de Alí y que me convertiría en sheikh de una orden en particular. Muchos años después de este incidente, cuando ya tenía mi tienda de libros raros cerca de la Mezquita Bekazid y me había dado a conocer como imán y predicador, tuve otro sueño: me encontraba en medio del Bósforo, entre el Palacio Topkapi y Uskudar, en un pequeño velero cuyas velas estaban hechas jirones y el mástil a punto de partirse. Estaba cayendo una terrible tormenta. Alguien me daba una hoja de papel y me decía que leyera para salvarme de una calamidad. Al día siguiente, cuando llegué a mi tienda, vi pasar a la persona que me había entregado la hoja en el sueño; pero no me atreví a hablarle. Dos noches después volví a soñar con la misma persona. Andaba por la cerca de enfrente y me hacía señas con su bastón. Al día siguiente, para mi sorpresa, volví a verlo pasar por la tienda. Sentí que esos sueños tenían un significado espiritual, pero no hice nada al respecto. Poco después vi otra vez al mismo hombre en un sueño; me abrazaba con tal fuerza que yo sentía que me rompía los huesos. Luego me soltaba, sostenía en sus manos la corona de la Orden Halveti y colocaba el turbante sobre mi cabeza. Me sentí aplastado bajo un peso insoportable. Era como si llevara los siete cielos sobre la cabeza.
Tan pronto como llegué a abrir mi tienda en la mañana, vi al mismo hombre pasar caminando, bastón en mano. Entonces me dije: "Hay un misterio y un mensaje espiritual en esta situación. Yo no voy a hablarle; dejaré que sea él quien se acerque a mí". Y el pasó, mientras mis ojos lo seguían. Luego se detuvo, volvió sobre sus pasos y se paró frente a mi tienda, Asomando la cabeza por la puerta exclamó: "¡Necio!", Me has visto tres veces, ¿cuándo vas a empezar a tener fe?". "Ahora mismo" respondí y tomé su mano para besarla. Este hombre bendito era Sejid Ahmed Tahir ul-Marashi, Sheikh de la Orden Halveti-Shabani. Me convertí en su derviche, y comenzó a venir a mi tienda todos los días. A veces hablaba, otras guardaba silencio, pero siempre me daba una enseñanza. Así pasó durante siete años.
Por aquél entonces conocí a un amigo de mi maestro, Evranoszade Sami Bey, quien pertenecía también a la orden. A él le tocó ayudarme a vestir con la capa de los derviches; en mi ignorancia, le objeté: "Maestro, ¿cómo puedo permitir que alguien como usted me coloque la capa sobre los hombros?" Me dijeron que mi mente no alcanzaba a comprender el significado sutil de todo eso, pero que me estaban entregando la vestimenta de derviche para que la usara. Sami Bey dejó este mundo en una Noche de Poder, una de las últimas noches de Ramadán. Tres años después, mi maestro Tahir Efendi se cayó y se fracturó la cadera a la salida de mi tienda. Mientras trataba de levantarlo, me dijo: "Han estado tratando de destruirme, y ahora por fin lo han logrado". Vivió tres meses más. Cuando lo visité antes de su muerte me mostró la corona del santo Ibrahim Kushadali y me dijo: "Si me voy, quiero que Mustafá Efendi conserve la corona". Mustafa Efendi era uno de sus califas. Un día, me llamó para comunicarme su última voluntad; al día siguiente, que era sábado, murió. Lo sepultamos en el cementerio de la Mezquita Fatih, junto al Sheikh Turbedar Efendi que había sido su sheikh.
Esa noche le supliqué a Dios me indicara si debía convertirme en derviche de Mustafá Efendi. Como respuesta, soñé que el sheikh se reía estruendosamente de mí. Sin embargo, el significado de este sueño no era claro para mí, de manera que volví a dirigir mi súplica a Dios. Esa noche soñé que el sheikh me gritaba enojado, llamándome "sensiblón". Bajo tales circunstancias no podía pretender ser su derviche, así que me quedé sin sheikh por un tiempo, en espera de una señal. Por esa época visité la tekke de los derviches Kadifis en Beyoglu y la de los Rifais en Kasim Pasha.
Como la tekke de los Halveti se había incendiado, esos lugares eran los únicos en donde se realizaba la ceremonia del dikhr, - la Remembranza de Dios -. Gavsi Efendi, sheikh de los Kadiris intentó convencerme de que me convirtiera en su califa, valiéndose para ello de Ismail Efendi, sheikh de los Bedevis, Jevat Efendi, sheikh de los Sadis y del Coronel Salahetin Efendi, sheikh de los Sunbulis como intermediarios. Les respondí que aunque mi sheikh había muerto, yo pertenecía a la Orden Halveti y que no podía tomar ninguna decisión por mí mismo, por lo que seguiría esperando una indicación espiritual. Si recibía una respuesta positiva, no tendría necesariamente que convertirme en califa, sino que aceptaría agradecido ser un humilde derviche del sheikh-
El Sheikh Gavsi Efendi siguió presionándome; finalmente insistió en que acudiera a la dergah, sin afeitarme, el viernes siguiente que era el día santo de Ragha'ib, primer viernes del mes de Rajab. Esa noche dirigí mi pregunta a Dios y soñé que estaba haciendo el dikhr, en la tekke de los Halveti-Jerrahi de Karagumruk, con la cabeza descubierta, descalzo y semidesnudo, mientras el Sejid Fahri se hallaba sentado junto a la ventana, en traje de calle, con una gorra blanca, de las que se usan para rezar. Entonaba la elegía del sheikh Galip, "Tu sermón nos llega desde el púlpito de la eternidad, tu sentencia se dicta en la corte del Juicio Final, tu alabanza se canta en la tierra y en el Cielo. Tú eres mi amado Ahmed, Mahmud, Muhammed.
Me desperté y todo era claro. Pero ¿cómo iba a presentarse ante Fahri Efendi? Hasta donde yo sabía, su tekke había sido cerrada. Lo había tratado someramente cuando estudiaba Hadith con Mustafá Efendi, "la Biblioteca Ambulante". Éste acostumbraba llevarme de la mano a ver al sheikh, y se quejaba con él de que me había vuelto rígidamente dogmático; luego me decía que le besara la mano y le pedía que rezara por mí. Pero de esto ya habían pasado muchos años. Acaso lo había visto alguna vez en su casa, en Ramadán, cuando nos invitaba a romper el ayuno con él. En esos tiempos yo no era más que un niño.
Ahora en cambio, era un predicador de cierto renombre. Tenía muchos seguidores. Como las tekkes habían sido clausuradas, los sufis se reunían clandestinamente. Ni siquiera sabía si él seguía vivo ni si tenía seguidores. No obstante una noche decidí ir a su casa después de la oración nocturna, pensando que los sheikhs son bondadosos y que no me cerraría sus puertas.
Un joven derviche me abrió. Me identifique y le pedí permiso para ver al sheikh. Me hizo pasar a una pequeña sala en donde se encontraba el maestro en compañía de otros tres caballeros. Me hizo el honor de ponerse de pie para recibirme, indicándome que tomara asiento. Yo estaba dispuesto a prescindir de mi acostumbrado cigarrillo, pero él me ofreció uno y me dijo sonriendo, "No te dé pena, fuma y bebe café. Café sin cigarrillos es como dormir sin cobija en invierno", y agregó:
"Entre nosotros se le da más importancia al amor que al respeto".
Cuando me preguntó el motivo de mi visita, le relaté lo que sucedía con el sheikh Kadiri, así como los resultados de mi meditación y el sueño que había tenido. Luego le dije quien era yo, dónde había nacido y quien era mi padre. Riendo, exclamó: "¿Pero quien no conoce al famoso predicador de las mujeres?"
"Si encontrara algunos hombres, predicaría para ellos también", le respondí.
Claro está que en religión no existe ninguna diferencia entre hombres y mujeres. De hecho, yo predicaba ante ambos sexos; pero comprendí lo que él quería decir: que si fueran verdaderos hombres nada les impediría recordar e invocar a Dios constantemente. A continuación me habló así: "En efecto, tu sueño se refiere a nosotros, pero deja que yo también plantee la pregunta a Dios, a ver que mensaje me envía". Me pidió que regresara el lunes siguiente, después de lo cual, me despedí.
El lunes indicado, Safer Efendi, que era entonces un joven derviche y ahora es mi califa, me entregó un recado del sheikh en el que posponía el encuentro hasta el viernes siguiente. Ese día, como había recibido señal favorable de Dios, el sheikh Fahri Efendi me aceptó como su derviche. Así fue como preferí ser derviche de los Halveti-Jerrahi a ser califa de los Kadiri. Cumplí con mis obligaciones como derviche hasta el más ínfimo detalle, visitando a mi sheikh dos o tres veces por semana. El era un hombre feliz, con un regio sentido del humor, valeroso, inteligente y prudente, experto en la interpretación de los sueños, facultad especialmente concedida a la Orden Halveti. Era un hombre cuya conversación deleitaba, y cuyos milagros eran bien conocidos. Amado y respetado por todos, él nos enseñó a deleitarnos en el amor del Profeta y en los misterios de los santos.
Era un hombre compasivo y generoso, que protegió a los pobres y supo crear vínculos con todos.
En ocasiones bromeaba tanto conmigo que llegaba casi hasta a hacerme enojar con el objeto de producir una reacción en mí. Enseguida declaraba públicamente que yo estaba allí por invitación de nuestro santo Nureddin Jerrahi, y que era intocable. Después me enteré de que había mencionado mi nombre a menudo seis meses antes de mi llegada a la tekke. A los seis meses de ser derviche Jerrahi, soñé que llegaban tres hombres a examinarme. Por las preguntas que me hacían y mis respuestas me deba cuenta de que dos de ellos querían que pasara el examen y el otro no. Se trataba de un examen para calificar como imán. Por fin, lograba convencer al más reacio de que ya ejercía yo el cargo de imán, y era aceptado por unanimidad.
Aunque sabía que los sueños deben contarse al sheikh inmediatamente, no pude hacerlo al día siguiente pues estuve muy ocupado. Esa noche, me fui a dormir después de rezar durante tres o cuatro y tuve un horrendo sueño muy desagradable, que me llenó de vergüenza. Desperté enojado conmigo mismo y me dije: "Esta es mi recompensa por rezar por tres o cuatro horas". Per tampoco ese día pude ver a mi sheikh, y aunque lo hubiera visto, ¿cómo podía relatarle ese sueño vergonzoso?.
La tercera noche soñé que iba a la tekke y veía a los derviches rezando de forma extraña, recitando las oraciones incorrectamente y haciendo los movimientos de manera impropia.
Muy asombrado, pasaba de largo y me encontraba con mi sheikh en el jardín. El me agarraba de una oreja y me levantaba del piso con una mano, mientras con la otra me abofeteaba del lado izquierdo como si estuviera sacudiendo una alfombra.
Luego me llevaba a una habitación llena de basura y me decía:
"Limpia esta habitación, porque va a ser tuya". Más tarde vi que el lugar que había soñado era el aposento del califa principal.
Al despertarme supe que ese era mi castigo por no haberle contado mi sueño al maestro. Corrí a su casa y le relaté el primero y el último sueño, omitiendo el indecoroso. El sonrió y me dijo: "No puedes haber tenido estos dos sueños sin tener también otro sueño del que te avergüenzas". Rogué que me dejaran a solas con él y le platiqué el otro sueño. Después de escucharlo me nombró su califa. Nueve años permanecimos muy cerca el uno del otro. Un año antes de su muerte, el sheikh se sintió enfermo a mitad del dikhr, y me encargó que tomara su lugar. Todo ese año mientras él estuvo enfermo, dirigí el dikhr. Al final del año, en el quinto día de Shaban, que es el día del martirio del Imán Hasan, un miércoles en la noche, faltando diez minutos para las diez, se fue a la morada eterna, a los jardines del Alto Cielo, a recibir el regalo de estar en la compañía del Mensajero de Dios. Al día siguiente, cumpliendo su última voluntad, le hice sus abluciones rituales, mientras Safer Baba y Kemal Baba vertían el agua. El viernes dirigí las oraciones fúnebres en la Mezquita Fatih. Seguidos por miles de discípulos amantes, transportamos el ataúd en hombros hasta su habitación en la tekke construida por él siete años antes y lo sepultamos cerca de nuestro santo Nureddin Jerrahi. El célebre Shamsedin Yeshili Efendi recitó las oraciones al pie de su tumba. Actuando de acuerdo a otro sueño que tuve, y pese a que las actividades de los sufis estaban prohibidas y las tekkes habían sido clausuradas por el gobierno, al día siguiente del fallecimiento del sheikh abrí las puertas de la tekke al público, amigos y enemigos por igual.
He ocupado el trono de piel de oveja durante quince años; humildemente continúo enseñando a mis derviches turcos, así como a numerosos amantes de la verdad en todas partes del mundo.
Soy el décimo noveno sheikh y octavo califa desde la creación de nuestra rama de la Orden. Con la fuerza recibida de la voluntad de Dios, el favor de Su Mensajero, la guía complaciente de mi santo y patrón, la espiritualidad de todos los sheikhs que me precedieron y la bendición y la fe de mi maestro y benefactor, aspiro a seguir brindando guía espiritual a los amantes de Dios hasta el día de mi muerte. Sólo tengo dos hijos que llevan mi sangre, pero sólo Dios sabe el número de mis hijos espirituales. He tenido el privilegio de ver al Profeta, la paz sea con él, diecisiete veces en el mundo de los sueños. He visto a Moisés, Jesús, Juan y Khidr una vez.
He visto a los venerables Abu Bakr y Umar dos veces, y en uno de esos sueños he besado sus manos. He visto a nuestra venerable Señora Fátima y al Imán Alí dos veces, al Imán Hasan y al Imán Hussein una vez. He visto a mi santo Nureddin Jerrahi dos veces y he recibido sus felicitaciones.
He visitado Alemania seis veces, Inglaterra, Holanda y Bélgica dos y he estado en París en cuatro ocasiones. En todos esos viajes he conocido mucha gente buena e interesante. También he viajado a Rumania, Bulgaria, Yugoslavia y Grecia. He estado cuatro veces en Norteamérica, en donde mis derviches y yo realizamos el dikhr, y di conferencias en muchas ciudades.
Sólo Dios sabe lo que sucederá después. Rezo por que el amor de los amantes aumente día con día. El éxito sólo viene de Dios.