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Esto era sabido por los Compañeros, que creían
sin vacilaciones las palabras del Profeta, al que consideraban
portavoz de Dios. ¿Es probable, desde el punto
de vista psicológico, que hicieran caso omiso
de una orden tan clara?
En un proceso criminal la primera cuestión que
ha de resolver el juez del tribunal es aquién
beneficia el crimen cometido. Este principio judicial
puede también aplicarse al problema de los hadices.
A excepción de aquellas tradiciones que se refieren
directamente al estatus de ciertos individuos o grupos,
así como aquellas Tradiciones claramente falsas
-y rechazadas por la mayoría de los muhhadizún-
que estan conectadas con las reivindicaciones políticas
de los diferentes partidos en el siglo primero después
de la muerte del Profeta, no existe razón "provechosa"
para que un individuo falsifique los dichos del Profeta.
Además, en justo reconocimiento de la posibilidad
de que se inventaran hadices con fines personales, las
dos autoridades más destacadas entre los Tradicionalistas,
Bujari y Muslim, excluyeron tajantemente de sus recopilaciones
todas aquellas Tradiciones que tenían relación
con la política de partidos. El resto estaba
por encima de la sospecha de favorecer personalmente
a nadie.
Existe otro argumento con el que se podría impugnar
la autenticidad de un hadiz. Es concebible que el Compañero
que lo oyó de los labios del Profeta o uno de
los narradores posteriores, aun siendo subjetivamente
veraz, cometiera un error ya sea debido a que malentendió
las palabras del Profeta, o a un lapso de memoria, o
a alguna otra razón psicológica.
Pero la evidencia interna, es decir, psicológica,
señala la escasa probabilidad de semejantes errores,
al menos por parte de los Compañeros. Para la
gente que vivió con el Profeta, cada una de sus
palabras y acciones era la de la mayor importancia,
no solamente por el atractivo que su personalidad tenía
para ellos, sino también por su firme creencia
en que era la voluntad de Dios, el que debían
regular sus vidas conforme a la dirección y el
ejemplo del Profeta. Por ésto, no podían
tomar a la ligera la cuestión de sus dichos,
sino que se esforzaron por conservarlos en su memoria
aun a costa de gran incomodidad personal.
Se cuenta que los Compañeros que estaban en relación
inmediata con el Profeta formaron entre ellos grupos
de dos hombres cada uno que se alternaban en estar uno
siempre cerca del Profeta mientras el otro se ocupaba
en trabajar o atender a sus asuntos, y cuanto oían
o veían hacer a su Maestro, lo comunicaban al
otro: tal era su temor de que algún otro dicho
o acción del Profeta escapara a su atención.
Poseyendo tal actitud, no es probable que fueran descuidados
en la exactitud de las palabras de un hadiz. Y si fue
posible que cientos de los Compañeros memorizaran
por entero el Corán, hasta el más mínimo
detalle, fue sin duda posible también, para ellos
y para los que les siguieron, mantener en su memoria
los dichos personales del Profeta sin añadirles
ni restarles nada.
Además, los Tradicionalistas sólo atribuyeron
una autenticidad perfecta a aquelos hadices que han
sido transmitidos en la misma forma a través
de decenas de transmisores diferentes e independientes.
Y ésto no es todo. Para que un hadiz sea denominado
shih (correcto), debe ser corroborado en cada etapa
de transmisión por el testimonio independiente
de al menos dos, o posiblemente más, transmisores
-de tal forma que la transmisión no se apoye
en la autoridad de una sola persona en ninguna de las
etapas-.
Esta demanda de corroboración es tan exigente
que en un hadiz transmitido a través de, digamos,
tres "generaciones" de transmisores desde
el Compañero que lo relató hasta el recopilador
final, están involucrados una veintena, o más,
de tales transmisores, distribuídos a lo largo
de esas tres "generaciones".
A pesar de ésto, ningún musulmán
ha creído nunca que las Tradiciones del Profeta
tengan la indiscutible autenticidad del Corán.
La investigación crítica de los hadices
no ha cesado nunca. El hecho de que existen numerosos
hadices falsos no ha escapado por un instante a la atención
de los muhhadizún, tal como suponen ingenuamente
los críticos no-musulmanes y algunos musulmanes.
Al contrario, el estudio crítico de los hadices
se inició por la necesidad de discernir los auténticos
de los falsos, y los imames Bujari y Muslim, así
como los Tradicionalistas menos conocidos, son un producto
de esta actitud crítica. La existencia de hadices
falsos, por lo tanto, no prueba nada en contra del sistema
de transmisión de hadices en su conjunto -de
igual manera que un cuento maravilloso de Las Mil y
Una Noches no puede ser usado como prueba en contra
de la autenticidad de un documento histórico
del correspondiente período.
Hasta el presente, ningún crítico ha sido
capaz de probar de forma sistemática que el cuerpo
de hadiz considerado como auténtico según
las normas de verificación de los principales
Tradicionalistas es inexacto. El rechazo de Tradiciones
auténticas, tanto en parte como en su conjunto,
es un asunto puramente emocional, y no el resultado
de una investigación científica imparcial.
El motivo de que muchos musulmanes adopten semejante
actitud es fácil de localizar. Esto reside en
la imposibilidad de elevar nuestros degenerados modos
de vivir y de pensar actuales al nivel del verdadero
espíritu del Islam que se refleja en la Sunnah
de nuestro Profeta. Estos pseudo-críticos de
hadiz tratan de eliminar la necesidad de seguir la Sunnah
para así justificar sus deficiencias y las deficiencias
de su entorno y porque, si lo consiguieran, podrían
interpretar las enseñanzas del Corán a
su antojo, es decir, cada cual de acuerdo con su propia
inclinación y carácter. Y de esta forma
la excepcional posición del Islam como código
moral y práctico, para el individuo y para la
sociedad, quedaría totalmente destruída.
En estos días, en que la influencia de la civilización
occicental se hace sentir cada vez más en los
países islámicos, otro motivo viene a
añadirse a la actitud negativa de la llamada
"intelectualidad musulmana" en este asunto.
Es imposible vivir de acuerdo a la Sunnah de nuestro
Profeta y al mismo tiempo seguir la forma de vida occiental.
Pero muchos de los musulmanes de la generación
actual reciben con adoración todo lo que es occidental,
venerando esta civilización extranjera simplemente
porque es extranjera, poderosa y materialmente impresionante.
Esta "occidentalizacion" es la razón
más fuerte de que las Tradiciones de nuestro
Profeta y, junto a ellas, el conjunto de la Sunnah,
se hayan vuelto tan impopulares en la actualidad. La
Sunnah es tan radicalmente opuesta a las ideas de base
sobre las que se apoya la civilización occidental
que aquellos que están bajo la fascinación
de ésta no ven otro camino de salida que el describir
la Sunnah como un aspecto insubstancial, y por tanto
no obligatorio, del Islam porque se "apoya en Tradiciones
dudosas". Hecho ésto, se vuelve mucho más
fácil torcer las enseñanzas del Islam
de tal forma que parezca que se adaptan a la civilizacion
occidental.
Casi tan importante como la justificación formal,
o si se quiere "legal", de la Sunnah mediante
la demostración de la fiabilidad histórica
del cuerpo de hadiz es la cuestión de su justificación
espiritual interna. ¿Por qué debería
considerarse indispensable la práctica de la
Sunnah para llevar una vida en un sentido verdaderamente
islámico? ¿No existe otra forma de acceder
a la realidad del Islam que a través de la práctica
de este extenso sistema de acciones y costumbres, de
mandatos y prohibiciones extraído de la vida
del Profeta? No hay duda de que fue el hombre más
grande que haya existido, ¿pero acaso no representa
la necesidad de imitar su vida en todos sus aspectos
una violación de la libertad individual de la
personalidad humana? Esta es la vieja objeción
presentada por críticos enemigos del Islam de
que la necesidad de seguir estrictamente la Sunnah fue
una de las causas principales de la decadencia del mundo
islámico, al suponer que dicha actitud entorpece,
a la larga, la libertad de acción del individuo
y el natural desarrollo de la sociedad. El que seamos
capaces o no de enfrentarnos a esta objeción
es de la mayor importancia para el futuro del Islam.
Nuestra actitud con respecto al problema de la Sunnah
determinará nuestra actitud futura hacia el Islam.
Nos sentimos orgullosos, y con razón, del hecho
de que el Islam, como religión, no está
basada en un dogmatismo místico sino que está
siempre abierto a la inquisitividad crítica de
la Razón. Tenemos derecho, por lo tanto, no sólo
a saber que la práctica de la Sunnah nos ha sido
impuesta sino también a entender la razón
intrínseca de su imposición.
El Islam lleva al ser humano a una unificación
de todos los aspectos de su vida. Y siendo un medio
hacia tal fin, esta religión representa en sí
misma un conjunto de concepciones al que nada puede
ser añadido ni restado. No hay lugar en el Islam
para el eclecticismo. Allí donde se reconozca
que sus enseñanzas han sido pronunciadas por
el Corán o por el Profeta, debemos aceptarlas
en su totalidad, sino pierden su valor.
Es un error básico el pensar que el Islam, al
ser una religión racional, permite que el individuo
sea selectivo con sus enseñanzas: este es un
argumento basado en un malentendido popular del "racionalismo".
Existe un ancho abismo -reconocido suficientemente por
las filosofías de todas las épocas- entre
la razón y el "racionalismo" tal como
se entiende comunmente hoy. La función de la
Razón, en relación con las enseñanzas
religiosas, tiene un carácter de control, su
deber es vigilar que no se imponga a la mente humana
nada que no pueda soportar fácilmente, es decir,
sin la ayuda de malabarismos mentales.
Por lo que al Islam respecta, la razón imparcial
le ha dado sin reservas, una y otra vez su voto de confianza.
Esto no significa que todo el que entra en contacto
con el Corán acepte necesariamente sus enseñanzas;
ésto depende mucho del temperamento, del entorno,
y -no menos importante- de la iluminación espiritual.
Cierto es que nadie libre de prejuicios afirmaría
que haya en el Corán nada contrario a la Razón.
Sin duda, hay en él conceptos que van más
allá de los límites actuales de nuestra
inteligencia; pero nada que ofenda a la inteligencia
humana en cuanto tal.
El papel de la Razón en los asuntos religiosos
es, como hemos visto, de control -como un regulador
de entrada que según sea el caso, diga "sí"
o "no". Pero ésto no es exactamente
cierto en el llamado "racionalismo", el cual
no se contenga con la regulación y control de
entradas, sino que se lanza al campo de la especulación;
no es receptivo y distante como la razón pura,
sino extremadamente sujetivo y temperamental. La Razón
conoce sus límites, pero el "tradicionalismo"
superficial es absurdo en su pretensión de abarcar
el mundo y todos sus misterios dentro de su propio círculo
individual. En los asuntos religiosos ni siquiera acepta
la posibilidad de que ciertas cosas estén, bien
temporal o permanentemente, fuera del alcance de la
comprensión humana; pero es, al mismo tiempo,
lo bastante ilógico como para conceder tal posibilidad
a la ciencia -y a sí mismo.
La sobreestimación de este tipo de racionalismo
falto de imaginación es una de las causas de
que muchos musulmanes modernos se nieguen a someterse
a la guía del Profeta. Pero no necesitamos hoy
a un Kant para demostrar que las posibilidades de la
comprensión humana son muy limitadas.
Nuestra mente es incapaz, por naturaleza, de comprender
la idea de totalidad: sólo somos capaces de captar
los detalles de las cosas. No sabemos lo que significa
la infinidad o la eternidad, no sabemos siquiera lo
que es la vida. Es por ésto que en los problemas
de una religión que se apoya en bases transcendentales
necesitamos una guía cuya mente posee algo más
que las cualidades normales de razonamiento y el racionalismo
subjetivo común a todos nosotros, necesitamos
a alguién inspirado -en una palabra, un Profeta-.
Si creemos que el Corán es la Palabra de Dios,
y que Muhammad fue el Mensajero de Dios, estamos obligados
moral e intelectualmetne a seguir su guía implícitamente.
Esto no quiere decir que debamos renunciar a nuestra
capacidad de razonamiento. Al contrario, tenemos que
usar esa capacidad al máximo de nuestra habilidad
y conocimientio, tenemos que descubrir el significado
y el propósito que encierran las órdenes
que nos han sido transmitidas por el Profeta. Pero en
cualquier caso -tanto si somos capaces de discernir
su propósito como si no- debemos obedecer la
orden.
Quisiera ilustrar esto con el ejemplo de un soldado
que ha recibido de su general la orden de ocupar una
cierta posición estratégica. Un buen soldado
obedecerá y ejecutara tal orden inmediatamente.
Si, mientras lo está haciendo, es capaz de entender
el propósito estratégico que el general
quiere alcanzar, tanto mejor para él y para su
carrera, pero si no consigue entender inmediataménte
el propósito último de las órdenes
del general, no por ello puede abandonar su ejecución
o posponerla.
Nosotros, los musulmanes, tenemos la confianza puesta
en que nuestro Profeta es el mejor jefe que la humanidad
haya podido tener. Creemos naturalmente que tenía
un conocimiento del dominio de la religión, en
sus aspectos espiritual y social, mucho mejor del que
nosotros podríamos alcanzar. Cuando nos ordena
o nos prohíbe hacer algo, es siempre para alcanzar
ciertos objetivos "estratégicos" que
consideraba indispensables para el bienestar espiritual
y social del ser humano. A veces es posible discernir
claramente la meta, y otras está más o
menos oculta a los ojos inexpertos del hombre común,
a veces podemos entender el propósito más
profundo de una orden del Profeta, y otras veces sólo
su propósito más inmediato.
En cualquiera de los casos, estamos obligados a seguir
las órdenes del Profeta, siempre que su autenticidad
y su contexto estén plenamente verificados. No
se necesita nada más. Desde luego que existen
órdenes del Profeta que son de extrema importancia
y otras que lo son menos, y tenemos que dar precedencia
a aquellas más importantes sobre las otras. Pero
nunca tendremos derecho a hacer caso omiso de ninguna
de ellas porque nos parezca "secundaria" -porque
el Corán dice del Profeta: "No habla por
capricho" (surah 53:3). Esto es, sólo habla
cuando surge una necesidad objetiva, y lo hace porque
Dios le ha inspirado a ello. Por esta razón,
estamos obligados a seguir la Sunnah del Profeta en
espíritu y en forma, si queremos ser fieles al
Islam.
Nosotros no consideramos su ideología como otro
camino entre muchos, sino como el camino, y el hombre
que nos transmitió esta ideología no es
para nosotros un guía entre otros, sino el guía.
Obedecerle en todo lo que ordenó es practicar
el Islam y desechar su Sunnah es desechar la realidad
del Islam.
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