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Hadiz
y Sunna
por Muhammad Asad
El elemento esencial de la falsedad de un hadiz sería una mentira
consciente por parte de la primera fuente, es decir, el Compañero
que lo relató, o uno o varios de los que lo transmitieron posteriormente.
En lo que respecta a los Compañeros tal posibilidad puede ser descartada
a priori. Sólo es necesario tener una idea mínima del lado
psicológico del problema para relegar tales suposiciones a la esfera
de la pura fantasía. La enorme impresión que la personalidad
del Profeta causó en aquellos hombres y mujeres es un hecho destacado
en la historia humana; y está, además, sumamente bien documentado
por la Historia.
¿Es posible imaginar que una gente que estaba dispuesta a sacrificar
sus vidas y todo cuanto poseían cuando lo ordenara el Mensajero
de Dios sería capaz de jugar con sus palabras? ¿Acaso no
dijo el Profeta: "Aquel que intencionadamente mienta acerca de mí
ocupará su lugar en el Fuego"? (Sahih al-Bujari, Sunan Abi
Da'ud, Yami'at Tirmidhi, Sunan Ibn Mayah, Sunan ad-Darimi, Musnad Ibn
Hanball). Esto era sabido por los Compañeros, que creían
sin vacilaciones las palabras del Profeta, al que consideraban portavoz
de Dios. ¿Es probable, desde el punto de vista psicológico,
que hicieran caso omiso de una orden tan clara?
En un proceso criminal la primera cuestión que ha de resolver el
juez del tribunal es aquién beneficia el crimen cometido. Este
principio judicial puede también aplicarse al problema de los hadices.
A excepción de aquellas tradiciones que se refieren directamente
al estatus de ciertos individuos o grupos, así como aquellas Tradiciones
claramente falsas -y rechazadas por la mayoría de los muhhadizún-
que estan conectadas con las reivindicaciones políticas de los
diferentes partidos en el siglo primero después de la muerte del
Profeta, no existe razón "provechosa" para que un individuo
falsifique los dichos del Profeta.
Además, en justo reconocimiento de la posibilidad de que se inventaran
hadices con fines personales, las dos autoridades más destacadas
entre los Tradicionalistas, Bujari y Muslim, excluyeron tajantemente de
sus recopilaciones todas aquellas Tradiciones que tenían relación
con la política de partidos. El resto estaba por encima de la sospecha
de favorecer personalmente a nadie.
Existe otro argumento con el que se podría impugnar la autenticidad
de un hadiz. Es concebible que el Compañero que lo oyó de
los labios del Profeta o uno de los narradores posteriores, aun siendo
subjetivamente veraz, cometiera un error ya sea debido a que malentendió
las palabras del Profeta, o a un lapso de memoria, o a alguna otra razón
psicológica.
Pero la evidencia interna, es decir, psicológica, señala
la escasa probabilidad de semejantes errores, al menos por parte de los
Compañeros. Para la gente que vivió con el Profeta, cada
una de sus palabras y acciones era la de la mayor importancia, no solamente
por el atractivo que su personalidad tenía para ellos, sino también
por su firme creencia en que era la voluntad de Dios, el que debían
regular sus vidas conforme a la dirección y el ejemplo del Profeta.
Por ésto, no podían tomar a la ligera la cuestión
de sus dichos, sino que se esforzaron por conservarlos en su memoria aun
a costa de gran incomodidad personal.
Se cuenta que los Compañeros que estaban en relación inmediata
con el Profeta formaron entre ellos grupos de dos hombres cada uno que
se alternaban en estar uno siempre cerca del Profeta mientras el otro
se ocupaba en trabajar o atender a sus asuntos, y cuanto oían o
veían hacer a su Maestro, lo comunicaban al otro: tal era su temor
de que algún otro dicho o acción del Profeta escapara a
su atención.
Poseyendo tal actitud, no es probable que fueran descuidados en la exactitud
de las palabras de un hadiz. Y si fue posible que cientos de los Compañeros
memorizaran por entero el Corán, hasta el más mínimo
detalle, fue sin duda posible también, para ellos y para los que
les siguieron, mantener en su memoria los dichos personales del Profeta
sin añadirles ni restarles nada.
Además, los Tradicionalistas sólo atribuyeron una autenticidad
perfecta a aquelos hadices que han sido transmitidos en la misma forma
a través de decenas de transmisores diferentes e independientes.
Y ésto no es todo. Para que un hadiz sea denominado shih (correcto),
debe ser corroborado en cada etapa de transmisión por el testimonio
independiente de al menos dos, o posiblemente más, transmisores
-de tal forma que la transmisión no se apoye en la autoridad de
una sola persona en ninguna de las etapas-.
Esta demanda de corroboración es tan exigente que en un hadiz transmitido
a través de, digamos, tres "generaciones" de transmisores
desde el Compañero que lo relató hasta el recopilador final,
están involucrados una veintena, o más, de tales transmisores,
distribuídos a lo largo de esas tres "generaciones".
A pesar de ésto, ningún musulmán ha creído
nunca que las Tradiciones del Profeta tengan la indiscutible autenticidad
del Corán. La investigación crítica de los hadices
no ha cesado nunca. El hecho de que existen numerosos hadices falsos no
ha escapado por un instante a la atención de los muhhadizún,
tal como suponen ingenuamente los críticos no-musulmanes y algunos
musulmanes. Al contrario, el estudio crítico de los hadices se
inició por la necesidad de discernir los auténticos de los
falsos, y los imames Bujari y Muslim, así como los Tradicionalistas
menos conocidos, son un producto de esta actitud crítica. La existencia
de hadices falsos, por lo tanto, no prueba nada en contra del sistema
de transmisión de hadices en su conjunto -de igual manera que un
cuento maravilloso de Las Mil y Una Noches no puede ser usado como prueba
en contra de la autenticidad de un documento histórico del correspondiente
período.
Hasta el presente, ningún crítico ha sido capaz de probar
de forma sistemática que el cuerpo de hadiz considerado como auténtico
según las normas de verificación de los principales Tradicionalistas
es inexacto. El rechazo de Tradiciones auténticas, tanto en parte
como en su conjunto, es un asunto puramente emocional, y no el resultado
de una investigación científica imparcial. El motivo de
que muchos musulmanes adopten semejante actitud es fácil de localizar.
Esto reside en la imposibilidad de elevar nuestros degenerados modos de
vivir y de pensar actuales al nivel del verdadero espíritu del
Islam que se refleja en la Sunnah de nuestro Profeta. Estos pseudo-críticos
de hadiz tratan de eliminar la necesidad de seguir la Sunnah para así
justificar sus deficiencias y las deficiencias de su entorno y porque,
si lo consiguieran, podrían interpretar las enseñanzas del
Corán a su antojo, es decir, cada cual de acuerdo con su propia
inclinación y carácter. Y de esta forma la excepcional posición
del Islam como código moral y práctico, para el individuo
y para la sociedad, quedaría totalmente destruída.
En estos días, en que la influencia de la civilización occicental
se hace sentir cada vez más en los países islámicos,
otro motivo viene a añadirse a la actitud negativa de la llamada
"intelectualidad musulmana" en este asunto. Es imposible vivir
de acuerdo a la Sunnah de nuestro Profeta y al mismo tiempo seguir la
forma de vida occiental. Pero muchos de los musulmanes de la generación
actual reciben con adoración todo lo que es occidental, venerando
esta civilización extranjera simplemente porque es extranjera,
poderosa y materialmente impresionante. Esta "occidentalizacion"
es la razón más fuerte de que las Tradiciones de nuestro
Profeta y, junto a ellas, el conjunto de la Sunnah, se hayan vuelto tan
impopulares en la actualidad. La Sunnah es tan radicalmente opuesta a
las ideas de base sobre las que se apoya la civilización occidental
que aquellos que están bajo la fascinación de ésta
no ven otro camino de salida que el describir la Sunnah como un aspecto
insubstancial, y por tanto no obligatorio, del Islam porque se "apoya
en Tradiciones dudosas". Hecho ésto, se vuelve mucho más
fácil torcer las enseñanzas del Islam de tal forma que parezca
que se adaptan a la civilizacion occidental.
Casi tan importante como la justificación formal, o si se quiere
"legal", de la Sunnah mediante la demostración de la
fiabilidad histórica del cuerpo de hadiz es la cuestión
de su justificación espiritual interna. ¿Por qué
debería considerarse indispensable la práctica de la Sunnah
para llevar una vida en un sentido verdaderamente islámico? ¿No
existe otra forma de acceder a la realidad del Islam que a través
de la práctica de este extenso sistema de acciones y costumbres,
de mandatos y prohibiciones extraído de la vida del Profeta? No
hay duda de que fue el hombre más grande que haya existido, ¿pero
acaso no representa la necesidad de imitar su vida en todos sus aspectos
una violación de la libertad individual de la personalidad humana?
Esta es la vieja objeción presentada por críticos enemigos
del Islam de que la necesidad de seguir estrictamente la Sunnah fue una
de las causas principales de la decadencia del mundo islámico,
al suponer que dicha actitud entorpece, a la larga, la libertad de acción
del individuo y el natural desarrollo de la sociedad. El que seamos capaces
o no de enfrentarnos a esta objeción es de la mayor importancia
para el futuro del Islam. Nuestra actitud con respecto al problema de
la Sunnah determinará nuestra actitud futura hacia el Islam.
Nos sentimos orgullosos, y con razón, del hecho de que el Islam,
como religión, no está basada en un dogmatismo místico
sino que está siempre abierto a la inquisitividad crítica
de la Razón. Tenemos derecho, por lo tanto, no sólo a saber
que la práctica de la Sunnah nos ha sido impuesta sino también
a entender la razón intrínseca de su imposición.
El Islam lleva al ser humano a una unificación de todos los aspectos
de su vida. Y siendo un medio hacia tal fin, esta religión representa
en sí misma un conjunto de concepciones al que nada puede ser añadido
ni restado. No hay lugar en el Islam para el eclecticismo. Allí
donde se reconozca que sus enseñanzas han sido pronunciadas por
el Corán o por el Profeta, debemos aceptarlas en su totalidad,
sino pierden su valor.
Es un error básico el pensar que el Islam, al ser una religión
racional, permite que el individuo sea selectivo con sus enseñanzas:
este es un argumento basado en un malentendido popular del "racionalismo".
Existe un ancho abismo -reconocido suficientemente por las filosofías
de todas las épocas- entre la razón y el "racionalismo"
tal como se entiende comunmente hoy. La función de la Razón,
en relación con las enseñanzas religiosas, tiene un carácter
de control, su deber es vigilar que no se imponga a la mente humana nada
que no pueda soportar fácilmente, es decir, sin la ayuda de malabarismos
mentales.
Por lo que al Islam respecta, la razón imparcial le ha dado sin
reservas, una y otra vez su voto de confianza. Esto no significa que todo
el que entra en contacto con el Corán acepte necesariamente sus
enseñanzas; ésto depende mucho del temperamento, del entorno,
y -no menos importante- de la iluminación espiritual. Cierto es
que nadie libre de prejuicios afirmaría que haya en el Corán
nada contrario a la Razón. Sin duda, hay en él conceptos
que van más allá de los límites actuales de nuestra
inteligencia; pero nada que ofenda a la inteligencia humana en cuanto
tal.
El papel de la Razón en los asuntos religiosos es, como hemos visto,
de control -como un regulador de entrada que según sea el caso,
diga "sí" o "no". Pero ésto no es exactamente
cierto en el llamado "racionalismo", el cual no se contenga
con la regulación y control de entradas, sino que se lanza al campo
de la especulación; no es receptivo y distante como la razón
pura, sino extremadamente sujetivo y temperamental. La Razón conoce
sus límites, pero el "tradicionalismo" superficial es
absurdo en su pretensión de abarcar el mundo y todos sus misterios
dentro de su propio círculo individual. En los asuntos religiosos
ni siquiera acepta la posibilidad de que ciertas cosas estén, bien
temporal o permanentemente, fuera del alcance de la comprensión
humana; pero es, al mismo tiempo, lo bastante ilógico como para
conceder tal posibilidad a la ciencia -y a sí mismo.
La sobreestimación de este tipo de racionalismo falto de imaginación
es una de las causas de que muchos musulmanes modernos se nieguen a someterse
a la guía del Profeta. Pero no necesitamos hoy a un Kant para demostrar
que las posibilidades de la comprensión humana son muy limitadas.
Nuestra mente es incapaz, por naturaleza, de comprender la idea de totalidad:
sólo somos capaces de captar los detalles de las cosas. No sabemos
lo que significa la infinidad o la eternidad, no sabemos siquiera lo que
es la vida. Es por ésto que en los problemas de una religión
que se apoya en bases transcendentales necesitamos una guía cuya
mente posee algo más que las cualidades normales de razonamiento
y el racionalismo subjetivo común a todos nosotros, necesitamos
a alguién inspirado -en una palabra, un Profeta-. Si creemos que
el Corán es la Palabra de Dios, y que Muhammad fue el Mensajero
de Dios, estamos obligados moral e intelectualmetne a seguir su guía
implícitamente. Esto no quiere decir que debamos renunciar a nuestra
capacidad de razonamiento. Al contrario, tenemos que usar esa capacidad
al máximo de nuestra habilidad y conocimientio, tenemos que descubrir
el significado y el propósito que encierran las órdenes
que nos han sido transmitidas por el Profeta. Pero en cualquier caso -tanto
si somos capaces de discernir su propósito como si no- debemos
obedecer la orden.
Quisiera ilustrar esto con el ejemplo de un soldado que ha recibido de
su general la orden de ocupar una cierta posición estratégica.
Un buen soldado obedecerá y ejecutara tal orden inmediatamente.
Si, mientras lo está haciendo, es capaz de entender el propósito
estratégico que el general quiere alcanzar, tanto mejor para él
y para su carrera, pero si no consigue entender inmediataménte
el propósito último de las órdenes del general, no
por ello puede abandonar su ejecución o posponerla.
Nosotros, los musulmanes, tenemos la confianza puesta en que nuestro Profeta
es el mejor jefe que la humanidad haya podido tener. Creemos naturalmente
que tenía un conocimiento del dominio de la religión, en
sus aspectos espiritual y social, mucho mejor del que nosotros podríamos
alcanzar. Cuando nos ordena o nos prohíbe hacer algo, es siempre
para alcanzar ciertos objetivos "estratégicos" que consideraba
indispensables para el bienestar espiritual y social del ser humano. A
veces es posible discernir claramente la meta, y otras está más
o menos oculta a los ojos inexpertos del hombre común, a veces
podemos entender el propósito más profundo de una orden
del Profeta, y otras veces sólo su propósito más
inmediato.
En cualquiera de los casos, estamos obligados a seguir las órdenes
del Profeta, siempre que su autenticidad y su contexto estén plenamente
verificados. No se necesita nada más. Desde luego que existen órdenes
del Profeta que son de extrema importancia y otras que lo son menos, y
tenemos que dar precedencia a aquellas más importantes sobre las
otras. Pero nunca tendremos derecho a hacer caso omiso de ninguna de ellas
porque nos parezca "secundaria" -porque el Corán dice
del Profeta: "No habla por capricho" (surah 53:3). Esto es,
sólo habla cuando surge una necesidad objetiva, y lo hace porque
Dios le ha inspirado a ello. Por esta razón, estamos obligados
a seguir la Sunnah del Profeta en espíritu y en forma, si queremos
ser fieles al Islam.
Nosotros no consideramos su ideología como otro camino entre muchos,
sino como el camino, y el hombre que nos transmitió esta ideología
no es para nosotros un guía entre otros, sino el guía. Obedecerle
en todo lo que ordenó es practicar el Islam y desechar su Sunnah
es desechar la realidad del Islam.
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