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Debido a que el conocimiento puramente metafísico
está, por definición, está más
allá del alcance del individuo, siendo en esencia
supra-individual, Universal o Divino, y por que procede
de la inteligencia pura, que es directa y no discursiva,
concluimos que este conocimiento no sólo va infinitamente
más allá del razonamiento, sino que va
más allá de la fe, en el sentido ordinario
del término. En otras palabras, el Conocimiento
del Corazón, también trasciende el punto
de vista religioso, que es en sí mismo incomparablemente
superior al punto de vista filosófico, ya que,
al igual que el conocimiento metafísico, emana
de Dios y no del hombre.
Mientras que la metafísica procede plenamente
de la intuición del Corazón, la religión
procede de la Revelación. Esta última
es la Palabra de Dios hablada a sus criaturas mientras
que la Intuición del Corazón es una participación
directa y activa en el Conocimiento Divino y no una
participación indirecta y pasiva, como en la
fe.
En otras palabras, en el caso de la intuición
del Corazón, el conocimiento no es poseído
por el individuo, en tanto que éste es un individuo,
pero sí, en la medida en que en la profundidad
de su Esencia, él no es distinto de lo Divino.
Así, la certeza metafísica es absoluta
porque la identidad entre el conocedor y lo conocido
existe en el Corazón. Tomemos un ejemplo de la
esfera sensorial para ilustrar la diferencia entre el
conocimiento metafísico del Corazón y
el conocimiento religioso.
Podríamos decir que el primero es consciente
de la esencia incolora de la luz y de su carácter
de luminosidad pura; en tanto que determinada creencia
religiosa o dogma, va a afirmar que la luz es roja y
no verde, mientras que otra creencia va a afirmar lo
opuesto.
Ambas van a estar en lo cierto, en la medida en que
distinguen la luz de la oscuridad, pero no en cuanto
identifican a la luz con un color en particular. Este
ejemplo es para mostrar que el punto de vista religioso,
al que se adhieren los creyentes, está basado
en la revelación y no en un conocimiento que
es accesible a cada uno de ellos, (una situación
irrealizable para una colectividad humana tan inmensa)
necesariamente confundirá el símbolo o
la forma, con la Verdad Absoluta, mientras que el punto
de vista del conocimiento del Corazón, sólo
puede ser asimilado a un punto de vista particular de
un modo puramente transitorio.
Debido a esto, será capaz de hacer uso del mismo
símbolo o forma, como un medio para la expresión,
mientras está consciente de su relatividad. Y,
es por esto, que cada una de las grandes religiones,
a través de sus dogmas, ritos y otros símbolos,
sirven como medios de expresión de todas las
verdades conocidas en forma directa por el órgano
espiritual que en el Sufismo es llamado el Ojo del Corazón.
Acabamos de afirmar que la religión traduce las
Verdades Universales al lenguaje dogmático. Ahora,
aunque el dogma no es accesible a todos los hombres
en su Verdad Intrínseca, y sólo puede
ser experimentada directamente por el Ojo del Corazón,
no obstante, es accesible por medio de la fe, la cual
es, (para la mayoría de la gente) el único
modo posible de participación en la Verdad Divina.
Mientras que el Conocimiento del Corazón, (que
no procede ni de la creencia, ni de un proceso de razonamiento)
va más allá del dogma en el sentido de
que, sin contradecir nunca el dogma, lo penetra en su
dimensión interior, esto es, la Verdad Infinita
que impregna todas las formas.
El modo racional de conocimiento de ninguna manera se
extiende más allá del dominio de lo general
y no puede por sí mismo alcanzar ninguna Verdad
trascendente. Algunos puedan tal vez objetar que aún
la metafísica más pura, muchas veces,
difícilmente se distingue de la filosofía
en cuanto usa argumentos y parece llegar a conclusiones.
Pero esta similitud es debida simplemente al hecho de
que todos los conceptos, una vez expresados, son necesariamente
revestidos de las formas del pensamiento humano, el
cual es racional y dialéctico.
Lo que distingue esencialmente el conocimiento del Corazón
del conocimiento filosófico es que el primero
es simbólico y definitivo, en el sentido de que
hace uso de las formas racionales como símbolos
para describir o traducir un conocimiento que posee
un grado de certeza infinitamente mayor que cualquier
conocimiento del orden sensible; mientras que la filosofía
nunca es más de lo que está expresando.
Cuando la filosofía usa la razón para
resolver una duda, esto prueba precisamente que su punto
de partida es una duda a la cual está tratando
de sobreponerse, mientras que el punto de partida del
conocimiento del Corazón es siempre esencialmente
algo vivencialmente evidente o certero, lo cual es comunicado,
a aquellos capaces de recibirlo, por medios simbólicos
o dialectos diseñados para despertar en ellos
el conocimiento latente que poseen en su corazón
y que desde la eternidad está en su interior.
Para ilustrar los tres modos de pensamiento que estamos
considerando podemos utilizar como ejemplo la idea de
Dios.
El punto de vista filosófico, cuando no niega
siempre y sencillamente a Dios, tratar de probar la
existencia de Dios por medio de todo tipo de argumentos;
en otras palabras, este punto de vista trata de probar,
ya sea la "existencia" o la "no existencia"
de Dios, como si la razón, que es sólo
un intermediario y de ninguna manera una fuente de conocimiento
trascendental, pudiera probar cualquier cosa que deseara
probar. Más aún esta pretensión
de autonomía de la razón en dominios donde
sólo el Ojo del Corazón por un lado y
la Revelación por el otro pueden comunicar conocimiento,
es característico del punto de vista filosófico
y de esta manera demuestra toda su incapacidad.
El punto de vista religioso no se preocupa de probar
la existencia de Dios, hasta está preparado para
admitir que tal prueba es imposible, y se basa a sí
mismo en la creencia. Pero debemos recordar aquí
que la fe no puede ser reducida a un simple asunto de
creencia; de otro modo Jesús no hubiera hablado
de "la fe que mueve montañas", porque
está claro que la creencia religiosa ordinaria
no tiene tal poder.
Finalmente, desde el punto de vista metafísico,
en el conocimiento del Corazón, no existe el
concepto de "probar" o de "creer",
sino simplemente la evidencia directa, la evidencia
del Ojo del Corazón que implica la absoluta presencia
de la certeza.
La religión, por su naturaleza, contiene y transmite
este conocimiento intuitivo bajo el "velo de su
dogmatismo" y sus rituales simbólicos.
Las verdades que acabamos de expresar no son una posesión
exclusiva de ninguna escuela o individuo; si así
fuera no serían verdades, porque éstas
no pueden ser inventadas, sino necesariamente pertenecen
al conocimiento de cada Tradición espiritual,
sea su forma religiosa como en Occidente o Medio Oriente,
o metafísica, como en la India y el Extremo Oriente.
El punto fundamental de nuestro escrito reside en el
énfasis puesto en la Universalidad y Unidad de
las diferentes religiones o de diferentes formas tradicionales.
El simple hecho de que estas formas son reveladas, nos
muestra que son dirigidas por la Divina Voluntad.
La expresión de Unidad Trascendente significa
que la Unidad de las Formas Tradicionales, sea que fuere
religiosa o supra religiosa en su naturaleza, debe ser
comprendida en una forma puramente interior y espiritual
sin perjuicio de ninguna forma en particular. Los antagonismos
entre estas formas afectan a la Verdad Universal del
mismo modo que el antagonismo entre colores opuestos
afectan la transmisión de la luz única
e incolora.
Así como cada color, por su negación de
la oscuridad y su afirmación de la luz, provee
la posibilidad de descubrir el rayo que lo hace visible
y de seguirlo hasta su origen en la fuente de la luz,
del mismo modo, todas las formas tradicionales, todos
los símbolos, todas las religiones, todos los
dogmas, por su negación del error y su afirmación
de la Verdad, hacen que sea posible seguir el rastro
de la Revelación, el cual no es otro que el anhelo
del Corazón de retornar a su Origen Divino.
La perspectiva que permite actualizar la conciencia
de la relatividad de las formas conceptuales y morales
ha existido siempre en el Islam; el pasaje coránico
sobre Moisés y Al-Khidr da fe de ello (Qur'an
18:70), lo mismo que algunos Hádith, que para
maravilla de los Amantes del Infinitamente Compasivo,
reducen las condiciones de la salvación a las
actitudes más simples.
Jalalu'ddin Rumi lo expresa en estos términos:
No soy ni cristiano, ni judío, ni parsi, ni musulmán.
No soy ni de Oriente, ni de Occidente,
ni de la tierra, ni del mar...
Mi lugar es lo que no tiene lugar,
Mi huella es lo que no tiene huella...
He dejado de lado la dualidad,
He visto que los dos mundos no son sino Uno;
Busco al Uno, conozco al Uno, veo al Uno, invoco al
Uno.
EL es el Primero, EL es el último,
El es el Exterior, El es el Interior...
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