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Si seguimos una vía ascética llena de
ejercicios complicados y difíciles pruebas, la
mirada de los demás sobre nosotros llevará
implícito el grave riesgo de alimentar nuestro
orgullo. Buscar y aceptar hoy en día una vía
banal es lo más pesado para el ego.
El derviche es pues una persona ordinaria con alguna
cosa de más. Viviendo en el mundo pero esforzándose
por no dejarse llevar por él, el discípulo
se mantiene en cada instante, en su interior, firmemente
enraizado en la Presencia Divina. Cuando hablamos de
pobreza espiritual, lo que cuenta no es lo que uno posee
sino la huella que dejan las cosas sobre nosotros. Cuando
hablamos de actividad es más importante la intención
de los actos y el espíritu con que han sido realizados
que ellos por sí mismos. Y cuando hablamos de
contemplación se sale de éste mundo material
para acceder a otra dimensión, la del mundo del
misterio y el espíritu.
Es
desde esta óptica desde la cual el discípulo
podrá realizar un verdadero trabajo espiritual.
Como ya hemos visto anteriormente aquello que va a hacer
cambiar nuestra relación con el mundo no van
a ser los intentos de modificarlo sino, más bien,
la percepción del mismo. Para realizar este trabajo
necesitamos exponer nuestro corazón a los efluvios
espirituales que vienen a nutrirlo y purificarlo. La
concentración progresiva del conjunto de nuestro
ser sobre la percepción del corazón nos
ofrecerá las oberturas y los estados que nos
llevaran a seguir el camino.
Ya
hemos hablado de la disciplina que implica el respeto
de la sharia; con ella le recordamos al ego que no es
nuestro único maestro sino que, contrariamente
a lo que piensa, es Dios el que tiene las riendas de
nuestra existencia.
El ritual de las cinco plegarias diarias nos permite
adquirir una conciencia cada vez más profunda
del tiempo cósmico en el cual vivimos y, paralelamente,
nos ofrece la posibilidad de suspender el curso del
tiempo para detenernos y reencontrarnos.
El ayuno de Ramadán nos recuerda la total dependencia
corporal respecto a nuestro Creador.
La limosna nos enseña a desapegarnos de los bienes
materiales y a valorar la gracia que supone poder disponer
de algo para ofrecer.
Y el peregrinaje es como una muerte iniciatica, un símbolo
de este camino de vuelta hacia Aquél con el que
estamos ligados desde siempre.
Hemos
visto también que el dhikr, ya sea individual
o colectivo, es el alimento del corazón, es decir,
la que nos va a permitir de hacerlo crecer y desarrollarse.
Verdadera contemplación, es el lazo de unión
con nuestro Guía y el canal que él utiliza
para transmitirnos su educación. Él es
la fuente del conocimiento y de los estados espirituales.
La fraternidad, entendida como la práctica de
compartir, es parte fundamental de esta educación
y es por esto precisamente que las reuniones regulares
con los hermanos es una de las actividades fundamentales
de la tariqa.
La asistencia de personas interesadas en conocer sinceramente
la tariqa se convierte en la posibilidad de enriquecerse
mutuamente mediante la circulación entre los
foqqaras del secreto, de ése tesoro que uno no
lo puede guardar para sí. No se trata de convencer
sino de mostrar aquello que uno ha encontrado; esa fuente
de agua viva a disposición de los que necesitan
beber. Igualmente, cuando se da la oportunidad, es muy
recomendable viajar hasta Madagh para visitar a nuestro
Sheykh.
El hecho de llegar allí posibilita beber directamente
de la fuente y encontrar el sentido y el sabor de lo
esencial. Y cuando el Amor de Dios invade nuestro corazón
nos ponemos en marcha en búsqueda de la ciencia
divina aprendiendo los medios para servirLe mejor.
El
trabajo espiritual es una obra a largo plazo que exige
paciencia y perseverancia. No se debe esperar que las
cosas vayan a cambiar en un abrir y cerrar de ojos por
el simple hecho de entrar en contacto con un Guía
vivo. Si el secreto divino está efectivamente
contenido en el pacto iniciático nos pertoca
a nosotros descubrirlo y hacerlo fructificar.
"
La sabiduría está en el corazón:
el que quiere tener agua en su pozo debe cavar: cuanto
más cava más agua encuentra; si deja de
cavar, el agua no sobrepasa nunca el nivel inicial.
El que cava este pozo no debe creer que el agua ha alcanzado
el nivel máximo, debe continuar cavando pues
el pozo no tiene límites.
". Explica Sidi Hamza. Él nos hace purificar
nuestro corazón y eso exige mucho trabajo. Lo
que permite cumplir con éste trabajo es nuestra
aspiración espiritual. " Los hay que vienen
a mí con una demanda comparable a la de llenar
un vaso, y lo lleno. Otros vienen con una demanda comparable
a un océano, y yo lleno ése océano:
a cada uno según su petición. " nos
dice Sidi Hamza.
Así pues el Sheykh es el escanciador que derrama
el vino espiritual en la copa de nuestro corazón
según la capacidad de recibir y la intensidad
de nuestra sed de Dios. Esta sed aumenta a medida que
vamos probando el vino: "En un cierto grado la
necesidad de Dios es comparable a la necesidad de asistencia
de alguien que se está ahogando y clama socorro
desesperadamente. Esta necesidad destruye todo deseo
que no sea Dios".
Es
pues esta necesidad y esta energía las que nos
mueven a caminar. Porque Dios responde a la llamada
de su servidor y el socorro divino deviene cada vez
más y más tangible, más y más
concreto para aquél que tiene los ojos bien abiertos.
Ciertas cosas que parecerían imposibles de resolver,
se solucionan por ellas mismas sin que uno tenga la
sensación de haber hecho un esfuerzo, y cuando
uno mira hacia atrás se sorprende de constatar
el camino recorrido.
No
se trata de imponerse metas muy difíciles sino
dejarse guiar y vigilar muy de cerca las astucias de
nuestro ego. Como se dice en la Vía se trata
de "hacer lo que uno pueda y un poco más
". Para evitar la fijación sobre tal o cual
punto es mejor dejar los sucesos en manos de Dios quedando,
eso sí, firmemente anclados en las prácticas
rituales. Para aquél que quiere domar su alma
no se trata de forzarla bruscamente, con el evidente
riesgo de romperla, sino solamente de velar por mantener
la suficiente cierta tensión espiritual para
empujarla a abandonar sus pasiones. El resultado de
todas maneras, siempre está en manos de Dios.
Y si es que uno puede hablar de combate cuando se habla
del alma pasional, tan solo se puede hablar de amor
cuando uno observa la relación con la gracia
divina.
Decimos
que " el amor es la corona de las obras ",
es decir, todas las prácticas nos evocan y concluyen
en una sola cosa; alumbrar y reforzar en el corazón
del discípulo la llama del amor divino. Una vez
que esta llama se ha alumbrado se quema toda entera,
y los conceptos mismos de esfuerzo o trabajo pierden
su sentido. No significa que las prácticas sean
abandonadas sino que ellas se convierten en lo que realmente
son: puros actos de adoración.
Citando de nuevo a nuestro Sheykh, "El mar se forma
y la lluvia que cae sobre él crea tal oleaje
que éste desborda la costa, la arena y se lleva
con él todo lo que encuentra a su paso. Al final
sólo queda el mar. Sucede lo mismo el día
en que Dios quiere beneficiar a Su servidor con Su Gracia;
insufla en su corazón un soplo de amor ".
" Es el amor el que pone los corazones en movimiento,
el que los hace actuar. El amor es la montura del espíritu
y es a través de él que lo conocemos todo".
" Cuando el amor habita en el corazón uno
prueba el sabor de todo lo que realiza. Nada parece
difícil y se saca provecho de lo que nos llega.
Por la gracia del amor el velo que nos separa de la
realidad cada vez es más tenue. Uno experimenta
el gozo profundo de esta proximidad, y es entonces cuando
es invadido por la percepción de la Belleza.
Porque, verdaderamente, no hay nada más que la
unidad divina. Los velos enturbian la percepción
y el mundo es como una sombra efímera; la sombra
no dura nada. Cuando el sol se eleva sobre un objeto
crea, durante un momento, una sombra que luego desaparece.
Lo mismo sucede con el mundo con relación a la
Realidad".
"
Quiero al amor mas que a cualquier otra cosa. Recemos
para que Dios no nos lo retire "
Para
terminar este pequeño libro de presentación
de la Vía Qadiriya Botchichiyya hace falta insistir
en que ésta es una Vía del justo medio.
Si las actuaciones de ciertos discípulos pueden
parecer a veces extrañas, o incluso incongruentes,
para aquellos que no comparten su experiencia interior,
debemos esforzarnos en respetar lo que no conocemos.
Si alguien realiza un trayecto de catorce horas de viaje
para pasar solamente una hora con su amado/a se le puede
tratar de loco, pero también se puede pensar
que lo hace porque ahí encuentra algo que no
lo ha podido encontrar en ningún otro lado.
No
es una cuestión de querer cambiar a los demás
sino de trabajar sobre uno mismo. No se trata de imponer
algo a alguien sino de darse a uno mismo una regla de
vida que nos ayude a liberarnos de nuestro ego. "
Amad a todas las criaturas cualquiera que sea su religión,
raza u opinión. Cada uno está en el lugar
donde Dios lo ha puesto y a nosotros no nos toca juzgarlo.
Evitad todo odio y toda forma de disensión: Dios
no visita un corazón que odia" nos aconseja
Sidi Hamza. La progresión espiritual del discípulo
se traduce por un embellecimiento de su comportamiento
sobre el conjunto de las cosas y los seres creados mediante
la práctica del amor, el respeto, la tolerancia,
el altruismo y la humildad. Jesús decía
" juzgaremos al árbol por sus frutos ".
Si éste embellecimiento no se produce es que
el discípulo tiene un problema de orientación
y que su intención no es justa. No se trata de
adoptar una máscara suplementaria, otra etiqueta
más a las ya adquiridas o de adherirse a un comportamiento
o a unas técnicas: se trata de transformar. Es
el camino de toda una vida y este camino es ilimitado.
Pero sólo una Vía viva puede ofrecernos
los medios para esta transformación aunque éstos
parezcan, a primera vista, irracionales; aquí
no estamos hablando de la razón.
En
este sentido Sidi Hamza dice: "No nos podemos fiar
de la sola comprensión mental. Existe un mental
sensible y un mental luminoso. El mental sensible tiene
un límite y para traspasarlo hay que trabajar
sobre uno y frecuentar a los hombres de Dios. Sólo
Dios puede transformar el mental sensible en el mental
luminoso, un mental iluminado por la luz del corazón.
La comprensión no se adquiere con los libros,
sería muy fácil de reunir todos los tratados
de sufismo para adquirirla. La verdadera ciencia os
vendrá del interior, de vuestro corazón.
Sólo el corazón comprende que nada esta
fuera de Dios. La Vía entera es pura experiencia
espiritual y ella se inscribe en lo más íntimo
y profundo de todo el que la sigue. La Vía no
es conjetura y menos aún erudición. Ella
es aprehensión directa de la luz divina por el
corazón; es posible ver a Dios en todas partes,
no os penséis que es imposible para vosotros
".
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