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En
árabe llamamos mûmin al que se abre hacia
Allah con corazón esponjoso, y se llama kâfir
al que se cierra y se hace opaco. Todos estos nombres
vienen de los verbos âmana-yûmin, abrirse,
ser receptivo, y de su opuesto káfara-yákfur,
cerrarse, esconderse.
El
Kufr no es necesariamente negación de Allah,
sino cerrazón e ingratitud ante Él. El
Corán llama a los árabes preislámicos
kâfirûn a pesar de que afirmaban un Principio
Creador e Inefable, al que llamaban Allah.
Sobre todo en sus juramentos usaban el Nombre de Allah,
con lo que daban fe de la preeminencia y la fuerza de
Allah sobre los hombres, y también lo mencionaban
en sus invocaciones, las cuales frecuentemente empezaban
con la expresión Allâhumma... Es decir,
reconocían la Ulûhía de Allah, su
carácter profundo, su realidad trascendente,
su misterio, pero no reconocían su Rubûbía,
su Señorío activador, su imperio en cada
cosa, su carácter presente.
El múshrik es el que, a pesar de intuir una Verdad
Absoluta -la Ulûhía-, la ve como algo remoto,
y para su vida cotidiana prefiere a dioses menores que
le solucionen sus problemas e intercedan ante lo Supremo.
Los
árabes de la época preislámica
(la ÿâhilía) no negaban la preeminencia
de un Principio Inefable. Para ellos existía
una Fuente Original -la Ulûhía-, pero nada
sabían de su Presencia en la realidad concreta
y en cada instante: la separaban de lo cotidiano. Es
decir, lo ignoraban todo acerca de la Ahadía
de Allah, de su Unicidad que abarca todas las cosas,
que las doblega y las relativiza y de la necesidad esencial
que hay de Él para todo -la Ahadía es,
por tanto, la síntesis de la Ulûhía
y la Rubûbía-.
Perdidos
y aislados en sus mundos inconexos y rotos sin el Lazo
que lo conjuga todo, los árabes preislámicos
reconocían el señorío de unos hombres
sobre otros, de algunas fuerzas de la naturaleza, de
seres invisibles... -al igual que el hombre actual da
preeminencia al poder, la fortuna, el éxito,
la salud-, y a causa de su Kufr, de su rechazo a Allah,
se humillaban ante dioses y circunstancias, cometiendo
lo que el Islam llama Shirk, asociación, idolatría,
es decir, imaginar iguales a Allah cuando Allah es el
Uno-Único, y todo cuanto no es Él es espejismo
y transitoriedad.
Los
árabes idólatras asociaban cosas sin fundamentos
y acontecimientos circunstanciales a la intuición
que tenían de la Verdad Absoluta, dispersando
su atención por un mundo repleto de dioses, fenómenos
mitificados, de miedos y de esperanzas infundadas. Este
es el origen de toda frustración.
Al
reconocimiento activo de Allah como Único Señor
se le llama en árabe ‘Ibâda, que
viene del verbo ‘ábada-yá‘bud,
el cual significa: reconocer la supremacía y
el señorío de algo o de alguien. La ‘Ibâda
es la concreción del sentimiento de sujeción
(‘Ubûdía) a un Principio Creador
del que se depende vitalmente. La ‘Ibâda
de los musulmanes está orientada exclusivamente
hacia Allah, la Verdad-Una, y ésa es la Qibla
de los muwahhidîn, mientras que la ‘Ibâda
de los kâfirîn-mushrikîn va dirigida
a lo que no es Allah, hacia los dioses y las cosas en
las que creen, cuando en sí son espejismos o
invenciones de la inseguridad innata del hombre ante
lo infinito y sobrecogedor del secreto de la existencia.
Si bien en algunos momentos los kâfirîn
declaraban su reconocimiento de Allah, su ‘Ibâda
no podía ser perfecta ni efectiva porque a la
vez pensaban en otros señores, a los que rendían
pleitesía, y esto los alejaba de la verdadera
Unidad, es decir, jamás reconocieron a Allah
en Su justa medida, que es su Unicidad Integradora.
Desconocer
a Allah en Su justa medida (háqqa qádrih)
condena al hombre a depender de lo creado. Y así,
los árabes preislámicos veneraban a sus
antepasados, a los santos y a los poderosos, o bien
hacían un esfuerzo de abstracción y adoraban
a los ángeles (a quienes consideraban hijas de
Allah) y también a los ÿinn, los genios,
que, como los ángeles, son seres espirituales.
Su culto a los ángeles y de los genios era explicado
por el carácter sutil de esas criaturas, por
lo que, en sus razonamientos, debían estar más
cerca del Uno-Único o servir de puentes entre
el ser humano y el Inefable Infinito. Con el tiempo,
tanto sus antepasados como los ángeles y los
genios fueron convertidos en dioses independientes y
representados por ídolos. Y para servirles inventaron
ritos y costumbres, algunos de los cuales son descritos
por el Corán en otros pasajes.
En
esencia el Kufr y el Shirk son olvido de lo Original
y apego a las formas inmediatas, es creencia en la efectividad
de algo que ha sido separado por la mente de su Fuente,
que es lo Único Verdadero. El Kufr y el Shirk
rebajan al ser humano, lo confunden y humillan ante
dioses o poderes en los que cifra su salvación,
cuando en realidad nada ni nadie salva al ser humano,
cuyo destino está en la Verdad que sirve de fundamento
y soporte a su existencia y a su instante.
El
Îmân es abrirse a Allah, a lo infinito,
sin darle forma, sin concretarlo, dejando al corazón
vagar por los espacios de la eternidad. El Îmân
es el polo opuesto del Kufr. En definitiva, el Îmân
es otro Dîn, otro Camino distinto del Kufr. El
Îmân es dejar que la mirada penetre en las
profundidades de las cosas en lugar de convertir sus
apariencias en dioses, y a la vez es empaparse con lo
que esa mirada descubre. El mûmin busca a Allah,
busca lo verdadero, mientras que el kâfir se hunde
ante lo aparente o lo que imagina, limitando la grandeza
de lo infinito y envileciéndose a sí mismo.
No
sólo el ofuscado que se arrodilla ante un ídolo
es kâfir: todo el que se rinde ante algo, sea
lo que sea, es mushrik, es idólatra. El que deposita
su esperanza en el dinero, en la imagen, en las circunstancias,
en el poder, en la salud, en sus hijos, en cualquier
superstición,... es kâfir-múshrik.
El Kufr tiene formas solapadas que están más
allá de la burda adoración de un ídolo
tallado, y reviste aspectos sutiles contra los que el
Islam advierte. El Profeta dijo: “Contra lo que
más hay que estar alerta es el Shirk sin forma
visible”, es decir, el Shirk que no se presenta
como tal.
Al
mûmin-muwáhhid le guía Allah; al
kâfir-múshrik le guía su imaginación,
su miedo, su ilusión,... su ego. El primero es
un muhtad, un bien guiado, mientras que el segundo es
un dâll, un errado, alguien que vagabundea por
su arbitrio, sin más luz que su capricho, su
ambición, sus sospechas y sus suposiciones, y
se autocondena a la frustración.
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