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No es de extrañar: la Ahadía, la Unicidad
Radical, es la enseñanza básica que le
fue ordenado transmitir a Muhammad (s.a.s.): qul huwa
llâhu áhad, di: Él es Allah Único.
En estas pocas palabras queda resumido todo. La Ahadía
-la Unicidad-, con la fuerza de sus connotaciones y
la radicalidad de su alcance, es el cordón umbilical
y el corazón del Islam. La Ahadía es el
trasfondo de la existencia entera, es una explicación
del ser, y es una manera de vivir y una senda por la
que transitar.
La misión que se encomendó al Mensajero
(s.a.s.) consistía esencialmente en comunicar
que Allah es Único. Allah le ordenó decir
(qâla-yaqûl) y transmitir con claridad absoluta
a las gentes que su Señor es lo Único
Real (Áhad). Allah es lo Verdadero, lo Relevante,
lo Eficaz,... y todo lo demás es un espejismo
en disolución permanente. He aquí, en
la Ahadía, el núcleo central en el que
están las líneas que perfilan el Islam.
El término Áhad, Único, es más
preciso que el término Wâhid, Uno. Efectivamente,
Allah es Wâhid-Áhad, es Uno en sí,
homogéneo, indivisible y sin partes, Presente
en cada momento con todo su Ser,... pero además
es excluyente. Este último matiz, de gran importancia,
es la precisión que añade el término
Áhad: nada hay junto al Uno Indivisible, Él
está en su soledad sin que nada ni nadie lo acompañe,
sin que nada ni nadie comparta con Él sus cualidades
únicas, tales como el Ser, el Poder, la Ciencia,
la Voluntad,...
Que Allah sea Único quiere decir que nada ni
nadie se le asemeja en lo más mínimo,
que todo desaparece en la insignificancia cuando se
le enfoca a Él: Allah está por encima
de lo que el entendimiento pueda imaginar o los conceptos
puedan encerrar, remoto en su grandeza inabarcable,
tremendo en su majestad inigualable, eternamente Presente
y Manifiesto, Reductor de todas las cosas. Ante esta
radicalidad, todo lo demás se evapora. Nada hay
con el Uno, nada se le iguala, nada participa de Él,
no está en nada y nada hay en Él, no lo
encierra el tiempo, no lo abarca el espacio, nada es
consistente a su lado: sólo Él, wáhdahu.
Ésta es su Ahadía.
A efectos prácticos, la Ahadía quiere
decir que únicamente Allah es real, que todo
lo demás es una nebulosa que de manera continua
se está diluyendo como un sueño y se esfuma
al igual que un espejismo. Nuestro mundo, nuestros fantasmas,
nuestras ilusiones,... carecen de entidad. No hay, en
verdad, más realidad que la Suya. Nosotros, y
todo lo que existe, estamos sujetos en nuestra raíz
a esa Verdad transcendente e inalcanzable. Carecemos
de sentido y entidad fuera de Él. Si existimos
es en su Existencia, si vivimos es en su Vida: nuestra
única realidad es la sujeción que nos
ata a Él.
El todo, absolutamente, depende de Allah-Único:
es existenciado y movido en cada instante por su continuo
y siempre renovado acto creador. Allah es el Corazón
palpitante de la existencia, es el Secreto del Ser,
el Océano en el que nuestras experiencias se
agitan y se esfuman, y nada de nosotros o de nuestro
mundo -lo precario, lo transitorio y efímero-
le es homologable. Lo nuestro es circunstancial y está
subordinado a Él, y es traducción en lo
concreto de lo que Él quiere y despliegue de
sus capacidades.
La Wâhidía, nombre técnico derivado
de Wâhid, Uno, es visualizar a Allah como Uno
Indivisible, Homogéneo y Sin Partes, pero la
Ahadía es vivir y sentir a Allah como Único,
como Presente Real, y es desvanecerse en Él para
contemplar su Radical Unicidad en la que la creación
entera queda obliterada. Ambas, la Unidad y la Unicidad
-conjugadas-, son el auténtico objetivo del Tawhîd,
el proceso reunificador que sigue el musulmán
para alcanzar a comprender lo que significa que Allah
es Uno-Único (Wâhid-Áhad).
Esto quiere decir que en ese proceso del Tawhîd
el buscador va transformándose y creciendo haciéndose
capaz de abarcar esa Soledad Infinita de la Verdad (la
Wahda) en la que la criatura no deja de existir ni un
solo instante. En esa peregrinación hacia el
infinito interior se va depurando y ampliando, se va
haciendo cada vez más simple al deshacerse de
ídolos, es decir, se va reunificando, va comprobando
su propia indivisibilidad para alcanzar su propia unicidad,
y es en ese universo -completamente desidolatrizado
y definitivamente reunificado- donde intuye lo que significa
la Unidad-Unicidad de su Creador.
El Tawhîd, el Camino hacia la Unidad-Unicidad,
es la lucha que emprende el musulmán, su gran
combate en el que debe derrotar sus ídolos y
todos sus fantasmas, su ego distorsionador, su ignorancia,
su necesidad de controlarlo todo, para acceder a la
nitidez del Ijlâs, la Pura Sinceridad, la Verdad
Desnuda, de sí mismo y de su Señor.
***
Esta sûra, llamada Ijlâs, Pureza Esencial,
pone el acento en la Ahadía, que es el oriente
hacia el que el musulmán debe volverse. Con la
simple mención de este tema es como si se hubiera
dado un paso adelante. Tras haber comprendido que Allah
es Uno e Indivisible, tras haber derrocado los burdos
ídolos en los que el hombre común deposita
su confianza condenándose a la frustración,
el musulmán se adelanta hacia la comprensión
de la Unicidad de su Señor interior, se encamina
hacia su Refugio y Origen.
Allah es Único, y no hay nada más, y ésta
es la clave. Lo que el hombre contempla, la creación
entera, la exhuberancia de cuanto le rodea, todo carece
de esencia y fundamento en sí. Lo único
verdadero, lo único esencial, es una Realidad
Trascendente en la que todo es conjugado: Allah. En
la sûra se le llama Huwa, Él, es decir,
la meta: Di: ‘Él’ es Allah Único,
qul huwa llâhu áhad.
Para saborear lo que esto significa hay que dar el paso
primero: la eliminación de los dioses, el rechazo
a las supersticiones, la negación de la eficacia
de todo aquello a lo que el ser humano, en su ignorancia,
se ata. Una vez alcanzado el desierto que deja la reducción
a la nada de todo aquello en lo que se cree, emerge
la Verdad de Allah Único, lo Real en su desnudez
absoluta, lo inaprehensible más que en el desierto
al que se llega cuando se le ha quitado importancia
a todo..., el desierto de Él (Huwa).
Y Huwa es el Ser Único, la Verdad que lo engulle
todo, la Esencia sobre la que se sustenta nuestra existencia
y sirve de fundamento a lo que el hombre veía
hasta poco antes como seres aislados y autónomos.
Tras la muerte de las cosas en su vacío reaparecen
en Allah: su existencia transitoria se muestra como
manifestación del Ser Uno, el Áhad Eterno
en el Huwa Insondable. Todo lo real evidencia a la Suprema
Realidad, la traduce bajo un sin fin de formas distintas.
Lo verdadero es el Misterio que no deja de traslucirse
y hacerse palpable en cada cosa, pero que hasta entonces
había estado oculto a la ceguera del hombre que
se había vendido a las apariencias.
***
A la Unicidad del Ser (Ahadíat al-Wuÿûd)
la acompaña la Unicidad de la Acción (Ahadíat
al-Af‘âl): si Allah es la Única Verdad,
por ello mismo Él es el Único Agente.
Sólo Él actúa. Es el Hacedor de
las cosas y el Hacedor en las cosas. El Ser y el Movimiento
quedan así reducidos a un único principio
en el que está el enigma del Destino. Pero esto
sólo lo desentraña quien primero ha dado
los pasos convenientes, quien ha ido descubriendo su
propio secreto interior, quien ha practicado hasta el
límite el Ijlâs, la Sinceridad Pura, sumergiéndose
en la Ahadía hasta saborear sus implicaciones.
Todo lo dicho no sirve de nada si no se está
inmerso en la peregrinación que conduce a la
Ahadía. No se empieza con la Ahadía, sino
que se desemboca en ella. Esto es importante; de lo
contrario la cuestión no es más que una
elucubración estéril y un fingimiento
mental. No se trata de especulación panteísta
sino de una experiencia auténtica de la Unidad
que lo rige todo. Pero sí es importante desde
el principio empezar a intuirla, dejarse empapar por
sus connotaciones, para alimentar en uno mismo la sensibilidad
que el Islam desea en los musulmanes, una sensibilidad
que lo comunica con la existencia, que lo reúne
con el universo, que anula horizontes pequeños,
que agiganta el espíritu, que lo hace capaz de
abarcar lo eterno y lo infinito.
Cuando el deseo de Unidad -más que su teoría-
se ha asentado definitivamente en el corazón
-gracias a la práctica del Islam-, entonces la
receptividad del hombre se va purificando, va eliminando
lo accesorio, lo insustancial, va deshaciéndose
de sus pequeños ídolos y obsesiones, de
sus preocupaciones y sus ataduras, de sus valores con
los que cree poder medirlo todo, y se va abriendo a
Allah. El Corán enseña la Unidad de Allah
para proponerla como aliciente a ese corazón
inquieto. Cuando el ser humano sabe que su Señor
es Uno, que todo está sujeto a Él, que
todo depende de Él, que todo lo demás
es insustancial, con ello el Corán lo está
orientado hacia la Verdad Única. Es necesario,
pues, poner todo el empeño en desembarazarse
primero de lo que perturbe la intención del buscador,
de todo lo que lo desoriente.
Es importante recordar la insubstancialidad de las cosas.
No se es parte de Allah: Allah es Uno-Indivisible (Wâhid),
y no una amalgama. Allah no está en las cosas
(que en última instancia ni existen realmente),
ni está fuera de ellas: Allah es Áhad,
Único. Allah carece de una relación que
pueda definirlo u homologarlo con algo. Nadie encuentra
a Allah en sí mismo ni en las cosas: no existe
ese nivel en el que pudiera establecerse algún
tipo de coincidencia, equiparación o paralelismo.
No se es junto a Allah, el ‘yo’ no cabe
al lado del Uno-Único. Toda otra consideración
es idolatría (Shirk) camuflada bajo ropajes sofisticados
y pretensiones retóricas, porque al fin y al
cabo se estaría confiriendo entidad y consistencia
a lo que es vaporoso.
Afirmar que se es Allah o que se es parte de Allah,
o que Allah está en las cosas como si fuera un
componente más de su identidad, todo ello delata
falta de saboreo en la comprensión de lo que
es la verdadera Ahadía. Quien no se ha reunificado
no alcanza la intuición de lo que implica la
Unicidad. La Unicidad no es una teoría que se
afirme o se niegue sino un desafío lanzado al
corazón. La mente, por mucho que se esfuerce
en entender la Ahadía, no puede salir del dualismo
pues no cuenta con los recursos necesarios. El Océano
de la Unidad es un territorio reservado a otra habilidad
del ser humano, a otra facultad que posee y que es la
esponjosidad del Îmân, la receptividad de
la que es capaz el corazón que en sí mismo
es el vedado y la Kaaba de Allah Uno-Único en
el ser humano.
***
El Ijlâs es la desnudez de lo verdadero. Para
alcanzar ese grado es necesario ejercitarse en el desapego.
Desapegarse significa dejar de depender de todo lo que
existe, desidolatrizar cuanto nos rodea, destetar nuestra
existencia. La noción de desapego se expresa
en árabe con las palabras ‘abandono de
la subordinación a todo lo que no sea Allah’,
y es la exigencia implícita en la afirmación
qul huwa llâhu áhad, di: Él es Allah
Único. No significa apartarse del mundo o ser
desconsiderado o desafecto, sino vaciar el corazón
hacia Allah, o bien ir descubriendo a Allah, manifiesto
e irreductible en todas las cosas y acontecimientos,
y enamorarse de lo que hay de esencial en ellos. Este
es el verdadero desapego, pero no se consigue fácilmente.
Es más cómodo el ascetismo o la vida asocial,
que el Islam desaconseja y censura.
El grado máximo de la Sinceridad Pura consiste
en no ver otra cosa más que a Allah. Pero esto
no puede ser nunca el resultado de una teoría
panteísta o de una abstracción que nos
aleje de lo real e inmediato, sino el fruto de una verdadera
contemplación. De lo contrario, sólo se
está fingiendo, y el fingimiento no sustituye
lo que verdaderamente se siente. Cuando se llega a apreciar
que no existe más que Allah y que sólo
Él es Agente, cuando la Presencia es real para
la conciencia y su contundencia subsume todo en Ella,
entonces se está en condiciones de hablar del
Ijlâs. Mientras tanto se debe ir dando sus primeros
pasos, que consisten en buscar a Allah sin otro interés
más que Allah mismo. Es ir dejando atrás
el ego en la búsqueda. Esto es lo que significa
Ijlâs para el que comienza su peregrinación
hacia Allah.
Cuando el ser humano se ha hecho transparente y se ha
liberado de lo que no es Allah -en definitiva de todo
lo que no es realmente-, cuando presiente al Verdadero
y queda atrás lo ficticio, entonces eso es sinónimo
de que han desaparecido sus amarras. Se ha deshecho
de la vanidad, de la ambición, de la falsa expectativa,
de las insatisfacciones, de las esperanzas infundadas
que antes entretenían su tiempo, se ha deshecho
de sus temores, de su ansiedad, de su adhesión
a las apariencias, de su oscurantismo. Quien tiene a
Allah es inmensamente rico, quien carece de Allah está
frente al vacío. ¿Qué puede temer
el que presiente a Allah detrás de todos los
acontecimientos? ¿Qué puede desear si
ya lo ha reunido todo dentro de sí?
A la reunificación del Ser la acompaña,
como ya hemos señalado, la reunificación
de la Acción. La causalidad y la rutina pierden
firmeza. La Verdadera Causa es Allah. El muwáhhid,
el unitario, el reunificador, remite todo al Señor
interior que gobierna las cosas y los acontecimientos.
Lo mismo que cada criatura emerge del Ser Uno-Único,
sus acciones y los resultados de sus acciones son manifestación
del Poder Determinante que lo activa todo. Toda cosa,
todo suceso, todo movimiento, tiene su origen en la
Causa Primordial, y es Ella la que los gobierna y dirige,
y recrea a partir de ellos. Éste es un tema al
que el Corán confiere suma importancia, y es
uno de los pilares de la ‘Aqîda, de la representación
que el musulmán se hace de lo trascendente. Una
y otra vez el Corán nos remite a Allah: “No
disparaste cuando disparaste: fue Allah el que disparó”,
“El logro es de Allah”, “Sólo
queréis cuando Allah quiere”,...
Esta enseñanza acerca de la Unidad de la Acción
que organiza el mundo tiene un aspecto práctico
fundamental. Si Allah es el Verdadero Agente y la Causa
Auténtica, Él es lo que debe ser enfocado
por la aspiración del musulmán. Él
es a Quien se debe pedir y Él es a quien se debe
temer. Siempre, sólo Él (wáhdahu).
En lugar de dispersarse, el musulmán se reúne
ante su Señor Uno, ante la Fuente Única
de todas las cosas, ante el Creador Verdadero de cada
instante. Y en todo esto no hay una renuncia a la vida
cotidiana y a la lucha de todos los días. El
Islam no invita al fatalismo o a la pereza o el desafecto,
al contrario, empuja al musulmán a una continua
acción transformadora de su ser y de su mundo
inmediato. Y es porque aspira a una auténtica
reunificación que lo armonice todo, pues todo
es manifestación del Querer de Allah. Inserto
en el mundo y en la comunidad, el musulmán profundiza
en el secreto que revelan espontáneamente los
acontecimientos y las criaturas, descubre en todo, sin
retirarse, la Presencia del Uno-Único. El Islam
es una postura ante la realidad, no una huida.
***
De todo lo anterior nace una forma de ser, de vivir
y de expresarse. El Tawhîd, el empeño por
alcanzar la Unidad, ilumina al musulmán en su
comportamiento. Le ofrece primero grandes nociones,
y de esas ideas-fuerza germina su actitud, su acción
que aspira siempre a realizar en lo concreto las enseñanzas
que ha recibido.
El musulmán reconoce en su fuero interno a Allah
como su Único Señor, Aquél que
‘sólo Él existe en realidad’,
el verdadero Motor que pone en funcionamiento a cada
criatura. Ante ello, se doblega, y expresa su rendición
a la Verdad que lo rige con la ‘Ibâda, llevando
la frente al suelo. Es decir, desarrolla una intensa
vida espiritual en la que cada gesto físico y
cada palabra e intención representan el abandono
absoluto en Allah Uno-Único.
Para sus deseos y temores tiene también como
único oriente a Allah. Sólo a Él
dirige sus invocaciones, pronunciando sus necesidades
y sus desesperaciones. Y reconoce a su Señor
en todo lo que le sucede, ya sea agradable o desagradable.
Se sabe inserto en la Unidad que cimenta la existencia,
y en ella penetra aún más gracias a su
conciencia del devenir.
El musulmán alimenta en sí una receptividad
total que va sobreponiéndose gradualmente al
dualismo. Lo recoge todo de Allah-Solo, a quien se abre
sin condiciones (¿quién podría
poner límites al Uno-Libre?). Lo que deba saber
acerca de la sutileza (la ‘Aqîda), lo que
deba hacer para acercarse a su Señor (la ‘Ibâda),
el modo en que deba relacionarse consigo mismo y con
el mundo que le rodea (la Mu‘âmala), la
corrección (el Ádab),... todo lo aprende
de Allah, es decir, del Corán y del Mensajero
(s.a.s.).
En todo, se amolda a la Revelación Coránica,
y no a su propio arbitrio, su parecer o su capricho,
que son su mundo separado. Sus valores, sus criterios,...
todo lo conforma a la Voluntad que gobierna la existencia,
relativizando así los criterios y valores que
le inspira su ego y su aislamiento, buscando encontrarse
con lo que lo comunica con lo universal. Y es así
como ilumina cada uno de sus momentos y cada uno de
sus movimientos.
En todo debe practicar el Ijlâs, el desinterés
puro. Una vez lo ha relativizado todo abandonando los
ídolos ya no tiene más deseo que lo más
grande: Allah. Eliminar las barreras que aún
lo separan le exige tener a Allah como única
meta, y para ello lo debe supeditar todo a Él.
No lo busca para ser reconocido, para alcanzar algún
privilegio, para ser tenido por santo o sabio, no lo
reconoce como su Único Señor para satisfacer
a otros dioses humanos o para conseguir poderes. Esto
es el Ijlâs, el tener a Allah como única
meta. Y es lo fundamental para alcanzar el éxito.
Esto hace al musulmán absolutamente generoso:
no espera recibir nada a cambio de sus esfuerzos ni
espera gratitud; espera a Allah.
Este es el camino que lo une. Es puente hacia Allah
y hacia la creación de Allah. No margina ninguno
de los aspectos de lo real. Mira hacia Allah y ama la
creación de Allah, y se identifica con lo que
Allah ha creado, se reconoce entre las criaturas, y
se ve inmerso en el Poder Determinante. Es esta la forma
de una absoluta integración en la Verdad. Es
la solidaridad que reunifica, que introduce, por lo
tanto, a un saboreo sincero de la Unidad-Unicidad anunciada
en qul huwa llâhu áhad, di: Él es
Allah Único. Allah es la Qibla y el oriente del
unitario, un oriente que resplandece en todo.
***
Hemos visto hasta aquí alguna de las connotaciones
de la frase qul huwa llâhu áhad, di: Él
es Allah Único, y su relación con el título
de la sûra, el Ijlâs. El resto del capítulo
insiste en la idea y desarrolla ciertos aspectos que
acaban por definir la cuestión.
Que Allah sea Único (Áhad) quiere decir
que Él es Sámad, y así lo expresa
el siguiente versículo: Allâhu s-sámad,
Allah es el Irreductible. El término Sámad,
que hemos traducido por Irreductible, tiene una significación
más amplia. Uno de sus matices es el de sólido,
compacto, completo, resistente, sin fisuras ni partes
aisladas. Y también significa suficiente en sí.
Allah es Sámad, Absoluto, Perfecto, no necesita
de nada ni de nadie. Es pura Unicidad. Nadie puede concebirlo,
nadie lo puede reducir a un concepto o una idea, nadie
puede delimitarlo, es Irreductible a cualquier intento
de definirlo, inalcanzable, impenetrable, porque no
tiene límites ni en Él hay grietas: no
está dentro ni fuera, ni cerca ni lejos, ni encima
ni abajo. Abarca desde dentro, domina desde fuera, remotamente
inaprehensible e inmediato, Presente sin ‘estar’,
Ausente sin dejar de ‘estar’.
El entendimiento no tiene acceso a su inefabilidad.
El Sámad, según algunos comentaristas,
también es Allah en tanto que Aquél al
que se necesita para todo, Aquél del que no se
puede prescindir. Allah es, por tanto, la Verdad que
da hechura a las cosas, el Realizador que hace reales
las cosas en cada instante, y en sí escapa a
toda delimitación.
Sámad es un Nombre de Allah que invita a una
total rendición y a una renuncia absoluta a todo
intento de controlarlo o encerrarlo en una idea, un
concepto, una imagen o un pensamiento. Intuir que Allah
es Sámad es encaminarse hacia Él sin prejuicios,
vacío de todo, con un temor reverencial acorde
con el progreso de la marcha en dirección hacia
ese Océano que cada vez se va dilatando más
conforme se amplía la capacidad del ser humano
para vislumbrar lo infinito e insondable.
A continuación, la sûra, ahonda en la radicalidad
sin concesiones de la Ahadía, y explica: lam
yálid wa lam yûlad, no ha engendrado ni
ha sido engendrado. Al decir el Corán que Allah
no ha engendrado (wálada-yálid, engendrar)
se refiere a que no tiene prolongación de ningún
tipo: las criaturas creadas por Él no son sus
‘hijos’, no son su continuación,
ni son tampoco algo que le faltaba ni nada que satisfaga
alguna mengua o carencia en Él, ni lo encarnan
ni lo representan ni lo sustituyen. Y al afirmar que
no ha sido engendrado (wúlida-yûlad, ser
engendrado, voz pasiva del verbo anterior) le niega
orígenes. Allah es el Absoluto Sin-Principio
y Sin-Final, y para Él no hay momentos ni sucesiones,
ni un ‘antes’ ni un ‘después’.
Es un abismo impensable, radicalmente indeterminado.
No tiene hijos ni es hijo de nada.
En definitiva wa lam yákun lahû kúfuan
áhad, no tiene igual. Nada equivale a Allah,
nada lo sustituye, nada nos lo hace comprender realmente
porque no hay coincidencias ni semejanzas entre Él
y nada que podamos concebir. El kúfu, el igual,
el homólogo a Allah, simplemente, no existe.
Los ídolos de los hombres, sus miedos, sus esperanzas,
son sueños.
***
Esta sûra enuncia con firmeza el principio esencial
que el Islam desarrolla y concreta con su propia historia.
La ‘Aqîda del Tawhîd, la valoración
de la existencia desde el unitarismo, encuentra su plena
plasmación en estas pocas palabras del Capítulo
de la Sinceridad Pura (Sûrat al-Ijlâs).
Continuando el relato con el que hemos empezado este
comentario, se cuenta que el Profeta (s.a.s.) mandó
llamar al hombre que recitaba con insistencia la Sûra
del Ijlâs, y le preguntó por qué
lo hacía: “Porque amo sus palabras”,
le respondió. Muhammad (s.a.s.) le dijo entonces:
“Ese amor te hará entrar en el Jardín”.
Este breve capítulo del Corán vale por
una tercera parte del Libro porque condensa la ‘Aqîda,
la cosmovisión del Islam. La posesión
y comprensión de esta ‘Aqîda es lo
que se niega a los kâfirûn: nada saben de
ella. Esta sûra es la respuesta tajante que se
da a las pretensiones y elucubraciones de los hombres
en torno a la Verdad Creadora. De ahí el tono
cortante que se empleó en la Sûrat al-Kâfirûn.
Por ello, Rasûlullâh (s.a.s.) inauguraba
sus días recitando en el Salât as-Subh
-tras la al-Fâtiha- esas dos sûras, la de
los kâfirûn y la del Ijlâs, rompiendo,
cada amanecer, con el Kufr y afirmándose en el
Îmân más radical.
VOCABULARIO
ijlâs, sinceridad pura
qâla-yaqûl, decir
huwa (o hû), él
tawhîd, reunificación, vía hacia
la Unidad-Unicidad
muwáhhid, unitario, reunificador
wâhid, uno, indivisible
wâhidía, unidad, indivisibilidad
áhad, único
ahadía, unicidad
wahda, soledad
Sámad, Irreductible; es uno de los Nombres de
Allah
wálada-yálid, engendrar
wúlida-yûlad, ser engendrado
kúfu, igual, equivalente, homólogo
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