| |
Acabará
muerto tu cuerpo mientras tú permanecerás,
y tu vida será elogiable o desdichada en un sufrimiento
infinito.
La has dado como servidora al cuerpo, y la has esclavizado,
olvidando tu compromiso primero en el tiempo anterior.
Has entronizado al esclavo, desatendiendo tu perfección:
pero, ¿es sensato encadenar al mejor?
Y
al-Gazâlî repetía, deshaciéndose
en elogios, unos versos de Abû l-Faray al-Bastî,
que son los siguientes:
Tú,
esclavo de tu cuerpo, ¡en cuántos esfuerzos
te agotas!
Buscas hacer tu fortuna con algo destinado a la ruina.
Atiende a tu vida, ella es la que merece ser feliz:
gracias a la vida, y no al cuerpo, eres humano.
Comentario:
Las
definiciones tradicionales del término Tasawwuf,
que destacan casi exclusivamente su condición
de vía, coinciden en una noción esencial:
el Tasawwuf es la sabiduría que resulta de la
sinceridad en la orientación hacia Allah (Sidq
at-Tawayyuh ilà Allah), y es el fruto de la autenticidad
en el Islam. A esta conclusión llega el Šayj
az-Zarrûq que escribe:
“Las
divergencias en la expresión con la que se pretende
desentrañar una realidad es indicio de dificultad
a la hora de abordar su conjunto. Cuando esa pluralidad
de definiciones es reducible a un sólo fundamento
que englobaría el total, cada una de ellas expresa
un entendimiento determinado. En general, las diferencias
señalan la diversidad de perspectivas desde las
que el tema puede ser abordado: cada uno interpreta
según su experiencia, proceso, conocimiento y
saboreo, u otros puntos de vista. Las opiniones acerca
de la esencia del Tasawwuf son uno de estos casos...
El Tasawwuf ha sido definido, descrito o interpretado
en un número de sentencias que rondan las dos
mil. Todas giran en torno a la idea de sinceridad en
la orientación hacia Allah, siendo las variaciones
meros matices o perspectivas”[1].
El
Tasawwuf es un recto caminar que desdeña el interés
personal, por lo que el saber que el proceso libera
proviene de una inspiración obsequiada. Consiste
en encarar a Allah y proponérselo con lo más
afín a Él en el ser humano, y que es la
capacidad para abarcar lo infinito, oculta y sepultada
bajo el cúmulo de circunstancias que la restringen.
Ibn ‘Ayîba, compartiendo el entusiasmo del
Šayj al-‘Alawî por esta ciencia[2],
introduce a una de sus obras más relevantes enumerando
algunas de las definiciones clásicas:
“Al-Yunayd
ha dicho: ‘El Tasawwuf es que la Verdad te mate
en tí y te haga vivir en Ella’, y también
ha dicho: ‘Es que estés con Allah sin apegos’.
Otros lo han expresado de manera distinta: ‘Es
adoptar toda cualidad elevada y salir de toda cualidad
vil’; ‘El Tasawwuf son las cualidades nobles
que aparecieron en un tiempo noble entre gente noble’;
‘Es que no poseas nada y nada te posea’;
‘Es abandonarse en Allah según lo que Él
quiera’; ‘El Tasawwuf tiene como fundamentos
tres cualidades: aferrarse a la pobreza y la necesidad,
realizarse en el desapego y la generosidad, y también
el abandono de la prevención y la elección’;
‘Es seguir lo esencial y renunciar a lo que las
criaturas poseen’; ‘Es recuerdo con reunión,
pasión con oído atento y acción
con seguimiento’; ‘Es quedarse a las puertas
del Amado, aun cuando se es expulsado’; ‘Es
la pureza de la proximidad tras la turbiedad de la lejanía’;
‘Es sentarse con Allah sin tribulación’;
‘El Tasawwuf es estar privado de la facultad de
poder mirar hacia el mundo’...
“El
signo del sufí sincero es la pobreza tras la
riqueza, la humillación tras el poder y la ocultación
tras la celebridad; y el signo del sufí falso
es la riqueza tras la pobreza, el poder tras la debilidad
y la fama tras la insignificancia. Esto lo dijo Abu
Hamza al-Bagdâdi. E Ibn Mansûr el Sufí
dijo: ‘El sufí es uno en sí mismo,
no acepta a nadie ni es aceptado por nadie’. Y
se ha dicho: ‘El sufí es como la tierra
que pisa el noble y el vil: sobre ella se arroja basura
y brota algo bello’. Otro ha dicho: ‘Lo
peor de lo malo es un sufí avaro’. As-Sibli
dijo: ‘El sufí está separado de
la creación y unido a la Verdad, pues Allah le
ha dicho: ‘Te he escogido para mí’.
Aš-Šiblî también dijo: ‘Los
sufíes son niños en el regazo de la Verdad’.
Y se ha dicho: ‘Al sufí no lo contiene
la tierra ni lo cubre el cielo’,... es decir,
no lo encierra ni aprisiona el universo”[3].
La renuncia a todo lo que no sea la Verdad Creadora,
resumen de lo que enseñan los versos que cita
el Šayj al-‘Alawî y rasgo definitorio
de la vía del sufí, símbolo de
su sincera orientación y determinante de su sabiduría,
no es ascetismo ni desdén sino desapego[4]: el
sufí no desprecia al cuerpo sino que lo integra
en su aspiración, para lo que debe superar primero
la fijación en él. Ibn Taymiyya lo ejemplificaba
con opiniones de su época: “La gente vulgar
dice que un hombre tiene el valor de aquello que sabe
hacer bien, mientras que la élite afirma que
su valor reside en aquello a lo que aspira”[5].
La despreocupación del sufí significa
que deja de estar obsesionado por las exigencias desorbitadas
de un mundo que reclama en cada instante su atención
para, por el contrario, dedicar sus esfuerzos al cultivo
de su verdad interior elevando su aspiración
(Himma). El universo formal ya no afecta a su ánimo
ni turba su vinculación inmediata y permanente
con Allah.
Sólo en una interpretación aberrante se
confunde el espíritu de renuncia del sufí
con una huida de la realidad, que no es sino el extremo
opuesto, igualmente destructor, al de la fijación
en el cuerpo y la materialidad del mundo. En el Camino,
la obcecación por la pureza, la autopunición,
toda aberración espiritual, la exageración,...
son consideradas enfermedades que el maestro debe sanar,
pues existen esas tendencias que son también
recursos del ego para frustrar el éxito en medio
del deseo mismo de superación. Son comodidades
del ánimo frente al verdadero reto, que es la
Inmensidad. Recordemos el viático, que es que
en cada momento el aspirante está sujeto a la
Šarî‘a, a la Ley Revelada, que le impone
una presencia activa en la vida común a todos.
El Profeta condenó y prohibió a los musulmanes
la vida monástica, el celibato, la austeridad
pretenciosa, el exhibicionismo de la pureza... Al-Gazâlî
habló del ángel que habita en el ser humano
junto al demonio (además del león y el
cerdo), y ambos son extremos que desfiguran lo que debe
perseguir el que es riguroso en su búsqueda espiritual:
uno lo hunde, y el otro lo alza por encima de lo humano
en una pretensión absurda; uno hace del hombre
un ser lascivo, el otro lo convierte en un fanático.
La consagración a su verdad interior no desliga
al sufí de sus obligaciones mundanales sino que
le sirve para fundamentar su acción en la radicalidad
de las certezas. La dedicación en exclusiva a
la devoción, el ascetismo, la pobreza, etc.,
como dijimos al principio de este capítulo, no
son el sufismo, que los integra y discrimina a la vez
en busca de una auténtica trasparencia.
El sufí se ubica en el mundo, convive con los
suyos, procura su sustento y satisface sus demandas,
pero sin fijaciones desviadoras: ésta es la diferencia
que define su renuncia. En un momento dado su maestro,
o sus necesidades, pueden aconsejarle un tiempo de ascesis
absoluta (Zuhd)[6] o de consagración incondicionada
a su tarea fundamental que es abstraerse ante Allah
y librarse de toda tiranía de la vida (Tayarrud)[7].
Pero no son un fin en sí sino, más bien,
unos medios sujetos a condiciones que los hacen recomendables
para alcanzar la libertad de espíritu.
Para Ibn ‘Atâ’ Allah as-Sakandari,
el auténtico desapego consiste en abandonar incluso
la obsesión por la renuncia. Ésa es la
esencia de la pobreza o Faqr con la que desea revestirse
el aspirante, de modo que el universo interior del Faqîr,
el pobre, se desata por completo hacia Allah[8]. Con
ello el aspirante alcanza el estado de libertad (Hurriyya)[9]
que lo vacía por completo permitiéndole
recibir los dones (Minah) de su Señor sin que
nada los contamine. Por otro lado, y quizás sea
lo más importante, el desapego es también
en sí sabiduría y tiene un valor iniciático
desde el momento en que el sufí, al simplificarse,
adquiere conciencia de la simpleza y suficiencia de
la Unidad de Allah; es decir, en la desolación
de su renuncia accede al significado de la Soledad de
su Señor.
Lo anterior tiene su justificación en la lengua
árabe y el empleo que hace de ella el Corán.
Existen dos palabras para designar el concepto mundo:
Dunyâ y ‘Âlam. El sufí se emancipa
del Dunyâ, pero no renuncia al ‘Âlam,
aunque los dos términos sirven para denominar
el mismo objeto. Cada uno sugiere una perspectiva distinta.
El primero, Dunyâ, se refiere al mundo en tanto
que es demasiado inmediato, una prolongación
de la pesadez del ego que exige constante atención
y elección. Atractivo, déspota y suficiente
en sí, no remite a nada: está cerrado.
‘Âlam deriva de ‘Alâma, signo
o señal, y de ‘Ilm, ciencia, y es el universo
y el cuerpo en tanto que significantes que aluden a
Allah. El Corán afirma que Allah es el Señor
de los Mundos (Rabb al-‘Âlamîn), utilizando
el plural del segundo de estos vocablos, y reserva la
expresión al-Hayât ad-Dunyâ, la vida
inmediata, para lo mundanal e intrascendente, que no
es desechado o desatendido sino relativizado y sumergido
en el espacio de Allah.
El
‘Âlam no está alejado del sufí,
sino que es al que formalmente renuncia, pero que, por
el contrario, tiene la capacidad de relanzarlo: es la
dimensión abierta de lo mismo. La diferencia
radica en la comprensión del sujeto y no en la
realidad del objeto. Por eso, el Šayj define el
Tasawwuf como el más puro de los entendimientos.
Estas connotaciones servirán para comprender
el contenido de la renuncia sufí. No se trata
de una desvalorización de la existencia sino
del cultivo de una actitud frente al universo que lo
hace pasar de Dunyâ a ‘Âlam. En lugar
de aferrarse a una realidad que esclaviza, el sufí
busca expandirse en una cuyo carácter es ser
sugerente. El sufí somete lo que le rodea al
mismo proceso que él asume. Al igual que se desapega
de los límites que lo encierran, desnuda también
el mundo de sus aspectos constringentes. Universalizándose
él, su universo se agiganta y su Dunyâ
se enriquece hasta convertirse en constante signo que
alude a la Grandeza y Belleza de su Fundamento. Por
todo ello no debe extrañarnos que en la literatura
sufí encontremos a la vez declaraciones de abominación
del mundo junto a los más bellos poemas sobre
la hermosura de la creación, sin que suponga
ninguna contradicción.
Con la desaparición de sus recelos y reparos,
el sufí adopta ante Allah una actitud de expectativa
sumisión que lo hace receptivo. Su permeabilidad
le permite aprovechar lo que le es inspirado por la
Realidad Pura en su fuente misma. En esto consiste el
Tasawwuf. Lo que sucede a partir del momento en que,
gracias al seguimiento de la Vía o Tarîqa,
esas condiciones previas se cumplen, depende únicamente
de la generosidad de Allah en cuya inmensidad el faqîr
se ha sumergido tras haber renunciado a lo que no sea
Él, apartando su mirada de otra ambición:
son los frutos a los que Ibn ‘Ayîba llamaba
resultados del Tasawwuf, la sabiduría de un conocimiento
superior y libre, la Ma‘rifa. En el Dunyâ
todo es ignorancia y sufrimiento, en el ‘Âlam,
todo es sabiduría y deleite.
El término Tasawwuf sirve para designar tanto
la Vía como la Ciencia que se va conquistando
sobre ella, un conocimiento al que los sufíes
llamarán también Vino. Y es Vino porque
implica una pasión embriagadora que proporciona
al inmerso en la ebriedad del espíritu, paradójicamente,
una lucidez extraña al común. Aquello
que persigue el sufí no puede ser controlado
por él, ni deberá intentarlo, sino que
se dejará guiar por la perturbación que
va a provocarle. Esta conmoción es enriquecedora
porque abate los cimientos de la percepción idolátrica.
La acompaña un conocimiento atemporal, una visión
de la existencia que lo desarticula todo ante el iniciado
para reconstruir de nuevo el mundo de una manera distinta,
un universo seductor a semejanza de un Jardín
exquisito entregado a su disfrute. Se trata de la Ni‘ma
o Favor que Allah dispensa al que se le acerca completando
en él su Rahma y afirmándolo en lo eterno.
A este segundo aspecto del sufismo es a lo que se referirá
a partir de ahora el Šayj a lo largo del presente
capítulo.
[1] Zarrûq, Qawâ‘id at-Tasawwuf, p.
9.
[2]
“La ciencia del Tasawwuf es la de valor más
noble y ocupa entre los saberes un lugar destacado,
y es motivo de orgullo: su sol y su luna son los más
relucientes. Y, ¿cómo habría de
ser de otro modo cuando es la quintaesencia de la Šari‘a
y el espacio abierto de la Tarîqa?”, Muhammad
ibn ‘Ayîba, Iqâz al-Himam, p. 3.
[3]
Ibid, pp. 4-5.
[4]
Llega un momento en el proceso que sigue el sufí
en el que ni tan siquiera la palabra desapego sirve
para describir su actitud; comprende que de nada se
ha desapegado cuando adquiere la conciencia de que el
mundo carece de realidad objetiva. Ver: Ibn ‘Arabî,
Al-Futuhat, p. 643, vol. III.
[5]
Ibn al-Qayyim al-Yawziyya, Madâriy as-Sâlikîn,
p. 4. vol. III.
[6]
Abû Sulaymân ad-Dârânî
dijo: “El Zuhd es el abandono de todo lo que te
aparta de Allah”, citado en Mu‘yam al-Mustalahât
as-Sûfiyya, p. 94.
[7]
Según al-Kalâbâdi, el Tayarrud consiste
en la supresión de las circunstancias externas
sin que encuentren sustitutos en el corazón.
Vease en Mu‘yam al-Mustalahât as-Sûfiyya,
p. 56.
[8]
Ibn ‘Atâ’ Allah as-Sakandari, Al-Hikam
al-’Ata’iyya, segunda sentencia, obra comentada
por Abu l-Baqâ’ ar-Rundi, Šarh al-Hikam,
p. 11.
[9]
Para at-Tûsî, Hurriyya es el momento culminante
en el proceso de sujeción a Allah (la ‘Ubûdiyya):
“Es que no seas poseído por nada creado.
Eres libre cuando eres esclavo de Allah”, y cita
las palabras de Bišr al-Hâfî “Allah
te ha creado libre, así, pues, sé como
has sido creado. No quieras engañar a tu gente
cuando estés en casa, ni a tus compañeros
cuando viajes”. Otro sufí dijo: “Nadie
es verdaderamente esclavo de Allah mientras dependa
de cualquier otro”. Véanse estas citas
en Mu‘yam al-Mustalahât as-Sûfiyya,
p. 74. |
|