Abd
Allah Khafif decía: "Mansur poseía
realmente el conocimiento de la verdad". "Mansur
y yo -declaraba Chibli-, seguíamos el mismo camino;
me trataron de loco, pero me han dejado la vida salva,
mientras que Mansur ha perecido, por estar dotado de
buen sentido". Si Mansur no hubiera sido más
que un extraviado, los doctores que acabamos de mencionar
no hubieran hablado de él en estos términos.
Sin embargo, varios doctores le reprochaban haber errado
de camino por haber revelado inoportunamente los misterios
de la verdad.
Estuvo
durante dos años al servicio de Abd Allah Techteri.
A los ocho años, se fue a Bagdad y luego a Basora,
donde permaneció durante seis meses al servicio
de Omar ibn Osman Mekki.
Abou
Ya'qoub Aqta' le dio su hija en matrimonio y a consecuencia
de ello Omar ibn Osman sintió cierto pesar para
con Mansur, de modo que éste se fue de Basora
hacia Bagdad, donde Yunaid le obligó a vivir
retirado del mundo.
Al
cabo de un tiempo, decidió encaminarse hacia
la Ka'abah, de la cual se convirtió en visitante
asiduo, para volver luego a Bagdad, donde Yunaid le
acogió de nuevo en su casa.
Al
preguntarle Mansur sobre varios temas un tanto herméticos
y difíciles, Yunaid le contestaba: "¡Oh
Mansur!, poco tardarás en manchar de rojo la
horca". "El día en que esto ocurra
-respondió Mansur-, arrojarás el manto
del derviche para adquirir el que lleva el común
de los mortales".
Y
se cuenta que cuando llevaron a Mansur al suplicio,
todos los "ulemas" redactaron un acto jurídico
que proclamaba la necesidad de su condena de muerte.
"Yunaid debe también escribir su sentencia",
ordenó el califa.
De
inmediato, Yunaid fue a la "medrech" (el colegio)
y, tras haberse revestido de la indumentaria propia
de los "mullah", y haberse ceñido el
turbante, declaró, por escrito, que "aunque
en apariencia Mansur merecía la muerte, éste
poseía en su interior el conocimiento del Señor
Altísimo".
Tras
haber dejado Bagdad, Mansur pasó un día
en Techter; y luego pasó cinco años de
su vida recorriendo sucesivamente el Jorasán,
el Seistán, el Semizkent y el Turkestán.
Le
habían apodado Hallâj porque un día,
estando en una mercadería donde había
gran cantidad de algodón sin desmotar, hizo un
signo, y apenas unos instantes más tarde resultó
que, por mandamiento del Señor Altísimo,
las semillas se hallaron seleccionadas.
Y
habiendo tomado los hábitos, se fue hacia la
Ka'abah acompañado por un gran número
de derviches. Allí realizó tantos milagros
que Ya'qoub Neher-Djouri lo llamó mago. Al cabo
de un tiempo se marchó al Indostán para
alcanzar de allí el Turkestán y Khitai,
donde consiguió convertir al Islam a muchos individuos
a los que proporcionó la instrucción religiosa
musulmana.
A
su retorno hacia la Ka'abah decidió permanecer
allí durante dos años como "mudjavir".
Y a partir de entonces su acción creció
cada vez más. La gente, que no entendía
sus palabras, le rechazó e hizo que huyera de
numerosas ciudades, aunque en realidad quedaban maravillados
por su gran elocuencia y por sus actos.
En
veinticuatro horas, Mansur era capaz de recitar una
plegaria de cuatrocientos "rakat", aceptando
las pruebas más duras de la mortificación.
Y hasta la edad de cincuenta años permaneció
fiel a estas prácticas, sin abandonar jamás
en veinte años, ni siquiera una sola vez, sus
hábitos; un día que se los quitaron por
fuerza, hallaron en él gran cantidad de piojos
que tenían el tamaño de un guisante. En
otra ocasión, al ver que un escorpión
se paseaba junto a Mansur, alguien quiso matar al insecto,
pero el sheij le impidió hacerlo alegando que
este animal frecuentaba su entorno desde hacía
doce años.
Rashid
Samarqandi cuenta que cuando Mansur se dirigía
a la Ka'abah, junto a cuatrocientos sufíes, éstos
le dijeron un día: "¡Oh Mansur!, Necesitaríamos
pan y cabezas de cordero cocidas".
"Sentaos
todos, los unos al lado de los otros", respondió
Mansur. Cuando se hubieron sentado todos y él
mismo hubo tomado asiento entre ellos, se pasó
la mano detrás de la espalda y empezó
a repartir a cada uno de ellos dos panes y una cabeza
de cordero cocida; dicho de otra forma, distribuyó
en total cuatrocientas cabezas de cordero y ochocientos
panes.
"Ahora,
necesitaríamos dátiles frescos",
le dijeron los sufíes.
"Zarandeadme
-respondió Mansur-, recoged y comed los dátiles
que caigan". Entonces empezaron a sacudirle y los
dátiles a caer al suelo. Los recogieron y se
los comieron y todos quedaron saciados. A lo largo de
todo el camino, de cada arbusto espinoso en los que
se apoyaba Mansur al sentarse en el suelo, caían
dátiles en abundancia.
En
otra ocasión, mientras estaban encaminados hacia
la Ka'abah, los sufíes desearon comer higos.
Mansur no hizo más que extender la mano hacia
el cielo y recogió higos frescos sobre una bandeja
para repartírselos. Y cuando les entraron las
ganas de comer "halva", Mansur colectó
cierta cantidad de ella en el aire, la dispuso en una
bandeja y se la ofreció.
Por
fin llegó a la Meca y allí permaneció
durante un año de pie, frente al templo. A causa
del calor, la piel se le desprendía del cuerpo
y la grasa se fundía derritiéndose en
el suelo, y él no se inmutaba.
Diariamente,
hacia el atardecer, rompía el ayuno ingiriendo
un bocado de pan y bebiendo una gota de agua.
Un
año más tarde subió a la cima del
monte Arafat y, dando voces, dijo: "¡Dios
mío, concédeme la resignación y
la gratitud!"
Según
Mansur, aquel que renunciaba a este mundo veía
a su persona sensual elevarse hasta el ascetismo. Aquel
que renunciaba a sí mismo, veía a su alma
elevarse hasta el ascetismo.
Pero
al ver que su potencia de acción se acrecentaba
día a día, Mansur empezó a proclamar
las siguientes palabras: "Anna el Haqq" (soy
la verdad).
Sin
embargo, alguien vino a repetir al califa estas palabras;
al poco tiempo mucha gente empezó a rechazarle
y a oponerse a él como acusadores. "¡Oh
Yunaid! -dijo el califa-, ¿qué significa
todo esto?"
"¡Oh,
Califa! -respondió Yunaid-, permite que sea dictada
la sentencia de muerte de este hombre, dado que no se
pueden explicar razonablemente tales palabras".
Así
fue como el califa ordenó que lo arrojaran a
la cárcel. Allí, no cesó de dialogar
durante un año entero con los sabios. El califa
prohibió terminantemente que fueran a visitarle;
con lo cual durante cinco meses nadie fue a verle excepto
Abd Allah Khafif, que lo vio una sola vez en persona.
Llegó
un día en que Ibn 'Atar le envió un mandatario
para referirle lo siguiente: "¡Oh sheij!
Pide perdón humildemente por las palabras proferidas
a fin de escapar a la muerte".
A
ello, Hallâj replicó: "¡Le corresponde
al que me manda este mensaje el pedir perdón!"
Al
oír esto, Ibn 'Atar se echó a llorar y
dijo: "¡Hussein está perdido definitivamente!"
Cuéntase
que la primera noche de su encarcelamiento, cuando vinieron
a visitarle, no le encontraron en la celda. Durante
la segunda noche, no vieron ni a él ni a la cárcel;
pero a la tercera noche, cuando lo encontraron en la
cárcel, preguntósele: "¿Dónde
estabas la primera noche? ..y la segunda noche, ¿dónde
estabais tú y la prisión?"
"-La
primera noche me hallaba junto a su Majestad soberana;
he ahí porque no estaba aquí. La segunda
noche, Su Majestad estaba aquí, con lo cual éramos
invisibles tanto la cárcel como yo mismo. Y esta
última noche, me enviaron aquí para que
cumpliera la Ley escrita; venid, pues y ¡haced
lo que debéis hacer!"
Asimismo
relatan que en el intervalo de una noche, Mansur realizaba
en su celda plegarias de mil "rik´at".
Entonces alguien le objetó: "¿Pero
a quién diriges estas plegarias si pretendes
ser Dios?" "Nosotros -respondió-, sí
sabemos lo que valemos".
Dícese
que en la cárcel en que se hallaba encerrado,
había trescientas personas. Al atardecer, Mansur
les dijo: "¡Eh, presos!, os voy a liberar".
"¿Por
qué no escapas también con nosotros?",
le preguntaron.
"Nosotros
-contestó-, estamos en las ataduras del Señor;
nuestra salvación está constituida por
las aflicciones que padecemos, pues si lo deseáramos,
un solo signo bastaría para aflojar las ataduras
que nos ciñen".
Hizo
un signo con el dedo y las ataduras cayeron al suelo.
"¿Pero
dónde iremos -exclamaron sus compañeros-,
si las puertas de la cárcel nos encierran?"
Realizó
otro signo, y las puertas se abrieron; entonces las
murallas cayeron y aparecieron los árboles.
"Ahora,
¡escapad!"
-"Y
tú también, acompáñanos..."
"-Hay
entre Él y nosotros un secreto del que no podemos
hablar más que con los iniciados..."
Al
día siguiente le preguntaron qué había
ocurrido con los presos, y Mansur contestó: "Los
he dejado en libertad".
"-Pero,
¿por qué no has escapado con ellos?"
"-Porque
el Señor tiene unas advertencias por hacernos",
respondió. El califa, enterado de los hechos
dijo:
"-Este
hombre va a excitar las conciencias de las gentes; hay
que condenarlo a muerte o apalearlo hasta que confiese
el nombre que ha pronunciado".
Le
dieron trescientos bastonazos para forzarle a rendirse;
pero a medida que le golpeaban, se iba oyendo con toda
claridad una voz que decía:
"¡No
temas, oh Ibn Mansur!"
"Personalmente
-afirmó Abd-el Djelil Saifar-, tengo más
fe en el que le bastoneaba que en Hussein, pues el primero
ha tenido que sacar una enorme fuerza de la ley como
para que, aun cuando oía con tanta claridad aquella
voz, pudiera seguir golpeándole sin que su mano
temblara".
Más
tarde se llevaron a Hussein para ejecutar su sentencia
de muerte. Una gran multitud de gente, que agrupaba
al menos cien mil hombres, le rodeaba y Mansur no dejaba
de repetir, mientras miraba en torno a él: "¡Verdad,
verdad, verdad, yo soy la Verdad!"
Cuentan
que en medio de la muchedumbre que le rodeaba había
un derviche, y éste le preguntó:
"-¿Qué
es el amor?"
"-Ya
lo verás luego -respondió-, y mañana
y pasado..."
En
efecto, aquel primer día ejecutaron su sentencia,
el segundo, le quemaron, y el tercero esparcieron sus
cenizas al viento. ¡He aquí los efectos
del amor!
En
este momento supremo su servidor le pidió un
último consejo. "Aguarda -le respondió
Mansur- y procura ocupar bien a la persona sensual con
algo que sea legítimo, si no será ella
la que hará que te ocupes de lo que es ilegítimo;
no obstante, saber gobernarse a sí mismo de esta
forma es lo propio de los santos". En su momento,
su hijo le pidió un último consejo. "Mientras
que los individuos de este mundo emplean todos sus esfuerzos
en las obras terrestres -le dijo-, aplícate a
una cosa cuya mínima parcela vale más
que todo lo que los genios y los hombres serían
capaces de producir; me refiero a la ciencia de la verdad".
Y
mientras caminaba orgullosamente en este camino, con
el paso ligero propio de los fisgones y ladrones, aunque
iba cargado de dieciséis cadenas pesadas, la
gente le preguntó cómo podía aparentar
estos andares despreocupados.
"Es
porque me dirijo a la corte celeste". Entonces
pegó un grito y exclamó: "Mi compañero
de alegrías, que no tiene nada en común
con la injusticia, me ha ofrecido la bebida que se suele
presentar a un invitado; pero cuando las copas empezaron
a ser distribuidas, ha pedido la espada y la estera
de ejecución; esto es lo que ocurre a los que
beben vino cuando el signo del dragón se encuentra
con julio (cuando el calor es más fuerte)".
Cuando
le hubieron conducido bajo la plataforma, se dio la
vuelta hacia Bab eI-Taq (2) y puso el pie en la escalera.
"-¿Qué
significa esto?", le preguntaron. "-Pues porque
la parte superior de la plataforma de ejecución
me servirá de peldaño para subir al cielo."
Entonces
se ciñó un cinturón, se colocó
el "taileçan" al hombro y elevó
las manos al cielo; luego, dándose la vuelta
hacia la Meca, dijo en un impulso que le salía
del corazón: "¡Que sea tal como Él
lo desea!", y al llegar a la plataforma, una tropa
de discípulos suyos le gritaron: "¿Qué
piensas de nosotros, tus discípulos, y de los
que te rechazan y de los que te apedrearán, y
qué dices de los primeros y de nosotros?"
"A
ellos -respondió-, doy una doble recompensa y
a vosotros una simple, porque vosotros os empeñáis
en tener una buena opinión de mí, mientras
que ellos son empujados hacia delante por la fuerza
de su fe en la Unidad de Dios y en el rigor de la ley
escrita. Sin embargo, en la ley, la Unidad es la raíz
misma, mientras que la buena opinión no es más
que una rama.
Se
decía que durante su juventud había estado
sujeto al orgullo.
"Observa
-dijo a su servidor-, que aquel que ha levantado orgullosamente
la mirada acaba por bajarla luego humildemente".
Chibli
se hallaba frente a Mansur y le dijo: "¿Acaso
no te habíamos prohibido acoger a los hombres?"
(3). Y añadió: "-¡Oh Hallâj!
¿qué es el sufismo?" -"No ves
más que una ínfima parte de él",
respondió Hallâj.
"-¿Cuál
es, pues, su parte superior?", dijo Chibli.
"-¡Tú
no puedes acceder a ella!"
Al
oír esto todos empezaron a lapidarle. Y Chibli
juntándose a ellos, le arrojó barro. Hussein
Mansur dejó escapar un grito.
"¿Qué
te ocurre? -le preguntaron- ¿No te has inmutado
cuando te echaban esta lluvia de piedras, y ahora te
quejas por un poco de barro? ¿Qué significa
esto?"
"-Pues
que éstos no saben lo que hacen y por ello se
les puede perdonar; pero él me causa mucha compasión
porque sabe pertinentemente que no se me debe echar
nada."
Le
cortaron las manos. Mansur se echó a reír.
"-¿A
qué viene esta risa?"
"-Desprenderse
de una mano cerrada a todos los hombres no es muy difícil
-dijo-; pero pienso que sería hacer prueba de
virilidad el cortar estos vínculos que me encadenan
a los atributos de la divinidad y que desvían
mi espíritu de la contemplación de su
esencia".
Entonces
le cortaron ambos pies. Una sonrisa pudo percibirse
en sus labios, y dijo: "Con estos pies realizaba
mi viaje terrestre; ahora dispongo de otro capaz de
recorrer los dos mundos; amputádmelo si podéis".
Recogió
sus manos cortadas y se frotó el rostro con ellas,
de modo que se embadurnó brazos y rostro.
"-¿Por
qué haces esto, Mansur?"
"-He
perdido mucha sangre y mientras mi rostro esté
pálido, os imaginaréis que mi palidez
se debe al temor que siento. Me mancho el rostro con
sangre a fin de que esté totalmente rojo, pues
los hombres que tienen la tez colorada lo deben a su
propia sangre (y no al afeite)."
"-Entendemos
que te hayas coloreado el rostro, pero, ¿por
qué los brazos?"
"-Hago
mis abluciones."
"-¿A
qué abluciones te refieres?"
"-En
el amor, hay dos "rakat" para las que la ablución
sólo es válida si se realiza con la sangre
del corazón."
Le
sacaron los ojos. Un gran tumulto se levantó
en la muchedumbre: unos lloraban, otros le apedreaban.
Y cuando se sintieron obligados de cortarle la lengua,
exclamó:
"-¡Esperad,
pues tengo unas palabras por decir!" Y elevando
el rostro hacia el cielo dijo: "Dios mío,
en nombre de este sufrimiento que me imponen por tu
culpa, no permitas que la desgracia se abata sobre ellos,
no les niegues la parte de felicidad que les toca. Bendito
seas por las manos y los pies que me han cortado por
haber seguido tu vía. He aquí que desde
esta plataforma de mi suplicio gozo de la contemplación
de tu gloria". Tras estas palabras, le cortaron
las orejas y la nariz y le lanzaron piedras.
Vino
a pasar una anciana que llevaba en las manos un pedazo
de tejido, se acercó a él y dijo: "No
tengáis piedad de él, a fin de que este
pico de oro sepa el precio de decir palabras misteriosas".
Sus
últimas palabras fueron: "¡A mí,
el Unico cuya individualidad es única!",
y luego recitó el siguiente versículo:
"Aquellos que no creen quieren adelantar su hora;
los que creen tiemblan sólo con recordarla, pues
saben que vendrá" (4).
Le
cortaron la lengua y sonrió. Era la hora de la
oración de la noche cuando le cortaron la cabeza.
Sonrió durante la ejecución y expiró.
La
muchedumbre de asistentes apuró un gran clamor.
Así fue como Hussein aceptó con resignación
la detención de su destino, mientras que de todas
las partes de su cuerpo se elevaba una voz que decía:
"¡Soy la Verdad!"
Al
día siguiente, sus enemigos, considerando que
esta maravilla iba a causar más agitación
de la que había habido mientras vivía,
decidieron quemar sus miembros; sin embargo, de sus
cenizas seguía elevándose una voz que
decía: "¡Soy la Verdad!"
Además,
mientras le martirizaban y a medida que su sangre se
derramaba, la palabra Allâh se había dibujado
claramente en el suelo.
Hussein
Mansur había dicho a su servidor: "Cuando
arrojéis mis cenizas al río, sus caudales
chocarán unos con otros como si fueran a sumergir
a la ciudad de Bagdad. Colocad entonces mis hábitos
en la orilla y las aguas volverán a bajar tranquilas
como antes". El tercer día, cuando hubieron
tirado al río las cenizas de Mansur, una voz
salió de ellas de nuevo, diciendo: "¡Soy
la Verdad!". Los caudales del río empezaron
a agitarse y el servidor dispuso inmediatamente los
hábitos de Mansur en la orilla, las aguas se
calmaron y las cenizas permanecieron silenciosas. Reunieron
todo lo que de él quedaba y lo colocaron en su
última morada.
Similar
grado de fuerza misteriosa no había nunca pertenecido
a ningún seguidor de la vía espiritual.
Abbaça Touci, ¡que la misericordia de Allâh
esté sobre él!, dijo: "En el día
de la Resurrección, se traerá inmediatamente
cimientos de Mansur cargado de cadenas de luz; puesto
que si no estuviera atado, traería la confusión
al seno de esta gran asamblea y propagaría los
desórdenes de la embriaguez."
Un
personaje venerable cuenta que: "la misma noche
en que llevaron a Mansur al suplicio, permanecí
rezando al pie de la horca hasta la aurora. Entonces
oí una voz que decía: "Cuando hubimos
revelado nuestro secreto a Mansur, él se atrevió
a divulgarlo, he aquí la recompensa prometida
a todo aquel que divulga los secretos de su padishah."
"Una
noche -contaba Chibli-, en que me había consagrado
a realizar actos de devoción en la tumba de Mansur,
en un impulso del corazón exclamé: "Dios
mío, tu servidor que aquí descansa era
fiel e iluminado, ¿por qué lo has sometido
a tan duras pruebas?"
Al
instante el sueño se apoderó de mí
y me dormí. El Señor se me reveló
en un sueño, diciéndome: "Hemos precipitado
a Mansur en las desgracias porque revelaba nuestro secreto
a aquellos que no estaban iniciados". "Un
día -sigue contándonos-, vi a Mansur en
un sueño y le pregunté: "¡Oh
Mansur! ¿Qué ha hecho el Señor
a estos individuos que te hicieron morir?"
"El
Señor Altísimo -me respondió-,
ha hecho misericordia a aquellos que, conociéndome,
tuvieron compasión de mí, y a los que
sin conocerme, me golpearon y mataron; ha hecho misericordia
a los primeros porque era en su honor si me trataban
con indulgencia, y a los otros, que me habían
golpeado, porque también lo hacían por
Él."
Cuando
arrastraban a Mansur a la horca, Iblis se acercó
y le preguntó: "¿Cómo es que
a ti Dios te ha hecho misericordia por haber hecho un
acto de personalidad mientras que a mí me ha
maldecido?"
-"La
diferencia estriba en que tú, al hacer prueba
de personalidad, no tenias más que a ti mismo
como objetivo, mientras que yo, sólo tenía
como objetivo al Señor Altísimo."
Aquí
finaliza el relato de los actos y palabras de los doctores
y de los santos cuyos nombres figuran inscritos en el
"Tezkereh".
La
pasión de Al Hallâj contada por su hijo
(27
de marzo de 922)
(Hallâj,
a los 40 años, expresa su desacuerdo con los
juristas y los tradicionalistas y va a predicar directamente
al pueblo sus principios de vida espiritual, recorriendo
el Irán, India, el Turquestán, hasta fronteras
de la China, y dando ejemplo de una afable austeridad.
Invita a hombres y a mujeres a unirse a Dios. Los políticos
le acusan de ser un agitador, los doctores de la Ley
de confundir lo humano y lo divino, y los propios maestros
sufíes de quebrantar "la disciplina del
arcano", divulgando sin discernimiento los secretos
divinos.
Sus
enemigos encuentran jueces para condenarlo, y es encerrado
en prisión cerca de nueve años, mutilado
y luego y ejecutado el 27 de marzo del 922, año
309 la Hégira. He aquí el relato del suplicio
de este gran místico, contado por su hijo).
Y
cuando llegó la noche...
Y
cuando llegó la noche en que debía ser,
al alba, sacado de su mazmorra, se puso en pie y dijo
la plegaria ritual prosternándose por dos veces.
Luego, acabada su plegaria, no cesó de repetir:
"Falacia, falacia...", hasta que hubo pasado
la mayor parte de la noche. Entonces, tras haberse callado
durante largo rato, exclamó: "¡Verdad!
¡Verdad!" Y volviendo a ponerse en pie, ciñóse
su turbante y se envolvió en su manto, extendió
las manos, con el rostro en dirección de la Kaa'bah,
y, después, entrando en éxtasis, departió
con Dios... Llegada la mañana, se le hizo salir
de la prisión, y lo vi, en pleno éxtasis
de júbilo, que danzaba bajo sus cadenas... Se
le llevó a la plaza y se le cortaron las manos
y los pies tras haberlo flagelado con quinientos latigazos.
Luego fue puesto en la cruz y lo vi, sobre ella, cómo
conversaba en éxtasis con Dios:
"¡Oh,
Dios mío! ¡Voy a entrar en la mansión
de mis deseos y a contemplar en ella Tus maravillas!
¡Oh Dios, mío! Puesto que testimonias Tu
amor al mismo que Te agravia... ¿por qué
no lo testimonias a quien se agravia en Ti?" Seguidamente,
vi a Abu Bakr al Shiblî, que se había adelantado
bajo la cruz, gritar en alta voz el versículo:
"¿No te habíamos prohibido acoger
a ningún huésped, hombre o ángel?"
Luego, le dijo: "¿Qué es el "Tasawwuf"?"
Al Hallâj le respondió: "Su grado
menor lo ves aquí". "-¿Y su
grado supremo?" "-Tú no puedes tener
acceso a él; y, sin embargo, verás mañana
lo que acaecerá. En el misterio divino reside
el que yo lo testimonie y que te permanezca oculto".
A la caída de la tarde (cuando llegó la
hora de la plegaria). se vino a dar, de parte del califa,
la autorización de decapitarlo. Pero se dijo:
"Es demasiado tarde; aplacémoslo para mañana".
Llegada la mañana, se le descendió de
la cruz y se le llevó adelante para cortarle
el cuello. Y le oí clamar y decir en voz muy
alta: "¡Lo que quiere el extático
es al Unico, solo con Él mismo!". Luego
recitó este versículo: "Aquellos
que no creen en la hora última son arrastrados
a ella aprisa; mas quienes creen la esperan con temor
reverente, pues saben que ella es la Verdad". Éstas
fueron sus postreras palabras. Le fue cortado el cuello,
y se enrolló luego su cuerpo en una estera, sobre
la cual se derramó petróleo, que se prendió.
Seguidamente, se llevaron sus cenizas a lo alto del
alminar para que las dispersara el viento.
Notas
1.
Hussein Ibn Mansur Hallâj, llamado también
Aboul-Gaíts, fue ejecutado cerca de la puerta
de la Arcada en Bagdad, el martes día 5 de "dsou'l-qa'deh"
del año 309 de la Hégira (921-922).
2.
"Bab el Taq", nombre de un gran barrio al
oeste de Bagdad.
3.
Corán, sura XV, vers. 70. Se trata aquí
de los enviados de Abraham que Lot había acogido
en su casa a pesar de la prohibición de sus compatriotas,
habitantes de Sodoma, donde estaba prohibido practicar
la hospitalidad. Hay que entender esta prohibición
en su sentido esotérico más profundo,
es decir, dar asilo al Enviado divino, al Espíritu
del profeta Elías.
4.
Sagrado Corán, sura XLII, vers. 17. Publicado
en "La Puerta: Sufismo", Obelisco, Barcelona,
1988. |