Sentencias del sheij Mansur Hallâj
 
 
Aquel que fue mártir en el camino de la verdad; aquel cuya categoría se volvió eminente; aquel cuya parte externa e interna eran puras, aquel que constituyó un modelo de lealtad en el amor; aquel que estaba irresistiblemente atraído por la contemplación de la faz de Dios, este extático Mansur Hallâj, ¡que la Misericordia de Dios esté sobre él!

Estaba todo él embriagado por un amor cuyas llamas le consumían. Las maravillas que operaba eran tan grandes que dejaba a todos los doctores atónitos. Era un hombre de mirada sublime, de palabras enigmáticas, profundamente enterado de las ciencias de los misterios. Procedente de un cantón llamado Beiza, en la provincia de Chiraz, había sido educado en Vacit.

 

 
 

Abd Allah Khafif decía: "Mansur poseía realmente el conocimiento de la verdad". "Mansur y yo -declaraba Chibli-, seguíamos el mismo camino; me trataron de loco, pero me han dejado la vida salva, mientras que Mansur ha perecido, por estar dotado de buen sentido". Si Mansur no hubiera sido más que un extraviado, los doctores que acabamos de mencionar no hubieran hablado de él en estos términos. Sin embargo, varios doctores le reprochaban haber errado de camino por haber revelado inoportunamente los misterios de la verdad.

Estuvo durante dos años al servicio de Abd Allah Techteri. A los ocho años, se fue a Bagdad y luego a Basora, donde permaneció durante seis meses al servicio de Omar ibn Osman Mekki.

Abou Ya'qoub Aqta' le dio su hija en matrimonio y a consecuencia de ello Omar ibn Osman sintió cierto pesar para con Mansur, de modo que éste se fue de Basora hacia Bagdad, donde Yunaid le obligó a vivir retirado del mundo.

Al cabo de un tiempo, decidió encaminarse hacia la Ka'abah, de la cual se convirtió en visitante asiduo, para volver luego a Bagdad, donde Yunaid le acogió de nuevo en su casa.

Al preguntarle Mansur sobre varios temas un tanto herméticos y difíciles, Yunaid le contestaba: "¡Oh Mansur!, poco tardarás en manchar de rojo la horca". "El día en que esto ocurra -respondió Mansur-, arrojarás el manto del derviche para adquirir el que lleva el común de los mortales".

Y se cuenta que cuando llevaron a Mansur al suplicio, todos los "ulemas" redactaron un acto jurídico que proclamaba la necesidad de su condena de muerte. "Yunaid debe también escribir su sentencia", ordenó el califa.

De inmediato, Yunaid fue a la "medrech" (el colegio) y, tras haberse revestido de la indumentaria propia de los "mullah", y haberse ceñido el turbante, declaró, por escrito, que "aunque en apariencia Mansur merecía la muerte, éste poseía en su interior el conocimiento del Señor Altísimo".

Tras haber dejado Bagdad, Mansur pasó un día en Techter; y luego pasó cinco años de su vida recorriendo sucesivamente el Jorasán, el Seistán, el Semizkent y el Turkestán.

Le habían apodado Hallâj porque un día, estando en una mercadería donde había gran cantidad de algodón sin desmotar, hizo un signo, y apenas unos instantes más tarde resultó que, por mandamiento del Señor Altísimo, las semillas se hallaron seleccionadas.

Y habiendo tomado los hábitos, se fue hacia la Ka'abah acompañado por un gran número de derviches. Allí realizó tantos milagros que Ya'qoub Neher-Djouri lo llamó mago. Al cabo de un tiempo se marchó al Indostán para alcanzar de allí el Turkestán y Khitai, donde consiguió convertir al Islam a muchos individuos a los que proporcionó la instrucción religiosa musulmana.

A su retorno hacia la Ka'abah decidió permanecer allí durante dos años como "mudjavir". Y a partir de entonces su acción creció cada vez más. La gente, que no entendía sus palabras, le rechazó e hizo que huyera de numerosas ciudades, aunque en realidad quedaban maravillados por su gran elocuencia y por sus actos.

En veinticuatro horas, Mansur era capaz de recitar una plegaria de cuatrocientos "rakat", aceptando las pruebas más duras de la mortificación. Y hasta la edad de cincuenta años permaneció fiel a estas prácticas, sin abandonar jamás en veinte años, ni siquiera una sola vez, sus hábitos; un día que se los quitaron por fuerza, hallaron en él gran cantidad de piojos que tenían el tamaño de un guisante. En otra ocasión, al ver que un escorpión se paseaba junto a Mansur, alguien quiso matar al insecto, pero el sheij le impidió hacerlo alegando que este animal frecuentaba su entorno desde hacía doce años.

Rashid Samarqandi cuenta que cuando Mansur se dirigía a la Ka'abah, junto a cuatrocientos sufíes, éstos le dijeron un día: "¡Oh Mansur!, Necesitaríamos pan y cabezas de cordero cocidas".

"Sentaos todos, los unos al lado de los otros", respondió Mansur. Cuando se hubieron sentado todos y él mismo hubo tomado asiento entre ellos, se pasó la mano detrás de la espalda y empezó a repartir a cada uno de ellos dos panes y una cabeza de cordero cocida; dicho de otra forma, distribuyó en total cuatrocientas cabezas de cordero y ochocientos panes.

"Ahora, necesitaríamos dátiles frescos", le dijeron los sufíes.

"Zarandeadme -respondió Mansur-, recoged y comed los dátiles que caigan". Entonces empezaron a sacudirle y los dátiles a caer al suelo. Los recogieron y se los comieron y todos quedaron saciados. A lo largo de todo el camino, de cada arbusto espinoso en los que se apoyaba Mansur al sentarse en el suelo, caían dátiles en abundancia.

En otra ocasión, mientras estaban encaminados hacia la Ka'abah, los sufíes desearon comer higos. Mansur no hizo más que extender la mano hacia el cielo y recogió higos frescos sobre una bandeja para repartírselos. Y cuando les entraron las ganas de comer "halva", Mansur colectó cierta cantidad de ella en el aire, la dispuso en una bandeja y se la ofreció.

Por fin llegó a la Meca y allí permaneció durante un año de pie, frente al templo. A causa del calor, la piel se le desprendía del cuerpo y la grasa se fundía derritiéndose en el suelo, y él no se inmutaba.

Diariamente, hacia el atardecer, rompía el ayuno ingiriendo un bocado de pan y bebiendo una gota de agua.

Un año más tarde subió a la cima del monte Arafat y, dando voces, dijo: "¡Dios mío, concédeme la resignación y la gratitud!"

Según Mansur, aquel que renunciaba a este mundo veía a su persona sensual elevarse hasta el ascetismo. Aquel que renunciaba a sí mismo, veía a su alma elevarse hasta el ascetismo.

Pero al ver que su potencia de acción se acrecentaba día a día, Mansur empezó a proclamar las siguientes palabras: "Anna el Haqq" (soy la verdad).

Sin embargo, alguien vino a repetir al califa estas palabras; al poco tiempo mucha gente empezó a rechazarle y a oponerse a él como acusadores. "¡Oh Yunaid! -dijo el califa-, ¿qué significa todo esto?"

"¡Oh, Califa! -respondió Yunaid-, permite que sea dictada la sentencia de muerte de este hombre, dado que no se pueden explicar razonablemente tales palabras".

Así fue como el califa ordenó que lo arrojaran a la cárcel. Allí, no cesó de dialogar durante un año entero con los sabios. El califa prohibió terminantemente que fueran a visitarle; con lo cual durante cinco meses nadie fue a verle excepto Abd Allah Khafif, que lo vio una sola vez en persona.

Llegó un día en que Ibn 'Atar le envió un mandatario para referirle lo siguiente: "¡Oh sheij! Pide perdón humildemente por las palabras proferidas a fin de escapar a la muerte".

A ello, Hallâj replicó: "¡Le corresponde al que me manda este mensaje el pedir perdón!"

Al oír esto, Ibn 'Atar se echó a llorar y dijo: "¡Hussein está perdido definitivamente!"

Cuéntase que la primera noche de su encarcelamiento, cuando vinieron a visitarle, no le encontraron en la celda. Durante la segunda noche, no vieron ni a él ni a la cárcel; pero a la tercera noche, cuando lo encontraron en la cárcel, preguntósele: "¿Dónde estabas la primera noche? ..y la segunda noche, ¿dónde estabais tú y la prisión?"

"-La primera noche me hallaba junto a su Majestad soberana; he ahí porque no estaba aquí. La segunda noche, Su Majestad estaba aquí, con lo cual éramos invisibles tanto la cárcel como yo mismo. Y esta última noche, me enviaron aquí para que cumpliera la Ley escrita; venid, pues y ¡haced lo que debéis hacer!"

Asimismo relatan que en el intervalo de una noche, Mansur realizaba en su celda plegarias de mil "rik´at". Entonces alguien le objetó: "¿Pero a quién diriges estas plegarias si pretendes ser Dios?" "Nosotros -respondió-, sí sabemos lo que valemos".

Dícese que en la cárcel en que se hallaba encerrado, había trescientas personas. Al atardecer, Mansur les dijo: "¡Eh, presos!, os voy a liberar".

"¿Por qué no escapas también con nosotros?", le preguntaron.

"Nosotros -contestó-, estamos en las ataduras del Señor; nuestra salvación está constituida por las aflicciones que padecemos, pues si lo deseáramos, un solo signo bastaría para aflojar las ataduras que nos ciñen".

Hizo un signo con el dedo y las ataduras cayeron al suelo.

"¿Pero dónde iremos -exclamaron sus compañeros-, si las puertas de la cárcel nos encierran?"

Realizó otro signo, y las puertas se abrieron; entonces las murallas cayeron y aparecieron los árboles.

"Ahora, ¡escapad!"

-"Y tú también, acompáñanos..."

"-Hay entre Él y nosotros un secreto del que no podemos hablar más que con los iniciados..."

Al día siguiente le preguntaron qué había ocurrido con los presos, y Mansur contestó: "Los he dejado en libertad".

"-Pero, ¿por qué no has escapado con ellos?"

"-Porque el Señor tiene unas advertencias por hacernos", respondió. El califa, enterado de los hechos dijo:

"-Este hombre va a excitar las conciencias de las gentes; hay que condenarlo a muerte o apalearlo hasta que confiese el nombre que ha pronunciado".

Le dieron trescientos bastonazos para forzarle a rendirse; pero a medida que le golpeaban, se iba oyendo con toda claridad una voz que decía:

"¡No temas, oh Ibn Mansur!"

"Personalmente -afirmó Abd-el Djelil Saifar-, tengo más fe en el que le bastoneaba que en Hussein, pues el primero ha tenido que sacar una enorme fuerza de la ley como para que, aun cuando oía con tanta claridad aquella voz, pudiera seguir golpeándole sin que su mano temblara".

Más tarde se llevaron a Hussein para ejecutar su sentencia de muerte. Una gran multitud de gente, que agrupaba al menos cien mil hombres, le rodeaba y Mansur no dejaba de repetir, mientras miraba en torno a él: "¡Verdad, verdad, verdad, yo soy la Verdad!"

Cuentan que en medio de la muchedumbre que le rodeaba había un derviche, y éste le preguntó:

"-¿Qué es el amor?"

"-Ya lo verás luego -respondió-, y mañana y pasado..."

En efecto, aquel primer día ejecutaron su sentencia, el segundo, le quemaron, y el tercero esparcieron sus cenizas al viento. ¡He aquí los efectos del amor!

En este momento supremo su servidor le pidió un último consejo. "Aguarda -le respondió Mansur- y procura ocupar bien a la persona sensual con algo que sea legítimo, si no será ella la que hará que te ocupes de lo que es ilegítimo; no obstante, saber gobernarse a sí mismo de esta forma es lo propio de los santos". En su momento, su hijo le pidió un último consejo. "Mientras que los individuos de este mundo emplean todos sus esfuerzos en las obras terrestres -le dijo-, aplícate a una cosa cuya mínima parcela vale más que todo lo que los genios y los hombres serían capaces de producir; me refiero a la ciencia de la verdad".

Y mientras caminaba orgullosamente en este camino, con el paso ligero propio de los fisgones y ladrones, aunque iba cargado de dieciséis cadenas pesadas, la gente le preguntó cómo podía aparentar estos andares despreocupados.

"Es porque me dirijo a la corte celeste". Entonces pegó un grito y exclamó: "Mi compañero de alegrías, que no tiene nada en común con la injusticia, me ha ofrecido la bebida que se suele presentar a un invitado; pero cuando las copas empezaron a ser distribuidas, ha pedido la espada y la estera de ejecución; esto es lo que ocurre a los que beben vino cuando el signo del dragón se encuentra con julio (cuando el calor es más fuerte)".

Cuando le hubieron conducido bajo la plataforma, se dio la vuelta hacia Bab eI-Taq (2) y puso el pie en la escalera.

"-¿Qué significa esto?", le preguntaron. "-Pues porque la parte superior de la plataforma de ejecución me servirá de peldaño para subir al cielo."

Entonces se ciñó un cinturón, se colocó el "taileçan" al hombro y elevó las manos al cielo; luego, dándose la vuelta hacia la Meca, dijo en un impulso que le salía del corazón: "¡Que sea tal como Él lo desea!", y al llegar a la plataforma, una tropa de discípulos suyos le gritaron: "¿Qué piensas de nosotros, tus discípulos, y de los que te rechazan y de los que te apedrearán, y qué dices de los primeros y de nosotros?"

"A ellos -respondió-, doy una doble recompensa y a vosotros una simple, porque vosotros os empeñáis en tener una buena opinión de mí, mientras que ellos son empujados hacia delante por la fuerza de su fe en la Unidad de Dios y en el rigor de la ley escrita. Sin embargo, en la ley, la Unidad es la raíz misma, mientras que la buena opinión no es más que una rama.

Se decía que durante su juventud había estado sujeto al orgullo.

"Observa -dijo a su servidor-, que aquel que ha levantado orgullosamente la mirada acaba por bajarla luego humildemente".

Chibli se hallaba frente a Mansur y le dijo: "¿Acaso no te habíamos prohibido acoger a los hombres?" (3). Y añadió: "-¡Oh Hallâj! ¿qué es el sufismo?" -"No ves más que una ínfima parte de él", respondió Hallâj.

"-¿Cuál es, pues, su parte superior?", dijo Chibli.

"-¡Tú no puedes acceder a ella!"

Al oír esto todos empezaron a lapidarle. Y Chibli juntándose a ellos, le arrojó barro. Hussein Mansur dejó escapar un grito.

"¿Qué te ocurre? -le preguntaron- ¿No te has inmutado cuando te echaban esta lluvia de piedras, y ahora te quejas por un poco de barro? ¿Qué significa esto?"

"-Pues que éstos no saben lo que hacen y por ello se les puede perdonar; pero él me causa mucha compasión porque sabe pertinentemente que no se me debe echar nada."

Le cortaron las manos. Mansur se echó a reír.

"-¿A qué viene esta risa?"

"-Desprenderse de una mano cerrada a todos los hombres no es muy difícil -dijo-; pero pienso que sería hacer prueba de virilidad el cortar estos vínculos que me encadenan a los atributos de la divinidad y que desvían mi espíritu de la contemplación de su esencia".

Entonces le cortaron ambos pies. Una sonrisa pudo percibirse en sus labios, y dijo: "Con estos pies realizaba mi viaje terrestre; ahora dispongo de otro capaz de recorrer los dos mundos; amputádmelo si podéis".

Recogió sus manos cortadas y se frotó el rostro con ellas, de modo que se embadurnó brazos y rostro.

"-¿Por qué haces esto, Mansur?"

"-He perdido mucha sangre y mientras mi rostro esté pálido, os imaginaréis que mi palidez se debe al temor que siento. Me mancho el rostro con sangre a fin de que esté totalmente rojo, pues los hombres que tienen la tez colorada lo deben a su propia sangre (y no al afeite)."

"-Entendemos que te hayas coloreado el rostro, pero, ¿por qué los brazos?"

"-Hago mis abluciones."

"-¿A qué abluciones te refieres?"

"-En el amor, hay dos "rakat" para las que la ablución sólo es válida si se realiza con la sangre del corazón."

Le sacaron los ojos. Un gran tumulto se levantó en la muchedumbre: unos lloraban, otros le apedreaban. Y cuando se sintieron obligados de cortarle la lengua, exclamó:

"-¡Esperad, pues tengo unas palabras por decir!" Y elevando el rostro hacia el cielo dijo: "Dios mío, en nombre de este sufrimiento que me imponen por tu culpa, no permitas que la desgracia se abata sobre ellos, no les niegues la parte de felicidad que les toca. Bendito seas por las manos y los pies que me han cortado por haber seguido tu vía. He aquí que desde esta plataforma de mi suplicio gozo de la contemplación de tu gloria". Tras estas palabras, le cortaron las orejas y la nariz y le lanzaron piedras.

Vino a pasar una anciana que llevaba en las manos un pedazo de tejido, se acercó a él y dijo: "No tengáis piedad de él, a fin de que este pico de oro sepa el precio de decir palabras misteriosas".

Sus últimas palabras fueron: "¡A mí, el Unico cuya individualidad es única!", y luego recitó el siguiente versículo: "Aquellos que no creen quieren adelantar su hora; los que creen tiemblan sólo con recordarla, pues saben que vendrá" (4).

Le cortaron la lengua y sonrió. Era la hora de la oración de la noche cuando le cortaron la cabeza. Sonrió durante la ejecución y expiró.

La muchedumbre de asistentes apuró un gran clamor. Así fue como Hussein aceptó con resignación la detención de su destino, mientras que de todas las partes de su cuerpo se elevaba una voz que decía: "¡Soy la Verdad!"

Al día siguiente, sus enemigos, considerando que esta maravilla iba a causar más agitación de la que había habido mientras vivía, decidieron quemar sus miembros; sin embargo, de sus cenizas seguía elevándose una voz que decía: "¡Soy la Verdad!"

Además, mientras le martirizaban y a medida que su sangre se derramaba, la palabra Allâh se había dibujado claramente en el suelo.

Hussein Mansur había dicho a su servidor: "Cuando arrojéis mis cenizas al río, sus caudales chocarán unos con otros como si fueran a sumergir a la ciudad de Bagdad. Colocad entonces mis hábitos en la orilla y las aguas volverán a bajar tranquilas como antes". El tercer día, cuando hubieron tirado al río las cenizas de Mansur, una voz salió de ellas de nuevo, diciendo: "¡Soy la Verdad!". Los caudales del río empezaron a agitarse y el servidor dispuso inmediatamente los hábitos de Mansur en la orilla, las aguas se calmaron y las cenizas permanecieron silenciosas. Reunieron todo lo que de él quedaba y lo colocaron en su última morada.

Similar grado de fuerza misteriosa no había nunca pertenecido a ningún seguidor de la vía espiritual. Abbaça Touci, ¡que la misericordia de Allâh esté sobre él!, dijo: "En el día de la Resurrección, se traerá inmediatamente cimientos de Mansur cargado de cadenas de luz; puesto que si no estuviera atado, traería la confusión al seno de esta gran asamblea y propagaría los desórdenes de la embriaguez."

Un personaje venerable cuenta que: "la misma noche en que llevaron a Mansur al suplicio, permanecí rezando al pie de la horca hasta la aurora. Entonces oí una voz que decía: "Cuando hubimos revelado nuestro secreto a Mansur, él se atrevió a divulgarlo, he aquí la recompensa prometida a todo aquel que divulga los secretos de su padishah."

"Una noche -contaba Chibli-, en que me había consagrado a realizar actos de devoción en la tumba de Mansur, en un impulso del corazón exclamé: "Dios mío, tu servidor que aquí descansa era fiel e iluminado, ¿por qué lo has sometido a tan duras pruebas?"

Al instante el sueño se apoderó de mí y me dormí. El Señor se me reveló en un sueño, diciéndome: "Hemos precipitado a Mansur en las desgracias porque revelaba nuestro secreto a aquellos que no estaban iniciados". "Un día -sigue contándonos-, vi a Mansur en un sueño y le pregunté: "¡Oh Mansur! ¿Qué ha hecho el Señor a estos individuos que te hicieron morir?"

"El Señor Altísimo -me respondió-, ha hecho misericordia a aquellos que, conociéndome, tuvieron compasión de mí, y a los que sin conocerme, me golpearon y mataron; ha hecho misericordia a los primeros porque era en su honor si me trataban con indulgencia, y a los otros, que me habían golpeado, porque también lo hacían por Él."

Cuando arrastraban a Mansur a la horca, Iblis se acercó y le preguntó: "¿Cómo es que a ti Dios te ha hecho misericordia por haber hecho un acto de personalidad mientras que a mí me ha maldecido?"

-"La diferencia estriba en que tú, al hacer prueba de personalidad, no tenias más que a ti mismo como objetivo, mientras que yo, sólo tenía como objetivo al Señor Altísimo."

Aquí finaliza el relato de los actos y palabras de los doctores y de los santos cuyos nombres figuran inscritos en el "Tezkereh".

La pasión de Al Hallâj contada por su hijo

(27 de marzo de 922)

(Hallâj, a los 40 años, expresa su desacuerdo con los juristas y los tradicionalistas y va a predicar directamente al pueblo sus principios de vida espiritual, recorriendo el Irán, India, el Turquestán, hasta fronteras de la China, y dando ejemplo de una afable austeridad. Invita a hombres y a mujeres a unirse a Dios. Los políticos le acusan de ser un agitador, los doctores de la Ley de confundir lo humano y lo divino, y los propios maestros sufíes de quebrantar "la disciplina del arcano", divulgando sin discernimiento los secretos divinos.

Sus enemigos encuentran jueces para condenarlo, y es encerrado en prisión cerca de nueve años, mutilado y luego y ejecutado el 27 de marzo del 922, año 309 la Hégira. He aquí el relato del suplicio de este gran místico, contado por su hijo).

Y cuando llegó la noche...

Y cuando llegó la noche en que debía ser, al alba, sacado de su mazmorra, se puso en pie y dijo la plegaria ritual prosternándose por dos veces. Luego, acabada su plegaria, no cesó de repetir: "Falacia, falacia...", hasta que hubo pasado la mayor parte de la noche. Entonces, tras haberse callado durante largo rato, exclamó: "¡Verdad! ¡Verdad!" Y volviendo a ponerse en pie, ciñóse su turbante y se envolvió en su manto, extendió las manos, con el rostro en dirección de la Kaa'bah, y, después, entrando en éxtasis, departió con Dios... Llegada la mañana, se le hizo salir de la prisión, y lo vi, en pleno éxtasis de júbilo, que danzaba bajo sus cadenas... Se le llevó a la plaza y se le cortaron las manos y los pies tras haberlo flagelado con quinientos latigazos. Luego fue puesto en la cruz y lo vi, sobre ella, cómo conversaba en éxtasis con Dios:

"¡Oh, Dios mío! ¡Voy a entrar en la mansión de mis deseos y a contemplar en ella Tus maravillas! ¡Oh Dios, mío! Puesto que testimonias Tu amor al mismo que Te agravia... ¿por qué no lo testimonias a quien se agravia en Ti?" Seguidamente, vi a Abu Bakr al Shiblî, que se había adelantado bajo la cruz, gritar en alta voz el versículo: "¿No te habíamos prohibido acoger a ningún huésped, hombre o ángel?" Luego, le dijo: "¿Qué es el "Tasawwuf"?"

Al Hallâj le respondió: "Su grado menor lo ves aquí". "-¿Y su grado supremo?" "-Tú no puedes tener acceso a él; y, sin embargo, verás mañana lo que acaecerá. En el misterio divino reside el que yo lo testimonie y que te permanezca oculto". A la caída de la tarde (cuando llegó la hora de la plegaria). se vino a dar, de parte del califa, la autorización de decapitarlo. Pero se dijo: "Es demasiado tarde; aplacémoslo para mañana". Llegada la mañana, se le descendió de la cruz y se le llevó adelante para cortarle el cuello. Y le oí clamar y decir en voz muy alta: "¡Lo que quiere el extático es al Unico, solo con Él mismo!". Luego recitó este versículo: "Aquellos que no creen en la hora última son arrastrados a ella aprisa; mas quienes creen la esperan con temor reverente, pues saben que ella es la Verdad". Éstas fueron sus postreras palabras. Le fue cortado el cuello, y se enrolló luego su cuerpo en una estera, sobre la cual se derramó petróleo, que se prendió. Seguidamente, se llevaron sus cenizas a lo alto del alminar para que las dispersara el viento.

Notas

1. Hussein Ibn Mansur Hallâj, llamado también Aboul-Gaíts, fue ejecutado cerca de la puerta de la Arcada en Bagdad, el martes día 5 de "dsou'l-qa'deh" del año 309 de la Hégira (921-922).

2. "Bab el Taq", nombre de un gran barrio al oeste de Bagdad.

3. Corán, sura XV, vers. 70. Se trata aquí de los enviados de Abraham que Lot había acogido en su casa a pesar de la prohibición de sus compatriotas, habitantes de Sodoma, donde estaba prohibido practicar la hospitalidad. Hay que entender esta prohibición en su sentido esotérico más profundo, es decir, dar asilo al Enviado divino, al Espíritu del profeta Elías.

4. Sagrado Corán, sura XLII, vers. 17. Publicado en "La Puerta: Sufismo", Obelisco, Barcelona, 1988.