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De
la afectación en la palabra, las expresiones,
los gestos, las extravagancias, los verbos y las estrofas.
Dios detesta a los hombres afectados. La afectación
revela, en efecto, el desorden y el descuido interiores.
Predicar es impulsar al ser humano a tener presente
el fuego de la otra vida, su negligencia en servir al
Creador, el tiempo pasado en ocuparse de cosas inútiles;
es invitarlo a pensar en los obstáculos que pueden
impedir creer en el mas allá, a pensar en el
estado en el que se encontrara entre las manos del ángel
de la muerte, a preguntarse si puede responder a las
preguntas de Munkir y de Nakir, a ocuparse seriamente
de su estado en el día de la resurrección.
Ellos
son los nombres de dos Ángeles que examinan a
los muertos en sus tumbas. Apenas se ha extinguido el
ruido de los pasos de quienes lo han encerrado en la
tumba, el muerto ya es visitado por los dos Ángeles
llamados Nakir y Munkir, que lo interrogan: ‘?
¿Cuál es tu Señor? ¿Cuál
es tu fe? ¿Cuál es tu Profeta?. Si responde
recitando la profesión de fe musulmana, la Sajada
que se ha repetido en torno a el antes de su muerte
y que DEBE haber sido el tema de sus ultimas palabras,
los Ángeles lo abandonan silenciosamente y abren
en su tumba una puerta a través de la cual puede
ver su lugar en el paraíso. Si no responde o
si responde mal, los Ángeles lo golpean con porras
de hierro y en la tumba una puerta se abre que le muestra
su lugar en el infierno.- Esta descripción es
dada en la pagina # 64 de Les Institutions Musulmanes.)
¿Podrá
pasar sano y salvo el puente que separa este mundo del
otro o caerá en el precipicio? ( Sirat = vía
[puente]. En el libro citado anteriormente dice en la
pagina #66: “Efectuado el Juicio Final, pasan
todos los seres sobre el puente [sirat], mas fino que
un cabello y más filoso que un sable. Los buenos
lo atraviesan con la velocidad del relámpago,
los réprobos caen en el infierno”.)
Todas
estas cosas quedaran grabadas en su corazón y
lo atormentaran. El ardor del Fuego, los lamentos al
pensar en estos infortunios, esto se llama la advertencia.
Informar a los hombres y mostrarles estas cosas, llamar
su atención sobre su negligencia y sus excesos,
incitarlos a pensar en sus defectos de modo que el ardor
de este Fuego toque a los miembros de la asamblea y
que estas desgracias los horroricen de tal manera que
reparen, en la medida de lo posible, los días
pasados de sus vidas y lamenten a los que emplearon
en otras cosas que en la sumisión a Dios, estas
ideas que acabo de resumir forman lo que se llama un
sermón. Si tu vieses que una inundación
alcanza una vivienda en la que se encuentra tu prójimo
con toda su familia, gritarías: “! Cuidado!
¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡ Huid que llega
el torrente!”. ¡En una situación
como esta, no le advertirás al propietario de
la casa con maneras o expresiones afectadas, rasgos
de ingenio o alusiones, sin duda! Así debe ser
el predicador: debe evitar todo eso.
El
segundo defecto es pretender provocar la emoción
de quienes te oyen para que expresen con ostentación
su entusiasmo ante tus dones y tu genio, por ejemplo
rasgando vestiduras, a fin de que se grite: “!Que
orador extraordinario!”. En este caso no inclinarías
mas que a las cosas de aquí abajo, a lo que es
tan solo fruto de la futilidad. Por el contrario, tu
impulso y tu ardor deben tener por propósitos
llamar a los hombres para que se dirijan de este mundo
al otro, de la desobediencia a la obediencia, de la
adhesión a las cosas de este mundo a la vida
ascética, de la avaricia a la generosidad, de
la duda a la certeza, del olvido negligente al sobresalto
de la conciencia, de la vanidad a la piedad; y hacerlos
amar el mas allá y detestar este mundo; enseñarles
la ciencia de la adoración y del ascetismo; no
hacerlos presumir la generosidad de Dios, ni su misericordia;
porque lo que domina su naturaleza es el alejamiento
del camino de la religión, la búsqueda
de lo que Dios no quiere y la practica de las malas
costumbres.
Pon, pues, el temor en sus corazones, horrorízalos,
aterrorízalos, para que teman el peligro que
los espera y se pondrán entonces a obedecer firmemente
a Dios y a dejar de desobedecerlo. Tal es la vía
que ha de seguirse para predicar a los demás
y darles consejos.
Toda otra manera de predicar constituye un peligro tanto
para “el que habla como para el que escucha. Es
mas, ya se lo ha dicho: un mal predicador es un monstruo
de perfidia diabólica que aparta a los hombres
de la vía recta para perderlos. Así, pues,
deben huirle, porque ni Satán en persona alteraría
su Fe tanto como él lo hace. El auditor que tuviese
coraje suficiente para ello debería hacerlo descender
del lugar de donde predica e impedirle que continuara
con sus estragos – consecuencia natural del precepto
que manda hacer el bien prohíbe practicar el
mal.
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