Y
ciertamente es así. Nuestro calendario lunar
no sólo se ajusta a las estaciones del año
sino que las va recorriendo. Es esa la forma que Allah
nos decreta para que reconozcamos el Tiempo y la Realidad,
para que le conozcamos a Él.
El
calendario islámico no es una medida humana,
fija y abstracta, sino la experiencia real de los ciclos
naturales y cósmicos. Los ciclos lunares van
cruzando las estaciones a contracorriente, como si realizasen
un tawaf en cuyo centro sin espacio Allah se nos revela
en torno a una Kaaba que no es sino la Eternidad.
Tanto
el ayuno durante el mes de Ramadán como la peregrinación
a Mecca en el mes de Dul-Hiyya comienzan adelantándose
once días cada año al ciclo solar de las
estaciones. Por esa razón, entre otras, nuestra
adoración no está prisionera de una cifra,
de un acuerdo entre seres humanos, sino que ocurre en
nuestro devenir como un acto vivo que se va acompasando
con los cambios y pálpitos en la luz y que en
este Ramadán inicia una de sus principales latencias.
Quizás
sea éste el Ramádán más
corto del ciclo de 32 años que tarda el calendario
lunar en acompasarse con el calendario convencional.
El
solsticio de invierno marca el punto de inflexión
de la luz solar, momento en el que la luz ya no puede
ser más débil y comienza a renacer. Estas
luces del solsticio nos producen visiones de una especial
dulzura, el sol desciende de la manera más suave
en el horizonte, y los colores que produce persisten
más en la atmósfera y en nuestras retinas.
Así quiere Allah que redescubramos la pureza
de esos colores que normalmente se esconden en el tiempo.
La
introspección que vivimos durante nuestro ayuno
nos ayuda a recobrar el silencio interior. El mundo,
en esta estación, se enlentece, la savia se para,
los animales duermen o hibernan. Es un tiempo que favorece
el diálogo íntimo, el silencio vacío.
Así hace Allah que recuperemos la realidad del
sonido, la vibración de la tierra, unos sonidos
que se han ido ensordeciendo en la repetición,
en la adoración incesante.
El
ayuno y el salat nos hacen sentir como peregrinos de
este mundo, seres que lo cruzan por orden de Su Señor,
siguiendo el ciclo de la luz en las estaciones, atraídos
por Él como limaduras de hierro hacia un potente
imán.
El
ayuno, el salat, la peregrinación, todos los
pilares de nuestro din son hechos de luz para nosotros.
Allah quiere que Le conozcamos y nos dice cómo
hemos de hacerlo, cómo hemos de vivir en el tiempo,
cómo hemos de conocernos a nosotros mismos, en
medio de cambios y contrastes, cómo nos vamos
limando unos a otros hasta llegar a ser, como dijo el
profeta, cantos rodados. Alhamdulilah porque nos lo
está diciendo a la luz de nuestro conocimiento,
para que podamos entenderlo.
Este
Ramadán inaugura un latido del palpitar cósmico
que nos va llevando progresivamente hacia la Verdad,
que nos va haciendo más capaces de encontrar
la Belleza, latido que nos dibuja un amplio horizonte,
insha Allah. Durante 16 años aproximadamente
el tiempo del ayuno diurno se irá alargando poco
a poco, pero el ayuno discurrirá, insha Allah,
desde los días más largos a los más
cortos. Allah nos hace llegar a los extremos con dulzura,
de la manera más sabia. Nos hace llegar a lo
difícil mediante secuencias fáciles, momentos
de suma facilidad. Esta conciencia del tiempo y de los
ciclos es una apertura cierta, porque nos devuelve a
un mundo más real, más de seres humanos,
de criaturas en precariedad absoluta y elocuente.
Estos
días contemplamos el indescriptible horizonte
del magrib, teñido de un rojo intenso, mientras
en Subh vive un azul luminoso. Alhamdulilah. Son señales
ciertas que Allah nos procura en la luz. El arco que
lanza la luz es invisible, el arcoiris no. Sólo
vemos un inmenso arcoiris, la escala infinitamente diversa
de la Creación. La creación se inmola
a la luz como un solo arcoiris hecho de continuidad,
desde el rojo intenso que procura la noche hasta el
azul de la mañana. Colores que hasta ese momento
eran sólo palabras, simples pensamientos, hieren
nuestros sentidos.
El
tiempo del salat está íntimamente relacionado
con la luz, a lo largo de los días, de las lunaciones
y de las estaciones del año. Quiere Allah que
nos acompasemos en la luz para acercarnos hasta Él,
para llevarnos hasta el fin de la visión que
tenemos de nosotros mismos, para que podamos existir
ahora como seres humanos que hablamos, razonamos, sentimos,
y disfrutamos en la luz.
También
el Hayy recorre las estaciones y los días. Incluso
para los musulmanes que vivimos entre los calendarios
romanos, los meses de Ramadán y Dul Hiyya y los
tiempos del salat son experiencias vitales de un tiempo
distinto, de una forma de vivir en un mundo real en
el que existen el sol, la luna y las estrellas porque
las vemos, el frío y el calor porque los sentimos
y el pálpito de nuestros corazones porque queremos
mirarnos en Allah.
Este
conocimiento no es como los saberes, las ciencias o
las técnicas, es una Gracia que Allah nos otorga
cuando transitamos la vía del sometimiento a
Él.
Además
de las luces crepusculares de nuestro occidente tenemos
las luces matutinas de nuestro oriente, las que alumbran
nuestra vida cotidiana como musulmanes que crecemos
en unas sociedades que experimentan profundos cambios
en sus formas de vivir, donde se buscan desesperadamente
referencias reales, auténticas, más allá
del juego del sinsentido y del mero consumo.
Allah
nos está haciendo crecer como musulmanes aquí,
en nuestra propia tierra, y ser testigos de una profunda
transformación. Al hacernos nacer, crecer, amar
y morir aquí como musulmanes, nos está
haciendo ser testigos privilegiados de esos dos mundos
suyos que en realidad son uno solo.
Nos
sometemos a Él desde nuestra privación,
desde nuestra indigencia, cuando reconocemos en nosotros
la verdad que hay en Su Revelación. Encontramos
sentido cuando comprendemos que esa Revelación
Suya desciende hasta nosotros a través de un
Ángel y de un Profeta, cuando sentimos con nitidez
que ese Profeta, sala Allahu alehi wa salem, es Su Mensajero,
alhamdulilah.
Nuestras
vidas se tornan verdaderas, reales, cuando nos alcanza
la báraka contenida en las sunnas del Profeta,
cuando sabemos cómo vivía y como sentía
y cómo hablaba. Nos sorprendemos siempre de la
inagotable fuente de conocimientos y bendiciones que
hay en los hadices. Eso ocurre cuando la Revelación
nos habla acerca de su inimitable carácter.
Quince
siglos después de su muerte en la Medina Al Munawara,
el ejemplo de Muhámmad está vivo en cada
musulmán y cada musulmana, en cada cual según
su grado de apertura, posibilitando una comunidad humana
benéfica e iluminadora, dignificando la condición
humana hasta los más altos grados. Alhamdulilah.
Vivimos
en una macrosociedad donde hay seres humanos de todas
las creencias y sensibilidades. Nos relacionamos cada
día con gentes que no saben nada del ramadán
o del salat, con quienes tratamos asuntos diversos,
y ayunamos en medio de una sociedad que no ayuna, con
lo cual Allah nos ofrece la posibilidad de ver ese mismo
mundo persistente e inamovible como la nada que es.
Y así nos va purificando en nuestra privación
mientras nos hace ser testigos de la realidad. Luego,
al romper el ayuno nos devuelve el gozo a través
del sentir, porque en Su Ciencia está el obligarnos
a reconocer el mundo una y otra vez, a recobrar los
colores, olores y sabores olvidados y gastados. Allah
sabe cómo resucitarnos a la Realidad, a Él,
y lo hace de la manera más compasiva, regalándonos
esta vida por un tiempo y la otra para siempre, insha
Allah. Con ello Allah quiere hacernos conscientes de
nuestra precariedad y de nuestro poder.
Allah
se nos revela en nuestro ayuno porque la privación
nos torna verdaderos. Y nos torna verdaderos porque
en verdad no somos sino eso, criaturas necesitadas que
dependemos de todo para existir: del aire, del agua,
de la tierra y del fuego, que sufrimos la sed y el hambre
y somos conducidos por el deseo. Somos como las hojas
de nuestros árboles, como la vida de nuestros
animales, aunque seamos algo más, aunque Allah
haya querido que nos diésemos cuenta.
Y
en los días finales del ayuno, Allah nos procura
un encuentro con el poder, nos hace comprender el discurso
de la luz mediante la oscuridad misma de la noche, de
su creación. Él nos dice en el Corán,
en el Surat al Qadr:
“Ciertamente
hemos hecho descender esta (escritura divina) en la
Noche del Destino. ¿Y qué puede hacerte
concebir lo que es esa Noche del Destino?
La
Noche del Destino es mejor que mil meses:
Los
ángeles descienden en ella en huestes portando
la inspiración divina con la venia de Su Sustentador.
Contra
todo lo malo que pueda ocurrir protege hasta que despunta
el alba.” (97)
Esta
misma oscuridad, este mismo solsticio, son la condición
necesaria para que volvamos a sentir la luz y la existencia.
En esta noche de oscuridad sentimos la presencia divina
en nosotros, la luz que renace interiormente en medio
de la tiniebla.
Y
la noche era oscura y alumbraba la noche, dijo Juan
de la Cruz. Estamos en tinieblas porque nos ciega nuestro
apego a las cosas, el caos que nos provoca ese apego
y porque nos engaña la idolatría.
Vivimos
en la oscuridad misma de nuestro deseo, palpitando,
vivimos en la tiniebla.
Y
en medio de ella, en el límite mismo de esa oscuridad,
Allah se nos revela como An Nur, como la Luz de los
cielos y de la tierra que nos procura la existencia.
Noche
del Destino, laylat al Qadr, que no es sino expresión
de la Misericordia Divina, de la Rahma que Allah derrama
en nosotros como una promesa verdadera. Él nos
hace ver en medio de la oscuridad, nos permite sentir
su decreto más allá de nuestros propios
pensamientos y de nuestros nafs. El ayuno nos está
procurando la purificación necesaria para que
podamos sentir la verdad, el poder, la majestad del
Único en esta noche que es mejor que mil meses.
En
silencio o agitados por el recuerdo somos afectados
por Allah, conmovidos por la Realidad. Así nos
damos cuenta de que Él es el Más Grande
y de que suyo es todo el Poder. Entonces ¿No
nos sentiremos agradecidos a Él por haber abierto
nuestros corazones y estar haciendo de nosotros sus
siervos, musulmanes y musulmanas que nos sometemos voluntariamente
a la privación, que estamos siendo destinados
al jardín, a la realidad y a la conciencia?
2.
No
podemos dejar a un lado en nuestra meditación
a esas otras imágenes de destrucción y
de muerte que nos atenazan cada día de este Ramadán
invernal. Nos sentimos cercados por esas realidades
que parecen romper el sentido de nuestra existencia.
Porque no es fácil asumir la muerte gratuita
de tantos inocentes y el sufrimiento exagerado de tantos
pueblos, por mucho que nuestros ojos se acostumbren
a las imágenes de los medios de comunicación.
En
medio de nuestra privación nos llegan visiones
y gritos desesperados de gentes que son despojadas de
sus tierras, perseguidas y asesinadas, por otras gentes
más fuertes que poseen medios materiales para
ello. Allah quiere que asistamos conscientemente a los
hechos que van tejiendo la historia. Nos enfrenta ahora
a la propagación del discurso de la exclusión
y del enfrentamiento. Y nos está proveyendo,
además, en medio de nuestro ayuno, del criterio
necesario para poder sobrevivir sin incurrir en la indignidad
ni en la locura. Allah nos está recordando una
vez más cuál es nuestro siratal mustaquim,
el camino correcto, y cuáles son los pasos que
hemos de recorrer para llegar hasta Él. Así
no hay pérdida.
Vemos
cómo pueblos enteros de la Ummah son masacrados
—afganos, palestinos, chechenos— cómo
Allah sitúa a cada cual en un contexto, en un
lugar de la creación. No hay error en ello. No
podemos decir que esto que ocurre no tiene sentido porque
nosotros no lo sabemos. Desconocemos el sentido último
de la Creación de Allah y Él nos lo va
revelando a medida que vamos viviéndolo.
La
destrucción de tantos musulmanes inocentes no
ocurre por un capricho o por una casualidad. Esa destrucción
no es sino la expresión del ciclo profético,
el cumplimiento de una profecía que nos habla
del enfrentamiento inevitable entre aquellos que tratan
de velar la Verdad, tratando de ocultarla, y aquellos
otros que se someten a Ella sin paliativos. Ese enfrentamiento
no es un choque de civilizaciones como tratan de hacernos
creer, sino que son posturas vitales que no se soportan.
No es por una cuestión de civilización
ni de cultura, sino que es Allah quien se revela a quien
Él quiere y hace lo que quiere. Él nos
dice en el Corán:
“¿Puede,
entonces, compararse a aquel cuyo pecho Allah ha abierto
a la sumisión a Él, de forma que está
iluminado por una luz que emana de su Sustentador, con
el que es ciego y sordo de corazón?
[...)
Allah hace descender la mejor de las enseñanzas
en forma de una escritura divina con total coherencia
interna, que repite cada formulación de la Verdad
de diversas formas, una escritura divina ante la cual
se estremece la piel de los que temen a su Sustentador:
pero después su piel y sus corazones se relajan
con el recuerdo de Allah. Así es la guía
de Allah: con ella guía Él a quien quiere
ser guiado, pero aquel a quien Allah deja que se extravíe
jamás podrá hallar quien le guíe.”
(39-22)
Así
pues, debemos ser agradecidos con Él porque Él
quiere que seamos musulmanes, porque nos está
llevando a cada uno de nosotros hasta el sometimiento
a Él. Esa guía suya es el más preciado
de todos los tesoros. Y esa guía incluye los
pilares de nuestro din. Por eso es tan importante que
cumplamos lo mejor posible con ellos, con la oración,
con el ayuno... no por una cuestión de celo religioso
o de ascética espiritual, sino porque verdaderamente
en esas indicaciones que Allah nos hace obligatorias
están las llaves que nos permiten abrir las puertas
del sentido, y acceder a la mejor de las realidades.
Alhamdulilah. Los pilares de nuestros din no son los
barrotes de una cárcel para tontos sino herramientas
de nuestra liberación. Así, el cumplimiento
cabal del ayuno afina nuestros corazones y los hace
capaces de recibir la Revelación, de adquirir
un sentido existencial trascendente.
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