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"No
desesperes. Te enseñaré dos talismanes,
y si sabes hacer uso de ellos el león que te
amenaza se convertirá en un caballo ligero dispuesto
a servirte, y el patíbulo que tienes ante ti
se transformará en un columpio para tu regocijo.
Y te daré dos remedios, y si sabes dosificarlos,
tus heridas podridas sanarán y tus manos se convertirán
en flores perfumadas. Y te proporcionaré un salvoconducto
y tu exilio será un viaje de placer, y cubrirás
la gran distancia en poco tiempo como si fueras un pájaro.
Si no crees lo que te digo, pruébalo una vez
y te darás cuenta de que soy sincero".
Y
el guerrero probó todo lo que le describió
el anciano y descubrió que sus palabras eran
verdaderas. Y yo también, pobre de mí,
he saboreado algo, muy poco, de sus enseñanzas
y soy testigo de su eficacia.
Más
tarde, el guerrero se dio cuenta de que por su izquierda
se le acercaba un hombre burlón y parlanchín
que parecía un demonio. Venía a él
lujosamente vestido trayéndole pinturas atractivas,
instrumentos musicales y bebidas alcohólicas.
Ese hombre se detuvo ante él y le dijo:
"Ven,
compañero, acércate a mí y disfruta
de lo que tengo. Entretengámonos contemplando
estas bellezas aquí retratadas, escuchemos dulces
cantos y comamos y bebamos hasta saciarnos. Pero, ¿qué
son esas palabras que repites sin cesar?".
El
guerrero le respondió: "Son un talismán
que me protege".
Y
el hombre le censuró diciendo: "Déjate
de esas cosas incomprensibles y no enturbies la pureza
de este momento. Disfruta de lo que yo te ofrezco. Pero,
¿qué son esas cosas que tienes en las
manos?".
"Son
medicina".
Y
el hombre le dijo: "Aparta de ti esos ungüentos.
Estas sano y nada malo te sucede. ¿No ves que
te impiden beber de mi copa? Goza conmigo de todo lo
que te traigo. Y ¿qué es ese papel con
cinco sellos que hay junto a ti?".
Y
el guerrero respondió: "Es un salvoconducto
oficial".
El
hombre replicó: "Rómpelo, ¿qué
necesidad tienes de viajar en esta hermosa primavera?".
Y
el hombre siguió intentando convencer al guerrero
con sus palabras y sus bromas, y poco a poco fue debilitando
su resolución. Y es así porque el ser
humano se confunde con facilidad y cualquiera lo engaña.
Pero una voz como un trueno llegó a sus oídos
desde la derecha: "No te dejes engatusar y responde
al que quiere distraerte: Si puedes matar al león
que aguarda detrás, si eres capaz de retirar
el patíbulo que hay ante mí, si eres un
médico hábil que sane mis muñones,
si aligeras el viaje que me aguarda, entonces sí,
muéstrame qué es lo que me ofreces. Si
no tienes fuerzas para disipar mis pesadillas, calla,
porque no eres más que un necio que busca atontarme,
y deja que hable el anciano que se parece al Jidr".
2.
Has de saber que ese guerrero amenazado eres tú,
y es el ser humano. Y el león que lo persigue
es el tiempo. Las cuerdas del patíbulo son la
muerte, la disolución y la separación
que han de probar todas las vidas: ¿no ves cómo
la muerte separa entre amantes y nos llama cada día
y cada noche? Y las dos heridas profundas son la impotencia
humana y la indigencia humana, y son sufrimientos que
no tienen fin. En cuanto al exilio, es el viaje de la
vida en el que se nos pone a prueba para que saquemos
lo que llevemos en nuestros adentros, un viaje que empieza
en el mundo de los espíritus, pasa por el parto,
continua con la infancia, la juventud, la madurez y
la vejez, y después se abandona el mundo por
el tunel de la tumba, se cruza el Puente y se reúne
todo ante Allah en el Último Día.
El
doble talismán es el Îmân billâh
y el Îmân bil-Yáum al-Âjir,
la Apertura hacia Allah y la Apertura hacia el Último
Día. Sí; este poderoso talismán
convierte al león del tiempo en un caballo preparado
para que lo cabalgue el Mûmin. Es más:
el león se transforma en un al-Burâq, en
un animal fabuloso que transporta al ser humano haciendole
atravesar los siete cielos sacando al hombre de su prisión
y mostrándole el infinito de los Jardines del
Misericordioso en la Majestad de su Grandeza Inmedible.
Es por ello por lo que los perfectos entre los hombres
siempre han preferido la muerte, pues saben a donde
los conduce, han sabido de su esencia, la han reconocido
como paso hacia Allah.
De
igual modo, el anciano había prometido al guerrero
que el patíbulo de la muerte, la disolución
y la separación se convirtirían ante él
en un columpio para su goce, y es porque el que tiene
las claves del Îmân descubre en la sucesión
de las cosas la renovación de los favores que
Allah dispensa al ser humano. La muerte, la disolución
y la separación son las promesas del Creador
incesante, son vestigios de su capacidad. El mundo es
como un espejo que refleja en múltiples imágenes
las posibilidades infinitas de la Verdad Creadora, y
en ese espejo el sabio encuentra el tesoro exuberante
de la riqueza inagotable de su Señor. Y esa abundancia
es una promesa para él, y contempla en ella su
destino.
En
cuanto a los dos ungüentos con los que sanar la
impotencia y la indigencia, has de saber que el primero
de ellos es el Tawakkul, la absoluta confianza que se
ha de depositar en Allah. Y junto al Tawakkul y como
estandarte suyo, está el Sabr, la paciencia.
Reúne en una misma cosa el Tawakkul y el Sabr
quien sabe que el Poder de Allah es inapelable y carece
de obstáculos y por otro lado sabe que Allah
es Misericordioso y Amable hacia sus criaturas.
Efectivamente,
quien es consciente en el seno de su impotencia que
el Sultán del universo tiene entre sus manos
el imperativo al que todas las realidades responden,
¿cómo puede desasosegarse? Al contrario,
es firme en las peores calamidades, pues sabe que todo
viene de Allah y todo vuelve a Allah. Quien conoce a
Allah está seguro en su impotencia, pues el Dueño
de su destino es el Rey Uno que rige todas las cosas.
Si a un recién nacido pudiera preguntársele
cuáles son sus mejores momentos, seguramente
diría: "Cuando mi madre me recoge en su
seno para calmar mi llanto y mi miedo". Y así
es el sabio en el regazo de Allah que sabe que la ternura
de una madre no es más que un ínfimo destello
de la Rahma manifiesta en todas las cosas. Por ello
los perfectos han sabido que hay un placer inmedible
en su propia impotencia, pues es ésta la que
los arrima al calor de Allah, la que los empuja a buscar
la fuente de toda bondad real. Y así, el sabio
es el que deja de fingir que es capaz de algo y se refugia
en su auténtica condición, y encuentra
en su debilidad una fuerza indecible, la de Allah mismo
resguardándolo. Y su consigna es: No hay fuerza
ni poder más que en Allah.
En
cuando al segundo ungüento, has de saber que consiste
en la invocación -Du‘â- y el ruego
-Suâl- dirigido a Allah junto a la satisfacción
-Qanâ‘a- y la gratitud -Shukr-. Y es así
porque el que es huesped en casa de Quien le ha puesto
como alfombra la tierra entera y sobre ella ha depositado
mesas bien servidas, y le ha ofrecido las flores de
la primavera para perfumar su banquete, quien es huesped
de semejante Anfitrión, ¿cómo podría
se desagradecido? ¿cómo podría
dar importancia a su propia pobreza quien es atendido
con opulencia? Al sabio no le pesa su indigencia ni
le resulta dolorosa su precariedad. Al contrario, le
sirven para atreverse a pedir más a Quien lo
tiene todo. Es más, desearía ser más
pobre para poderse llenar de más bienes y recoger
más dones de quien es Dispensador de toda suerte
de beneficios. Quisiera tener más espacios vacíos
en su ser para colmarlos con la infinita riqueza de
su Señor. Y es así como profundiza en
su indigencia para descubrir todo su alcance y exponer
su necesidad absoluta ante su Dueño Absoluto.
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