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De repente vio a un hombre que estaba cortando arbustos
en la ladera de la colina. Se acercó a él
y le dijo: "Hermano, por favor vigila las cabras
para que no se pierdan, pues a mi esposa se le ha olvidado
tontamente mi comida, y debo regresar al pueblo por
ella". Pero el que cortaba los arbustos también
era sordo y no comprendió lo que quería
el pastor.
Entonces le dijo: "¿Porqué habría
de darte alguno de los arbustos que estoy cortando para
mis propios animales? Tengo dos borregos y una vaca
en mi casa, y he de caminar mucho para hallarles comida.
No, vete de aquí, pues no quiero saber nada de
gente como tú, que solo quieren quitarme lo poco
que me pertenece".
E hizo un ademán de burla con la mano, riéndose
estentóreamente. El pastor no oyó lo que
el hombre le dijo y contestó: "Oh, gracias
por aceptar, generoso amigo; iré tan rápido
como sea posible. Bendito seas, ahora me siento tranquilo".
Corrió hacia la aldea y fue hasta su humilde
choza. Encontró a su esposa enferma con fiebre
y a la esposa del vecino atendiéndola. Tomó
su bolsa de comida y regresó corriendo a la colina.
Contó las cabras cuidadosamente y no faltaba
ninguna.
El cortador de arbustos todavía estaba ocupado
en su trabajo, y el pastor dijo para sí:
"¡Caramba, qué excelente persona es
ésta tan digna de confianza! ¡Ha cuidado
mis cabras para que no se extravíen y ni siquiera
busca agradecimiento por su servicio! Lo obsequiaré
con esta cabra lisiada que, de todas maneras, pensaba
matar. Será una rica cena para él y su
familia". De manera que cargando la cabra sobre
los hombros, corrió exclamando: "Oh, hermano,
he aquí un regalo por haber cuidado de mis cabras
mientras yo estaba ausente. Mi pobre esposa tiene fiebre,
y eso lo explica todo. Prepara esta cabra Para tu cena
de hoy; ves, tiene una pata lisiada, y, de todas maneras,
pensaba matarla".
Pero el otro no oyó sus palabras, y gritó
furioso:
"¡Despreciable cabrero, no vi lo qué
pasó mientras estuviste ausente. ¿Cómo
puedo ser responsable de la pata de tu infernal animal?
¡Yo estaba ocupado cortando estos arbustos y no
tengo idea de cómo fue que pasó! Lárgate
de aquí o te golpearé".
El pastor estaba asombrado por los gestos de furia que
hacía el hombre, pero no podía oír
lo que decía, así que llamó a un
hombre que pasaba por ahí, montado en un fino
caballo. "Noble señor, te suplico, por favor,
que me digas de qué está hablando este
cortador de arbustos. Soy sordo, y no sé por
qué me ha rechazado el regalo de la cabra con
tal furia".
El cabrero y el cortador de arbustos le empezaron a
gritar al viajero, que desmontó y caminó
hacia ellos. Era ladrón de caballos y sordo como
una tapia. Se había perdido y quería preguntarles
dónde estaba. Pero, cuando vio los gestos de
furia de los otros dos hombres, dijo: "Sí,
hermanos, robé el caballo, lo confieso, pero
no sabía que os pertenecía. ¡Os
suplico que me perdonéis, pues tuve un momento
de tentación y actué sin pensar!".
"No tuve nada que ver con la pata lisiada de la
cabra” gritaba el cortador de arbustos.
"Haz que me diga por qué no acepta mi regal”
urgía el cabrero. "¡Sólo quería
dársela como una muestra de aprecio!"
“Ciertamente admito haber robado el caballo”
decía el ladrón, "pero soy sordo
y no puedo oír cual de vosotros es el dueño".
En ese momento apareció un viejo derviche por
el camino polvoriento hacia la aldea. El cortador de
arbustos corrió hacia él y tirando de
su manto, dijo: “Venerable derviche, soy un hombre
sordo que no puede entender nada de lo que estos dos
están diciendo. Por favor, juzga sabiamente y
explícanos qué gritan los otros".
Sin embargo, el derviche era mudo y no podía
responder pero se acercó a ellos y observó
detenidamente las caras de los tres sordos, que habían
dejado de hablar. Los miró a uno por uno, por
tanto tiempo y tan fijamente, que empezaron a sentirse
muy molestos.
Los chispeantes ojos negros del derviche profundizaban
en los ojos de los hombres, buscando la verdad, buscando
encontrar algo que le diera la clave de la situación.
Pero los otros comenzaron a sentir miedo de que los
embrujara, o de que fuera a controlar su voluntad de
alguna manera. Y de repente el ladrón saltó
sobre el caballo y se fue galopando. Inmediatamente
el cabrero comenzó a reunir a sus animales y
a conducirlos a la cima de la montaña. El segador
de arbustos, bajando la vista, empacó sus arbustos
en una red y, echándosela a los hombros, corrió
hacia su casa.
El derviche continuó su viaje, pensando que el
habla puede ser una forma de comunicación tan
inútil que seria lo mismo no tenerla.
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