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Por otra parte, se ve a héroes vencedores del
dragón, como Sigfrido en la leyenda nórdica,
comprender al punto el lenguaje de los pájaros;
y esto permite interpretar fácilmente el simbolismo
de que se trata. En efecto, la victoria sobre el dragón
tiene por consecuencia inmediata la conquista de la
inmortalidad, figurada por algún objeto al cual
aquél impide aproximarse, y esta conquista de
la inmortalidad implica esencialmente la reintegración
al centro del ser humano, es decir, al punto en que
se establece la comunicación con los estados
superiores del ser. Esta comunicación es lo representado
por la comprensión del lenguaje de los pájaros;
pues, en efecto, los pájaros se toman con frecuencia
como símbolo de los ángeles, es decir,
precisamente, de los estados superiores.
Hemos tenido oportunidad de citar en otro lugar [2]
la parábola evangélica donde se habla,
en este sentido, de “las aves del cielo”
que vienen a posarse en las ramas del árbol,
ese mismo árbol que representa el eje que pasa
por el centro de cada estado del ser y vincula todos
los estados entre sí [3].
En el texto coránico que hemos reproducido como
lema, se considera que el término es-saffât
designa literalmente a los pájaros, pero a la
vez se aplica simbólicamente a los ángeles
(el-malá’-ikah); y así, el primer
versículo significa la constitución de
las jerarquías celestes o espirituales [4]. El
segundo versículo expresa la lucha de los ángeles
con los demonios, de las potencias celestes contra las
potencias infernales, es decir, la oposición
entre estados superiores y estados inferiores [5]; es,
en la tradición hindú, la lucha de los
Deva contra los Asura, y también, según
un simbolismo enteramente semejante al que estamos tratando
aquí, la lucha del Gáruda contra el Nâga,
en el cual encontramos, por lo demás, la serpiente
o el dragón de que se ha hablado líneas
antes; el Gáruda es el águila, y en otros
casos está reemplazado por otras aves, como el
ibis, la cigüeña, la garza, todos enemigos
y destructores de los reptiles [6]. Por último,
en el tercer versículo se ve a los ángeles
recitar el dhikr, lo cual, en la interpretación
más habitual, se considera que indica la recitación
del Corán, no, ciertamente, del Corán
expresado en lenguaje humano, sino de su prototipo eterno
inscripto en la “tabla guardada” (el-lawhu-l-mahfûz),
que se extiende de los cielos a la tierra como la escala
de Jacob, o sea a través de todos los grados
de la Existencia universal [7]. Análogamente,
en la tradición hindú se dice que los
Deva, en su lucha contra los Ásura, se protegieron
(achhan dayan) por medio de la recitación de
himnos del Veda y que por tal razón estos himnos
recibieron el nombre de chhanda, palabra que designa
propiamente el ‘ritmo’. La misma idea está,
por lo demás, contenida en la palabra dhikr,
que, en el esoterismo islámico, se aplica a fórmulas
ritmadas correspondientes de modo exacto a los mantra
hindúes, fórmulas cuya repetición
tiene por objeto producir una armonización de
los diversos elementos del ser y determinar vibraciones
capaces, por su repercusión a través de
la serie de estados, en jerarquía indefinida,
de abrir una comunicación con los estados superiores,
lo cual constituye por otra parte, de modo general,
la razón de ser esencial y primordial de todos
los ritos.
Nos vemos, pues, reconducidos, como se observará,
a lo que decíamos al comienzo sobre el “lenguaje
de los pájaros”, que podemos llamar también
“lengua angélica”, y cuya imagen
en el mundo humano es el lenguaje ritmado, pues sobre
la “ciencia del ritmo” que comporta por
lo demás múltiples aplicaciones, se basan
en definitiva todos los medios que pueden utilizarse
para entrar en comunicación con los estados superiores.
Por eso una tradición islámica dice que
Adán, en el Paraíso terrestre, hablaba
en verso, en decir, en lenguaje ritmado; se trata de
esa “lengua siríaca” (logah sûryâniyah)
sobre la cual hemos hablado en nuestro precedente estudio
sobre la “ciencia de las letras” [8], y
que debe considerarse como traducción directa
de la “iluminación solar” y “angélica”
tal como se manifiesta en el centro del estado humano.
Por eso también los libros sagrados están
escritos en lenguaje ritmado, lo cual, como se ve, hace
de ellos otra cosa que los simples “poemas”
en el sentido puramente profano del término que
quiere ver el prejuicio antitradicional de los “críticos”
modernos; y, por lo demás, la poesía no
era originariamente esa vana “literatura”
en que se ha convertido por una degradación cuya
explicación ha de buscarse en la marcha descendente
del ciclo humano, y tenía un verdadero carácter
sagrado [9].
Pueden encontrarse rastros de ello hasta en la antigüedad
occidental clásica, en la cual la poesía
era llamada aún “lengua de los Dioses”,
expresión equivalente a las que hemos indicado,
pues los “Dioses”, es decir los Deva [10]
son, como los ángeles, la representación
de los estados superiores. En latín, los versos
se llamaban carmina, designación referente a
su uso en el cumplimiento de los ritos, pues la palabra
carmen es idéntica al sánscrito karma,
que debe tomarse aquí en su sentido particular
de “acción ritual” [11]; y el poeta
mismo, intérprete de la “lengua sagrada”
a través de la cual se transparentaba el Verbo
divino, era el vates, palabra que lo caracterizaba como
dotado de una inspiración en cierto modo profética.
Más tarde, por otra degradación, el vates
no fue sino un vulgar “adivino” [12]; y
el carmen (de donde la voz francesa charme, ‘encanto’),
un “encantamiento”, es decir, una operación
de baja magia; es éste otro ejemplo de que la
magia, e incluso la hechicería, constituye lo
que subsiste como último vestigio de las tradiciones
desaparecidas” [13].
Estas pocas indicaciones bastarán, creemos, para
mostrar cuánto se equivocan quienes se burlan
de los relatos en que se habla del “lenguaje de
los pájaros”; es en verdad demasiado fácil
y harto simple tratar desdeñosamente de “superstición”
todo aquello que no se comprende; pero los antiguos,
por su parte, sabían muy bien lo que decían
cuando empleaban el lenguaje simbólico. La verdadera
“superstición”, en el sentido estrictamente
etimológico (quod superstat), es lo que se sobrevive
a sí mismo, o sea, en una palabra, la “letra
muerta”; pero inclusive esta conservación,
por poco digna de interés que pueda parecer,
no es empero cosa tan desdeñable, pues el espíritu,
que “sopla donde quiere” y cuando quiere,
puede siempre venir a revivificar los símbolos
y los ritos y a restituirles, con el sentido que habían
perdido antes, la plenitud de su virtud originaria.
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Capítulo VII de Símbolos fundamentales
de la ciencia sagrada, ed. Paidós
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