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El Profeta (s.a.s.) dijo: “El demonio se infiltra
hasta el corazón del hombre y corre por sus venas
como la sangre”. A causa de esa ‘irreconocibilidad’
de su naturaleza y de sus orígenes se denomina
‘influencias demoníacas’ a esas perturbaciones
del ánimo. El Profeta (s.a.s.) dijo: “Cada
uno de vosotros tiene un demonio que lo acompaña
y al que está atado”, y le preguntaron:
“¿Y tú también?”, y
respondió: “Incluso yo. Pero mi Señor
me ha dado fuerzas con las que someterlo, y ya sólo
me sugiere el bien”. Ibn ‘Abbâs contó
que un hombre acudió al Profeta (s.a.s.) y le
dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! A veces
me ocurre que el alma me sugiere cosas terribles. En
esos momentos yo preferiría tirarme por un precipicio
antes que contárselo a la gente”, y Rasûlullâh
(s.a.s.) le dijo: “Allah es Más Grande.
Alabanzas a Allah que ha reducido la fuerza de Shaitân
a simples sugestiones”.
Se llama Shaitân, o demonio, al origen enigmático
de los fantasmas que torturan al ser humano en sus adentros.
Es pura ilusión, algo intangible, y por ello
se le llama en esta sûra Waswâs, Murmurador,
siendo una palabra onomatopéyica que sugiere
la idea de ‘susurro’, es decir, es algo
inconcreto que ataca a las fuerzas del hombre y apaga
su luz, pero que, por su inconsistencia, se desvanece
en cuanto el hombre recupera la cordura recordando a
su Señor Verdadero.
Como en el caso anterior, el talismán consiste
en recordar aspectos de Allah que fortalezcan el ánimo
del mûmin y despejen su corazón. Aquí
se trata de rememorar tres de las cualidades de Allah
especialmente implicadas en el asunto y que son pilares
de la ‘Aqîda del musulmán, de su
representación del mundo desde la perspectiva
de las enseñanzas unitarias del Islam. La primera
de esas cualidades es la Rubûbía de Allah,
es decir, su Señorío: qul a‘ûdzu
bi-rábbi nâs, di: Me refugio en el Señor
de las gentes. En segundo lugar, su Mulk, su Dominio
más allá de la presencia inmediata de
su Poder Determinante en cada criatura concreta: máliki
n-nâs, el Rey de las gentes. Y por último,
su Ulûhía, su carácter trascendente
e impensable: ilâhi n-nâs, el Ilâh
de las gentes.
Allah ordena a su Profeta (s.a.s.) -y con él
a todos los musulmanes- que busquen refugio (‘âdza-ya‘ûdz,
refugiarse) en Él. Deben ‘decirlo’
(qâla-yaqûl, decir), deben hacerlo conscientemente,
recordando, deteniéndose en ello, para que su
intención tenga fuerzas. Esto es importante:
las palabras pronunciadas por el hombre tienen capacidad
transformadora porque ‘aclaran’, y lo que
más se necesita cuando algo extraño y
misterioso acecha es iluminarlo con la energía
que Allah ha depositado en las palabras. El articular
sonidos con significado es uno de los mayores dones
que Allah ha hecho al ser humano. Es más, ésa
es la clave de su califato, de su soberanía.
El hombre debe ‘decir’ para ser.
Como ya se ha señalado, son tres las cualidades
de Allah que deben ser rememoradas para deshacer el
daño del mal contra el que se va a luchar en
esta sûra, y que es la perturbación que
producen las fobias.
La primera de las cualidades que deben ser meditadas
es la Rubûbía, el Señorío.
Allah es Rabb, el Señor de todas las cosas, y
en especial de las gentes (nâs), de los seres
humanos, que son las criaturas que son atacadas por
las obsesiones. El Nombre de Allah ‘Rabb’
implica que Él es el que rige desde dentro a
la criatura, el que la gobierna, el que la activa, el
que la hace avanzar, el que la orienta, el que la cultiva
y el que la hace crecer. Él es el verdadero y
único motor en cada ser.
La segunda cualidad es el Mulk, el Dominio. Es el Rey
(Málik) de los mundos. El Málik es más
que una presencia rectora en cada criatura, es el Uno
que conjuga la existencia entera bajo su imperio. El
Todo le pertenece y Él interviene en su conjunto
con un Dominio al que nada escapa. Si la Rubûbía
implica cercanía de Allah, el Mulk nos habla
de su majestad.
La tercera es la Ulûhía, el carácter
trascendente, inasequible e insondable de la realidad
de Allah. Allah recibe entonces el Nombre de Ilâh,
la Verdad Abismal cuyo efecto en los hombres es despertar
en ellos la perplejidad al descubrirse incapaces de
penetrar en lo que sea Allah. La Ulûhía
implica que el Señorío y el Domino de
Allah se realizan de modo sutil, imperceptible, pero
eficaz y absoluto, y penetra hasta lo más recóndito,...
en este caso, ahí donde nacen las obsesiones
del hombre, el lugar ignoto de su ser del que emergen
sus pesadillas, sus manías, su intolerancia para
consigo mismo o para con los demás..., y que
no son sino oscuridades ficticias, nacidas con el egoísmo
y que pretenden ocultar la Luz esencial que brilla dando
existencia a la criatura.
Allah es Rabb-Málik-Ilâh de todas las cosas,
pero la mención de las gentes (nâs) tras
cada uno de estos tres Nombres básicos entraña
una noción de particular proximidad al género
humano. Por otro lado, es el hombre el que puede llegar
a ser consciente de esas cualidades y buscar con su
esfuerzo la seguridad que implican, eliminando todo
lo que le aparte del Uno Original. Allah ordena al musulmán
que busque refugio en esos pilares de la Unidad de la
Verdad Creadora... min shárri l-waswâsi
l-jannâs, contra el mal del Murmurador que retrocede.
El Corán enseña a los musulmanes que deben
resguardarse en la evocación de las cualidades
de Allah mencionadas más arriba para anular un
mal (sharr) sibilino, un mal que llega de manera siniestra
y anida en el corazón y se mueve por él
imperceptiblemente sin que se sepa a ciencia cierta
cómo llega al corazón o cómo actúa
en él. El Corán habla de un murmurador
(waswâs) que provoca un murmullo (wáswasa),
que es una voz baja, casi inaudible, pero de gran efecto
sobre el ánimo, y dice de ese murmurador -que
obsesiona al corazón con sus intrigas-, dice
de él que es jannâs, que retrocede ante
el Recuerdo de Allah, es decir, es absolutamente inconsistente
y carece de fuerza en sí. Sólo el descuido
y el olvido del hombre le conceden energías y
eficacia.
En el versículo siguiente el Corán describe
la acción del murmurador: al-ladzî yuwáswisu
fî sudûri n-nâs, el que murmura en
los pechos de las gentes. El murmurador, el ambiguo
causante del mal del murmullo, murmura (wáswasa-yuwáswis,
murmurar) en los pechos (sudûr, plural de sadr,
pecho), no en los oídos. Es el que se infiltra
hasta los corazones, el que genera ofuscaciones, rarezas,
intranquilidad, manías,... Por último,
el Corán nos dice quién es ese murmurador:
min al-ÿínnati wa n-nâs, ya sea del
número de los ÿinn, o del de las gentes.
El murmullo que inquieta el corazón puede tener
como causante algo misterioso (un ÿinní,
o genio, demonio, en plural ÿinna o ÿinn),
o bien puede ser su causa un intrigante humano, alguien
del número de las gentes (nâs), pero que
por su manera de actuar siembra insidias y querellas
actuando al modo de esos demonios interiores que nunca
se presentan de una manera clara.
El mal que producen estos murmuradores no puede ser
atajado por el hombre ya que no pasa por el filtro de
la razón sino que ataca a las emociones. Sólo
Allah puede evitar que su daño sea irreversible,
y por ello a Él se acude directamente, pues tiene
las cualidades necesarias para detener ese mal, tal
como han sido mencionadas al principio de la sûra.
El texto empieza describiendo al causante de ese mal:
es el Waswâs Jannâs, el Murmurador que retrocede.
A continuación delimita su acción: es
el que murmura al pecho. Por último, dice quién
es: o un demonio espiritual o un demonio humano. Este
orden busca despertar en el musulmán un estado
de alerta y atención ante su enemigo, su modo
de actuar y las formas bajo las que se disfraza. Con
este conocimiento queda habilitado para combatirle.
Si no sabe quién es su enemigo ni cómo
actúa, estará su merced.
El Murmurador es todo creador de insidias, al modo en
que imaginamos que lo hace un demonio -que es lo que
causa mal sin dejarse percibir-. Es muy difícil
combatir al Murmurador, que juega con las sospechas,
los deseos más íntimos, las inclinaciones,...sobre
todo si es de índole espiritual. Pero cuando
se reconocen en uno mismo los efectos de sus intrigas,
es posible detectar la enfermedad y acudir al Remedio,
que es Allah mismo. Nada sabemos del murmullo de origen
espiritual, el que producen los ÿinn. Sólo
sabemos que está ahí, que se nos escapa
el origen de la mayoría de nuestras obsesiones
y manías. Sabemos que ésa es una lucha
que acompaña al ser humano desde sus principios,
retratada en el Corán en el relato que hace de
la tensión entre Adán y Shaitân.
Sabemos que todo se inicia con la arrogancia, con la
aparición del ego. Según Ibn ‘Abbâs,
Rasûlullâh (s.a.s.) dijo: “Shaitân
está recostado acechante sobre el corazón
del ser humano. Cuando el hombre recuerda a Allah, Shaitân
retrocede. Cuando el hombre olvida, Shaitân comienza
a murmurarle”. Pero también el Corán
nos enseña que es posible derrotar esa causa
espiritual de las obsesiones y las pesadillas. La sinceridad
pura en la orientación del ser humano hacia su
Verdadero Señor es lo que disuelve ese peligro.
En cuanto al modo en que la gente introduce insidias
en los corazones de los hombres, sí sabemos de
ello. El mal compañero que siempre está
sugiriendo maldades y lo hace de modo que apenas se
perciben sus verdaderas intenciones porque antes se
ha ganado la confianza de su amigo. Los consejeros perversos
que añaden leña a la perversidad de un
tirano.
El calumniador que sabe adornar sus palabras para hacerlas
creíbles y seductoras. El traficante de necedades
que inventa para las gentes necesidades que no existen...
Hay decenas de ejemplos de murmuradores que no hablan
a la inteligencia de los seres humanos sino que tienden
trampas escondidas y abren resquicios en los corazones
para entrar por ellos hasta lo más íntimo
y derramar ahí el veneno de la inquietud y la
angustia, al modo en que imaginamos que actúan
los demonios espirituales. Es muy sugerente que el Corán
acabe en estos dos talismanes. El musulmán se
recoge con ellos contra todo lo que le desequilibre,
todo lo que distorsione la claridad y radicalidad de
su ‘Aqîda, y hace de ésta la cordura
con la que disipa cuanto confunde a los hombres y los
somete a su arbitrio y su terror. Con estas últimas
palabras del Corán el mûmin queda protegido
y firmemente asentado en la luz del Tawhîd.
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