Si
hacemos a un lado el concepto erróneo y truncado
del hombre como criatura formada sólo por cuerpo
y mente, concepto que se debe más que a cualquier
otra cosa al dualismo cartesiano y a una mala comprensión
de ciertos dogmas del escolasticismo, y retornamos a
la concepción tradicional del hombre compuesto
de cuerpo, alma y espíritu (el corpus, anima
y spiritus del hermetismo y otras doctrinas sapienciales)
la pertinencia de los estados espirituales se hace más
clara. El Espíritu es como el cielo, resplandeciente
e inmutable sobre los horizontes del alma. Es un mundo
que, aunque todavía no es Al-lâh, es inseparable
de Él, de modo que alcanzarlo es ya estar en
el atrio del Yanna y en la proximidad de lo divino.
También el cuerpo lleva en su existencia objetiva
y natural, aunque no necesariamente en su prolongación
subjetiva en la psique, los «vestigios del Creador»
(vestigia Dei), de modo que puede ser considerado
como el templo del Espíritu y puede desempeñar
un papel completamente positivo en el proceso mismo
de realización espiritual (2).
Lo
que resta del hombre, a saber, el alma o anima, es precisamente
la materia del trabajo espiritual. Es el plomo que debe
ser transformado en oro, la luna que debe desposarse
con el sol y al mismo tiempo el dragón que debe
ser muerto para que el héroe pueda alcanzar el
tesoro. El hombre en su estado impenitente y «caído»,
por usar la terminología cristiana, es el sujeto
al que se dirigen los tratados sobre disciplina espiritual.
El hombre en tal estado es precisamente aquel que únicamente
se identifica con su mente o substancia psíquica,
sin darse cuenta de que ésta no es sino un reflejo,
en el plano psíquico, del Intelecto. Se identifica
a sí mismo con el alma que todavía no
ha experimentado el contacto liberador con el Espíritu
y vive encarcelado en un mundo de impresiones sensibles
derivadas del cuerpo, junto con las inferencias lógicas
extraídas de dicho mundo y en un laberinto subjetivo
y oscuro que está lleno de impulsos apasionados.
El sendero espiritual no es otra cosa que el proceso
de desenredar las raíces del alma del mundo psicofísico
al que están atadas y sumergirlas en lo divino.
Significa, pues, una transformación radical del
alma, hecha posible por la gracia de la revelación
y la iniciación, hasta que el alma se hace merecedora
de convertirse en novia del Espíritu y celebrar
la unión con él. Para alcanzar a Al-lâh,
el alma debe llegar a parecerse a Al-lâh. De aquí
la importancia de las estaciones y estados espirituales
que el alma debe experimentar y de las virtudes espirituales
que debe adquirir, las cuales señalan los grados
de ascensión del alma hacia Al-lâh. De
hecho, cada virtud es una estación a través
de la cual debe pasar el alma y experimentarla de forma
permanente.
Si
recordamos la bien conocida definición de sufismo
dada por Junayd —«el sufismo es que Al-lâh
te haga morir a ti mismo y resucitar en Él»
(3)— comprenderemos que el logro de las virtudes
espirituales y sus estados y estaciones correspondientes
son otras tantas etapas en la muerte del alma respecto
a su naturaleza vil y accidental y en su resurrección
in divinis.
Ésta es la razón por la que la más
alta de las virtudes es la veracidad, que se opone a
todas las tendencias obscuras del alma, y la estación
más elevada es la subsistencia en Al-lâh,
que no es otra cosa que la resurrección en Él.
La meta del sufismo es por supuesto llegar a Al-lâh,
la Realidad (al-haqq), y no el conseguir una estación
en particular. Pero dado que el hombre no es sólo
una inteligencia que puede discernir la Verdad y conocer
el Absoluto, sino que también es una voluntad,
las virtudes son una concomitancia necesaria de la adhesión
total del hombre a la Realidad. Pues, «la realidad,
cuando aparece en el nivel de la voluntad, se convierte
en virtud, y es entonces veracidad y sinceridad»
(4). Del mismo modo, dado que la meta del sufismo es
Al-lâh y no el mundo de la acción ni ningún
beneficio terrenal, las virtudes no son sólo
actos morales, sino también estados internos
que nunca están separados de la significación
intelectual y espiritual que acompaña al mundo
del espíritu. «Las verdades nos hacen comprender
las virtudes y les dan toda su plenitud cósmica
y toda su eficacia espiritual. Las virtudes, por
su parte, nos introducen en las verdades y las
transforman para nosotros en realidades concretas, vistas
y vividas» (5).
Si
la exposición de los estados espirituales en
el sufismo es inseparable de la de las virtudes (mahâsin
o fadâ’il), es debido precisamente a que
en el sufismo una virtud no es vista como un acto o
un atributo externo sino como una forma de ser. Tiene
un aspecto ontológico definido. Esta es la razón
por la que en la clásica enumeración de
los estados y estaciones del alma nos encontramos siempre
con la enumeración de las virtudes. Un estado
o estación como la paciencia (Sabr) o la confianza
(tawakkul), es una virtud, lo cual significa que cuando
el alma alcanza tal estado no sólo posee la virtud
en cuestión como un accidente, sino que su misma
substancia es transformada por ella de modo que, en
cierto sentido, durante esa etapa de la Vía ella
misma es esa virtud. Esta dimensión ontológica
de las virtudes es lo que hace que su exposición
sea inseparable de la de los estados espirituales, tal
y como vemos en numerosos tratados sufíes, antiguos
y recientes. Por supuesto, los sufíes nunca se
cansan de recalcar que la meta del sufismo no es poseer
tal virtud o tal estado como tales, sino llegar a Al-lâh,
más allá de todos los estados y virtudes.
Pero para alcanzar lo Transcendente, más allá
de las virtudes, el hombre debe primero poseer las virtudes;
para alcanzar la estación de aniquilamiento y
subsistencia en Al-lâh el hombre debe haber atravesado
ya el resto de estados y estaciones.
«Los
sufíes», dice Abu’l-Hasan al-Nûri,
uno de los discípulos de Junayd, «son
aquellas personas cuyas almas se han despojado de la
impureza de la naturaleza humana [en su aspecto puramente
terrenal]. Son aquellos que se han purificado de
la vileza del alma carnal y se han liberado del deseo
hasta llegar a reposar con Al-lâh en el primer
plano y en el más alto grado. Ellos se apartaron
de todo lo que no fuera Él. Nada poseen y nada
les posee» (6). Es esta purificación del
alma y esta liberación de toda pasión
y deseo carnal la que hace necesario el cultivo de las
virtudes y el pasar por las estaciones espirituales.
Si el alma no hubiese estado separada del Espíritu
por el velo de la ignorancia, hubiese poseído
ya las virtudes y no hubiera tenido ya ninguna necesidad
de cultivarlas. Pero precisamente porque el velo está
ahí, separando al alma de la luz del Espíritu,
que es lo único que puede capacitarla para obtener
un conocimiento directo de Al-lâh, debe existir
una disciplina espiritual y una muerte y resurrección
del alma de modo que ésta se adorne de virtudes,
haciéndose así merecedora de la Presencia
divina.
En
el Mahâsin al-majâlis, que contiene una
de las exposiciones más profundas que pueden
encontrarse en el sufismo, sobre las virtudes espirituales,
el sufí marroquí (7) Ibn al-‘Arif,
escribe:
«Si
no hubiese habido la obscuridad de la existencia separativa,
sin duda la luz de lo invisible se habría manifestado.
Si no hubiese existido la tentación del alma
carnal, se habría levantado el velo, con toda
certeza. Si no hubiese habido causas de naturaleza creada,
la divina Omnipotencia habría emergido a plena
luz. Si no hubiese habido hipocresía alguna,
la gnosis habría sido pura. Si no hubiese habido
codicia, con seguridad el amor a Al-lâh habría
arraigado firmemente [en el alma]. Si no hubieran quedado
algunos placeres terrenales, ciertamente el fuego del
apasionado amor a Al-lâh habría consumido
los espíritus [de los hombres]. Si el sirviente
hubiese cesado de existir, el Señor sería
contemplado. Por eso, cuando los velos son alzados por
la interrupción de estas causas parciales
y los obstáculos son salvados gracias a la amputación
de estos vínculos terrenales, entonces llega
lo que ya fue dicho (por Hallâj):
»Te
ha sido revelado un secreto que durante mucho tiempo
había estado oculto para ti; ha resplandecido
una aurora cuya obscuridad eres tú.
»Tú
eres el velo que esconde a tu corazón el secreto
de Su misterio; pues sin ti nunca se habría puesto
un sello sobre tu corazón [que te priva de la
visión de Al-lâh].
»Si
te ausentas de tu corazón, Él mismo, se
instalará allí y sus tiendas de campaña
se extenderán por el otero de la bien preservada
revelación.
»Y
allí se creará un coloquio divino cuya
audición nunca es tediosa y cuya prosa y poesía
se hará intensamente deseable» (8).
El
viaje por la senda espiritual está lleno de encuentros
que se repiten constantemente entre el alma y el Espíritu,
algunos pasajeros y algunos permanentes, hasta que el
salvaje e indomable corcel del alma es disciplinado
y ensillado y el alma se impregna, de la fragancia del
Espíritu, lo que resulta en la transformación
de su propia substancia. En las experiencias del alma
que sigue la Senda los sufíes distinguen entre
estados permanentes y pasajeros, a los primeros los
denominan maqâm (plural maqâmât)
o técnicamente «estación»,
y a los segundos hâl (plural awhâl) o técnicamente
«estados».
En
el sufismo, el examen de los estados espirituales, en
el sentido amplio de dicho término, se ocupa
esencialmente de los ahwâl y las maqâmât,
que naturalmente por las razones arriba mencionadas,
son inseparables de las virtudes. Un hombre que todavía
no ha sentido la atracción divina y no ha entrado
en la senda espiritual se consuela a sí mismo
con el mundo de la multiplicidad y normalmente
no sabe nada acerca de los estados espirituales. Como
dice, Niffarî, «cuando yo (Al-lâh)
estoy ausente, junta tus infortunios y toda existencia
fenoménica vendrá a consolarte de mi ausencia.
Si escuchas, obedecerás, y si obedeces, no me
verás» (9). Pero una vez que por la gracia
de Al-lâh llega la atracción divina (jadhb)
y el alma empieza a practicar la disciplina espiritual
ofrecida por el sufismo, el hombre empieza a pasar por
estas experiencias que comprenden los estados (ahwâl)
y las estaciones (maqâmât).
Los
sufíes han debatido ampliamente la cuestión
de los ahwâl y las maqâmât y las diferencias
entro ambos. Debido a que cada uno ha hablado desde
un maqâm en particular, según el verso
de Shabistarî en su Gulshan-i râz:
En
cuanto a los santos que están antes y después
en esta vía,
cada uno de ellos nos informa de sus propias etapas...
Puesto que el lenguaje de cada uno de ellos es acorde
con su grado de progreso
son difíciles de comprender por la gente (10).
sus
palabras difieren exteriormente aunque el significado
interno de todas sus máximas converge hacia la
misma inefable realidad.
Los
textos clásicos de sufismo abundan en definiciones
técnicas del hâl y del maqâm y de
las diferencias básicas entre los dos. El término
hâl es utilizado a veces para significar un estado
del alma (11) o un modo de ser en general. Ghazzâlî
en su Ihyâ’ ‘ulûm al-dîn
lo usa en su sentido técnico como el estado del
alma de la persona que practica el sufismo y está
viajando por la Vía. Este autor escribe: «Todas
las estaciones religiosas están compuestas de
tres elementos: conocimiento divino, estados del
alma (ahwâl) y actos» (12). La mayoría
de los autores han definido el hâl en conexión
y en contraposición con el maqâm, de suerte
que Ghazzâlî escribe más adelante
en el Ihyâ’ ‘ulûm al-dîn
que «la cualificación (wasf) es denominada
“estación” (maqâm) si es estable
y perdura, y es denominada “estado del alma”
(hâl) si pasa y desaparece sin tardar... Lo que
no es estable se denomina “estado del alma”
porque desaparece para ceder su lugar a otro [estado]
rápidamente. Y esto es verdad para todas las
cualificaciones del corazón» (13).
En
su famoso al-Ta‘rifât, Jurjânî
hace una distinción similar, y también
subraya el esfuerzo necesario para conseguir un maqâm
y el carácter del hâl como don de Al-lâh:
«Un hâl, para las “gentes de la realidad”
(ahl al-haqq) (los sufíes) tiene un significado
espiritual que produce eco en el corazón sin
afectación. No es ganado ni adquirido, ya se
trate de alegría, tristeza, contracción,
expansión o calma. Cesa con la aparición
de los atributos del alma carnal, tanto si le sigue
lo que se le parece como si no... Los ahwâl son
dones de Al-lâh, mientras que los maqâmât
son adquiridos. Los ahwâl provienen de la fuente
de la generosidad divina y los maqâmât se
obtienen mediante el esfuerzo». (14)
Esta
distinción se hace más clara en la descripción
del hâl y el maqâm dada por Hujwîrî,
antigua autoridad sobre sufismo, que en su Kashf
al-mahûb, escribe: «La estación (maqâm)
denota la “posición” de alguien en
la Vía de Al-lâh, su cumplimiento de las
obligaciones correspondientes a dicha “estación”
y su permanencia en ella hasta que comprende su perfección
en la medida en que ello está en poder de un
hombre. No es permisible que abandone su “estación”
sin el pleno cumplimiento de las obligaciones que ella
trae consigo. Así pues, la primera estación
es la orientación [hacia Al-lâh] (tawbat),
después la conversión (inâbat),
el renunciamiento (zuhd), la confianza en Al-lâh
(tawakkul), y así sucesivamente. No es permisible
que alguien pretenda la conversión sin la orientación,
o la renunciación sin la conversión, o
la confianza en Al-lâh sin la renunciación.
»Por
otra parte, el estado (hâl) es algo que desciende
de Al-lâh al corazón del hombre, sin que
éste sea capaz, su propio esfuerzo, de rechazarlo
cuando viene ni de atraerlo cuando se va. Por consiguiente,
mientras el término “estación”
denota el camino del que busca, sus rezos en el campo
del esfuerzo y su posición ante Al-lâh
en proporción a sus méritos, el término
“estado” denota el favor y la gracia que
Al-lâh confiere al corazón de su siervo,
y que no guarda conexión con mortificación
alguna por parte de éste. La “estación”
pertenece a la categoría de los actos, el “estado”
a la categoría de los dones. De aquí que
el hombre que posee una “estación”
se encuentra en ella por su propia auto-mortificación,
mientras que el hombre que posee un “estado”
está muerto hacia sí mismo y se encuentra
en un “estado” que Al-lâh crea en
él» (15).
La
mayoría de los sufíes han aceptado esta
distinción mayor entre los dos tipos de
experiencia espiritual o estado que el alma goza en
su viaje espiritual, aunque unos pocos como Hârith
al-Muháâsibî creyeron en la posibilidad
de la permanencia del hâl así como
del maqâm. El carácter transitorio del
hâl, tal como lo subrayan la mayoría de
los sufíes, denota sin embargo una realidad profunda
que debe ser considerada en cualquier exposición
completa de la vida espiritual. Como resultado de la
disciplina espiritual el adepto puede obtener una estación
(maqâm) que es permanente, como se ha visto más
arriba, en el sentido de que el discípulo asciende
en la escala del ser a un nuevo nivel de existencia
y de conciencia. Poseer un maqâm es una posición
elevada y no todos los aspirantes de una orden sufí
alcanzan tal condición.
Pero
dado que Al-lâh es misericordioso y generoso,
otorga al discípulo por el cauce de estas mismas
cualidades una chispa ocasional de luz divina que por
un momento ilumina su alma y lo pone en un estado más
allá de sí mismo. Un hâl es un don
divino que le puede sobrevenir tanto al que inicia el
Camino como al más avezado sufí que posee
Una elevada estación. De hecho, ocasionalmente,
también le puede sobrevenir a un no iniciado,
si está espiritualmente dispuesto a la recepción
de la gracia del Cielo. La gracia divina (barakah) fluye
con demasiado vigor por las arterias del universo como
para no alcanzar ocasionalmente incluso a hombres que
no están siguiendo la Vía. La expansión
del alma y el sentimiento de alegría que
experimenta al ver un rostro hermoso u oyendo una bonita
melodía —que a su manera rompen la influencia
«contractiva» que el ambiente cósmico
ejerce sobre el alma—, prefiguran el hâl
de los que viajan por el Sendero. Esta es la razón
por la que en árabe y en persa el término
hâl ha llegado a adquirir un significado más
amplio que su definición estrictamente sufí,
el de una insólita y al mismo tiempo positiva
experiencia del alma que por un momento la lleva fuera
de sus confines habituales. Pero este segundo significado
revela el profundo nexo que vincula el alma del hombre,
e incluso del hombre que no ha dado paso consciente
de consagrarse a la Vía, a la Barakah que fluye
en el cosmos y por supuesto todavía más
al mundo del Espíritu, que permanece accesible
al hombre mientras permanece en el estado humano.
El
carácter transitorio del hâl indica sin
embargo la necesidad de perseverancia y esfuerzo
continuo hasta que el hombre alcanza el maqâm
de proximidad permanente. Mientras no se ha alcanzado
este maqâm, el sufí, o dicho más
correctamente, el faqîr o darwîsh,
siempre puede tener un hâl que le haga transcender
su estado de ser espiritual. El poeta Sa’di en
su Gulistán resume con belleza el carácter
del hâl cuando escribe:
«Alguien
preguntó al hombre que había perdido a
su hijo [una referencia a la historia de Jacob y Yusuf
tal como es relatada en el Corán]:
“¡Oh
noble e inteligente anciano!
Tu que has percibido el olor de sus vestiduras desde
Egipto
¿por qué no le has visto en el pozo de
Canaán?”
Él
respondió:
“Mi
estado (hâl) es como el rayo que salta.
En un momento dado aparece y en otro desaparece.
A veces estoy sentado en el alto cielo
y a veces no puedo ver la parte inferior de mis pies.
A un derviche que permaneciera siempre en este estado,
no le importarían los dos mundos» (16).
En
contraste con la efímera naturaleza del hâl,
la permanencia del maqâm implica que sólo
puede ser superado cuando se posee por completo y se
han cumplido todas sus condiciones. Además, alcanzar
un maqâm superior significa continuar poseyendo
el maqâm anterior, y no verse privado de él.
Los maqâmât son, en realidad, otros tantos
estados del ser o grados de conciencia que conducen
a la unión, y mantienen una relación
en un orden jerárquico, de modo que incluso cuando
son transcendidos siguen siendo una posesión
permanente del buscador que ha pasado por ellos. Además,
poseer un maqâm significa no sólo experimentarlo
exteriormente, sino también ser transformado
completamente por él y, como ya se ha mencionado,
ser en cierto sentido ese maqâm. Sobre la sinceridad
(sidq), que es uno de los más elevados maqâmât,
y en cierto sentido la coronación de todas las
virtudes, el sufí Abú Sa’îd
al-Kharrâz escribe:
«Así,
sus características y estados cambian y se le
hacen fáciles, y de cada estación que
sobrelleva y sufre por amor a Al-lâh, buscando
su favor, obtiene una recompensa de bienes similar.
Así cambia su carácter y su intelecto
se reaviva: la luz de la verdad se aloja en él,
y él se familiariza con ella; los malos deseos
huyen de él, y sus tinieblas se extinguen. Es
entonces cuando la sinceridad y sus características
pasan a formar parte de su naturaleza: no encuentra
nada bueno sino eso, y sólo con ello se asocia,
pues no se contenta con ninguna otra cosa»
(18).
Por
lo que respecta a una descripción real de los
ahwâl y los maqâmât, existen muchas
maneras con las que los sufíes han descrito esas
etapas que conducen del hombre a Al-lâh. Especialmente
en el caso de los ahwâl es muy difícil
limitarlos a un número dado. En uno de los más
antiguos textos autorizados del sufismo, el Kitâb
al-luma’, Abû Nasr al-Sarrâj enumera
diez estados del alma (ahwâl):
1)
Atención constante (murâqabah),
2)
proximidad (qurb),
3)
amor (mahabbah),
4)
temor (khawf),
5)
esperanza (rajâ’),
6)
anhelo espiritual (shawq),
7)
familiaridad (uns),
8)
tranquilidad (itmi’nân),
9)
contemplación (mushâhadah),
10)
certidumbre (yaqin) (19).
Pero,
puesto que un hâl es un don divino, puede tomar
muchas formas y colores, y, como ya se ha dicho anteriormente,
sus variedades son difícilmente enumerables.
Los anteriormente citados deben considerarse, sin duda
alguna, entre los estados fundamentales, aunque algunos
de ellos también pueden convertirse en permanentes,
de forma que ciertos sufíes posteriores han incluido
algunos de dichos ahwâ1 entre los maqâmât.
El viaje del alma hacia Al-lâh incluye demasiados
elementos imponderables para poder reducirlo a
un esquema. De hecho, todos los esquemas son sólo
una ayuda para el alma en su viaje.
Para
conocer todos los estados y estaciones que se encuentran
a lo largo de la Vía uno debe estar efectivamente
en uno de ellos.
En
virtud de su permanencia y estabilidad, las estaciones
son algo más fáciles de enumerar que los
estados, aunque también aquí existen numerosas
formas de describir los pasos que separan al hombre
de Al-lâh. Es lo mismo que querer describir el
número de pasos que uno debe dar para escalar
una montaña. Se conoce el principio y el final,
así como las peculiaridades más importantes
del camino. Pero el número efectivo y los detalles
de cada etapa dependen del escalador así como
del sendero y de su principio y su fin. El Kitâb
alluma’ menciona siete maqâmât
que se han hecho famosos en el sufismo posterior y que
incluyen la orientación (tawbah), la abstención
(wara), el ascetismo (zuhd), la pobreza (faqr), la paciencia
(sabr), la confianza (tawakkul) y el contento (ridâ).
Otros sufíes como ‘Alâ’ al-Dawlah
Simnânî han descrito los maqâmât
en términos de los «siete profetas»
del ser interior de uno mismo, correspondiendo cada
profeta a uno de los estados interiores del hombre así
como a las virtudes (21). Todavía otros como
Khwâjah ‘Abdul-lâh Ansârî
han entrado en mayor detalle al dividir las etapas de
la ascensión del hombre hacia Al-lâh
en cien estaciones (22). Pero en todas estas descripciones
las características principales de las estaciones
que marcan el viaje hacia Al-lâh son las mismas.
Una
de las más antiguas y bellas exposiciones de
los maqâmât en el sufismo son las Cuarenta
Estaciones (Maqâmât-i arba ‘în)
del maestro sufí del siglo cinco (once) Abû
Sa’îd ibn Abi’l-Khayr, conocido en
occidente por sus notables cuartetas (23). El texto
original de las Cuarenta Estaciones ha sido publicado
recientemente por primera vez (24). Debido a la importancia
de este antiguo texto y también debido a su simplicidad,
belleza y claridad, damos a continuación su traducción
completa a fin de permitir que el lector guste directamente
de una descripción de los maqâmât
tal como la dio uno de los más grandes maestros
sufíes (25):
Maqâmât-i
arba ‘în (Las cuarenta Estaciones) de Abû
Sa’îd ibn Abi’l-Khayr
«Con
el nombre de Al-lâh el Rahmân el Rahîm,
en Él está nuestro refugio.
»El
Shaykh, el viajero de la senda espiritual, el devoto
de Al-lâh, el rey de los santos entre los que
han buscado la Verdad, Abû Sa’îd
ibn Abi’l-Khayr, que Al-lâh ilumine su espíritu,
ha dicho que el sufí debe poseer cuarenta estaciones
(maqâmât), si su avance por la senda del
sufismo ha de ser aceptable:
»La
primera estación es la intención (niyyat).
El sufí debe poseer una intención tal
que si le dieran este mundo y sus bendiciones y el otro
mundo y su Yanna o sus calamidades y aflicciones, daría
este mundo y sus bendiciones a los infieles el otro
mundo y el Jardín a los creyentes y guardaría
la calamidad y la aflicción para sí.
»La
segunda estación es la conversión (inâbat).
Si él está en soledad espiritual (khalwat)
ve a Al-lâh. Los cambios de este mundo no alteran
su secreto interior y las calamidades enviadas por el
Cielo no hacen que el pájaro de su amor se aleje.
»La
tercera estación es la orientación hacia
Al-lâh (tawbat). Todos los hombres se alejan de
lo que está prohibido (harâm) y no comen
de lo prohibido por miedo a sufrir castigo. Ellos [los
sufíes] se alejan de lo que es lícito
(halâl) y comen de lo que es lícito por
miedo a sentirse afligidos por lo que está prohibido
y es dudoso.
»La
cuarta estación es el discipulado (irâdat).
Todos los hombres buscan la comodidad y con ella la
riqueza y las bendiciones mundanas. Ellos buscan la
aflicción y con ello el dominio y la santidad.
»La
quinta estación es la lucha espiritual (mujâhadat).
La gente busca multiplicar el diez en veinte. Ellos
tratan de convertir el veinte en nada.
»La
sexta estación es la atención constante
(murâqabat). La atención constante es mantener
el alma en retiro espiritual hasta que necesariamente
el Señor del Universo le preserve a uno de cometer
pecado.
»La
séptima estación es la paciencia (Sabr).
Si el desastre de los dos mundos cae sobre ellos, ni
siquiera darán un suspiro. Y si el amor de la
humanidad desciende sobre ellos, no cesarán
de caminar por el camino de la paciencia.
»La
octava estación es la invocación (dhikr).
En su corazón Le conocen y con su lengua Le invocan.
Siempre que se hallan en un callejón sin salida,
no conocen otro camino que el que les lleva a su presencia.
»La
novena estación es el contento (ridâ).
Si se encuentran sin qué vestir son felices,
y si se hallan sin qué comer, son felices. Nunca
moran en la casa del deseo propio.
»La
décima estación es la oposición
al alma carnal (mukhâlafai-i nafs). Durante
setenta años su alma carnal grita en agonía
con el deseo de recibir un aislado favor y no recibe
más que dolor y privación.
»La
undécima estación es la conformidad (muwâfaqat).
Desastre y bienestar, favor y privación, es todo
lo mismo para ellos.
»La
duodécima estación es la entrega (taslîm).
Si la flecha del destino les hace frente desde el oculto
lugar de la calamidad, ellos mismos se colocan
en la catapulta de la entrega y se descubren ante la
flecha del destino, haciendo de su alma y corazón
un escudo ante ella. Frente a la flecha del destino
permanecen inmóviles.
»La
decimotercera estación es la confianza (tawakkul).
Ellos no piden nada ni a las criaturas ni a Al-lâh.
Sólo adoran a Al-lâh por Sí mismo.
No hay intercambio de preguntas y respuestas. En consecuencia,
el Señor del Universo les permite lograr el objeto
de su deseo cuando están necesitados, y no hay
en ello ningún cálculo.
»La
decimocuarta estación es el ascetismo (zuhd).
De toda la riqueza de este mundo, ellos sólo
poseen un manto remendado de cien pedazos hecho de muselina,
una estera y un pedazo de fieltro. Y dicha capa es mil
veces más estimada para ellos que un elegante
traje escarlata y un vestido suntuoso.
»La
decimoquinta estación es la adoración
(‘ibâdat). Durante todo el día
están ocupados en la lectura del Corán
y la invocación del Nombre Al-lâh, y durante
la noche, permanecen de pie. Sus cuerpos buscan
prestar servicio, sus corazones desbordan de amor hacia
el Uno, sus cabezas rugen en la búsqueda de la
contemplación del Rey.
»La
decimosexta estación es la abstención
(wara’). Ellos no toman cualquier clase de alimento,
ni visten cualquier clase de ropas. No se sientan en
compañía de cualquier tipo de personas
ni escogen la compañía de nadie más
que de Al-lâh, exaltado sea.
»La
decimoséptima estación es la sinceridad
(ikhlâs). Durante toda la noche oran y durante
todo el día ayunan. Si su alma carnal no obedece
y después observan la obediencia, venderán
cincuenta años de obediencia por beber un sorbo
de agua y entregarán estos cincuenta años
a un perro o a cualquiera. Y entonces dirán:
“¡Oh alma! ¿comprendes ahora que
lo que hiciste no era digno de Al-lâh?”
»La
decimoctava estación es la veracidad (sidq).
Ellos no dan ni un solo paso sin veracidad y no hacen
ni una sola respiración salvo en la verdad. Sus
lenguas hablan de sus corazones, sus corazones de sus
secretos interiores y sus secretos interiores de
Al-lâh.
»La
decimonovena estación es el temor (khawf). Cuando
contemplan Su justicia, se funden de miedo, y no
tienen ninguna esperanza de ser obedientes [a los mandamientos
de Al-lâh].
»La
vigésima estación es la esperanza (rajâ).
Cuando ellos consideran Su gracia, se ufanan con alegría
y no sienten miedo ni terror.
»La
vigésimo primera estación es la aniquilación
(fanâ). Ellos funden sus almas carnales en el
crisol de la aniquilación y se aniquilan con
respecto a todo lo que está por debajo de Él.
Sus lenguas no hablan de cosas mundanas. No hay nada
en sus lenguas salvo Su Nombre. Sus cuerpos no se mueven
más que para obedecer a Al-lâh, y sus mentes
no entran en acción salvo para Él.
»La
vigésimo segunda estación es la subsistencia
(baqâ’). Si miran hacia la derecha ven a
Al-lâh, y si miran hacia la izquierda ven a Al-lâh.
Lo ven en cualquier condición en que se encuentren.
Ellos subsisten por Su subsistencia. Están satisfechos
con lo que Al-lâh ha dispuesto para ellos. Están
gozosos por Su benevolencia y generosidad.
»La
vigésimo tercera estación es la ciencia
de la certidumbre (‘ilm al-yaqin). Cuando
miran a través del ojo de la ciencia de
la certidumbre ven desde los cielos más altos
hasta los niveles más bajos de la tierra sin
ningún velo.
»La
vigésimo cuarta estación es la realidad
de la certidumbre (haqq al-yaqin). Cuando ven a través
del ojo de la verdad de la certidumbre van más
allá de todos los objetos y todas las criaturas
y ven a Al-lâh sin ningún cómo ni
por qué, y sin ningún velo.
»La
vigésimo quinta estación es la gnosis
(ma’rifat). A través de todas las
criaturas de los dos mundos y a través de todas
las gentes, ellos perciben a A-lâh, y no hay ninguna
acusación que hacer a su percepción.
»La
vigésimo sexta estación es el esfuerzo
(jahd). Ellos Lo adoran en sus corazones y en sus almas,
y no hay duda alguna de su obediencia.
»La
vigésimo séptima estación es la
santidad (wilâyah). Este mundo y el por venir
no merecen ser abrazados por su aspiración
espiritual (himmat), y todo el Yanna y sus riquezas
no vale ni un átomo a sus ojos.
»La
vigésimo octava estación es el amor (mahabbal).
En todo el mundo sólo tienen un Amigo. Su amor
es uno, pues exterior e interiormente están
con el Uno. Sus cuerpos se funden de alegría
y sus corazones están siempre contentos en la
Presencia sagrada. No se acuerdan ni de los hijos,
ni de la esposa, ni del mundo y ni de las riquezas.
»La
vigésimo novena estación es el éxtasis
(wajd). No se los encuentra en este mundo, ni en el
cementerio, ni en la Resurrección, ni en
el sendero recto (sirât) [que tiende un puente
por encima del Yahannan y conduce al Cielo]. Ellos están
en la Presencia más sublime. Donde ellos moran
sólo está Al-lâh y ellos.
»La
trigésima estación es la proximidad (qurb).
Si ellos dicen “¡Oh Al-lâh! Perdona,
por nosotros, a todos los pueblos infieles y rebeldes
y a todos los pueblos politeístas y sublevados”,
el Señor del Universo no rechazará su
petición.
»La
trigésimo primera estación es la meditación
(tafakkur). Su más íntimo amigo es Su
Nombre. La paz de ellos reside en Su mensaje.
»La
trigésimo segunda estación es la unión
(wisâl). Aunque sus personas estén en este
mundo, sus corazones están con el Señor.
»La
trigésimo tercera estación es el levantamiento
del velo (kashf). No hay ningún velo entre Al-lâh
y sus corazones. Si miran hacia abajo verán hasta
el Gâw-mâhî (la criatura que sostiene
la tierra) (26). Y si miran hacia arriba, verán
el Trono y el Pedestal, el Cálamo y la Tablilla
guardada hasta al Recinto sagrado (hadirat al-quds).
Nada está escondido para ellos.
»La
trigésimo cuarta estación es el servicio
(khidmat). Ellos no cesan de rendir servicio ni un instante.
Ni se ausentan por un momento de la presencia del Amigo.
»La
trigésimo quinta estación es la catarsis
(tajrîd). Si son conducidos al Yahannan, exclamarán:
“¡Saludos!” y si son llevados
al Yanna, dirán: “¡Saludos!”,
pues ni el Yanna les causa alegría ni el Yahannan
temor. Ellos nunca se apartan de Su amistad y no poseen
nada de todo lo que hay en este mundo.
»La
trigésimo sexta estación es la soledad
(tafrîd). En este mundo ellos son extranjeros
entre las criaturas. Si son apaleados no abandonarán
la Senda y si son acariciados no se dejarán engañar.
»La
trigésimo séptima estación es la
expansión (inbisât). Ellos son audaces
ante Al-lâh. Si el Señor del Universo les
envía el ángel de la muerte en el momento
del fallecimiento, ellos no obedecerán. Hasta
que no oigan al Amigo del mundo, no permitirán
que partan sus almas. No temen a Nakir y a Munkar [los
malaika que preguntan al fallecido en la tumba] y no
conceden ni un pensamiento al Yaum al-Quiyama. No ponen
el pie en el Cielo supremo ni miran el rostro de las
huríes ni las mansiones celestiales, hasta haber
tenido una visión del Rey que perdona.
»La
trigésimo octava estación es la averiguación
de la Verdad (tahqîq). Todos ellos están
en un estado de maravilla, con lloros y lamentaciones.
Huyen de las criaturas y penden de la cadena de Su puerta.
»La
trigésimo novena estación es la meta suprema
(nihâyat). Ellos han alcanzado la posada a la
orilla del camino y han atravesado los desiertos de
la calamidad. Con el ojo del corazón han visto
a Al-lâh.
»La
cuadragésima estación es el sufismo (tasawwuf).
El sufí es el que se ha purificado de todo deseo.
Su ser interior está purificado de la ruindad.
Sus palabras están libres de inadvertencia,
despreocupación y calumnia. Su mente está
radiante y sus ojos se apartan del mundo. Él
ha sido instruido en la Verdad.
»Cada
una de estas estaciones pertenece a un profeta de entre
los profetas —la paz sea sobre todos ello—,
el primero Adán y el último Muhammad —la
paz sea sobre ellos y sobre los demás profetas,
mensajeros y ángeles de la proximidad—.
Y que Al-lâh, el Exaltado, esté satisfecho
de todos los compañeros de Su Profeta. Amén.
Como se ha visto en esta descripción de las estaciones
espirituales, Abû Sa’id incluye algunos
de los ahwâl de otros sufíes como maqâmât,
y también incluye otras estaciones después
de baqâ’, que normalmente es considerada
la estación más elevada dado que
es la unión con Al-lâh. Sin embargo,
puede decirse de las estaciones siguientes que son otras
tantas estaciones en el viaje en Al-lâh (fi’l-lâh)
después de que el viajero ha terminado el viaje
hacia Al-lâh (ila’l-lâh). Incluso
la estación de servicio (khidmat) que viene después
del baqâ’ no debe ser considerada como acción
o servicio religioso en el sentido usual de esta palabra,
sino como un servicio prestado por un ser que ya ha
gustado la unión con Al-lâh (wisâl).
En su propio orden, es algo análogo al voto que
hace Avalokiteivâra en el budismo de salvar
a todas las criaturas después de haber puesto
ya un pie en el nirvana (27).
La
estación más elevada descrita por Abû
Sa’id es el sufismo. Pues haber alcanzado
el sufismo en su plenitud o ser un sufí en el
verdadero sentido de la palabra, es haber experimentado
todas las estaciones y al mismo tiempo haber ido más
allá de todas ellas hasta la Estación
suprema de la plena realización de la Unicidad
(tawhid), que es el fin de la vida espiritual en el
Islam así como en otras tradiciones auténticas.
Entre
la estación del sufí y el hombre que está
espiritualmente dormido, pero que considera esta muerte
o estado de negligencia como normal, se encuentran
todos los estados y estaciones espirituales, la
experiencia de cualquiera de los cuales haría
palidecer y ver como insignificante la experiencia mundana
más intensa del alma. La experiencia de estos
estados sigue siendo una posibilidad para cualquier
hombre dispuesto a consagrarse por entero a la vida
espiritual y que busque estos estados y estaciones con
la intención correcta, no como fines en sí
mismos, sino como etapas que conducen al Uno que está
por encima y más allá de todos los estados
y estaciones del alma y que reside al mismo tiempo
en el centro del ser del hombre, en el origen del eje
que une todos los estados del ser del hombre, el corporal,
el psíquico y el espiritual, con su Principio
común.
Notas
(1).
Por el momento usamos el término «estado»
en su sentido general, mientras que según la
terminología técnica sufí hay una
diferencia entre el estado (hâl) y la estación
(maqâm). Volveremos sobre ello más adelante.
(2).
El cuerpo considerado como el templo del Espíritu
se encuentra en el hesicasmo —dentro del cristianismo—,
así como en muchas formas del hinduismo y el
budismo. Suhrawardî usa «Templos de
Luz» (Hayâkil al-nûr) como título
de una de sus obras más famosas, recurriendo
al mismo simbolismo.
(3).
Farid al-Dîn ‘Attâr, Tadhkîrai
al-awliyâ’, ed. por R.A. Nicholson, Leiden
1322, parte 11, p. 35-6.
(4).
F. Schuon, Spiritual Perspectives and Human Facts, trad.
por D.M. Matheson, Londres 1953. p. 172. Traducción
castellana: Perspectivas espirituales y hechos humanos,
Olañeta editor.
(5).
Ibid., p. 171.
(6).
Tadhkîrai al-awliyâ’, II parte, p.
54-5.
(7)
Nota de webislam: Abû’l-‘Abbâs
Ibn al-‘Arîf era en realidad natural de
Almería, en cuya alcazaba sirvió como
vigilante su padre, originario de Tánger. Véase:
El místico Abû-l-‘Abbâs Ibn
Al-‘Arîf de Almería y su “Mahâsin
al-Mayâlis”, estudio de Asín Palacios
recogido en Tres estudios sobre pensamiento y mística
hispanomusulmanes, ed. Hiperión 1992, así
como su edición del Mahâsin al-Mayâlis
publicada por la editorial Sirio.
(8).
Ibn al-‘Arif, Mahâsin al-Mayâlis,
dir. y trad. al francés por M. Asín Palacios,
Paris 1933, p. 76 del texto árabe. Traducción
inglesa por S.H. Nasr, basada en el texto árabe
establecido por el editor.
(9).
A. J. Arberry, The Mawâqîf and Mukhâlobâi
of Njari, Londres 1935. p, 39.
(10).
The Mystic Rose Garden, p. 3.
(11).
Ghazzáli lo utiliza en la frase «prestad
atención a ciertos estados de su alma»,
Ankara 1962. p, 166; véase también F.
Jabre, Essai sur le lexique de Ghazzáli, Beirut
1970, p. 79. donde se reúnen los diferentes usos
que hace Ghazzáli del término hâl,
(12)
El Cairo, vol. IV, 1352/1933, p. 55; Jabre. op. cu.,
p. 79.
(13).
‘Ihyâ’, vol. IV, p. 123.
(14).
Mir Sayyîd Sharif Jurjâni, al-Ta’rîfât,
El Cairo 1321 (A.H. luna,). P. 56.
(15).
R. A. Nicholson, The Kashfal-Maljûb, the Oldest
Persian Treatise on Sufism by ‘Alî b. ‘Uthmân
al-Jullâbî al-Hujwîri, Londres 1911.
P. 18 1.
(16).
Sa’di. The Gulistan or Rose Garden, trad. por
E. Rahatsek, Londres 1964, p. 120.
(17).
Las virtudes espirituales han sido comentadas en forma
magistral por F. Schuon de acuerdo con las tres virtudes
cardinales de humildad, caridad, y veracidad en su Spiritual
Perspectives and Human Facts.
(18).
Abû Saîd al-Knarrâz, The Book of Truthfulness
(Kitâb al-Sidq), dir, y trad. por A. J. Arberry,
Londres 1937. p. 51.
(19).
Abû Nasr al-Sarrâj, Kitâb al-luma’,
ed. y dir. por R. A. Nicholson, Leyden 1914, p. 42.
(20).
Ibid. Siguiendo a al-Sarrâj muchos sufíes
han enumerado siete etapas como las fundamentales de
la senda espiritual. ‘Attâr habla, pues,
de las siete ciudades del amor (haft shahr-i ‘îshq)
y Ahmad Ghazzâlî, en su Babr al-haqiqah
dice que el nombre debe cruzar siete océanos
para alcanzar el fanâ.
(21).
H. Corbin, «Physiologie de l’homme de lumiére
dans le soufisme iranien», Ombre et Lumiére,
París 1959, p. 238 ss.
(22).
Esto es lo que hizo en su Cien campos de combate espiritual,
(Sad maydân), véase S. de Beaurecucil,
«Une ébauche persane des ‘Manâzil
as-Sâ’irin’: le “Kitâb-é
Sad Maydân” de Abdul-lâh Ansârî»,
Mélanges islamologiques, vol. II, El Cairo 1954,
p. 1-90; también Sad Maydân, ed. por A.
Habîbi, Kabul 1341 (A.H. solar).
(23).
Véase R. A. Nicholson, Studies in Islamic Mysticism,
Cambridge 1919. cap. 1.
(24).
Véase M. Dâmâdi. «Maqâmât-i
arbaîn-l Abû Saîd». Ma’ârif-i
islamî (Islamic Culture), vol. XII, abril
197 1, p. 58-62. La edición está basada
en el ms. Aya Sophia 4819. Véase también
Danechpazhuh. Fihrist-l mikrawfilmhâ-yi Kildbkhânah-l
markazi-yi Dánishgáh-i Tihirán,
Teherán 1348 (A.H. solar), p. 416. Después
de la publicación del texto de Dâmâdi
y de la traducción de él realizada por
nosotros, un erudito paquistaní, el profesor
Riâd Khân, nos ha informado de que existen
varios excelentes manuscritos de esta obra en las bibliotecas
del subcontinente, la mayoría de las cuales son
atribuidas a Mir Sayyid ‘Alî Hamadânî.
Sea corno sea, la identidad del autor no varia en nada
la calidad innata de este texto y su importancia para
una plena comprensión de los ahwâl y las
maqâmât en sufismo.
(25).
La presente traducción está basada en
el texto establecido por Dâmâdi con unas
pocas correcciones hechas por el autor allí donde
le ha parecido que el sentido requería una lectura
distinta del texto. Las Maqâmât de Abû
Saîd recuerdan las dadas por Qushayrî en
su famosa Risâlah y en muchos aspectos se les
asemejan. Véase A.J. Arberry, Sufism, Londres
1953, cap. vi¡.
(26).
El Gâw-mahî es una criatura mítica,
mitad pez y mitad toro que sostiene la tierra.
(27).
Véase F. Schuon, In the Tracks of Buddhism, trad.
por M. Pallis, Londres 1968.
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