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Las
historias de unos te las hemos contado, pero las de
otros no te las hemos contado, y: En verdad, los creyentes
(12), los judíos, los sabeos y los cristianos
—los que creen en Al-lâh y en el último
día y hacen obras de piedad— no tienen
que temer y no se afligirán (13). Pero el Sufí,
que trata de impregnar todo su ser con el Qur’án,
no puede dejar de estar interesado, potencialmente,
en todas las demás religiones de origen celestial
en cuanto manifestaciones de la Divina Misericordia,
en cuanto Signos (de Al-lâh) en los Horizontes
(14). Digo «potencialmente» porque puede
que nunca entre en contacto directo con otras religiones,
y en cualquier caso se verá más o menos
obligado a mantener exteriormente los prejuicios de
la gran mayoría de sus correligionarios a fin
de no crear escándalo. Pero en la medida en que
los comparta, estos prejuicios serán como hilos
de telaraña que obstaculizan su visión,
prestos a ser barridos al menor contacto.
Según Berque, «El Shayj tenía una
gran hambre de conocimientos en lo referente a las demás
religiones. Parecía estar muy bien informado
acerca de las Escrituras e incluso acerca de la tradición
patrística. Le atraían particularmente
el Evangelio de San Juan y las Epístolas de San
Pablo. Como metafísico extremadamente sutil y
penetrante que era, podía conciliar la pluralidad
con la unidad en el concepto trinitario de las tres
personas en una identidad consustancial... La rechazaba,
sin embargo, pero su comprensión de la idea hizo
pensar a algunos que se adhería a ella»
(15).
En la época en que el Shayj, después de
abandonar la Tariqa ‘Îsawí, buscaba
con su amigo Al Hâyy Bin ‘Awda una vía
espiritual, había va¬rías ramas de
la Tarîqa Darqâwî (16) firmemente
establecidas en la pro¬vincia de Orán, a
la que pertenece Mostagán, sin mencionar las
múltiples ramas de otras órdenes. Sin
embargo, dice: «Aunque considerábamos absolutamente
necesario tomar como guía a alguien que fuera
reconocido generalmente como un Maestro por parte de
los que tenían capacidad para juzgar, teníamos
pocas esperanzas de encontrar a alguien así»
(17). Quince años más tarde, cuando murió
el Shayj Al Bûzîdî, había todavía
el mismo predominio de la cantidad sobre la calidad
en¬tre los que se presentaban como guías.
El Shayj declara en uno de sus poemas:
«Hubo un tiempo en que oculté la verdad
(18) y la velé cuidadosamente,
Y quien guarda el Secreto de Al-lâh tendrá
su recompensa.
Cuando el Donador me permitió proclamarla
Me hizo capaz —y cómo, no lo sé—
de purificar las almas,
Y me hizo ceñir la espada de la constancia,
De la verdad y de la piedad, y me dio un vino:
Todo aquel que bebe de él no puede dejar de beberlo,
Tal como un hombre ebrio que necesita embriagarse más.
Me he convertido en su escanciador, más aún,
soy yo quien lo ha prensado
¿Hay alguien más que lo escancie en estos
tiempos?» (19)
La
visión de los esfuerzos relativamente vanos de
tantas almas fervientes que seguían sin darse
cuenta a «guías ciegos» indujo al
Shayj a expresarse cada vez más abiertamente
sobre su propia función e indirectamente —y
a veces incluso directamente— sobre las pretensiones
injustificadas de otros (20).
Sin duda, él tuvo conciencia de ser el renovador
(muyaddid) que el Profeta prometió para cada
siglo (21). El último había sido, indiscutiblemente,
el gran Shayj Al Darqâwî. El Shayj Al ‘Alawî
dice: «Yo |
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