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Pero si es grande el peligro al que se expone el que
dirige los asuntos de los musulmanes, también
es grande la recompensa de quien lo hace rectamente:
"Debes conocer en primer lugar la gravedad de la
Wilaya y conocer sus peligros.
Quien
cumple con ella adecuadamente consigue una felicidad
tras la que no cabe esperar un placer mayor; pero quien
es insuficiente y no la realiza en derecho se hace merecedor
de una desgracia a la que sólo la infidelidad
supera. Testimonio de esta grandeza de la Wilaya son
las palabras del Profeta: "La justicia de un sultán,
la de tan sólo uno de sus días, es más
meritoria junto a Allah que la adoración de setenta
años"... Si esto es así, no existe
mayor beneficio para el hombre que ser revestido de
una autoridad que hace que una hora de su vida pueda
ser mejor que la vida entera de otro" (pp. 14-15).
El
Insaf:
Insaf
significa justicia, equidad, y es el carácter
esencial que debe revestir el ejercicio de la Wilaya.
Según Al-Ghazzali, el Insaf es como un árbol
que tiene diez raíces, la primera de las cuales
ya ha sido señalada: conocer el valor, gravedad
y mérito de la Wilaya, pues es la primera forma
de ser "justo". Sólo el que es consciente
de la responsabilidad que entraña puede realizar
el objetivo de esta institución.
La segunda de las raíces
del Insaf, es decir, la segunda circunstancia que permite
al príncipe mantenerse estrictamente en el sentido
de la justicia, es la atención permanente que
debe prestar a los 'ulama': "¡Oh, sultán!,
el peligro de la Wilaya es enorme y su carga es pesada.
Explicarlo aquí haría largo este discurso.
El wali no se salva de esas trampas más que haciéndose
acompañar de sabios que le muestren en todo momento
los caminos de la justicia facilitándole el cumplimiento
con su responsabilidad... (El wali) deseará esa
compañía y escuchará los consejos
que le dispensen los 'ulama', y evitará a los
hipócritas que sólo buscan sacar provecho
de su autoridad: éstos te elogiarán, buscarán
complacerte porque ambicionan lo que tienes entre las
manos, y no dudarán en hacer uso de artificios
y engaños" (pp. 18-19). La anécdota
que Al-Ghazzali cuenta a continuación es significativa:
"Se dice que en cierta ocasión Saqiq al-Balji
acudió ante Harun Ar-Rasid, que le preguntó:
"¿Tú eres Saqiq, el asceta?".
(El sufí) le respondió: "Soy Saqiq,
pero no soy asceta". Harun le pidió una
enseñanza (sobre la que gobernar), y Saqiq le
dijo: "Allah te ha colocado en el puesto de (Abu
Bakr) el Muy Sincero, y te exige su sinceridad. Te ha
dado el lugar de 'Umar Ibn Al-Jattab, el Discriminador,
y Allah te exige que distingas como él entre
lo verdadero y lo vano. Te ha hecho sentarte en el trono
de 'Uzman Ibn 'Affan, el de las Dos Luces, y Allah espera
de ti un pudor y una magnanimidad como los que lo adornaban.
Y te ha dado el rango de 'Ali Ibn Abi Tálib y
te exige ciencia y justicia como a él le fueron
exigidas"..." (p. 19). Otro de los muchos
relatos es el siguiente: "En una ocasión
salieron Harun Ar-Rasid y Al-'Abbas de noche con la
intención de visitar (al sufí) Al-Fudayl
Ibn 'Iyad... (El califa) ordenó a su visir que
golpeara la puerta: ¡"Abre la puerta al Príncipe
de los Creyentes!". Al-Fudayl respondió:
"¿Qué quiere de mí el Príncipe
de los Creyentes?". Y Al-'Abbas le dijo: "Obedece
al Príncipe y abre la puerta". Era bien
entrada la noche, y dentro había una lámpara
encendida. Antes de abrir, Al-Fudayl apagó la
luz. Harun entró en la oscuridad tanteando con
las manos y queriendo estrechar la de Al-Fudayl. Cuando
rozó a Al-Fudayl, éste dijo: "Ay
de esta mano suave que no se salvará del castigo
el Día de la Resurrección. ¡Oh,
Principe de los Creyentes!, prepárate para responder
a Allah; ese día pondrá ante ti a cada
musulmán por separado, y uno por uno te pedirán
cuentas". Harun comenzó a llorar y a abrazar
a Al-Fudayl. Al-'Abbas dijo: "Con tus palabras
estás matando al Príncipe de los Creyentes".
Al-Fudayl se volvió hacia él diciéndole:
"¡Haman!, tú y los tuyos -los barmakíes-
lo estáis arruinando, y ¿te atreves a
decir que yo lo mato?" Y entonces Harun Ar-Rasid
dijo: "Si a ti te llama Haman es que a mí
me considera un tirano faraón", y puso en
sus manos mil dinares diciendo: "Toma esto; su
origen es lícito, lo he heredado de mi madre
a quien se lo entregó mi padre como dote".
Y Al-Fudayl le respondió: "Te he ordenado
que sueltes el mundo y te vuelvas hacia tu Creador,
y he aquí que quieres arrojarlo sobre mí".
Al-Fudayl no aceptó el regalo de Harun que salió
entristecido de su casa" (pp. 19-20). Al-Ghazzali
concluye el capítulo con las siguientes palabras:
"Los 'ulamá deben dirigirse a los príncipes
con palabras duras, sin miedo, y sin guardarse la verdad,
pues si no lo hace se convierten en sus cómplices"
(p. 21).
La tercera raíz
que hace auténtica la justicia consiste en un
estrecho control que el príncipe debe ejercer
sobre sus subordinados, pues no basta con que él
sea recto: "No debes contentarte con evitar tú
la injusticia, sino que tienes que educar en ella a
tus esclavos, compañeros, gobernadores y delegados.
No aceptes que sean injustos, pues tú eres el
último responsable de sus acciones" (p.
22). 'Umar Ibn Al-Jattab, segundo de los primeros califas
del Islam y prototipo por antonomasia de la rectitud
y la justicia, escribió a Abu Musa Al-As'ari,
uno de sus gobernadores, la siguiente carta: "El
más afortunado de los walíes es aquél
con el que están contentos sus súbditos,
y el más desgraciado es el que hace desgraciado
a su pueblo. Cuídate mucho: no desatiendas a
tus delegados, pues seguirán tu ejemplo. Y no
seas como el toro que ve una pradera verde y se lanza
a devorarla. Eso lo hace engordar pero es la obesidad
la que le causa la muerte, la que lo conduce al matadero
y la que hace que lo degüellen" (p. 22). Al-Ghazzali
advierte con especial énfasis al príncipe
contra los desmanes de los gobernadores; suelen ser
hombres de intenciones bajas que no dudan en engañar
al wali, o bien lo incitan al mal: "¿Quién
puede ser peor enemigo tuyo?, procuran tu ruina, y se
arruinan a sí mismos por un dirham". A continuación,
el autor enseña al rey que debe educar con atención
a aquellos que vayan a servirle para el buen gobierno
del reino, no debiendo buscarlos entre quienes son vencidos
fácilmente por las pasiones mundanales sino entre
quienes se dejan guiar por el juicio y el entendimiento.
Una disertación sobre el significado y mérito
de la inteligencia y el autocontrol ('Aql) acaba con
la siguiente sentencia: "El hombre razonable es
el que es capaz de advertir el espíritu de las
cosas y no sólo sus formas... Quien no es razonable,
no puede ser justo, y quien no es justo está
condenado al Fuego. Por ello se ha dicho que el capital
de todas las felicidades es la inteligencia" (p.
23).
En cuarto lugar, las advertencias
de Al-Ghazzali se dirigen contra la soberbia y la arrogancia
que acaban acompañando al poder y son orígenes
de injusticia: "...El arrogante pronto se irrita,
y la cólera lo conduce a la venganza" (p.
24). Este capítulo es considerado especialmente
importante por Al-Ghazzali que remite al Ihya' para
abundar en el tema. En cualquier caso, liga el asunto
a sus últimas palabras en el apartado anterior
sobre la inteligencia con la que el hombre sabe auto-controlarse.
Inclinándose siempre hacia lo razonable, hasta
convertir la cólera en tolerancia ('Afw), el
príncipe se acerca a la naturaleza de los Profetas
y los Awliyá -mientras que, por su lado, el que
se somete a su propio carácter se parece más
a "las fieras y las bestias"-. Para demostrarlo
cita un hadiz: "Ante el Profeta fue mencionado
el nombre de uno del que se decía que era fuerte
y valiente; él preguntó: "Y, ¿cómo
es eso?". Le respondieron: "Tiene valor para
enfrentarse a cualquiera y cuando se enfrenta a él
lo derrota". Entonces, el Profeta dijo: "Es
fuerte y valeroso el que se enfrenta consigo mismo y
se vence, no el que pelea con otros". Después,
Al-Ghazzali continúa con hadices parecidos y
otras anécdotas, al final del capítulo
dice: "Estos relatos son suficientes para convencer
a los príncipes si en sus corazones hay algo
de fe. Y si lo que hemos contado no los transforma es
porque están vacíos, nada bueno puede
esperarse de ellos, y sus palabras acerca del Islam
no son sino hipocresía..." (p. 26).
En quinto lugar, Al-Ghazzali
sitúa como raíz de la que surge la justicia
la sensibilidad con la que el príncipe debe decidir:
"En todo acontecimiento debes considerarte como
uno cualquiera de tus súbditos: todo lo que no
quieras para ti no se lo desees a ningún musulmán;
si estableces para ellos lo que tú no aceptarías
los estás traicionando, y he aquí que
estarías engañando a tu gente". Para
reforzar sus palabras, como siempre, Al-Ghazzali cita
las del Profeta: "Se ha narrado que el Profeta
estaba sentado a la sombra el día (de la batalla)
de Badr. Entonces, descendió hasta él
Gabriel que le dijo: "¡Oh, Muhammad! ¿te
sientas a la sombra mientras tus compañeros están
al sol?". Y él enseñaba estas palabras,
y decía: "Quien quiera librarse del Fuego
tiene que permanecer continuamente en un estado que,
si le sobreviniera la muerte, ésta encontraría
en su boca el Testimonio de la Unidad, un estado en
el que no quiera para los musulmanes lo que no quiera
para sí". Y también decía:
"Quien en su corazón aspire a algo que no
sea Allah no pertenece a Allah, y quien en su corazón
no sienta por los musulmanes no pertenece a su número"
(pp. 26-27).
En sexto lugar, el príncipe
no deberá despreciar a nadie. Aunque encuentre
a la gente esperando a su puerta para que reparta justicia,
no debe llevarse a ningún engaño. Esa
es su obligación por la que es recompensado:
"Mientras un musulmán tenga necesidad de
él no podrá desatenderlo aunque sea para
cumplir un acto de piedad, pues solucionar los problemas
de los musulmanes es mejor para él que la devoción
voluntaria" (p. 27). Otro de los califas, en esta
ocasión omeya, que aparece con frecuencia en
los relatos ejemplares es 'Umar Ibn 'Abd Al-'Aziz, considerado
como el quinto califa legítimo del Islam: "Esta
un día impartiendo justicia y arreglando los
problemas de la gente hasta el mediodía, y entonces
se sintió cansado. Entró en su habitación
para descansar un momento, y entonces su hijo le dijo:
"¿Qué te pasaría si en este
momento murieses mientras a tu puerta aún queda
quien espera y tú abandonas sus derechos?".
Y él respondió: "Tienes razón".
Se levantó y volvió a la asamblea".
La sobriedad es otra de
las características de un gobierno justo: "No
te acostumbres a los placeres ni vistas con suntuosidad,
ni tomes alimentos lujosos. Conténtate con poco,
pues no hay justicia sin sobriedad".
Evitar la violencia es
la octava de las raíces del Insaf: "Siempre
que puedas hacer uso de la diplomacia y la suavidad,
hazlo, y no recurras a la violencia y a la agresión"(p.28).
En penúltimo lugar
está el deber del príncipe de marcarse
como objetivo ganarse la simpatía de su pueblo
sin quebrantar para ello la Shari'a. Ahora bien, "...el
wali no debe creer todo lo que le diga el primero que
le llegue y lo adule pensando que todos sus súbditos
lo aceptan y están complacidos con él.
Pudiera ser que el que lo adula lo haga por temor. Al
contrario, debe organizar un cuerpo (de funcionarios)
que se encarguen de evaluar la opinión que hay
sobre él entre la gente".
Pero en ningún
caso, y ya en último lugar, procurará
el príncipe ganarse a su pueblo contraviniendo
la Ley: "No hace ningún daño (al
wali) la ira del que no esté de acuerdo con lo
que ordena la Ley en su caso. 'Umar Ibn Al-Jattab decía:
"Cada día, la mitad de los que acuden a
mí se van encolerizados", pues es natural
que aquél al que se niegue algo que pretende
sin derecho se enfade: no se puede contentar a las dos
partes de una querella. El más ignorante de los
hombres es el que deja de complacer a la Verdad para
complacer a una criatura" (p. 29). 'Aisha, la esposa
de Muham-mad, decía: "Quien busque la Verdad
aunque ello enoje a la gente, complace a Allah y acaba
complaciendo a la gente; quien busca satisfacer a la
gente aunque sea en la falsedad, enoja a Allah y acaba
la gente enojada con él".
Dunya
y Ajira:
El
árbol del Insaf necesita ser regado con el agua
que proviene de dos fuentes. Al-Ghazzali invita a reflexionar
en la vanidad del mundo (Dunya) y en el destino como
inevitable encuentro final con Allah (Ajira), es decir,
invita a meditar en lo que él llama an-Nafas
al-Ajir, el Último Hálito, la muerte.
El primer pensamiento anula las ambiciones mundanales
del príncipe, y el segundo lo hace actuar en
función de una meta noble, más allá
del simple egoísmo o la obsesión por el
poder.
La vida en el mundo no es el objeto de la existencia
humana; sólo es una estación, un lugar
de paso hacia la Casa Definitiva (Dar Qarar): "El
hombre es un viajero. Parte del vientre de su madre
hacia el lecho de su tumba. Su verdadera patria, el
lugar donde se establecerá definitivamente, está
después de todo el viaje. Cada año en
la vida del ser humano es como una etapa, cada mes es
como un lugar de reposo en el recorrido, cada semana
es como si fuera un pueblo por el que tuviera que pasar,
cada día es un lugar desierto que debe atravesar,
cada respiración es un paso que da hacia su destino:
todo lo acerca siempre a al-Ajira. Este mundo es un
puente. Quien piense que ha de quedarse en el puente
y se apresura en aferrarse a él, pierde su tiempo
mientras su vida se acaba; el mundo le hace olvidar
el destino hacia el que se encamina, y debe ser considerado
ignorante y no persona dotada de entendimiento. Dotado
de entendimiento es el que aprovecha de la vida lo que
haya de servirle para su encuentro con Allah..."
(p. 30). El mundo hipnotiza al ser humano, y el autor
advierte contra su hechizo después de citar un
hadiz en el que el Profeta habla de su embrujo: "Su
magia consiste en que te hace creer que es estable y
que estás seguro en el Dunya, pero si te fijas
bien notarás que la vida no hace sino huir de
ti como si le resultaras repugnante, pero lo hace paso
a paso, sin que lo notes, y así te engaña"
(p. 31). Siguen relatos de marcado tono ascético
en los que el sabio renuncia a las vanidades de un mundo
que carece de sentido en sí. Lo efímero
de la vida sólo contiene una enseñanza
para el prudente: sus esfuerzos no deben dirigirse a
satisfacer las exigencias de una existencia que devora
al hombre sin darle nada a cambio, sino preparar el
lugar que le aguarda junto a Allah. Del mismo modo,
la obligación del sultán es favorecer
el desarrollo espiritual de sus súbditos permitiéndoles
alcanzar así la felicidad perenne junto a su
Creador.
Si la ambición
carece de sentido en un mundo efímero -obligación
del príncipe, como dice más adelante Al
Ghazzali, es tener altas aspiraciones-, la reflexión
en la muerte acentúa esas meditaciones y dan
al tema una amplitud mayor: "Debes saber, ¡oh,
sultán!, que los descendientes de Adán
se dividen en dos grupos: el primero se fija en la apariencia
estable del Dunya y se aferran a la esperanza de una
vida larga; el otro grupo es el de los inteligentes
que hacen del último hálito el espectáculo
continuo de sus miradas, y piensan entonces en cuál
será su destino y cuándo abandonarán
el mundo. Estos últimos están a salvo:
saben lo que habrán de llevarse a la tumba -que
es nada- y saben que todo lo que llegaran a poseer sólo
lo dejarían a sus enemigos... Estas reflexiones
son obligatorias para todas las criaturas, pero en el
caso de los reyes son más necesarias porque son
ellos los que suelen molestar a la gente y entorpecerlos
en su camino hacia Allah..."(p. 36). Tener en cuenta
que la vida tiene necesariamente un límite ayuda
a ser justo: hace del poder una ficción. La Wilaya
no es un bien en sí, como no lo son ni la riqueza
ni el saber, sino que tiene una finalidad señalada
por la Revelación. Atenerse a esa finalidad es
Insaf, ser ecuánime con las verdades. Recordar
la muerte, pues, hace al hombre más noble: "Un
día el Profeta estaba describiendo a sus Compañeros
el mérito de los mártires y la recompensa
que aguardaba a los felices que habían muerto
combatiendo a los idólatras, y ‘Aisha le
preguntó: "¿Alguien alcanzará
ese mérito ante Allah sin ser mártir?".
Y Muhammad respondió: "Quien recuerde la
muerte veinte veces cada día acaba obteniendo
la misma recompensa y grado que los mártires"
(p. 41). Al-Ghazzali se da cuenta de que estas reflexiones
molestan especialmente a los poderosos: "Has de
saber que los que viven en la negligencia no aman este
discurso; no les gusta escuchar hablar de la muerte
porque su recuerdo enfría el placer que sienten
sus corazones en las cosas del mundo: lo que comen y
lo que beben se les atraganta. Pero se ha dicho en una
noticia trasmitida desde los tiempos del Profeta que
quien piensa en la muerte y la oscuridad de la tumba
encontrará tan espaciosa su sepultura como si
tratara de uno de los jardines del Paraíso, y
quien olvida lo que le aguarda se condena a que le resulte
estrecha, y le parecerá como si fuera un agujero
de Fuego".
La
Estrategia del Príncipe (Siyasa):
La
práctica de la autoridad (Siyasa) debe ir orientada
hacia el establecimiento de la paz, la justicia y el
bien común. Tras los Profetas, los walíes
ocupan un lugar preeminente en la comunidad de los creyentes.
La función que cumplen es noble, arbitran entre
los hombres para evitar las agresiones y los conflictos,
hacen crecer la riqueza, proveen a los necesitados y
defienden a los débiles. Un soberano justo debe
ser amado por su pueblo: "Un sultán justo
es el que actúa con ecuanimidad entre su gente
y evita la tiranía y la corrupción. El
sultán injusto es una desgracia para su pueblo
y su reino está destinado a desaparecer y su
poder no puede durar. El Profeta dijo: "El poder
se mantiene en la infidelidad a Allah pero no se mantiene
en la injusticia". La Historia cuenta que los reyes
persas dominaron durante cuatro mil años sin
interrupción, y su reino se mantuvo porque eran
justos para con sus súbditos: los protegían
de las agresiones y les aseguraban la paz, y eso era
así aun cuando su religión no los obligaba
a ello, sino que el poder absoluto era lícito
para ellos. A pesar de ello, cultivaron la tierra y
fueron justos con los hombres. Una noticia nos enseña
que Allah dijo al Profeta David que prohibiera a su
pueblo insultar a los reyes de Persia porque "habían
cultivado la tierra y la habían facilitado a
los hombres" (p. 44).
La ruina de un país
viene dada en primer lugar por la incapacidad de los
walíes, y en segundo lugar por su tiranía.
La mala gestión es la causa fundamental de la
pobreza que al final se vuelve contra los poderosos.
Un príncipe con deseos de cumplir con su responsabilidad
debe aprender de los grandes reyes del pasado, según
aconseja Al-Ghazzali (p.52), y para ello ofrece ejemplos
extraídos de las biografías de los soberanos
de Persia: "Un día, el rey justo Anusirwan
fingió estar enfermo y comunicó a sus
gobernadores que la única medicina que podría
remediar sus males se extrairia de un ladrillo de adobe
viejo. Debían buscarlo en alguna ruina del país.
Sus funcionarios recorrieron todo el país y al
final volvieron y le comunicaron que no habían
encontrado ningún edificio en ruina ni ningún
ladrillo antiguo. Ello alegró a Anusirwan que,
dando las gracias a su dios, dijo: "Sólo
he querido poner a prueba mi país. Quería
saber si quedaba algún lugar en mal estado para
reconstruirlo, pero no hay nada destruido por el tiempo;
mi autoridad ha llegado a todas partes y reina la armonía"
(p. 46).
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