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Volvió
Ibn Arabi sobre sus pasos y, entrando de nuevo a la
escuela, dispuesto a pedir perdón a su maestro,
vio lleno de estupor que éste, sin dejarle pronunciar
una palabra, exclamó: "¡Muhámmad!,
¿será preciso, para que te sometas a mí,
que en todos los casos venga a recomendarte esta sumisión
el Jádir en persona?" (1).
"Es al-Jádir el compañero de Moisés
(cfr. Alcorán, XVIII, 62 sig.), a quien Dios
prolongó la vida hasta ahora (contra lo que afirman
los teólogos exotéricos que interpretan
en sentido alegórico las tradiciones auténticas
de Muhammad), y yo le he visto varias veces. Con él
nos ocurrió un suceso maravilloso, y fue que
nuestro maestro Abulabás el Oryaní discutía
en cierta ocasión conmigo acerca de quién
era una persona a la cual el Profeta había regocijado
con su aparición: él me dijo: "Es
fulano, hijo de fulano", y me nombró a un
individuo a quien yo conocía de nombre, pero
no de vista, aunque sí conocía personalmente
a un primo suyo. Yo me quedé vacilando y sin
decidirme a aceptar lo que el maestro me aseguraba de
aquel individuo, porque yo creía tener motivos
bastantes para saber a qué atenerme respecto
del asunto. lndudablemente, mi maestro se sintió
defraudado por mi actitud y se molestó, pero
interiormente, pues yo entonces no me di cuenta de ello,
porque esto ocurría en los principios de mi vida
religiosa. Me marché, pues, a mi casa, y cuando
iba andando por la calle, topé con una persona,
a la cual no conocía, que se adelantó
a saludarme con el afecto de un amigo cariñoso,
diciéndome: "¡Oh, Muhámmad!
Da crédito a lo que te ha dicho el maestro Abulabás
acerca de fulano", y me nombró a aquella
misma persona mencionada por Abulabás el Oryaní.
Yo le contesté: "Así lo haré."
Entendiendo, pues, lo que me había querido decir,
regresé inmediatamente a casa del maestro para
contarle lo que me acababa de ocurrir. Mas así
que hube entrado, exclamó: "¡Oh, Abuabdalá!,
pero ¿es que voy a necesitar que al-Jádir
se te presente y te diga: "¡Da crédito
a fulano en lo que te ha dicho! siempre que tu espíritu
vacile en aceptar la solución que a un problema
cualquiera te proponga? ¿De dónde te vienen
esas dudas acerca de toda cuestión que me oyes
resolver?". Yo entonces le dije: "En verdad
que la puerta del arrepentimiento está abierta!".
Y él me respondió: "¡Y de esperar
es que Dios te lo acepte!". Entendí entonces
que aquel hombre era al-Jádir, e indudablemente
lo era, pues le pregunté al maestro: "¿Era
él, en efecto?" Y me respondió: "Efectivamente,
era al-Jádir".
Al-Jádir (2) tiene por nombre Beliá b.
Malcán b. Fálig b. Abir b. Xálij
b. Arfajxad b. Sem b. Nuh [Noé]. Estaba en un
ejército cuyo jefe le envió a buscar agua
que hacía mucha falta a los soldados. Él
topó con la fuente de la vida, de la cual bebió
y por ello ha seguido viviendo hasta ahora. Nadie de
los que de esa agua habían bebido fue distinguido
por Dios con la gracia que a él le otorgó".
"Yo me lo encontré en Sevilla y me enseñó
a someterme a los maestros de espíritu y a no
contradecirlos: había yo contradicho aquel día
sobre cierta cuestión a un maestro mío,
y salí de su casa y me encontré con al-Jádir
en el mercado de los granos. Díjome: "'¡Acepta
lo que te dice el maestro!". Regresé inmediatamente
a casa del maestro y, tan pronto como entré a
su habitación, exclamó antes de que yo
le dirigiese la palabra: "¡Oh, Muhámmad,
pero ¿es que voy a necesitar, para cada cuestión
en que me contradigas, que al-Jádir te recomiende
la sumisión a los maestros?". Yo le dije:
"¡Oh, señor!, pero ¿era al-Jádir
ese que me la ha recomendado?". Respondió:
"Sí". Dije yo: "¡Loado sea
Dios, que me ha enseñado esta útil verdad!".
Sin embargo, la cosa no era sino como yo la había
dicho. Por eso, pasado algún tiempo, entré
a casa del maestro y lo vi que volvía a tratar
de aquella misma cuestión, pero resolviéndola
conforme a mi opinión. Díjome entonces:
"Yo estaba en un error y en cambio fuiste tú
el que acertaste". Yo le respondí: "¡Oh,
señor mío! Ahora comprendo por qué
al-Jádir me recomendó únicamente
la sumisión; pero sin que me diese a conocer
que tú eras el que habías acertado en
la solución del problema..."
Desde aquel día, Ibn' Arabi fue sumiso a su maestro,
y profesó además una devoción especial
a al-Jádir...
Segunda aparición
Durante
su permanencia en Túnez, una nueva aparición
de al-Jádir vino a fortalecer su devoción
a este mítico profeta. Era una noche de plenilunio
e Ibn' Arabi descansaba de sus estudios y ejercicios
devotos en el camarote de un barco anclado en el puerto.
Un dolor agudo en el vientre le obligó a subir
a cubierta. La tripulación dormía. Aproximóse
a las bordas y al extender la mirada por el mar divisó
a lo lejos un ser humano que caminaba sobre las olas
en dirección al barco. Una vez cerca de éste,
levantó uno de sus pies apoyándose sobre
el otro y se lo mostró completamente seco a Ibn'
Arabi. Hizo después lo propio con el otro pie,
dirigióle contadas frases y emprendió
de nuevo su marcha sobre el agua, dirigiéndose
a una cueva situada en un monte de la costa, a dos millas
del puerto. En dos o tres pasos salvó esta distancia,
e Ibn' Arabi, lleno de estupor, comenzó entonces
a oír su voz, que entonaba las alabanzas divinas
desde el fondo de aquella cueva. A la mañana
siguiente, al entrar Ibn' Arabi a la ciudad, tropezóse
con un desconocido que le abordó diciéndole:
"¿Qué tal pasaste la noche con al-Jádir
en el barco?" (3).
"En otra ocasión me sucedió que,
estando en la cámara de un barco en el mar, dentro
del puerto de Túnez, me entró de repente
un dolor de vientre. La tripulación dormía.
Me levanté y me acerqué a las bordas del
barco; pero al dirigir mi vista hacia el mar distinguí
a lo lejos, a la luz de la luna (pues era noche de plenilunio),
a una persona que venía andando sobre las aguas
del mar, hasta que llegó a mí y, deteniéndose
entonces a mi lado, levantó uno de sus pies,
apoyándose en el otro. Vi perfectamente la planta
de su pie y no había en ella ni señal
de mojadura. Apoyóse después sobre aquel
pie y levantó el otro, que estaba igualmente
seco. Luego conversó conmigo en el lenguaje propio
de él y saludándome se marchó para
dirigirse a la cueva que estaba en un monte a la orilla
del mar, distante del barco más de dos millas.
Esta distancia la salvó en dos o tres pasos.
Yo oí su voz que cantaba las alabanzas del Señor
desde el interior de la cueva. Quizá se marchó
luego a visitar a nuestro maestro de espíritu
Charrah b. Jamís el Cataní, que era uno
de los más grandes sufíes, que vivía
solitario y consagrado al servicio de Dios en Marsa
Abdún, adonde yo había estado visitándole
el día anterior a aquella noche misma. Cuando
al día siguiente me fui a la ciudad de Túnez,
encontréme con un hombre santo que me preguntó:
"¿Cómo te fue, la noche pasada, en
el barco con al-Jádir? ¿Qué es
lo que te dijo y qué le dijiste tú?"
Tercera aparición
Aquel
mismo año 594 de la Héjira, salía
(Ibn' Arabi) de Fez en dirección a Murcia, como
si quisiese dar el último adiós a la tierra
que le vio nacer.
En este viaje debió pasar por Sálé,
puerto en el Atlántico (4) y por Ceuta, para
atravesar el Estrecho de Gibraltar, desembarcando en
la ciudad, hoy desaparecida, de Beca (entre Veger de
la Frontera y Conil). En una mezquita medio arruinada
en las afueras de esta ciudad, a la orilla misma del
Océano Atlántico, volvió a aparecérsele
por tercera vez al-Jádir andando sobre el aire,
a presencia de otros peregrinos que, como Ibn- Arabi,
se dirigían por la costa a visitar la Rápita
de Ruta (hoy Rota, cerca de Cádiz), lugar de
gran veneración para los sufíes (5).
"Algún tiempo después de esta fecha
[590 = 1193] salí de peregrinación por
la costa del Océano Atlántico, en compañía
de un hombre que negaba los prodigios de los santos.
Penetré con mi compañero en una mezquita
ruinosa y solitaria para hacer la oración del
mediodía, cuando he aquí que una turba
de peregrinos y eremitas penetraron a la vez que nosotros
para hacer también la oración en aquella
mezquita. Entre ellos se encontraba aquel mismo hombre
que me dirigió la palabra en el mar, y del cual
entonces se me dijo que era al-Jádir. Estaba
también entre ellos un individuo de gran prestigio
religioso y de mayor dignidad que los otros, con quien
me unían desde tiempo anterior relaciones de
afecto. Me levanté para saludarle, de lo cual
él se alegró mucho. Adelantóse,
pues, para dirigir la oración ritual como imam
con nosotros. Cuando acabamos la oración, salió
el imam de la mezquita, y tras él salí
yo en dirección a la puerta, que estaba situada
a la parte occidental dominando el Océano, en
un lugar que se llama Beca. Púseme a conversar
con el imam a la puerta de la mezquita, cuando he aquí
que el hombre aquel, de quien se me dijo que era al-Jádir,
había tomado una pequeña esterilla que
había en el mihrab de la mezquita y, extendiéndola
en el aire a la altura de siete pies sobre el suelo,
se mantuvo en el aire de pie sobre la esterilla mientras
rezaba las preces de devoción superrogatorias
que se acostumbran a recitar después de la oración
ritual del mediodía. Yo entonces le dije a mi
compañero de viaje: "¿No ves acaso
a ese individuo y lo que está haciendo?".
Él me contestó: "Anda, vete a él
e interrógale". Dejé, pues, a mi
compañero donde estaba y me fui a él;
y así que hubo acabado sus preces, le saludé
y le recité unos versos míos [alusivos
al prodigio]. Él me dijo: "¡Oh, fulano!,
no he hecho lo que has visto, sino para ese incrédulo",
y señaló con el dedo a mi compañero
de viaje, que negaba los prodigios de los santos, el
cual estaba sentado en el patio de la mezquita mirándole.
Y añadió: "Para que sepa que Dios
hace lo que quiere con quien quiere". Volví
mi rostro hacia el incrédulo y le dije: "¿Qué
dices?". Él respondió: "¡Después
de verlo, no hay nada que decir!". Volví
en seguida adonde se había quedado mi amigo,
que estaba mirándome desde la puerta de la mezquita,
y conversé con él un rato. Le dije: "¿Quién
es ese hombre que ha hecho oración en el aire?"
(Yo no le dije lo que me había ocurrido con él
en otras ocasiones anteriores). Él me contestó:
"Es al-Jádir". Calló después
y la muchedumbre se marchó. Nosotros nos fuimos
también en dirección a Rota, lugar al
cual acostumbran a ir en peregrinación los santos
que hacen vida eremítica. Está en una
aldea de Ocsónoba, en la costa del Atlántico"
.
Cuarta aparición
Un
nuevo período de movilidad se inicia en su vida
aquel mismo año, pues al siguiente, 601 (1204),
vémosle pasar por Bagdad, donde sólo permanece
doce días, reanudando sus peregrinaciones en
dirección a Mosul. Un maestro sufí, Alí
Benchamí, gran devoto de al-Jádír,
debió atraer a Ibn' Arabi hacia esta ciudad,
con el fin de aprovecharse de sus lecciones. En un huerto
que poseía dicho maestro en las afueras de Mosul,
Ibn' Arabi tuvo el honor de recibir por tercera vez
la investidura del hábito de al-Jádir,
de manos de Benchamí, que la había recibido
directamente de este mítico profeta. Desde esta
fecha, confiesa Ibn' Arabi que resolvió dar gran
importancia a esta ceremonia sufí, recomendándola
a los novicios, no sólo como fórmula ritual
y símbolo de la hermandad espiritual entre los
místicos, sino como medicina eficaz para curar
las imperfecciones morales (6).
"Juntóse con él [con al-Jádir]
uno de mis maestros, a saber, Alí b. Abdalá
Benchami, que había sido discípulo de
Alí al Motawáquil y de Abuabdala Cadib
Albán. Habitaba en un huerto que poseía
en las afueras de Mosul. Al-Jádir le había
impuesto el hábito en presencia de Cadib Albán.
Y en el mismo lugar de su huerto en que al-Jádir
le había dado la investidura, me la dio luego
él a mí, y con idénticos ritos
con que aquel se la dio... Desde aquella fecha comencé
ya a tratar de la investidura del hábito y a
darla a las gentes, al ver el aprecio que al-Jádir
hacía de este rito. Antes de esa época,
yo no hablaba del hábito que ahora es tan conocido.
El hábito es, en efecto, para nosotros únicamente
un símbolo de la hermandad o confraternidad,
de educación espiritual, de adquisición
(por imitación) de unas mismas cualidades o hábitos
morales... Cuando los maestros de espíritu ven
que uno de sus discípulos es imperfecto en una
determinada virtud y desean perfeccionarle transmitiéndole
el estado de perfección que ellos ya poseen,
el maestro procura identificar con él a su discípulo,
y para ello toma su propio hábito, es decir,
el que lleva puesto en aquel momento en que posee aquel
estado espiritual, y, despojándose de él,
se lo pone al discípulo y le da un abrazo, con
lo cual le comunica el grado de perfección espiritual
que le faltaba. Este es el rito de la investidura, conocido
entre nosotros por tradición de nuestros más
verídicos maestros de espíritu".
NOTAS:
1. Fotuhat, I, 241.
2. Fotuhat, III, 442.
3. Fotuhat, I, 241.
4. Fotuhat, III, 90: "Uno de los más grandes
santos, del vulgo iletrado, refirióme en la ciudad
de Salé, ciudad en el Mogreb, sobre la costa
del mar Océano, que es también llamada
Finis terrae porque tras ella ya no hay más tierra..."
5. Cf. Fotuhat, II, 460.
6. Fotuhat, I, 242. Cf. Ms. 2983 de Berlín, fol.
133 r.. "Vestí el hábito en Meca,
frente al templo de la Kaaba, el año 599, de
manos de Yunus b. Yahya b. Abulbaracat el Haximí,
el Abasí". Ibid., fol. 133 v.: "Lo
vestí también otra vez en Mosul, el año
601. También en Sevilla, de manos de Abulcásen'
Abderrahman b. Alí".
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