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Kalimat
Shaij Bediuzzaman Said-i Nursi
¡Oh, gentes! Reconoced a vuestro Señor...
yâ ayyuhâ n-nâs u‘budû rábbakum
(Corán: Al-Báqara, 21)
Todos los seres están sujetos a su Señor interior. Sin Él
carecen de fundamento. Él es su soporte en cada instante. A esa
absoluta dependencia se la llama ‘Ubûdía. Cuando el
ser humano es consciente de ella se la llama entonces ‘Ibâda.
La ‘Ibâda es reconocimiento consciente de la relación
con Allah, y se traduce en gestos con los que el musulmán declara
formalmente su sujeción a su Señor, y con ello convierte
la espontaneidad de la ‘Ubûdía en un acto de conocimiento.
El Corán constantemente aconseja a los seres humanos que reconozcan
a su Señor, que hagan ‘Ibâda, y con ello dejarán
de ignorar su auténtica condición de criaturas inmersas
en una Verdad que las engloba a todas.
1- La ‘Ibâda -que es llevar la frente al suelo ante Allah,
doblegar tu ser en tu Señor, rendirte por completo a Él
y obedecer sus órdenes en todo- es, en el fondo, tomar conciencia
de la ‘Ubûdía, de tu dependencia absoluta respecto
a la Verdad que te rige en cada instante. La ‘Ibâda es una
transacción en la que tú sales ganando, pues quien no reconoce
su verdadera condición es estúpido y al final es abatido
por su propia realidad. Sumergirte en la ‘Ibâda es sabiduría,
superación del estado de ignorancia y abandono del conflicto con
la existencia. Escucha el siguiente relato que, con palabras cifradas,
te esclarecerán estas cosas:
Dos guerreros recibieron cierto día la orden de ir a una ciudad
lejana. Viajaron juntos hasta que alcanzaron un punto en el que había
una bifurcación. Ahí encontraron a un anciano que les dijo:
"El de la derecha es un camino seguro, y quien vaya por él
no deberá temer nada pues está bajo la jurisdicción
del Rey. Nueve de cada diez que lo han seguido han alcanzado la meta.
Pero el que lo cruce deberá pagar un tributo y portar las armas
y el estandarte del Rey. Por el contrario, el camino de la izquierda es
para los que no quieren pagar tributo alguno ni cargar con ningún
peso, pero nueve de cada diez que han ido por él han fracasado
en el intento".
Los guerreros, tras escuchar estas palabras, tomaron cada uno un camino
distinto. El que escogió la vereda de la derecha tuvo que cargar
con mucho peso, pero mientras su cuerpo se fatigaba bajo esa disciplina
su corazón se aligeraba pues iba seguro sobre una senda clara.
El otro, el que se decidió por la ligereza del cuerpo, fue por
el camino de la izquierda, y si bien avanzó pronto, su corazón
fue sumiéndose poco a poco en el terror. Se introdujo en un mundo
ténebre que espantaba a los más valerosos: su audacia no
había sido más que un acto de irresponsabilidad, y en seguida
tuvo que empezar a detenerse y pedir auxilio y consuelo a los demás
viajeros con los que se encontraba a lo largo del viaje, pero todos ellos
también estaban aterrados. Finalmente, buscó un lugar en
el que esconderse, y ahí se quedó para siempre sumido en
el espanto y aterrado por sus fantasmas.
El otro guerrero, el que había elegido la senda aparentemente más
dura, alcanzó su objetivo, y fue recompensado al haber cumplido
la orden que se le había encomendado. Éste había
seguido la senda de la obediencia, y encontró quien la premiera,
mientras que el de la segunda vía no encontró a quien valorara
sus esfuerzos, pues no había hecho ninguno.
El primer viajero era el Mûmin, el que se predispone hacia Allah,
y el segundo es el Kâfir, el que opta por ignorarlo todo confiando
en sus propios recursos. El camino alude a la vida que viene del mundo
del espíritu y, desembocando en la tumba, se abre hacia la inmensidad
de Allah. El tributo, las armas y el estandarte son la ‘Ibâda,
el esfuerzo que ha de hacerse sobre la senda de Allah.
El estandarte del Mûmin es "No hay más Verdad que Allah",
y con esta clave abre todas las puertas. Ante "No hay más
Verdad que Allah" se deshacen todas las quimeras, se deshacen los
cerrojos y se disipan las quimeras. Sin este estandarte, el guerrero está
sin armas ante el mundo. Todo es ante él apabullante, gigantesco
y destructor, pero con "No hay más Verdad que Allah",
todo es ilusorio, insustancial y débil. Por ello, el Mûmin
derrotó a sus enemigos, mientras el Kâfir debía medir
sus fuerzas con todo lo que encontraba, perdiendo un tiempo precioso y
siendo derrotado en innumerables ocasiones.
Quien depende de Allah no es defraudado, y quien depende de sí
mismo es engañado por sus ilusiones. Quien se asoma a Allah se
asoma a lo creador, a lo que fluye por todas las cosas. Quien se entrega
a su ego no encuentra más que espejismos que no puede alcanzar
ni de los que pueda sacar jugo. La ‘Ibâda es ese asomo a la
estrecha relación con Allah que existe en lo interior de cada fenómeno,
es descubrir en el corazón de las cosas la Verdad que las sustenta.
El Kâfir, que ha olvidado esa vinculación, se enfrenta a
sus fantasmas y es devorado por ellos
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