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El
Corán constantemente aconseja a los seres humanos
que reconozcan a su Señor, que hagan ‘Ibâda,
y con ello dejarán de ignorar su auténtica
condición de criaturas inmersas en una Verdad
que las engloba a todas.
1-
La ‘Ibâda -que es llevar la frente al suelo
ante Allah, doblegar tu ser en tu Señor, rendirte
por completo a Él y obedecer sus órdenes
en todo- es, en el fondo, tomar conciencia de la ‘Ubûdía,
de tu dependencia absoluta respecto a la Verdad que
te rige en cada instante. La ‘Ibâda es una
transacción en la que tú sales ganando,
pues quien no reconoce su verdadera condición
es estúpido y al final es abatido por su propia
realidad. Sumergirte en la ‘Ibâda es sabiduría,
superación del estado de ignorancia y abandono
del conflicto con la existencia. Escucha el siguiente
relato que, con palabras cifradas, te esclarecerán
estas cosas:
Dos
guerreros recibieron cierto día la orden de ir
a una ciudad lejana. Viajaron juntos hasta que alcanzaron
un punto en el que había una bifurcación.
Ahí encontraron a un anciano que les dijo:
"El
de la derecha es un camino seguro, y quien vaya por
él no deberá temer nada pues está
bajo la jurisdicción del Rey. Nueve de cada diez
que lo han seguido han alcanzado la meta. Pero el que
lo cruce deberá pagar un tributo y portar las
armas y el estandarte del Rey. Por el contrario, el
camino de la izquierda es para los que no quieren pagar
tributo alguno ni cargar con ningún peso, pero
nueve de cada diez que han ido por él han fracasado
en el intento".
Los
guerreros, tras escuchar estas palabras, tomaron cada
uno un camino distinto. El que escogió la vereda
de la derecha tuvo que cargar con mucho peso, pero mientras
su cuerpo se fatigaba bajo esa disciplina su corazón
se aligeraba pues iba seguro sobre una senda clara.
El otro, el que se decidió por la ligereza del
cuerpo, fue por el camino de la izquierda, y si bien
avanzó pronto, su corazón fue sumiéndose
poco a poco en el terror. Se introdujo en un mundo ténebre
que espantaba a los más valerosos: su audacia
no había sido más que un acto de irresponsabilidad,
y en seguida tuvo que empezar a detenerse y pedir auxilio
y consuelo a los demás viajeros con los que se
encontraba a lo largo del viaje, pero todos ellos también
estaban aterrados. Finalmente, buscó un lugar
en el que esconderse, y ahí se quedó para
siempre sumido en el espanto y aterrado por sus fantasmas.
El
otro guerrero, el que había elegido la senda
aparentemente más dura, alcanzó su objetivo,
y fue recompensado al haber cumplido la orden que se
le había encomendado. Éste había
seguido la senda de la obediencia, y encontró
quien la premiera, mientras que el de la segunda vía
no encontró a quien valorara sus esfuerzos, pues
no había hecho ninguno.
El
primer viajero era el Mûmin, el que se predispone
hacia Allah, y el segundo es el Kâfir, el que
opta por ignorarlo todo confiando en sus propios recursos.
El camino alude a la vida que viene del mundo del espíritu
y, desembocando en la tumba, se abre hacia la inmensidad
de Allah. El tributo, las armas y el estandarte son
la ‘Ibâda, el esfuerzo que ha de hacerse
sobre la senda de Allah.
El
estandarte del Mûmin es "No hay más
Verdad que Allah", y con esta clave abre todas
las puertas. Ante "No hay más Verdad que
Allah" se deshacen todas las quimeras, se deshacen
los cerrojos y se disipan las quimeras. Sin este estandarte,
el guerrero está sin armas ante el mundo. Todo
es ante él apabullante, gigantesco y destructor,
pero con "No hay más Verdad que Allah",
todo es ilusorio, insustancial y débil. Por ello,
el Mûmin derrotó a sus enemigos, mientras
el Kâfir debía medir sus fuerzas con todo
lo que encontraba, perdiendo un tiempo precioso y siendo
derrotado en innumerables ocasiones.
Quien
depende de Allah no es defraudado, y quien depende de
sí mismo es engañado por sus ilusiones.
Quien se asoma a Allah se asoma a lo creador, a lo que
fluye por todas las cosas. Quien se entrega a su ego
no encuentra más que espejismos que no puede
alcanzar ni de los que pueda sacar jugo. La ‘Ibâda
es ese asomo a la estrecha relación con Allah
que existe en lo interior de cada fenómeno, es
descubrir en el corazón de las cosas la Verdad
que las sustenta. El Kâfir, que ha olvidado esa
vinculación, se enfrenta a sus fantasmas y es
devorado por ellos.
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