Una
tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía,
me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba,
sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente,
cuando llegó un derviche que iba a pie a Bassorah.
Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos
a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos
camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña
recelaba un tesoro tan infinito que aun después
de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no
se notaría mengua en él. Arrebatado de
gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué
que me indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento
un camello cargado. El derviche entendió que
la codicia me hacía perder el buen sentido y
me contestó:
-Hermano,
debes comprender que tu oferta no guarda proporción
con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte
más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te
quiero bien y te haré una proposición
más cabal. Iremos a la montaña del tesoro
y cargaremos los ochenta camellos; me darás cuarenta
y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos
separaremos, tomando cada cual su camino.
Esta
proposición razonable me pareció durísima,
veía como un quebranto la pérdida de los
cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche,
un hombre harapiento, fuera no menos rico que yo. Accedí,
sin embargo , para no arrepentirme hasta la muerte de
haber perdido esa ocasión.
Reuní
los camellos y nos encaminamos a un valle rodeado de
montañas altísimas, en el que entramos
por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello
podía pasar de frente.
El
derviche hizo un haz de leña con las ramas secas
que recogió en el valle, lo encendió por
medio de unos polvos aromáticos, pronunció
palabras incomprensibles, y vimos, a través de
la humareda, que se abría la montaña y
que había un palacio en el centro. Entramos,
y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada
fueron unos montones de oro sobre los que se arrojó
mi codicia como el águila sobre la presa, y empecé
a llenar las bolsas que llevaba.
El
derviche hizo otro tanto, noté que prefería
las piedras preciosas al oro y resolví copiar
su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche,
antes de cerrar la montaña, sacó de una
jarra de plata una cajita de madera de sándalo
que según me hizo ver, contenía una pomada,
y la guardó en el seno.
Salimos,
la montaña se cerró, nos repartimos los
ochenta camellos y valiéndome de las palabras
más expresivas le agradecí la fineza que
me había hecho, nos abrazamos con sumo alborozo
y cada cual tomó su camino.
No
había dado cien pasos cuando el numen de la codicia
me acometió. Me arrepentí de haber cedido
mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolví
quitárselos al derviche, por buenas o por malas.
El derviche no necesita esas riquezas -pensé-,
conoce el lugar del tesoro ; además, está
hecho a la indigencia.
Hice
parar mis camellos y retrocedí corriendo y gritando
para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.
-Hermano
-le dije-, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado
a vivir pacíficamente, sólo experto en
la oración y en la devoción, y que no
podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Si quieres
creerme, quédate solamente con treinta, aun así
te verás en apuros para gobernarlos.
-Tienes
razón -me respondió el derviche-. No había
pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden,
llévatelos y que Dios te guarde.
Aparté
diez camellos que incorporé a los míos,
pero la misma prontitud con que había cedido
el derviche, encendió mi codicia. Volví
de nuevo atrás y le repetí el mismo razonamiento,
encareciéndole la dificultad que tendría
para gobernar los camellos, y me llevé otros
diez. Semejante al hidrópico que más sediento
se halla cuanto más bebe, mi codicia aumentaba
en proporción a la condescendencia del derviche.
Logré, a fuerza de besos y de bendiciones, que
me devolviera todos los camellos con su carga de oro
y de pedrería. Al entregarme el último
de todos, me dijo:
-Haz
buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que
te las ha dado, puede quitártelas si no socorres
a los menesterosos, a quienes la misericordia divina
deja en el desamparo para que los ricos ejerciten su
caridad y merezcan, así, una recompensa mayor
en el Paraíso.
La
codicia me había ofuscado de tal modo el entendimiento
que, al darle gracias por la cesión de mis camellos,
sólo pensaba en la cajita de sándalo que
el derviche había guardado con tanto esmero.
Presumiendo
que la pomada debía encerrar alguna maravillosa
virtud, le rogué que me la diera, diciéndole
que un hombre como él, que había renunciado
a todas las vanidades del mundo, no necesitaba pomadas.
En
mi interior estaba resuelto a quitársela por
la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el derviche
sacó la cajita del seno, y me la entregó.
Cuando
la tuve en las manos, la abrí. M irando la pomada
que contenía, le dije:
-Puesto
que tu bondad es tan grande, te ruego que me digas cuáles
son las virtudes de esta pomada.
-Son
prodigiosas -me contestó-. Frotando con ella
el ojo izquierdo y cerrando el derecho, se ven distintamente
todos los tesoros ocultos en las entrañas de
la tierra. Frotando el ojo derecho, se pierde la vista
de los dos.
Maravillado,
le rogué que me frotase con la pomada el ojo
izquierdo.
El
derviche accedió. Apenas me hubo frotado el ojo,
aparecieron a mi vista tantos y tan diversos tesoros,
que volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba
de contemplar tan infinitas riquezas, pero como me era
preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo
derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche
que me frotase con la pomada el ojo derecho, para ver
más tesoros.
-Ya
te dije -me contestó- que si aplicas la pomada
al ojo derecho, perderás la vista.
-Hermano
-le repliqué sonriendo- es imposible que esta
pomada tenga dos cualidades tan contrarias y dos virtudes
tan diversas.
Largo
rato porfiamos; finalmente, el derviche, tomando a Dios
por testigo de que me decía la verdad, cedió
a mis instancias. Yo cerré el ojo izquierdo,
el derviche me frotó con la pomada el ojo derecho.
Cuando los abrí, estaba ciego.
Aunque
tarde, conocí que el miserable deseo de riquezas
me había perdido y maldije mi desmesurada codicia.
Me arrojé a los pies del derviche.
-Hermano
-le dije-, tú que siempre me has complacido y
que eres tan sabio, devuélveme la vista.
-Desventurado
-me respondió-, ¿no te previne de antemano
y no hice todos los esfuerzos para preservarte de esta
desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como
has podido comprobar en el tiempo que hemos estado juntos,
pero no conozco el secreto capaz de devolverte la luz.
Dios te había colmado de riquezas que eras indigno
de poseer, te las ha quitado para castigar tu codicia.
Reunió
mis ochenta camellos y prosiguió con ellos su
camino, dejándome solo y desamparado, sin atender
a mis lágrimas y a mis súplicas. Desesperado,
no sé cuántos días erré
por esas montañas; unos peregrinos me recogieron.
FIN
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