| |
Esta
sûra y la que la sigue, quedando con ellas finalizado
el Corán, son una orientación que Allah
ofrece a su Profeta (Nabí) -y con él a
todos los mûminîn- para que busquen cobijo
bajo la protección de la Única Verdad
y Fuente de todas las cosas y acontecimientos y se res-guarden
a su sombra contra lo que les atemorice, ya sea la causa
del miedo algo invisible o visi-ble, desconocido o conocido.
La sûra hace referencia a esto de modo general,
y también detalla algunos aspectos.
Es como si, acabando el Corán, Allah abriera
a los suyos el espacio seguro de su protec-ción
y desplegara su poder para reducir a la nada cuanto
angustia y confunde al ser humano. Las sombras que les
espantan son ilusión al lado de Allah, y junto
a Él se disipan en la inconsistencia nebulosa
de lo irreal. Por ello, Allah convoca a los hombres
y los orienta hacia Sí, hacia donde no hay miedo
porque ahí está la luz creadora. Los fantasmas,
materiales o inmateriales, que sobre-cogen a los hombres,
se desvanecen ante la representación de la existencia
que el Islam ofrece a los musulmanes. El mundo que sugestiona
con la fuerza de su apariencia se convierte en espacio
de seguridad y paz para los que se vuelven hacia Allah,
Señor de los Mundos.
Es muy difícil desembarazarse de los fantasmas
y los ídolos. Ésa es una empresa que debe
proponerse el musulmán: eliminar lo que obstaculiza
el crecimiento del ser humano como criatura soberana
y le impide asomarse al océano de la eternidad.
Sellando el Corán, Allah ordena a los mûminîn,
a los que se han abierto a Él, que le recuerden
cada vez que algo les espante o siembre la discordia
en sus corazones para que el temor quede anulado en
la claridad del Uno-Único que todo lo rige y
es el Rahmân-Rahîm, el Posibilitador y el
Expansionador, Aquél en el que han depositado
su confianza los que se han abierto al Secreto que subyace
bajo las cosas, pues saben que Allah propicia lo bueno
y lo conduce a su plenitud.
Los miedos, las sospechas, las ilusiones,... son los
mayores distorsionadores de la Ver-dad. Falsean nuestro
mundo, falsean nuestra espiritualidad, falsean la significación
del Corán. Son mentiras que nos obligan a más
mentiras con las que buscamos librarnos de la inseguridad
en la que existimos, engañándonos a nosotros
mismos. El Corán nos invita a tomar conciencia
de este hecho, pues sólo alejando esos males
la vida se convierte en vergel y el Corán es
fuente de verdadera inspiración.
Las dos sûras o capítulos, ésta
y la que sigue, empiezan con una orden que Allah dirige
a su Profeta, y a todos los musulmanes para que le imiten:
“Di: Me refugio en el Señor del al-ba...”;
“Di: Me refugio en el Señor de las gentes...”.
Con estas dos sûras el musulmán exorciza
sus miedos. Articula palabras que le recuerdan que el
único Poderoso, que la única Verdad, es
Allah. Y ante la inmensidad a la que los asoma este
recuerdo lo demás se vuelve irrelevante e incapaz.
‘Uqba ibn ‘Âmir contó que el
Mensajero de Allah (s.a.s.), cuando le fueron reveladas
estas dos sûras, dijo: “Me han sido mostradas
dos sûras que no tienen par: ‘Di: Me refugio
en el Señor del alba’ y ‘Di: Me refugio
en el Señor de las gentes’...”.
Y según Yâbir, en cierta ocasión
en que Muhammad (s.a.s.) le ordenó recitar algo
de Corán, le dijo: “¿Qué
he de recitar?”, y Rasûlullâh (s.a.s.)
le pidió que recitara “Di: Me refugio en
el Señor del alba” y “Di: Me refugio
en el Señor de las gentes”. Cuando Yâbir
hubo con-cluido la recitación, el Profeta (s.a.s.)
le aconsejó: “Recítalas con frecuencia,
pues no hay nada que se les asemeje”.
El musulmán acude a estos dos talismanes (al-mu‘awwidzatáin)
para afianzarse en su ‘Aqîda, en su visión
unitaria de la existencia. Cuando una amenaza -real
o fantástica- enturbia su paz, recurre al Recuerdo
y hace presentes los significados de las enseñanzas
del Islam. Para el mûmin, el que ha abierto su
corazón a lo infinito, las acechanzas que imagina
el común de la gente se evaporan ante la nitidez
de unas palabras con las que rememora la grandeza de
la Verdad en la que existe, y entonces la pequeñez
de las circunstancias que lo atemorizan quedan relegadas
a la insignificancia.
***
El Corán menciona en esta sûra la cualidad
de Allah que al ser recordada por el mûmin le
confiere seguridad ante los miedos que asaltan al común
de los hombres y los confunden alzan-do ídolos
y quimeras ante él. Esa cualidad es la Rubûbía,
el Señorío. Es Allah el que impera en
todas las cosas y en todos los acontecimientos, Él
es el que rige cada instante, el que lo configura y
le da hechura. El que ha creado al ser humano, el que
le provee de cuanto necesita, el que le da firmeza y
lo guía, el que está presente en todo
momento, estructurando cada segundo, y es la misma Verdad
que fundamenta la existencia entera, y gobierna también
aquello cuya apariencia sobrecogedora aterroriza al
hombre: qul a‘ûdzu bi-rábbi l-fálaq,
di: Me refugio en el Señor del alba..., es decir,
en el que ilumina lo tenebroso.
El alba (fálaq) es el despuntar del sol, el momento
en que se inicia la luz. Es sinónimo, por tanto,
de la creación entera. Allah es el Señor
(Rabb) de todo lo que emerge, de todo lo que pasa a
ser. El Corán dice en otra parte: “Allah
es el que hace amanecer a la semilla y saca lo vivo
de lo muerto, y saca lo muerto de lo vivo”, y
también dice: “Allah es el que hace despuntar
el alba, el que ha hecho de la noche un tiempo para
el reposo y al sol y a la luna les ha dado un movimiento
calculado”.
El Corán ordena a Muhammad (s.a.s.) -y con él
a todos los musulmanes- decir (qâla-yaqûl)
que buscan refugio (‘âdza-ya‘ûdz,
refugiarse, cobijarse, protegerse) en el Recuerdo del
Señor de la Creación y de la Luz, en el
Uno-Fuente de la que beben todas las cosas, el Iniciador
de cuanto existe, el Rector de lo creado, el que saca
la vida de la oscuridad y el miedo, el Destino al que
las realidades vuelven constantemente.
En esa Rubûbía absoluta, en ese Poder Determinante,
la existencia es igualada, queda al mismo nivel, y lo
que antes era enemigo y amenaza se hace amable o queda
diluido en la exhube-rancia de la Verdad integradora
y cuya Voluntad es el bien y la perfección. Allah
es lo poderoso, lo presente con su fuerza en aquello
cuya intensidad desconcierta al ser humano. Esa contunden-cia
de Allah invita a los que se han abierto a Él
a encontrarlo en lugar de hundirse en el terror, y lo
que descubren es la Majestad.
Recordar al Señor de la Luz da paz frente a lo
oscuro y ambiguo, confiere claridad a lo que el hombre
teme porque escape a su entendimiento o a su control.
La inseguridad del ser humano ante lo inabarcable y
lo misterioso de la existencia es atenuada por la evocación
de la raíz común que lo conjuga todo.
La importancia del daño que pueda hacerle el
mundo se desva-nece cuanto lo ve todo integrado en una
única voluntad que trasciende la necesidad de
controlar que siente el hombre. El musulmán se
abandona a su Señor y recoge lo que viene de
Él, y con ello todo ‘mal’ queda exorcizado.
El Corán ordena a los musulmanes cobijarse en
Allah, Señor de la Luz, min shárri mâ
jálaq, contra el mal de lo que ha creado. Allah
ha creado (jálaqa-yájluq, crear) las cosas,
todo lo que existe, todo lo que el hombre percibe con
sus sentidos o imagina. El mal (sharr) de la creación
es la capacidad que tiene lo creado de sugestionar al
hombre. La creación, al presentarse ante el hombre
con la fuerza de lo Real lo confunde y le hace creer
que es algo aislado con poder autónomo. El ser
humano empieza entonces a temer esa influencia imaginaria
que su propia inse-guridad ha conferido a las cosas
creadas. Pero todo está sujeto a Allah, es Allah
lo único verda-deramente eficaz. Él es
el centro y el eje de la Rubûbía. Cuando
el musulmán vuelve su atención hacia Allah,
desidolatriza la existencia, y la creación y
su poder quedan disueltos en la Voluntad Una que lo
trasciende todo.
Estamos en el mundo, insertos en él, sometidos
a su influencia, y no podemos obviar lo que nos rodea,
lo mismo que no podemos siempre evitar ser causantes
de daño para los demás. Esto es lo que
percibimos, y no debemos negarlo. Su negación
no es más que retórica.
Buscar cobijo en Allah es detenernos un instante para
sumergirnos en la Unidad que todo lo crea y cobrar energías
y certezas en esa Fuente. Sabemos y sentimos que las
criaturas, en su contacto unas con otras, se dañan,
lo mismo que se benefician. Con el recurso a esta sûra
nos asentamos en el deseo de eliminar lo malo y perjudicial
para que sólo quede lo bueno y lo benefi-cioso,
a la vez que degustamos los sentidos interiores de la
existencia.
El que ha creado las cosas y está presente con
su Poder Determinante en ellas, es capaz de orientarlas
y hacerlas favorables a quien expresa el deseo contenido
en las palabras de esta sûra. Es así como
las expresiones coránicas que hemos analizado
cobran una doble significación: un sentido espiritual
y unas connotaciones prácticas e inmediatas.
***
Tras
la generalización contenida en los dos primeros
versículos, el Corán desarrolla algunos
as-pectos de los temores habituales entre las gentes.
Allah ordena a los musulmanes refugiarse en el recuerdo
de Allah wa min shárri gâsiqin idzâ
wáqab, contra el mal de la oscuridad cuando se
desliza. La noche y la oscuridad (gâsiq) son manantial
de terrores.
El término gâsiq está muy matizado
en árabe: es sinónimo de luna oscura,
tinieblas, frío glacial,... sugiere, por tanto,
una oscuridad gélida, cargada de amenazas, en
la que acecha algo ambiguo y terrible. Eso tenebroso
se desliza (wáqaba-yáqib, deslizarse como
el sol cuando se pone) hasta el corazón. Se trata
de un verbo que también está lleno de
connotaciones: entrar en una gruta, eclipsarse, hundirse
un astro en su órbita, extenderse silenciosamente.
La oscuridad anula los sentidos del hombre: no puede
controlar lo que le rodea y ello es causa de terror
y an-siedad. Contra ese mal, contra ese miedo paralizante,
el musulmán busca cobijo junto a su Crea-dor,
del que sabe que está presente con su Poder en
todo lo que le rodea. Al recordar a Allah, la luz aparece
en el corazón del mûmin, y el fantasma
tenebroso se disipa en la nada de su oscuri-dad.
La noche está cargada de presentimientos: fieras
reales o imaginarias, peligros verdade-ros o ilusorios,
pensamientos fundados o infundados, todos con capacidad
para erizar el corazón y detener los pasos del
hombre. Por su parte, el Islam enseña que se
ha de ser resuelto y activo, y afrontar los peligros
y las acechanzas, y seguir adelante. Esta sûra
talismánica es para disolver esos miedos y estimular
al ser humano.
***
El ser humano es muy impresionable, y la sugestión
hace mella en él. Las supersticiones y la magia
son medios que se han utilizado para dominar el ánimo
de las personas. El Corán or-dena a los musulmanes
buscar refugio en Allah wa min shárri n-naffâzâti
fî l-‘úqad, contra el mal de las
que soplan en los nudos. Las que soplan (naffâzât,
plural de naffâza, sopladora) en los nudos (‘úqad,
plural de ‘uqda, nudo) son las brujas. Hacer un
nudo expresa en árabe la idea de tomar una decisión.
Las brujas hacían nudos y soplaban en ellos,
deshaciéndolos, mientras pensaban en alguien,
y con ello pretendían quebrar la fuerza del individuo
que tenían en mente y debilitarlo o someterlo
a su voluntad. La efectividad de estos hechizos sólo
Allah la sabe, y en cualquier caso es Él el que
en todo momento protagoniza los acontecimientos. Volverse
hacia Él es desear que nada de esto afecte de
un modo u otro el ánimo del que recuerda a su
Señor y se confía a Él.
Siempre se trata de lo mismo. Lo que atemoriza al ser
humano es lo que desconoce, lo que no puede controlar.
El supuesto poder de su enemigo, sea éste real
o ficticio, le produce du-das que debe vencer. Retrotraerse
es algo que el Islam censura constantemente y ofrece
al mu-sulmán fórmulas que le permitan
sobreponerse.
***
Por último, el Corán ordena a los musulmanes
buscar protección en Allah wa min shá-rri
hâsidin idzâ hásad, contra el mal
del envidioso cuando envidia. La envidia (hásad)
es la reacción del egoísmo frente a un
bien que Allah hace a otra persona. Cuando el envidioso
(hâsid) envidia (hásada-yáhsid,
envidiar) algo terrible se agita en su interior. Bien
se reprima o bien actúe movido por el rencor
contra el beneficiario del favor de Allah, el envidioso
es siempre cau-sante de males.
La creencia en el mal de ojo estaba muy extendida en
tiempos del Profeta (s.a.s.) y sub-yace en este versículo.
Incluso hay relatos que cuentan que en cierta ocasión
Muhammad (s.a.s.) fue víctima de un hechizo de
estas características y del que lo sacó
la recitación de las dos sûras talismánicas.
Sin embargo, Sayyid Qutb pone en duda la autenticidad
de esas narraciones.
Que las emociones interiores tienen expresión
misteriosa en el mundo que nos rodea es algo aceptado
en el Islam. Todo está conjugado en una unidad
que trasciende los formalismos y se ramifica por el
mundo del espíritu afectando a todas las cosas.
Las causas y los efectos no siempre están al
alcance del entendimiento y la percepción, y
esto es fuente de miedos e inseguri-dades que el Corán
amansa recordando al musulmán que en cualquier
caso en Allah está el refu-gio.
***
Así concluye la primera de las dos sûras
talismánicas con las que el Corán queda
clausu-rado. En este capítulo se orienta al musulmán
para que recuerde a su verdadero Señor -y Señor
de todas las cosas y de todas las criaturas- cada vez
que presienta una amenaza extraña.
Por ello, Rasûlullâh (s.a.s.) aconsejaba
a todo musulmán la recitación de esta
sûra -junto al capítulo anterior y el siguiente-
cada vez que se prepara para dormir y sumergirse en
el mundo de los sueños y de las pesadillas. Según
‘Âisha, cuando Rasûlullâh (s.a.s.)
se metía en el lecho, juntaba las manos, soplaba
en ellas y repetía las sûras “Di:
Él es Allah Uno”, “Di: Me refugio
en el Señor del alba” y “Di: Me refugio
en el Señor de las gentes”, y después
se frotaba las partes del cuerpo que podía, empezando
por la cabeza, y repetía la misma operación
tres veces.
|
|