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Por
ejemplo, se dice que la estrella desaparece (hawa) cuando
(parece) caer. Al-lâh —exaltado sea—ha
dicho: Por la estrella cuando ésta cae (Corán,
LIII, 1).
Cuando este estado interior (hal) se realiza de este
modo, este nombre en inclinación repentina es
uno de los dados al amor. El verbo que lo expresa es
entonces HaWiYa vocalizado en el futuro YaHWa, y el
nombre correspondiente es Ha Wa, el hecho de amor, de
padecer de amor.
De la misma raíz pronunciada HaWa, en futuro
YaHWi, procede el nombre HuWiY, que significa el hecho
de caer.
Tres razones apoyan el sentido dado al nombre HaWa,
el hecho de caer en el corazón. Cada una de ellas
puede determinar este tipo de amor, o dos de ellas o
también las tres: se trata de la mirada (nazhar),
de la audición (sama) y del beneficio (ihsan).
La más importante y la más constante es
la mirada, porque el amor que ella engendra no se altera
tras el encuentro (del ser amado), al contrario de la
audición de su voz, que es susceptible de alterarse
tras la frecuentación. Es en efecto poco probable
que la forma del bienamado que él ha percibido
por el oído le corresponda felizmente en la imaginación.
En cuanto al amor producido por el beneficio, está
sometido a deficiencia, ya que el descuido lo hace cesar,
aunque el beneficio persista tras la desaparición
de aquel que lo ha otorgado.
La segunda acepción del término HaWa expresa
una pasión o inclinación amorosa súbita
que debería ser conforme con los datos de la
Ley revelada. La siguiente palabra que Al-lâh
dirige al Profeta David lo confirma: Pronúnciate
entre los hombres por medio del derecho verdadero (bi
l-haqq) y no sigas la inclinación súbita
de la pasión (hawa)... (Corán, XXXVIII,
26) y, se interpreta de esta forma: no sigas el móvil
de tu amor, sino el objeto de Mi amor, pues éste
es el precepto que Yo te prescribo.
Al-lâh continúa este versículo del
siguiente modo: ...porque ella te apartará del
Camino de Al-lâh. Es decir que esta inclinación
pasional te dejará desorientado llevándote
a tu pérdida y te cegará en el camino
que Yo te he trazado en Mi Revelación y por el
que te he pedido andar. Éste es el precepto divino
a este respecto.
En este contexto, la inclinación amorosa súbita
es el amor que el hombre cultiva, pero que Al-lâh
exige que abandone cuando ese amor corresponde a una
forma de ser que no sigue las prescripciones establecidas
por Al-lâh.
Y si objetas que Al-lâh prohíbe al hombre
una disposición natural de la que no es capaz
de privarse, puesto que en dicho amor, en dicha inclinación
pasional, tiene sobre él un dominio tan violento
que excluye la coexistencia de la razón.
Te responderemos que Al-lâh no impone a este ser
la desaparición de la inclinación amorosa,
porque la pasión encuentra siempre libre curso
uniéndose, como hemos subrayado anteriormente,
a objetos múltiples y se ejerce sobre numerosos
seres.
Ya hemos mostrado que la inclinación amorosa,
que es el amor, es en realidad el amor de la unión
en uno o en numerosas personas. Es por ello por lo que
Al-lâh —exaltado sea— exige que el
hombre, en su amor, tome como objeto de su amor sólo
la Verdad enunciada por Él —y tal es el
Camino de Al-lâh— con el mismo vigor que
le unía a múltiples caminos que no son
los de Al-lâh. Todo esto tiene relación
con esta palabra divina anteriormente citada: Y no sigas
la inclinación de la pasión. Al-lâh
no le impondrá, pues, nada que esté más
allá de su capacidad, ya que la prescripción
de una carga contra natura no puede ser querida por
Aquel que posee ciencia y sabiduría en las normas
que dicta.
Y si objetas a la obligación de creer por parte
de aquel que no debía creer por lo que fue decidido
desde toda la eternidad en la Ciencia de Al-lâh,
como fue el caso de Abu Jahl y también de otros,
diremos que la respuesta a esta objeción tiene
dos aspectos.
En la primera interpretación, no entiendo por
imposición u obligación (taklif) la sola
conformidad al orden natural (‘ada), al que quien
está sometido no podría contravenir. Tal
sería el caso de una persona que le ordena a
otra que se eleve al cielo sin ningún medio,
o también de reunir a los opuestos, o bien de
permanecer en el instante, que por sí mismo no
perdura. Está, pues, sujeto al orden natural
sobre el que ejerce su capacidad. Éste es el
verdadero fundamento de la fe (iman) y de su modo de
expresión, teniendo cada hombre en sí
mismo la posibilidad de conformarse a él, sea
por decisión personal (kabs), o por disposición
natural (khalq), como quieras. Di entonces: es por esta
razón por la que el argumento relativo a esta
cuestión que interesa al siervo el Día
de la Resurrección pertenece a Al-lâh,
a Él que ha dicho: ¡Di! El argumento decisivo
(hujja baligha) pertenece a Al-lâh. (Si Él
lo hubiera querido, nos habría entonces guiado
a todos) (Corán, VI, 149). Si Al-lâh hubiera
impuesto al hombre lo que no entra en su condición
normal, la palabra: El argumento decisivo pertenece
a Al-lâh, no habría podido convenir. Pero
como Él ha dicho claramente, es a Al-lâh
a quien pertenece hacer lo que quiere tal como confirma
en este versículo: No tendrá que responder
sobre lo que Él hace, pero a ellos sí
se les pedirá cuentas (Corán, XXI, 23).
El sentido que hay que dar a estas palabras es el siguiente:
no se plantea esta pregunta a Al-lâh: «¿Por
qué nos has impuesto esta carga? ¿Por
qué nos has prohibido o nos has ordenado tal
cosa, sabiendo que nos opondríamos a Tu Decreto?»
Esta frase de Al-lâh: No tendrá que responder
a lo que hace, equivale a plantearles esta pregunta:
«¿Os he dado o no órdenes que son
de vuestra competencia?» Estarán obligados
a responder conforme al orden de las cosas (‘ada):
«¡Teníamos capacidad de hacerlo!»
Esto es confesar que Al-lâh les impone cargas
de acuerdo con sus aptitudes y que, en definitiva, está
establecido que el argumento decisivo pertenece a Al-lâh,
mientras que continúan ignorando la ciencia que
Al-lâh tiene de su caso todo el tiempo que dura
la obligación que Él les impone.
En la segunda interpretación, tal como lo hemos
ya visto, se trata de una necesidad de la fe en Al-lâh
que resulta del contexto coránico que relata
la captación por Al-lâh de la posteridad
de Adán (antes de su advenimiento terrenal) y
de la manifestación de Su Decisión (hukm)
en la vida futura. El creyente (mu'min) subsiste sólo
en ella, aunque en la morada de aquí abajo reconozca
la existencia de Al-lâh aun permaneciendo politeísta
(asbraka). No hace asociados sino a un ser existente
y, por esta razón, sólo se exige de él
el reconocimiento de la única Unidad divina que
está en esta realidad y que es objeto del amor
del Ser verdadero, siendo el objeto de este amor todavía
virtual en relación con los seres que él
asocia. Ama, pues, reconocer la Unidad divina que aparece
en estas personas, y si ama sólo a una de ellas,
tendrá afecto por ella entre otras muchas. Al-lâh
ama a cualquiera que se caracterice por un amor de esta
naturaleza, debido a la existencia misma de lo que él
ama, a saber, la Unidad divina manifestándose
a través de esta realidad. Cualquiera que deteste
a una persona se comporta de este modo por el hecho
de que el objeto de su amor no se muestra a través
de ella, y esta actitud también tiene que ver
con el reconocimiento de la Unidad divina.
La última meta de todas es, pues, la fe (en Al-lâh),
y podemos verificarlo de nuevo, dado que la Misericordia
de Al-lâh precede a Su Ira.
El significado del término HaWa, la inclinación
súbita de amor, te parece ahora evidente.
2. Al-Hubb: el amor original
En este afecto, el ser purifica la inclinación
amorosa (kawa) adhiriéndose únicamente
al Camino de Al-lâh, con exclusión de cualquier
otro. Cuando ha realizado así esta purificación
y ha adquirido una naturaleza límpida, tras haberse
desembarazado de las impurezas causadas por la asociación
de dioses múltiples en direcciones divergentes,
puede hablar de él en términos de amor
original (hubb) en virtud de esta misma clarificación
y de esta purificación que lo caracteriza.
Por la misma razón, se llama habb al recipiente
que recibe el agua turbia para que se haga límpida
y clara por precipitación de sus impurezas en
el fondo de la vasija.
Ocurre igual con el amor original (hubb) en las criaturas.
Cuando éstas se apegan al Ser verdadero —gloria
a Él— y cuando, por El, el alma se libera
del afecto puesto en los dioses rivales, que constituyen
otras tantas asociaciones de Al-lâh, esta actitud
es llamada amor original.
Además, Al-lâh —exaltado sea—
ha dicho: Quienes creen tienen un amor más intenso
por Al-lâh (Corán, II, 165). En efecto,
cuando se retire el velo, quienes han sido seguidos
le dirán a los que les seguían y los que
les habían seguido dirán: «Si pudiéramos
volver, los negaríamos como ellos nos han negado»
(Corán, II, 166 y 167). El amor que los primeros
testimoniaban hacia estos últimos cesará
en la morada última, pero los creyentes continuarán
amando a Al-lâh. Su amor por Él se hará
más intenso hasta el punto de superar los demás
cuando éstos quieran renegar del amor de sus
divinidades, en el momento en el que sus bienes y sus
hijos no les servirán de nada contra Al-lâh
(Corán, III, 10). El Día de la Resurrección,
los asociadores sólo quedarán con el amor
de Al-lâh, mientras que en esta vida en el mundo
Lo habían amado al mismo tiempo que amaban a
sus dioses asociados. Si dicha valoración y dicho
error no los hubieran seducido, no los habrían
amado en absoluto, sino que el objeto de su amor hubiera
sido claramente la función divina que imaginaron
encontrar en las numerosas criaturas. Amaron, pues,
a Al-lâh, pero igualmente a los seres que Lo asociaron.
En el momento de la Resurrección, tal como acabamos
de decir, únicamente el amor de Al-lâh
les quedará y, en consecuencia, en la vida futura
tendrán un amor más intenso por Él
que el que le tenían en este bajo mundo, a causa
de la misma disposición de su amor puesto en
la otra morada sólo sobre Al-lâh. Es entonces
cuando ese ser contemplará el objeto de su amor
que no es otro que la Redención divina que reside
únicamente en Él. Por esta razón,
la misericordia es primordial, las dos moradas limítrofes
son fuerzas y el dominio intermediario es debilidad
con todo el riesgo de asociación que conlleva.
Pero hemos tratado esta cuestión en todo lo expuesto.
Tal es, pues, la diferencia que existe entre el amor
original y la inclinación súbita de amor.
3. Al-‘Ishq: desbordamiento del amor
Es al exceso de amor o colmo de amor (ifrat al-mahabba)
o amor desbordante (mahabba mufrita) al que se aplica
esta palabra divina: Quienes creen tienen un amor más
intenso (ashaddu hubban) por Al-lâh (Corán,
II,165).
Además de la pureza de su afecto por un ser único,
este afecto es lo que se llama propiamente el amor original
(hubb), y además de su aparición en el
fondo del corazón (habbat al qalb), que ha sido
llamado igualmente amor original, tiene la virtud de
invadir al hombre totalmente y de hacerlo ciego a todo
excepto al bienamado. La realidad íntima (haqiqa)
de tal amor se infunde en los mínimos elementos
de su cuerpo, de sus facultades y de su espíritu.
Circula en él como la sangre en las venas y en
la carne. Impregna todas las articulaciones de su cuerpo,
llega a identificarse con su existencia afectando íntimamente
todos sus aspectos, cuerpo y espíritu, hasta
el extremo de que nada que tenga relación con
otro puede subsistir en él. Sólo habla
por amor por el amado, no tiene oídos más
que por él y su mirada sólo lo ve a él
en cada cosa. Lo ve en toda forma y no ve nada sin proferir:
«¡Él!» Por ello, esta clase
de amor (hubb) se llama desbordamiento o exceso amoroso
('ishq). Según los relatos, este afecto se habría
apoderado de Zulaykha (la mujer de Putifar). Ella se
abrió una vena y la sangre, al tocar el suelo
en numerosos puntos, trazó: «¡José,
José!» Porque la mención del nombre
de su bienamado se había propagado por sus venas.
Esto es lo que se cuenta también de Al Hallaj,
cuya sangre, fluyendo de sus miembros amputados, escribía
el nombre de «¡Al-lâh, Al-lâh!»
allí donde caía. En ese estado, improvisó
estos versos —¡que Al-lâh le otorgue
misericordia!.
¡Ni miembros ni articulaciones me fueron amputados
sin que en ellos, Señor, vuestro nombre no se
hallara!
Casos como éstos se contienen en esta clase de
afecto y conciernen a esos seres desbordantes de amor
('ushshaq) que encontraron de esta forma la muerte por
amor. Tal sacrificio se llama dominación de amor
(gharam). a describiremos cuando tratemos de los atributos
de los amantes, ¡si Al-lâh quiere!
4. Al-Wadd: la fidelidad de amor
Es la constancia del amor original (thabat al hubb)
o del desbordamiento de amor ('ishq) o también
de la inclinación súbita de amor (hawa).
Cualquiera que sea el estado de los enamorados, esta
clase de amor entra en uno de estos tres conceptos.
Cuando el ser así calificado es constante, y
nada llega a alterar esa disposición en él,
no deja de estar bajo su dominio, su influencia persiste
en las circunstancias agradables o desagradables, no
se aflige ni se regocija del estado de separación
o de alejamiento del amado cuya presencia, no obstante
desea, no deja, por fin, de permanecer bajo el dominio
del amado por el hecho mismo de su presencia, todas
estas actitudes, pues, forman parte de la constancia
de amor (wadd).
El siguiente versículo viene a ilustrar esta
fidelidad de amor: En verdad, el Misericordioso dotará
de un amor constante (wadd) a los que hayan creído
y obrado bien (Corán, XlX, 96), es decir, la
fidelidad del amor en Al-lâh y la constancia de
corazón de Sus siervos.
Tal es el significado de esta palabra.
El amor (hudd) comprende muchos estados de alma que
afectan a los amantes. Trataré después
de ellos si Al-lâh quiere. Por el momento, mencionamos
los puntos del deseo ardiente de amor (shawq), la dominación
amorosa (gharam), el loco amor (hiyam), la pena de amor
(kalaf), los llantos (baka’), la tristeza (huzn),
la herida de amor (kabd), extenuación (dhubul),
la languidez (inkisar) y otros estados semejantes propios
de los amantes que los describen en sus versos y que
expondré con más detalle si Al-lâh
quiere.
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