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Suponte,
pues, que, tras de haber llegado a este estado, sus
ojos se abren, adquiere la vista y recorre toda la ciudad,
dándole la vuelta. No encontrará en ella
nada, distinto de lo que él se creía,
ni cosa alguna, que no reconozca; coincidirán
los colores con las descripciones que de ellos se le
habían dado.
Solamente encontrará nuevo, en todo esto, dos
grandes cosas, consecuencia la una de la otra: una mayor
evidencia y claridad y un más grande placer.
El estado de los hombres
que investigan la verdad por las solas fuerzas de la
razón, que no han alcanzado el grado de la santidad
perfecta, es el primer estado del ciego; los colores
que en este estado son conocidos sólo por descripción
de sus nombres, son aquellas cosas de las que dijo Abu
Bakr [Avempace] que son «demasiado nobles para
referirlas a la vida física, y que Dios concede
a quien le place de entre sus siervos» ; el estado
de los hombres que investigan la verdad por las solas
fuerzas de la razón, pero que alcanzan el grado
de la santidad perfecta y a quienes otorga Dios aquella
cosa, que nosotros hemos llamado metafóricamente
potencia, es el estado segundo de aquel ciego. Pero
es muy raro encontrar un hombre que sea siempre de vista
perspicaz, con los ojos abiertos, y que no necesite
de la especulación racional.
Y con la frase «percepción
de los hombres que investigan la verdad por las solas
fuerzas de la razón», no entiendo yo lo
que ellos perciben del mundo de la naturaleza física,
ni por «percepción de los santos»,
lo que ellos entienden de lo metafísico, pues
estas dos percepciones se diferencian mucho entre sí
y no se confunde la una con la otra; lo que yo entiendo
por «percepción de los hombres que investigan
la verdad por las fuerzas de la razón»,
es aquello que ellos perciben de lo metafísico
o suprasensible, como lo que percibió Abu Bakr
[Avempace]. Es condición precisa, en esta clase
de percepción, que lo percibido sea verdad positiva,
y, por tanto, la diferencia entre la percepción
de los que emplean sólo las fuerzas de la razón
y la percepción de los santos, está en
que éstos conocen lo suprasensible en sí
mismo, penetrando su esencia íntima, aparte de
una mayor claridad y una gran delectación. Abu
Bakr [Avempace] prostituyó este deleite, ofreciéndoselo
al vulgo; lo atribuyó a la facultad imaginativa
y prometió describir de una manera clara y precisa
cómo debe producirse entonces el estado de los
bienaventurados. Convendría decirle a este propósito
aquello de «no digas que es dulce ningún
alimento sin probarlo, ni pisotees los cuellos de los
hombres veraces». Pero nuestro hombre no hizo
nada de lo que dijo ni cumplió su promesa. Parece
que le dificultó su intento la falta de tiempo
a que él mismo alude y sus ocupaciones en el
viaje a Orán; y acaso vio que, si describía
este estado, tendría necesidad de decir cosas
que afearan su manera de vivir y que desautorizaran
todos los esfuerzos que él había hecho
para adquirir y acumular grandes riquezas, y todas las
variadas artes con que se ingenió para procurárselas.
Pero nos hemos apartado
del propósito a que nos había conducido
tu pregunta, un poco más de lo que era necesario. |
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