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Al-lâh
bendijo las tierras de todo Medio Oriente con una gran
presencia y luz angélica. El hizo que todos los
profetas y santos que fueron mencionados en Sus Escrituras
reveladas y en las tradiciones, nacieran allí.
Al-lâh hizo que ellos visitaran y bendijeran varios
sitios que Él hizo bañar en perpetua luz
angélica, tales como la Meca, Medina, Jerusalén,
Damasco, Sinaí, Yemen y las montañas del
Líbano. Al-lâh trajo a Abraham a Siria
y la llamó: “La tierra que Nosotros hemos
bendecido para el beneficio de los mundos” (21:71).
Un día Gabriel le pidió a Al-lâh:
“¡Oh Al-lâh! muéstrame a uno
de Tus amados servidores.”
Al-lâh lo hizo descender para ver a Abraham. Gabriel
exploró la tierra y encontró a Abraham
sentado con su hijo en una colina, mirando desde lo
alto un valle enteramente lleno de rebaños de
ovejas y ganado. Repentinamente Gabriel apareció
ante él como un hombre y se dirigió a
él diciendo, “¡Oh desconocido! ¿Cuál
es tu nombre?”
—
“Mi nombre es Abraham.”
— “¿Y quién es éste
que esta contigo?”
— “Mi hijo.”
— “¿Qué estás haciendo
en esta colina?”
— “Vigilando esos rebaños que ves
abajo.”
— “¿De quién son esos rebaños?”
— “Son míos.”
Abraham quería saber por qué este hombre
estaba haciendo todas esas preguntas pero se mantuvo
callado. Gabriel continuó preguntándole
y verificando su fe. Él dijo,
— “¡Oh Abraham! estos rebaños
son demasiados para ti.”
— “Son muchos pero si tu quieres una parte
puedo dártela.”
— “Sí, pero no puedo pagar el costo.”
— “El precio no será mucho para tí,
pero será costoso para mí.”
— “No entiendo.”
— “Pregúntame.”
— “¿Cuál es el precio, Oh
Abraham?”
— “El precio de la mitad de este rebaño
esta debajo de tu lengua y entre tus labios.”
— “¿Qué es eso?”
— “Sólo te llevará unos pocos
segundos mover tu lengua y tus labios con algunas palabras,
luego, la mitad del rebaño será tuyo.”
— “¿Cuáles son estas palabras?”
— “¿Aceptas mis condiciones?”
— “Sí, acepto.”
— “Entonces di: ‘¡el Más
Glorioso y el Más Santo, Señor de los
ángeles y del espíritu!'
Gabriel
dijo: “¡el Más Glorioso y el Más
Santo, Señor de los ángeles y del espíritu!”
“¡Oh hijo mío!” dijo Abraham,
“baja inmediatamente y pon la mitad de los rebaños
a un lado para nuestro huésped.”
Gabriel continuó con la prueba para Abraham y
dijo: “¡Oh Abraham! Lo que todavía
queda es mucho para ti y para tu hijo solamente, mientras
que nosotros, mi tribu y yo, somos más en número
que tú.”
“¡Oh hermano mío! No te preocupes”,
dijo Abraham, “te daré otra mitad de la
mitad restante si dices por segunda vez: ‘el Más
Glorioso y el Más Santo, Señor de los
ángeles y del espíritu!’”
Al-lâh ordenó a todos los ángeles
del cielo que prestaran atención al diálogo
entre Gabriel y Abraham y que se maravillaran ante esa
fe y lealtad. Gabriel nuevamente dijo: “¡el
Más Glorioso y el Más Santo, Señor
de los ángeles y del espíritu!”
Abraham inmediatamente ordenó: “¡Oh
hijo mío! Toma la mitad de lo que queda y júntalo
con la primera mitad.” Luego miró al hombre
y dijo: “Siento que quieres pedir más.
No esperaré a que tú vuelvas a pedirme,
te preguntaré yo mismo: ¿Quieres más?”
En ese momento, todos los ángeles en el cielo
lloraron y alabaron la generosidad del hombre perfecto:
Abraham.
Al-lâh dijo a los ángeles: “Estoy
creando de cada gota de sus lágrimas un ángel
que habitará la tierra hasta el fin de este mundo.
Ellos serán Mis mensajeros, a cargo de la protección
y la guía de los seres humanos hasta el Día
del Juicio.” Y Al-lâh dijo: “Sean”
y los ángeles fueron creados y descendieron en
tropel sobre la tierra para guiar y proteger a los seres
humanos.
Esto ocurrió por una persona: Abraham. ¿Qué
hay de todas las otras personas devotas, profetas y
santos, quienes como Abraham, hicieron descender la
misericordia de Al-lâh sobre la tierra para nuestro
beneficio?
Luego Abraham le dijo a Gabriel, “Di: ‘¡el
Más Glorioso, el Más Santo, nuestro Señor
y el Señor de los ángeles y del espíritu!’”
Gabriel dijo, “¡el Más Glorioso,
el Más Santo, nuestro Señor y el Señor
de los ángeles y del espíritu!”
Entonces Abraham le dijo a su hijo: “¡Oh
hijo mío! Deja todo para nuestro huésped
y vayámonos. He recibido el precio que pedí.
Estas tres declaraciones de bendición sobre mi
Señor son más valiosas para mi que todo
este rebaño.”
“Abraham, espera! dijo el visitante, “Yo
soy Gabriel, el ángel. Yo sólo vine para
verificar tu amor y tu sinceridad. ¡No necesito
todas estas ovejas y ganado!”
“¡Oh Gabriel!” dijo Abraham, “¿No
pensaste que yo sabía que eras tú? ¿No
te distes cuenta que te reconocí desde el primer
momento en que llegaste aquí? Tú viniste
velándote a ti mismo, pero te descubrí
cuando te pedí que alabaras a tu Señor
con las palabras: ‘el Señor de los ángeles
y del espíritu.’ Fui yo quien se cubrió
a si mismo de ti. Yo me distinguí de ti cuando
te hice decir la tercera vez, ‘Nuestro Señor
(Señor de los seres humanos) y el Señor
de los ángeles y del espíritu.’”
Gabriel estaba desconcertado con la respuesta de Abraham
y no supo qué hacer con el ganado y las ovejas!
Al-lâh lo llamó y le dijo: “¡Oh
Gabriel! Deja a Abraham, ya que él nunca las
volverá a aceptar. Esto es así porque
cuando una persona generosa da, nunca toma nuevamente
y nunca hace recordar a nadie un favor dado. Yo he adornado
a Abraham con Mi atributo: al-Karim: ‘el Generoso’,
por su amor y su sinceridad. Dirige estos rebaños
de ovejas, vacas, cabras, caballos, burros, búfalos
y camellos a los lugares despoblados de esta tierra.
Asignen ángeles guardianes sobre ellos para cuidarlos.
Mi Voluntad es que estas especies de animales nunca
se extingan en la tierra, gracias a la generosidad de
Abraham.” Gabriel les asignó ángeles
a estos rebaños. A dónde sea que vayan
en esta tierra encontrarán generaciones de estos
animales debido a las bendiciones de la generosidad
de Abraham.
Cuando Nimrod quiso lastimar a Abraham él construyó
un gran fuego como nunca antes había sido visto
en la faz de la tierra. El fuego era tan grande que
los hombres no podían acercarse para arrojar
a Abraham en él. Un hombre le dijo a Nimrod que
él había inventado una máquina
especial que él podría usar si lo deseaba.
Esta era una catapulta. Abraham fue capturado, colocado
en ella y arrojado al fuego. Abraham continuó
diciendo: “Yo cuento solamente con Al-lâh.”
Cuando él cayó en el fuego, dijo: “Oh
Al-lâh, Tú eres Uno en el cielo y yo soy
uno en la tierra alabándote a Ti.” Inmediatamente
Gabriel le pidió permiso a Al-lâh para
ir y ayudar a Abraham. Al-lâh dijo: “Si
lo deseas puedes ir y preguntarle si quiere ayuda.”
Gabriel descendió y apareció ante Abraham.
Al-lâh les dijo a todos los ángeles que
miraran lo que pasaría y que escucharan la respuesta
de Abraham.
Gabriel dijo: “¡Oh Abraham! He venido a
ayudar. ¿Quieres que te saque del fuego?”
Abraham respondió, “¿No mira Al-lâh
a Su servidor, oh Gabriel?”
“Si, por supuesto, ¡Él lo ve todo!”
“Entonces, permítele que haga lo que Él
quiera conmigo, ¡oh Gabriel!”
El ángel de la lluvia le preguntó a Al-lâh:
“Nuestro Señor, ¿me permites que
ordene a la lluvia que apague ese fuego?” Todos
los animales de la creación se juntaron e intentaron
apagar el fuego, cada uno usando el medio que disponía.
Sólo a la lagartija geco (ó salamanquesa)
se la encontró avivándolo. Pero la orden
de Al-lâh al fuego fue más rápida,
ya que Al-lâh ya había enfriado el fuego
y lo había hecho seguro para Abraham. Los ángeles
alabaron a Abraham por su absoluta confianza en Al-lâh.
La única disconformidad que él sufrió
en ese momento fue que sudó un poco y Gabriel
limpió su sudor por él.
Luego Al-lâh ordenó al ángel de
la sombra que descendiera y que hiciera que la espera
de Abraham fuera confortable. El ángel de la
sombra descendió y provocó que un inmenso
jardín brotara instantáneamente en el
medio del fuego. Una verde pradera apareció,
en el medio de la cuál había un agradable
estanque lleno de peces y cisnes del paraíso.
Sus escamas y plumas brillaban como la seda y reflejaban
todos los colores de la creación. Los servidores
atendieron a Abraham, que se encontraba bajo la fresca
sombra de un sauce, rodeado con deliciosas frutas y
sabrosos manjares. Los ángeles lo entretuvieron
en una conversación divina, durante la cuál
ellos le revelaron los secretos de sus estaciones y
los poderes que Al-lâh les concedió, dándoselos
todos a él. En ese momento, todos los que estaban
afuera mirando, comenzaron a desear que ellos también
los arrojaran a ese fuego con Abraham. Incluso su padre,
que previamente no creía en su hijo, dijo: “¡Oh
Abraham, que maravilloso Señor es tu Señor!”.
Y su madre verdaderamente entró al fuego escoltada
por los ángeles, abrazó a Abraham y volvió
a salir sin ser dañada. Nadie más pudo
acercarse a él sin sentir el intenso calor abrasador.
El fuego ardió descontroladamente por cuarenta
días, pero el jardín de Abraham seguía
creciendo en vegetación y mantenía su
expansión en las constantes visitas y bendiciones
de los ángeles. En ese momento, el fuego de Abraham
fue el lugar más bendecido de toda la superficie
de la tierra, ya que Al-lâh le dio la más
alta gracia. Él le ordenó a todos los
ángeles de la creación que le hicieran
por lo menos una visita a Su Amigo Abraham.
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