Los Cuatro Pasos y los Siete Niveles
Sheij Nur al-Yerráji
 
 
Mi responsabilidad principal en la orden de los derviches Jalveti-Yerráji consiste en dar la iniciación e interpretar los sueños. Ciertos sueños indican sutilmente el permiso divino para recibir la iniciación y avanzar a nuevos grados sobre el camino místico caracterizado por nuestro fundador Jazreti Pir Nureddín Yerraji (a.s.) por medio de veintiocho de los sublimes nombres de Al-láh. Para cerca de cuatrocientas órdenes místicas del Islam, el camino espiritual se caracteriza sobre todo por ocho nombres divinos, a veces por doce, rara vez por dieciocho. El hecho de que Pir Nureddín seleccionara veintiocho indica que él puso el sello divino sobre la plenitud del camino místico del Islam.
 
 

En la orden Yerráji, más que una serie de iniciaciones sucesivas como las prescritas en ciertas otras órdenes, hay una iniciación principal que ofrece todas las bendiciones del camino. Esta ceremonia no es secreta. Con frecuencia se realiza en presencia de los visitantes a la tekia, el lugar sufi de reunión. Hasta el presente he conducido este rito de entrada para más de quinientos aspirantes sinceros, de manera que se ha vuelto casi tan natural para mí como la respiración. Es siempre una experiencia conmovedora para la comunidad como un todo, así como para mí, el iniciado y los hermanos o hermanas, que se colocan a ambos lados del nuevo derviche, entrelazando los brazos y ayudándole a dar los cuatro pasos supremos.

"Tomar la mano" significa iniciarse, porque místicamente se reproduce el acontecimiento histórico en la vida del Profeta, en donde algunos de sus compañeros, leales hacia el modo sagrado de vida, estrecharon ceremonialmente su mano derecha, para señalar la intensificación de su entrega, compromiso y de su intimidad. Este acto de "tomar la mano" crea un lazo espiritual con el amado Mujámmad —la paz sea con él— más allá y por encima del respeto y la lealtad experimentada por los musulmanes devotos hacia su noble Profeta. La mano derecha que se tiende y se recibe es, en última instancia, la mano derecha del Profeta. La mano derecha del sheij es simplemete un conducto. Debido a la tradicional cortesía islámica, las mujeres que se inician usualmente no sujetan la mano del sheij, ambos toman el mismo hilo de cuentas de oración. Se empieza por informar al nuevo iniciado que esta ceremonia es una coronación mística. La corona de luz que normalmente recibe el alma en el Paraíso le es conferida aquí en la Tierra. Quienes tienen el don de Al-láh de la visión espiritual pueden percibir la luz, y hasta una corona de luz, descendiendo sobre la cabeza del nuevo derviche en un momento determinado de la ceremonia. Puesto que la corona del Paraíso sólo puede ser otorgada en el Paraíso, la conciencia paradisíaca debe estar plenamente presente durante esta iniciación. La corona es simbolizada por el regalo de un gorro blanco a los hombres y un velo blanco o de color a las mujeres.

El recibir esta corona espiritual nos capacita para experimentar la conciencia del Paraíso aquí y ahora, durante las oraciones y aun durante las luchas de la vida diaria. Los derviches iniciados pueden ahora transmitir por lo menos un vislumbre de esta conciencia jubilosa y profunda a las personas amadas y amigos, no en forma verbal sino directamente, elevando así a toda la humanidad. Los derviches no buscan su propia bienaventuranza espiritual; están claramente motivados por el anhelo de servir a sus semejantes.

El sheij da ahora la señal para que los derviches experimentados ayuden al iniciado a dar el primer paso, comenzando con el pie derecho. Se da el saludo islámico de paz, salam aleikum, y el sheij da al iniciado la bienvenida a la dimensión de la sharí'a, la profundidad de la Ley Sagrada. Le recuerdo en este exaltado nivel que la sharí'a es esencialmente la repetición de la afirmación de la unidad lá ilájha il-Al-láh —externa e internamente, verbal y no verbalmente— con cada respiración, cada paso, cada intención, cada percepción. Desde este pilar primordial del Islam, proclama de la unidad, los otros cuatro derivan. Recuerdo al aspirante que la sharí'a es la vía sagrada de la oración constante, y el deleite en la oración, el camino sagrado de actos incesantes de generosidad y amabilidad para con todos los seres, como una sola familia de conciencia; el sendero sagrado del ayuno —no sólo la abstinencia de la comida y la bebida, desde antes del alba hasta el ocaso, durante el mes santo de Ramadán, sino el abstenerse en todo momento, despiertos o dormidos, de toda conceptualidad y emocionalidad limitadas. Finalmente, la sharí'a es la peregrinación, no sólo hacia la Kaaba terrenal, en la noble ciudad de Meca, sino la permanencia constante en el estado abierto y rendido de un peregrino al acercarse a la verdadera Kaaba, el corazón secreto de la humanidad, en donde se esconde —oculto de la mirada convencional del mundo— el diamante de la esencia divina. Este primer paso —la sharí'a— evidentemente no es nada más para principiantes, ni tampoco se deja atrás al dar los tres pasos siguientes.

Una vez más, el sheij da la señal y el proceso se repite, al ser recibido el aspirante en la taríqa. Este es el escarpado sendero ascendente mencionado en el sagrado Corán, el camino en espiral que asciende y atraviesa los siete niveles de la conciencia. Es el camino de la purificación profunda, de los sueños místicos y su inspirada interpretación, el camino del alboroto gozoso y la dulce compañía de los derviches amantes de la Verdad. La táriqa es el árbol místico —siendo el bienamado Profeta la raíz que se extiende horizontalmente dentro del corazón de la humanidad, y el sublime Alí el noble tronco vertical de trascendencia. Las ramas mayores que otorgan sombra bendita son los fundadores de linajes iniciáticos, y las ramas menores son sus herederos y herederas, los sheijs y sheijas. Las flores de todos los colores y fragancias son los innumerables derviches. Los frutos son el amor y la sabiduría. La savia de este árbol es el éxtasis de la unión conciente con la Realidad.

A la indicación del sheij, el aspirante da el tercer paso a la jaqíqa, la cumbre de la montaña de luz. Aquí el camino desaparece en la verde pradera ilimitada de la Verdad. Se pide al aspirante y a la comunidad entera, que sigue totalmente concentrada durante la ceremonia, que vean con los ojos del corazón. Ahora se percibe sólo un océano de luz sin riberas, sin ninguna división, sin superficie ni profundidad. Este océano de luz divina no es plácido, siempre está lleno de olas gigantes de amor divino. Se pide entonces al aspirante enfocarse en los ojos mismos del corazón, para percibir que ellos también están constituidos de Luz Divina. Este es el misterio de Núrun 'ala nur, la luz de Al-láh dentro de la luz de Al-láh.

Por cuarta vez, el sheij amorosamente hace la indicación, y el nuevo derviche da el paso final hacia la preciosa piel de oveja extendida frente al representante de la alcurnia profética, sentado sobre sus rodillas. Este nivel, el marífa, el valeroso descenso del alma del derviche de la montaña de la luz hacia el valle del sufrimiento humano, de la lucha sagrada, mientras el ser realizado retiene perpetuamente la unión conciente con la Verdad, característica del tercer paso. Esta culminación de la sabiduría es el convertirse en polvo bajo los pies de la humanidad. Marífa es el servicio desinteresado a la humanidad y a la creación como un todo, en total coincidencia con la enseñanza del amadísimo Jesús, la paz sea con él, cuando lavó los pies a sus discípulos en la Última Cena, abriendo así sus corazones e iluminando sus mentes. Las manos del ser derviche se convierten en Rajmán y Rajim, divina Compasión y Misericordia. El corazón del nuevo derviche se transforma en justicia y amor divinos. Su respiración se transmuta en la vida divina. Sus ojos perciben sólo la belleza divina, su mente opera sólo con la claridad divina y por el principio de la Unidad Divina.

El protector y guía especial para la sharí'a es el amado Moisés; para el camino del taríqa, el amado Jesús; para el estado del jaqíqa el amado Abraham; y el guía del marífa es el Sello de los Mensajeros, el dispensador de la Luz de la Profecía para todos los corazones, el bienamado Mujámmad Mustafá, la paz sea con él. En cada uno de los cuatro pasos se experimenta una energía espiritual distinta.

En este punto de la ceremonia, el iniciado se arrodilla frente al sheij, rodilla con rodilla. La mano derecha, o las cuentas de oración, se sujetan con firmeza y el sheij ora a la inconcebible misericordia divina que desciende siempre como una lluvia invisible sobre el planeta y sobre el corazón humano, para que se haga visible a los ojos del corazón, limpiando todo el ser del iniciado de cualquier resto de malentendido o entendimiento parcial que nos haya sido impuesto desde la infancia por la sociedad limitada o a partir de las estructuras convencionales del yo limitado. El sheij ora para que hasta la más ligera sombra de negación del amor sea barrida del corazón del aspirante y sea colmado por entero de luz divina. Juntos, el nuevo derviche y los derviches experimentados que lo acompañan, con el sheij y toda la comunidad repiten once veces la frase en árabe Astágfiruláh que tiene la virtud de abrir el corazón al poder del perdón divino.

Cada vez que el sheij da la bienvenida a un nuevo derviche a los cuatro pasos, rezando por él, sus palabras se convierten en energía divina que se despliega, a través de los ojos del corazón, precisamente lo que es recitado o descrito, no como una mera abstracción o un deseo piadoso, sino como realidad viva.

Esta es la réplica sacramental del misterio de la creatividad divina descrito en el sagrado Corán: Al-láh el Altísimo con sólo invocar la palabra de poder "Sea" hace que cualquier cosa que Él quiera aparezca instantáneamente y sin esfuerzo alguno.

En este punto, en la antigua ceremonia de "tomar la mano", se entona el canto melódico del pasaje coránico que describe el acontecimiento original ocurrido en el desierto de Arabia. Interpreto a continuación las palabras divinas al nuevo derviche como sigue: "Cuando los amantes del amor unieron el lado derecho de su ser con el Profeta del Amor, la paz sea con él, la mano derecha de la Presencia Divina descendió sobre ese lazo. Así, Al-láh confirma la promesa original hecha al noble Adán, pasando en una ininterrumpida corriente de luz a través de los ciento veinticuatro mil profetas hasta llegar al bienamado Mujámmad de Arabia, y transmitida desde él a lo largo de catorce siglos de guías místicos. Esta es la promesa de unión del alma con su Señor en la alcoba nupcial del amor divino, la promesa de que aún los velos, que se llaman alma y Señor, se desvanecerán en la realización de la identidad suprema". Agrego que aquí y ahora, mencionando el año y lugar, ante la mirada de estos honorables testigos, esta divina promesa, válida hasta el fin de los tiempos, se confirma una vez más.

Ahora la afirmación de la Unidad Lá ilájha il-Al-láh se repite siete veces junto con el sheij y el aspirante, una vez por cada nivel de conciencia; la séptima repetición ocurre en el nivel espiritual donde sólo la conciencia divina existe. El sheij concluye la séptima afirmación con Mujámmad ar Rasulu-láh —Mujámmad es el Mensajero de Al-láh— y la comunidad derviche comienza a cantar con una hermosa melodía tradicional, el llamado de la trascendencia divina, Alájhu ákbar, la afirmación de la Unidad y los saludos al Profeta. El sheij ahora hace entrega del gorro blanco o el velo consagrándolo tres veces con el noble beso, tocándolo con los ojos y la frente, y ofreciéndolo luego al derviche que lo recibe en la misma forma. Asimismo pone las tradicionales cuentas de oración del Islam en la mano derecha del plenamente iniciado. Las cuentas simbolizan el hecho de que cada respiración se ha vuelto equivalente a la repetición de uno de los bellos nombres divinos, el hecho sorprendente de la iniciación en que el derviche ha sido transformado ante nuestros ojos en una persona de oración perpetua y de la remembranza divina incesante.

A continuación el sheij, abriendo las palmas de sus manos, deja que de su corazón y sus labios broten espontáneamente palabras de plegaria llenas de Gracia, apropiadas para la elevación espiritual del iniciado, de acuerdo a las instrucciones de Al-láh el Altísimo.

Se concluye esta larga oración suplicando al Altísimo que nuestro santo fundador Pir Nureddín Yerraji fije su mirada espiritual en el corazón del derviche día y noche, llenándolo de la luz universal del Islam, que su santa madre Amina Teslima transmita su pureza y santidad al derviche y que el representante de Pir Nureddín para la humanidad moderna, Muzaffer Ashki, colme el corazón del derviche con el exquisito vino del Amor.

El nuevo derviche así investido besa la mano del sheij como si besara la mano del fundador y del Profeta; luego se levanta y da los mismos cuatro pasos hacia atrás, empezando con el pie izquierdo. El pie derecho simboliza la Ley Sagrada, el izquierdo el Sendero Místico. La atmósfera se ha vuelto ligera, gozoza e informal. Explico a nuestro hermano o hermana que esos nobles cuatro pasos no son una regresión o retirada, que ninguna de las riquezas adquiridas en los cuatro pasos se pierde, sino que, es simplemente un retorno a su situación existencial para realizar y actualizar estos sublimes regalos que desde el centro de su ser permanecen irradiando. No entramos en el camino místico para involucrarnos en una fantasía religiosa sino para llegar a ser más realistas, más libres del autoengaño, más impecables con respecto a la Verdad. Pido después a toda la comunidad que abrace al nuevo derviche —o derviches, ya que en ocasiones, varios familiares o amigos dan los cuatro pasos juntos, entrelazando los brazos para darse mutuo y amoroso apoyo, con los corazones fundidos en el bello estado espiritual de la eterna compañía. En los círculos musulmanes tradicionales, las hermanas abrazan a las hermanas, mientras que los varones felicitan a los varones. Pero entre los derviches norteamericanos y mexicanos, estas restricciones inculcadas culturalmente, con frecuencia son difíciles de imponer. Después de todo, los derviches son una familia, hay risas y llanto. El brillo de la luz divina en el rostro del nuevo derviche es un hecho empírico innegable.