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Las tres diferentes categorías

(Tefsir del Sura Baqara 6 a 16)

Muttaqîn

Muttaqîn, es otro nombre para los mûminîn, los de corazón abierto hacia Allah. Muttaqîn son los que practican el Taqwà, el temor a Allah, la conciencia de estar ante algo tremendo, inefable, inabarcable, indominable, y ante ello a la vez se sienten pequeños y en peligro. Muttaqîn son los que alimentan en sí esa emoción pues es la que los mantiene despiertos y los libera de la idolatría. Son los atentos, los prevenidos, los cautelosos, los sobrecogidos, los que miran y escuchan con la atención propia del que sabe que le va mucho en el asunto.

Taqwà es esa actitud: tener Taqwà en el corazón es lo que habilita para sacar provecho del Coran

Quien quiera encontrar orientación en el Corán debe acudir a él con un corazón sano, libre de prejuicios, sincero con su propia capacidad para asomarse a lo eterno e inmenso. Debe acudir a él con un corazón que teme y busca resguardarse, que está alerta porque no quiere estar en el error y la confusión. Ante ese corazón abierto se abre el Corán y le muestra sus secretos y sus luces y las vierte en ese corazón que le llega con Taqwà, con sobrecogimiento ante lo inmenso, con sensibilidad que lo hace receptivo y capaz de guardar en sí un infinito, y el Corán es inmenso, rebosante e infinito.

Eso es Taqwà: permeabilidad espiritual, transparencia sentida, sobrecogimiento permanente, cautela constante, temor a los espinos del camino... del camino de la vida. Esas espinas que hieren al ser humano son sus inclinaciones y sus caprichos, sus ambiciones y expectativas, sus temores y sus obsesiones, sus falsas esperanzas depositadas en lo que no puede satisfacerlas, su falso miedo a lo que ni perjudica ni beneficia, y decenas de otras espinas que sólo causan dolor y frustración.

Kafirin

El segundo retrato que hace la sûra es el de los kâfirîn, los que están cerrados, los que rechazan a Allah, los que se le oponen, es decir, los que lo desconocen y no saben lo que implica. Su naturaleza y actitud es llamada en árabe Kufr, cerrazón, negación, rechazo, desagradecimiento. El kâfir es la persona completamente opaca, vive a la deriva, carente de intuición, falta de sensibilidad espiritual, grosera, egoísta, de corazón áspero, incapaz de trascender, no se plantea su existencia y sólo sobrevive sin importarle cómo, desvinculada de todo, aislada en su mundo estrecho. Es una criatura supersticiosa o materialista, sin luz en cualquier caso.

El kâfir es esencialmente desagradecido porque no se se detiene a pensar en el bien supremo que se le ha hecho, que es el de la existencia. Es fundamentalmente desagradecido hacia Allah. Al no sentirse existente, al no valorar esa riqueza indescifrable y ese misterio insondable, no puede ni tan siquiera intuir a su verdadero Señor. Sólo es capaz de representarse ídolos, y por ello su acción es designada en árabe por el verbo káfara-yákfur, ocultar, esconder, disimular, puesto que en defintiva entierra a Allah, lo margina incapaz de plantearse lo absoluto en su magnitud, y ese verbo, como consecuencia, significa ser o mostrarse desagradecido. Los ídolos, sean los que sean, son los productos de corazones cerrados.

El Kufr empequeñece al hombre, lo aísla y lo encierra en sí y en lo que le rodea inmediatamente, y lo hace desarraigado, egoísta, insolidario, incomunicado por todos lados, y lo condena al fuego de la frustración porque lo que no está vinculado a Allah no tiene de qué alimentarse. Quien se separa de su propia raíz no puede sino secarse.

Esta es la primera parte de las dos en la que hemos dividido la extensa descripción que hace el Corán del tercer modelo de actitud ante la revelación, y es la propia de los hipócritas

Munâfiqîn

Se caracterizan por sus titubeos e inseguridades, su falta de trasparencia y resolución, son tenidos por ellos como signo de distinción por encima del común de las gentes. En el fondo la sûra pretende visualizar ante nosotros un esquema que se repite siempre, por diferentes que sean las formas que adopte en función de las circunstancias.

Los hipócritas (los munâfiqîn) son los que afirman -sólo con sus lenguas y no con sus intenciones ni con sus acciones- tener los corazones abiertos a Allah y al Último Día -el momento del reencuentro con Allah en la muerte, que es el Día de la Justicia y la Retribución-. Afirman que son del número de los mûminîn, que su actitud es la de apertura (Îmân), pero mientras sus lenguas dicen esas palabras sus corazones están en otro lado, sumidos en la cerrazón (Kufr). En realidad, los hipócritas son kâfirîn que ante los mûminîn no se atreven o no les interesa expresar lo que en realidad son.

Para ellos, sus argucias y embustes son signo de inteligencia y astucia, y se creen capaces de engañar a los que consideran simples y necios. El Corán delata la naturaleza de su actitud. Con ironía nos dice que no sólo engañan a los mûminîn sino que engañan en primer lugar a Allah

Es tal su descuido y negligencia, es tal el sopor en el que viven y tan profundo el sueño en el que están sumidos sus espíritus, sus corazones y sus inteligencias, que en realidad sólo se mienten a sí mismos: Allah sabe de sus embustes, y por otro lado los mûminîn están protegidos por Allah y Él los resguarda contra los viles. Ante esto, esos necios resulta que no hacen sino engañarse y estafarse a sí mismos, sin darse cuenta. Se engañan a sí mismos cuando creen que ganan algo con la hipocresía (Nifâq), cuando la confunden con un buen adorno, cuando piensan que los protege. No se dan cuenta de que esas apariencias son más destructoras que el Kufr.

¿Qué les empuja a engañar a los mûminîn intentando confundirles? ¿Por qué, en lugar de enfrentarse directamente a los musulmanes como hacen los kâfirîn, los hipócritas se enredan en embustes?: fî qulûbihim márad, en sus corazones hay una enfermedad... En sus naturalezas hay un defecto, en sus corazones hay una desviación, y esto es lo que les impide seguir un camino claro y recto. La enfermedad (márad) de sus corazones es la vileza. Mientras que los corazones de los kâfirîn están muertos, los de los munâfiqîn están enfermos.

Los hipócritas no se detienen en el límite de la mentira y el ardid, la necedad y las arrogantes pretensiones, sino que añaden a todo ello la debilidad de carácter, la vileza y la conspiración en las tinieblas:

El fuerte no es vil ni malintencionado, ni timador ni confabulador, ni hace guiños a escondidas, ni es difamador. Pero los munâfiqîn evitan el enfrentamiento cara a cara: cuando se encuentran con los mûminîn aparentan ser de su número para evitar granjearse su antipatía y haciendo de ese fingimiento un velo que les permita causar un daño soterrado. Pero cuando se encuentran a solas con sus verdaderos aliados -a los que el Corán llama aquí ‘sus demonios’ porque son quienes les inspiran y aconsejan ese modo de actuar traicionero y vil

El Islam ha alumbrado las cosas a su alrededor, les ha mostrado otra manera de percibir la existencia, les ha enseñado cuál es la senda y el método. Sin embargo, han preferido no ver ni escuchar, han preferido ser sordos y ciegos ante esa luz, han dado en ellos más fuerza a sus inclinaciones y arrogancias, han dejado prevalecer el imperio de su egoísmo. De nada les ha servido que la luz resplandeciera ante ellos. Entonces, Allah los ha cegado definitivamente, les ha arrebatado esa luz (nûr), les ha quitado esa luz que no han apreciado en su justo valor, y Allah los ha dejado en tinieblas, en el vacío de la ausencia de la Rahma, la Misericordia Creadora, y en esa oscuridad ya no ven nada ni tienen oriente sino frustración y dolor en un laberinto infinito y terrorífico.

Siendo los oídos, la lengua y los ojos instrumentos para captar los ecos y los brillos para aprovecharlos como senda y como luz, los munâfiqîn han inutilizado sus oídos por lo que son sordos, han atrofiado sus lenguas por lo que son mudos y han abolido sus ojos por lo que son ciegos, y ya no pueden dar marcha atrás ni regresar sobre sus pasos y redescubrir la Verdad que han dejado atrás, ya no pueden retomar la senda ni nada queda que les pueda sevir de criterio y guiar Están definitivamente encerrados en su propio círculo.

Su personalidad es una componenda de perplejidad, indecisión y miedo. Sus corazones, retratados por el Corán, ofrecen un espectáculo sorprendente, rebosante de movimiento y violencia. El texto nos habla de desconcierto y desorientación, terror en lo más íntimo, indecisión causada por el espanto, y a la vez hay luces fulminantes y ecos estruendosos. El Corán nos describe que por el horizonte del munâfiq es como si apareciera una nube borrascosa (sáyyib) en el cielo (samâ), llena de presagios y cargada de agua que cae con violencia a torrentes en medio de tinieblas amenazantes entre el estrépito de truenos (ra‘d) y el estallido de relámpagos (barq).

No desean desapegarse del mundo que los hipnotiza. Tienen miedo al influjo de la revelación que los transportaría a otro universo, al mundo de Allah, a al-Âjira. Es el terror a eso lo que les hace retroceder y protegerse. Pero su retroceso significa en el fondo un hundirse absoluto en sus propias tineiblas y terrores.

Lo que diferencia a los munâfiqîn de los kâfirîn es que mientras los segundos lo rechazan de plano los primeros intentan aprovechar lo bueno que pueda ofrecerles:, cada vez que alumbra para ellos, caminan a su luz. Esto puede entenderse a nivel espiritual, pero también a nivel material.