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Ramadán
es Midmâr al-Jalq, un campo de competición
entre las criaturas. El Corán dice: “Rivalizad
en lo bueno”, y Ramadán ha sido señalado
como ocasión propicia para desatar toda la energía
que hay en el musulmán y que lo habilita para
consagrarse a Allah, al Corán y al bien. Es como
si Ramadán fuera un rico almacén que abre
sus puertas un mes al año donde hacerse con las
provisiones necesarias para continuar el viaje de la
vida. Alguien le dijo a al-Áhnaf ibn Qáis:
“Ya eres viejo, y el ayuno sólo te debilita
aún más”, y él respondió:
“Lo estoy convirtiendo en provisión para
un largo viaje. Ser firme en la obediencia a Allah es
mejor que tener que soportar su tormento”.
Ramadán sólo tiene total cumplimiento
cuando se observan todas sus condiciones. Unas son formales:
abstenerse de satisfacer los apetitos del vientre y
el sexo desde poco antes de amanecer hasta que se pone
el sol. Otras, son condiciones espirituales: recogimiento
con abstención de lo que complace a los sentidos,
evitando las miradas lascivas, que la lengua se explaye,
que el oído atienda a lo indebido y que las manos
y los pies cometan cualquier acto vil, además
de mantenerse en la austeridad y estar pendiente de
Allah.
Los alfaquíes dicen: “Quienes cumplen con
las condiciones formales ha satisfecho la orden que
le ha sido dada de ayunar en Ramadán”,
y ello es cierto porque los expertos en las ciencias
formales (fuqahâ az-zâhir) dirigen sus enseñanzas
al común de la gente para unirlas en el Islam
y no dejar a nadie excluido. Es decir, lo más
fácil es abstenerse durante el mes de Ramadán
de comer, beber y de mantener relaciones sexuales durante
el día, y con ello se considera que se ha cumplido
suficientemente con este pilar del Islam, y quien es
incapaz de atender a las demás exigencias, que
requieren una constante vigilancia y un empeño
que supera las fuerzas de los más, no debe agobiarse
pensando que es incapaz de responder a Allah.
Los fuqahâ az-zâhir, que son los alfaquíes
comunes, por tanto, sólo estudian y comunican
el mínimo del Islam y se dirigen a la totalidad
de los musulmanes, construyendo con ellos una comunidad
de iguales que no margina a aquellos cuyas energías
no les permiten desapegarse del mundo. Pero lo cierto
es que las exigencias espirituales, que son las que
interesan a los expertos en las ciencias interiores
(fuqahâ al-bâtin), tienen un fundamento
más sólido en el Corán y en la
Sunna, y son la verdadera clave de la validez del ayuno.
Cuando alguien cumple exclusivamente con las condiciones
formales realiza un ayuno correcto, pero si a ello le
añade la observación de sus condiciones
interiores, entonces lo ha completado haciéndolo
no sólo correcto, sino también válido.
Los fuqahâ al-bâtin, los alfaquíes
expertos en ciencias del corazón, son llamados
también ‘ulamâ al-âjira, los
sabios en lo que respecta al más allá.
Para ellos, la validez de un acto depende de que sea
aceptado por Allah, y que sea aceptado por Él
significa que sea de ayuda para llegar a Él.
Llegar a Él significa beber de su Misericordia
y sumergirse en Su Abundancia, de modo que el ser del
hombre se embebe de Inmensidad. El acto de un musulmán
es verdaderamente válido cuando cumple las condiciones
que lo hacen aceptable por Allah y tengan como fruto
un crecimiento del espíritu. Ese crecimiento
es la recompensa de Allah, y alcanzarlo es el triunfo.
Por ello, las condiciones interiores son de suma importancia
y no deben desatenderse.
Los fuqahâ al-bâtin, que son los ‘ulamâ
al-âjira, enseñan que ayunar en Ramadán
tiene como objetivo que el musulmán adquiera
“una naturaleza samádica”. Sámad
es uno de los Nombres de Allah que significa Resistente,
Irreductible, Imperturbable, Autosuficiente -todo esto
junto-, y tiene que ver inmediatamente con su Unidad-Unicidad:
qul huwa llâhu áhad allâhu s-sámad,
“di: Él es Allah Uno, Allah el Sámad”.
El ayuno de Ramadán -en sus dos aspectos, el
formal y el espiritual- es una forma de acceder a la
comprensión de lo que significa Allah acercándonos
a su verdad como Sámad. A esto se le llama at-tajalluq
bis-samadía, la adopción de una naturaleza
samádica. Con el ayuno, cumpliendo todas sus
condiciones, el musulmán se sumerge en el Insondable,
para regresar cada atardecer a su mundo fortalecido
en esa experiencia. Al atardecer, al romper el ayuno,
resulta que ha conocido con su ser a Allah, y retorna
irremisiblemente a su condición humana, habiendo
aprendido también algo de sí mismo y de
sus necesidades, reconociéndose, a la puesta
del sol, en su vulnerabilidad. Ramadán eleva
al musulmán y le muestra algo de Quién
es Allah y de quién es él.
Con el ayuno de Ramadán, el musulmán también
pretende asemejarse a los ángeles (at-tashábbuh
bil-malâika), que son seres de luz privados de
pasiones y apetitos. Proponiéndose en lo posible
el ejemplo de los ángeles, el ser humano se eleva
definitivamente por encima de su condición animal,
pues la luz de su inteligencia se lo permite hasta cierto
punto. La inteligencia coloca al hombre en un rango
intermedio entre los animales y los ángeles:
cuando se sumerge en sus pasiones y apetitos se acerca
al grado de los animales, cuando los trasciende se eleva
hasta el horizonte de los ángeles. Dicho de otro
modo, el hombre se compone de ego y de corazón:
por su ego busca su exclusiva satisfacción y
por su corazón aspira a lo infinito. Por su condición
sutil y desapegada de la materia, los ángeles
están cerca de Allah, y acercarse a ellos es
acercarse a Allah. Acercarse quiere decir adoptar su
naturaleza, pues el que busca asemejarse a algo se acerca
a esa cosa. Y, al igual que sucedía en el caso
anterior, al atardecer el musulmán retorna a
su grado humano habiendo saboreado formas de ser que
abren su entendimiento y lo emancipan de su tendencia
a lo más fácil, al carácter animal
de su egoísmo.
El at-tajalluq bis-samadía y el tashábbuh
bil-malâika no se logran más que cumpliendo
con todas las exigencias del ayuno, las formales y las
espirituales. Pero de nada sirve obsesionarse en los
pormenores del ayuno si no se tiene como objetivo lo
que posibilitan las enseñanzas interiores. Si
uno se priva tan sólo de comer y beber durante
el día sin hacer ayunar al resto de su ser, tan
sólo satisface una de las demandas de Ramadán.
Es cierto que con ello cumple con un mínimo,
pero no saca del ayuno más que haber pasado hambre
y sed, tal como enseñó el Profeta (s.a.s).
Sin duda, esa hambre y esa sed son bendiciones, pues
calman y amansan a su animal, pero no despiertan su
corazón. El corazón sólo emerge
cuando se abandonan todas las vilezas y la atención
es puesta en Allah.
El Profeta (s.a.s.) dijo: “El ayuno es un depósito
que Allah os ha confiado. Que cada uno de vosotros guarde
con celo lo que le ha sido confiado”. Lo que Allah
ha puesto bajo la vigilancia del ser humano, éste
debe salvaguardarlo y evitar que se pierda. El Corán
dice: “Devolved (en buen estado) lo que se os
ha confiado a su Dueño”, y el Profeta (s.a.s.)
se llevó las manos a los oídos y a los
ojos y dijo: “El oído es un depósito
entregado al hombre en confianza y el ojo es un depósito
entregado al hombre en confianza”. Si juntamos
ambos temas, obtenemos que el oído y el ojo forman
parte del ayuno, que es la Amâna, el depósito
confiado por Allah al ser humano. Es obligación
de cada musulmán proteger y preservar todo lo
que Allah le ha dado, y no exponerlo a la destrucción
y el daño. Por ello, el Profeta (s.a.s.) recomendó
al que estuviera ayunando y fuera agredido o insultado
por alguien que, en lugar de responder a la provocación,
le respondiera: “Estoy ayunando, estoy ayunando”,
que es como si le dijera: “Allah me ha obsequiado
con el oído y no estoy dispuesto a echarlo a
perder atendiendo a las afrentas y me ha obsequiado
con mi lengua y no estoy dispuesto a malgastarla en
responder a la estupidez. Ha depositado en mí
ojos, que no voy a gastar en mirar la superficie de
las cosas. Me ha dado manos que no voy a utilizar en
defender mis derechos y pies sobre los que no voy a
ir a responder a quien me provoque”. Quien ayuna
de este modo permite a su corazón atender cosas
más importantes, y ese es el núcleo del
ayuno.
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