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En
cada acto con el que nos asomamos a lo abismal de la
existencia -de la nuestra y de la de cuanto nos rodea-
hay satisfacción para el ánimo porque
colma, llena vacíos y reconforta en la inmensidad
que el ser humano intuye en sus adentros y descubre
en sus apetitos y deseos más profundos. Ciertamente,
el hombre es receptáculo para un océano
que contiene el secreto de la Abundancia de Allah-Creador.
A ese mar interior lo llamamos Gháib, el Misterio,
y quien bucea en sus aguas encuentra a su Señor,
a Aquél que da realidad a cada uno de sus instantes.
En
cierta ocasión, dos hombres abandonaron sus cómodos
hogares y salieron para emprender un largo viaje con
el deseo de conocer el mundo y comerciar con sus gentes.
Uno de ellos, egoísta y gruñón,
tomó un camino. El otro, feliz y amable, tomó
en la misma bifurcación un segundo sendero.
El
primer viajero, que no tenía más acompañante
que su pesimismo, llegó a una ciudad inhóspita,
pero la fealdad del país estaba en el ojo con
el que miraba. Hacia donde se volvía no encontraba
más que ancianos doblegados por la vejez y el
cansancio de una vida estéril. En esa ciudad
desgraciada sólo había mendigos harapientos
y miserables que ululaban por las esquinas de calles
mugrientas, huérfanos desvalidos, viudas desesperadas
en su abandono y enfermos pordioseros que se humillaban
ante ricos avarientos e infames. Los jefes del país
eran tiranos corruptos que esquilmaban sus riquezas
y vejaban a sus habitantes con toda suerte de humillaciones.
En
todas las paradas que hacía el viajero se encontraba
siempre con el mismo terrible espectáculo: cada
aldea era un cementerio y el reino entero era un funeral
oscuro y tétrico. Y a su estrechez natural se
sumó la tristeza de lo que sus ojos contemplaban
y se apoderó de él la desesperación
y se hundió en la amargura. En su deriva acudió
a la taberna y se embriagó con un vino barato,
y en su borrachera vio que todos los habitantes de ese
mundo cruel eran enemigos que procuraban su ruina y
bandidos que merodeaban su fortuna. Era un extraño
entre ladrones, un ser débil entre criminales
ensañados.
En
cuanto al otro viajero, el risueño, el de corazón
abierto, el que buscaba la verdad y era recto en sus
intenciones, ése descubrió en su peregrinación
un país feliz y hermoso en extremo. Entró
en una ciudad, y la encontró desbordada en una
fiesta, y fue recibido con todos los honores, pues era
un pueblo hospitalario que acogía sin reparos
y con suntuosidad a los extranjeros y los agasajaba
y escuchaba con satisfacción sus relatos. En
todas partes encontraba alegría y rostros sonrientes,
y era homenajeado por todos. Habló con sabios
que le comunicaron conocimientos únicos, comerció
con mercaderes que le enriquecieron, escuchó
a poetas que endulzaron sus momentos como si el país
fuera el patio de una zawiya. En cada uno de ellos encontraba
a un amigo, a un allegado que lo trataba con familiaridad,
y todos eran agradecidos a sus gestos, y ensalzaban
su nombre sin hipocresía ni adulación.
El
primero de esos peregrinos, el pesimista, el que estaba
únicamente ocupado en sus sufrimientos, el angustiado
por su tiempo estéril, se había hundido
en su propia pesadilla y todo lo que le rodeaba reflejaba
su desánimo. El segundo, el optimista, el que
se había abierto a lo que el mundo quería
decirle, el que se alegraba con la felicidad y se expandía
con el regocijo de la vida, ese encontró satisfacción,
hizo de su existencia un deleite, y ganó una
incalculable riqueza en su trato con el universo.
Al
regresar a sus casas para reunirse con los suyos, ambos
hombres volvieron a encontrarse y cada uno contó
al otro su experiencia. Cuando acabaron sus relatos,
el dichoso dijo al infeliz:
"El
viaje te ha enloquecido. Has perdido el sentido de las
cosas. Lo que ha sucedido es que lo que habita en tus
entrañas, tu ego insatisfecho, se ha manifestado
exteriormente. Tu fuego ha quemado el mundo y no has
podido ver más que desgracia y abatimiento ante
tu torpe mirada. Las sonrisas se han hecho gritos y
lágrimas, el regocijo y el descanso se han convertido
ante ti en robo y saqueo, en enfermedad y aburrimiento.
Vuelve al sano juicio y purifícate, y tal vez
el denso velo que te ciega sea retirado y puedas contemplar
la magia de la existencia. Afila la visión y
quizás descubras la Esencia que soporta cada
cosa y encuentres en ella una grandeza sin límites
y un poder indescriptible. Hay una extraordinaria Gema
de la que todo ha surgido. Esa Gema es el Rey cuyo poder
es inmenso, enriquecedor e infinito. Te ha dado existencia
a ti y a cuanto te rodea y ha depositado su Misterio
en el corazón de cada cosa: descubre ahí
la eternidad en la que todo es pleno y único,
grandiosamente bello y majestuoso, y lleno de amabilidad
y promesas. En ese universo interior hay armonía
y sosiego, felicidad sin límite y abundancia.
Y los signos de ese Reino espiritual serán contemplados
por tus ojos en el mundo mismo que no es sino el despliegue
de esos secretos creadores. No sea para ti la tierra
el resultado de tus ilusiones y tus cortedades, comienza
a verla en su Realidad y en el perturbador alcance de
su Misterio".
Finalmente,
el feliz descifró al desdichado todos los signos,
y éste comenzó a ver el mundo de otra
manera, y finalmente dijo:
"Sí.
He estado loco porque he bebido mucho vino, me he embriagado
con el amor a mí mismo, me he hundido en mi miseria
y he hecho de cada una de mis carencias, de cada uno
de mis miedos y de cada una de mis torpezas una criatura
que he contemplado como si fuera algo real. Mi escasez
ha puesto delante de mí pobreza y sufrimiento,
y mi ignorancia ha hecho de todo algo oscuro y amenazante.
¡Allah te bendiga! Me has salvado de mi Fuego".
2.
Has de saber que el primero de esos dos viajeros, el
que estaba encerrado en sí mismo, el incapaz
de huir de sus ilusiones que son límites y no
horizontes, el que no podía dejar atrás
su ego esquilmador, sus esperanzas siempre insatisfechas
y sus terribles miedos, es al que el Corán llama
Kâfir, el Camuflador de lo Verdadero, la víctima
de su propia cortedad y carencia de luces, el monstruo
que todo lo pudre. Y el Corán también
lo llama Fâsiq, el Perverso, que en realidad es
una palabra que designa al que se esconde en sí
y se torna ávido y destructivo y pervierte todo
lo hermoso y todo lo bueno, y todo para él se
convierte en una estafa y un engaño.
Para
el Kâfir, esta vida es un cortejo fúnebre:
sus habitantes son huérfanos o viudas desamparadas.
Las criaturas, para el Kâfir siempre están
perdiendo, siempre están abandonando algo, siempre
se están despidiendo, porque la vida es un instante
para el dolor y la desazón. Los animales y los
seres humanos, para el Kâfir, son objetos para
la codicia y la violencia, pues el tiempo no hace sino
destruirlos. Las montañas, los mares, la tierra,
las estrellas,... son para el Kâfir muertos gigantescos.
En realidad para él nada tiene vida, todo está
vacío, fraude y robo, todo es triste apariencia
de vida, pero no vida y existencia, no es bullicio sobre
la quietud de lo insondable.
Esta
percepción de la existencia es sufrimiento y
dolor, es un Fuego que acaba abrasando al Kâfir
y lo consume en su propia desgracia. Ese Fuego es llamado
Fuego de la Privación, pues es el que atormenta
al que no tiene nada, al que se sumerge en su vacío.
En
cuanto al segundo de los peregrinos, es el Mûmin,
el que está abierto al Misterio, es el que contempla
con los ojos de su corazón la Esencia que hace
reales a las criaturas, y existe en esa Joya que está
fuera del espacio y el tiempo limitadores y frustrantes.
Ese se ha expandido con lo eterno, y ya no está
sujeto a la muerte. Se ha librado del mundo desgraciado
de su compañero. El mundo, ante sus ojos, es
una Morada que menciona sin cesar al Rahmân, al
Creador Amante, es un foro en el que desvelar los signos
de la Presencia de lo Infinito, es el despliegue del
Secreto Majestuoso que da la vida y la quita, el vestigio
del Poder al que nada puede ser comparado. El Mûmin
se ha sumergido en esa Fuerza Única, en esa Sabiduría
Extrema, y ha pasado a vivir en su Grandeza.
El
Mûmin se ha solidarizado con la existencia, comparte
con ella su Secreto, y todo es para él un hermano,
el reflejo de su propio océano interior. Y he
aquí que todo pasa a enriquecerse mutuamente,
y las criaturas se compenetran y se aúnan en
su Señor Uno. Para el Mûmin cada ser cumple
una función, cada fenómeno es un signo,
y todo traduce lo infinito que habita en sus entrañas
más profundas, y, por lo tanto, el Mûmin
aprende en todo, goza de lo abismal que hay en cada
cosa, se enriquece en la exhuberancia interior de todo
instante, y es hechizado por la magia de cada acontecimiento.
Y se convierte en enamorado: es seducido por el Rey
y a Él se entrega y lo busca, pues en Él
está su meta y su destino. Se lanza así
a una conquista, y su esfuerzo y su lucha se convierten
en un desbordamiento. El Mûmin ya no puede ser
atado por nada, y su vida se convierte en una eclosión,
en un estallido, en una intensificación de la
vida. El Mûmin se ha abierto a la sabiduría
que hay en la vida y en la muerte.
El
Mûmin se ha entregado y se ha abierto por completo
a la Sabiduría y al Poder de su Señor:
Islâm e Îmân, estas son sus dos palabras
claves. Se ha entregado, se ha abandonado al flujo,
y ése es su Islâm. Y su Islâm lo
ha abierto por completo a su Señor, y ése
es su Îmân. Múslim-Mûmin, éstos
son los nombres que lo definen.
El
Islâm es entrega y el Îmân es apertura,
y después viene el Ihsân, la excelencia,
que es sabiduría y paz manifiestas en el torbellino
de la existencia. El Ihsân es fruto de ese caminar
recto del ser humano que lo transforma en califa, en
criatura soberana pues ha coincidido con su Señor
Interior. Eso es lo que hace al ser humano rey en medio
de la creación, lo hace lo más grande
pues el Gháib lo ha agigantado hasta hacerle
recubrir con la fuerza de su inmensidad interior y la
intensidad de su aspiración todos los espacios
creados. Para ello ha debido superar las etapas que
lo llevan de la confusión a la claridad, de la
ignorancia a la sabiduría, de la pereza a la
acción, del conflicto a la calma con la que actúa
en la existencia con decisión y contundencia:
ha dejado de ser un indolente abandonado a la ceguera
de su frustración para transformarse en un eje
del universo.
Es
así como el que se abre al Misterio y se sumerge
en sus abismos se reviste con la cualidad de lo insondable
y reaparece bajo el manto de la majestad.
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