Kabad (Aprieto)
 
 

bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi
En el Nombre de Allah, el Rahmân, el Rahîm.
1. lâ: úqsimu bi-hâdzâ l-báladi
¡No! ¡Juro por este país
2. wa ánta híllun bi-hâdzâ l-báladi
-y tú estás establecido en este país-
3. wa wâlidin wa mâ wálada
y por el padre y lo que ha engendrado!:
4. láqad jalaqnâ l-insâna fî kábad*
Ciertamente, hemos creado al ser humano en tensión.
5. a yáhsibu an lan yáqdira ‘aláihi áhadun
¿Es que cree que nadie le puede?
6. yaqûlu áhlaktu mâlan lúbada*
Dice: “He gastado una riqueza considerable”.
7. a yáhsibu an lam yarahû: áhad*
¿Es que cree que no lo ve nadie?
8. a lam náÿ‘al lahû ‘aináini
¿Es que no le hemos dado dos ojos,
9. wa lisânan wa shafatáini
y una lengua y dos labios,
10. wa hadainâhu n-naÿdáin*
y no lo hemos guiado a las dos vías?...

 
 

Todo el juramento anterior era para asegurar lo que sigue: láqad jalaqnâ l-insâna fî kábad, hemos creado al ser humano en tensión... Cada instante del ser humano (insân) es aprieto (kábad), ahogo, esfuerzo, violencia, empeño,... Así es, y esto es lo constatable, y por tanto así ha sido querido y creado por Allah (jálaqa-yájluq, crear). La holgura no caracteriza a la naturaleza humana, sino su contrario: la lucha, el apuro, la asfixia y la ansiedad constantes.

Desde que el espermatozoide fecunda al óvulo en medio de una competencia feroz hasta la constitución de la primera célula que se debate por seguir adelante, todo es apremio, afán y esmero. Cada nacimiento es violencia -un estallido- que soporta el feto, indefenso en medio de agresiones y espasmos: separarse de la madre, comenzar a respirar, a digerir alimentos, a expulsar lo inútil y lo dañino, entre aprietos y penurias a los que se va amoldando el cuerpo,... todo es tensión a la que la criatura es sometida sin piedad, exigiéndole respuestas e improvisaciones.

El recién nacido va abriéndose camino y superando trabas y obstáculos en una desazón inconsciente por sobrevivir. Y después, aprender a gatear y a dar los primeros pasos, tensando el cuerpo, adaptando músculos,... Y más tarde comenzar a hablar y a pensar superando dificultades y resistencias inimaginables. Esto es constante hasta alcanzar la edad adulta, donde siguen los desafíos, y muchos otros son añadidos por las aspiraciones del hombre y por su desmedido afán de siempre más.

Unos comienzan a luchar para ganarse el sustento y los hay más ambiciosos que quieren enriquecerse o hacerse un sitio de prestigio, o alcanzar el poder, o para proteger a los suyos, o para adquirir el saber, o para satisfacer deseos o conquistar algo amado, o para desapegarse, o para perfeccionarse y crecer espiritualmente, o para librarse de una enfermedad, o para imponer un criterio,... todos soportan una dura carga, pugnan consigo mismos y con cuanto les rodea y viven en medio de conflictos y frustraciones, de metas cumplidas y otras muchas inalcanzables.

Esto es el kábad, el aprieto, una tensa inquietud que forma parte de la naturaleza humana porque ha sido creada así por Allah, el cual ha sembrado el desasosiego como estímulo que empuje y active al hombre.
La existencia del kábad debiera hacernos reflexionar. ¿Qué es lo que ha querido la Verdad Absoluta al suscitar en el hombre semejante inquietud? ¿Cuál es la meta del kábad en el infinito? ¿Cuál es su trasfondo más allá de toda circunstancia?. La morbosa insatisfacción continua de la criatura delata la existencia de un desafío profundo que muchos ni tan siquiera llegan a intuir. Ese desafío acuciante que reside en la Kaaba de cada cual, en lo más secreto e impenetrable del corazón, es Allah en Sí.

Si alcanzar cualquier objetivo inmediato requiere de esfuerzo, la lucha por conquistar a Allah -el Infinito- deberá ser infinita. Allah no tiene límite, y tampoco la senda ascendente que conduce hasta Él. Ésa es la gran exigencia y la razón de la insatisfacción del ser humano.

Cuando el Profeta le comunica esto al hombre y le propone a su Señor, comienzan las excusas y los reparos. Uno de los primeros rasgos del ser humano en rebelarse y oponerse al desafío de Allah es la arrogancia: a yáhsibu an lan yáqdira ‘aláihi áhad, ¿es que cree que nadie le puede?... ¿Es que acaso el ser humano piensa (hásaba-yáhsib) que nada lo sobrepuja, que nadie le puede (qádara-yáqdir)? La arrogancia -nacida de la desidia y el olvido- niega la existencia de una meta por encima de sí misma, pero se trata tan sólo de una creencia, una simple justificación, porque en su desasosiego esencial el hombre sabe que hay alguien que está por encima de él, algo que lo doblega y lo atrae, y esa poderosa y suprema Incógnita es el Secreto que ha creado en el hombre la inquietud abrasadora a través de la que lo convoca, un deseo asfixiante que sólo Allah puede satisfacer con las inmensidades de su Ser Infinito, sosegando al hombre en su Paz.

Después viene la pereza, que considera que ya ha hecho bastante: yaqûlu áhlaktu mâlan lúbada, dice: “He gastado una riqueza considerable”... La pereza nace de la avaricia, y dice (qâla-yaqûl) que ya ha hecho mucho, que ha consumido y agotado (áhlaka-yúhlik) todas sus energías, que ya ha invertido hasta la extenuación toda su riqueza (mâl), que ha empleado hasta el final una enorme cantidad de bienes (mâl lúbad) en la generosidad exigida por Allah y que abre las puertas de la satisfacción en medio de la Rahma, la sobreabundancia de Allah. Pero todo es todavía nada sobre la senda de Allah. Sobre ese camino se trata de dejar rienda suelta a la inquietud que anida en el ser, sin que la avaricia, la pereza o la cortedad le pongan límites.

Por último, se alza la ignorancia: a yáhsibu an lam yarahû: áhad, ¿es que cree que no lo ve nadie?... ¿Es que acaso el ser humano piensa (hásaba-yáhsib) que nadie lo ve (raà-yarà), que nadie lo conoce? Pero Allah, Creador de lo más íntimo, lo sabe todo de su criatura, y la ve y está al tanto de ella en cada instante. Muhammad (s.a.s.) dijo: “La Excelencia es que reconozcas a Allah como si le vieras. Si no lo ves, has de saber que Él te ve”. La ignorancia del que se cree al margen de Allah es otra justificación que paraliza al hombre y le impide asomarse a la Grandeza de su Señor. El olvido, la arrogancia, la pereza, la avaricia y la ignorancia son rebeldías del ego que deben ser vencidas para llegar a Allah. He ahí una lucha en la que el hombre tiene que poner su empeño para alcanzar el verdadero objetivo que, en lo más profundo de sí, le tiene marcado su desasosiego.

El ser humano se independiza en su fuerza y en su riqueza, parapetándose detrás de lo que considera suyo. Busca emanciparse de su Señor, y lo sustituye desviando su inquietud espiritual hacia la consecución del poder, el saber o la perfección, como si no supiera que todo es realmente de Allah y a Él vuelve, y a parte de Él sólo está la frustración del Kábad, la inutilidad de los esfuerzos y el sin sentido de la desazón que le atosiga en sus entrañas. Allah le ofrece su Rahma, su Misericordia Fecunda, en la que todo es acrecentado y satisfecho infinitamente, pero el hombre se resiste debido a su soberbia, su desidia y su ignorancia y se condena al Fuego de la desolación en medio de su angustia insatisfecha. Por ello, a continuación Allah le recuerda al hombre la vanidad de sus pretensiones y que todo lo que tiene es resultado de Su Generosidad Creadora.

En sí, el hombre está vacío, y todo lo que cree poseer como si fuera un mérito suyo es un don de su Señor: a lam náÿ‘al lahû ‘aináini wa lisânan wa shafatáini wa hadainâhu n-naÿdáin, ¿es que no le hemos dado dos ojos, y una lengua y dos labios, y no lo hemos guiado a las dos vías?... Todo aquello con lo que la persona lucha en la vida, todas sus herramientas e incluso sus criterios, le vienen de Allah. El hombre no se ha hecho a sí mismo, es Allah quien ha creado y ha puesto (ÿá‘ala-yáÿ‘al) en cada hombre dos ojos (‘aináin, dual de ‘áin, ojo), una lengua (lisân) y dos labios (shafatáin, dual de shafa, labio), y le ha inspirado -sugiriéndole en sus adentros y guiándolo (hadà-yahdî)- dos caminos elevados (naÿdáin, dual de naÿd, camino elevado), el del bien y el del mal. El bien y el mal son dos vías elevadas porque son criterios y están por encima de los instintos, a los cuales convierten en virtudes o perversiones.

Los ojos con los que ve y la boca con la que se comunica le vienen dados por su Creador. Sin embargo, el hombre se retrae y ni aprende de la existencia que ve ni expresa su gratitud con el lenguaje que le ha sido facilitado. Si lo hiciera buscaría con la ansiedad de la que es capaz el Secreto Inconmensurable que está en los orígenes de su mundo, el que trasciende sus ambiciones y sus especulaciones.