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El
anhelo es la dulce dolencia de pertenecer a Dios. Una
vez que el ansia se despierta en el corazón,
se vuelve el camino más directo al Hogar. Al
igual que el imán, el anhelo nos atrae al interior
de nuestro propio corazón donde se nos completa
y transforma. Esta es la razón de que los místicos
sufíes siempre hayan recalcado la importancia
del ansia. El gran sufí Ibn'Arabî oraba:
"Oh Dios! Nútreme no con amor sino con el
deseo de amar", mientras que Rûmî expresaba
la misma verdad en términos simples: "No
busques agua, mantente sediento".
El misterio femenino del anhelo pertenece a la naturaleza
del alma, que es siempre femenina ante Dios. En la más
íntima cámara del corazón vamos
al encuentro con Dios receptivos y atentos, necesitados
de Su sustento. El místico sabe que sólo
Dios puede completarnos o integrarnos en un todo, sólo
Dios puede sanar la dolencia del alma. La mística
del siglo IX, Râb'ia, quien fuera una de las primeras
sufíes en acentuar la importancia del amor devocional,
expresó esta verdad mística:
"La fuente de mi angustia y soledad está
en el fondo de mi pecho.
Esta es una dolencia que ningún doctor puede
curar.
Sólo la unión con el Amigo puede curarla."
El corazón tiene ansias de Dios y busca encontrar
a su verdadero Amado. Si seguimos nuestro anhelo, si
nos permitimos ser perforados por el dolor de la separación
de la fuente, seremos atraídos nuevamente hacia
Dios.
El anhelo es el aspecto central de todo sendero místico,
como decía sencillamente el autor anónimo
de la mística clásica del siglo XIV, en
La nube de la inconsciencia: "Toda tu vida debe
ser una de anhelo". Sin embargo, nuestra sociedad
occidental actual está tan divorciada de la fibra
mística que se halla por debajo de cada sendero
espiritual, que no tenemos un contexto que nos permita
apreciar la naturaleza de la aspiración del corazón
por la Verdad. Hay mucha gente que siente la infelicidad
de un alma nostálgica, y sin embargo, no saben
su causa. Ellos no reconocen lo milagroso de su dolor,
que es el ansia de su corazón la que los llevará
de regreso al Hogar.
Una amiga tuvo un sueño simple y poderoso en
el cual ella estaba sola en un paisaje aullando a la
luna. No hubo respuesta, no hubo réplica a la
angustia de su llamado, y cuando despertó se
sintió como una fracasada. Ella había
llamado y no había llegado respuesta alguna.
Pero la tradición de amantes sabe desde hace
mucho que nuestro llamado es la respuesta, nuestro anhelo
por Él es Su anhelo por nosotros.-"Tú
eres quien me llama a Ti mismo". La añoranza
del corazón es la memoria de que en algún
lugar estamos unidos con Dios.
El anhelo nos lleva desde la separación de retorno
a la unión, desde un fragmentado sentido de nosotros
mismos a una auténtica integración de
nuestro verdadero ser. El anhelo del corazón
es signo de la más profunda realización,
pero aterroriza a la mente porque no pertenece a este
mundo. No hay un amante visible, nadie a quien tocar
o controlar. Es una relación amorosa de esencia
a esencia nacida antes del principio de los tiempos.
Lamentablemente, hemos olvidado su potencia, nuestra
cultura no tiene espacio para este deseo por lo intangible.
En la tradición cristiana, esta relación
esta encarnada en la devoción de María
Magdalena por Cristo. Después de la crucifixión,
ella se paró frente al sepulcro vacío
donde Jesús había sido enterrado, llorando.
Y entonces Él, resucitado de entre los muertos,
vino y le habló, diciendo: "¿Mujer,
por qué lloras? ¿A quién buscas?"
Primero, ella lo confundió con un jardinero hasta
que Él la llamó: "María",
y entonces ella se dio vuelta y respondió: "Rabboni",
que significa Maestro.
En este encuentro hay anhelo y devoción, y el
antiguo misterio de la relación de maestro y
discípulo. Pasa a menudo desapercibido que María
Magdalena fue la primera en ver a Cristo resucitado,
pero esto es profundamente significativo; porque es
esta actitud femenina interna del corazón, de
ansias y devoción que ella encarna, lo que le
permite al amante acceder al misterio trascendental
del amor en el cual el sufrimiento y la muerte son los
pórticos de acceso a un estado de conciencia
superior. El amante espera sollozando que el Amado revele
Su verdadera naturaleza.
Si pudiéramos crear un contexto para el anhelo,
entonces aquellos cuyos corazones llevan esta misión,
comprenderán la verdadera naturaleza de su pena.
Ya no necesitarán reprimirla más, temiendo
que sea una anormalidad o un problema psicológico.
Precisamos ser capaces de afirmar colectivamente este
secreto íntimo: que el corazón sufre porque
no ha olvidado su verdadero amor.
Estamos condicionados a evitar el dolor, sin embargo
para el místico el penar del corazón es
el hilo que nos guía, la canción del alma
que nos descubre. Meister Eckhart decía: "Dios
es el suspiro en el alma", y este suspiro, este
lamento, es la ponzoña más preciada. El
modo en que el corazón nos cura de los sufrimientos
que nos auto-infligimos es siempre un misterio. El amor
es el poder que nos abre y nos transforma, que nos embriaga
y nos confunde. El amor nos guía más profundamente,
sacándonos de la prisión de nuestro limitado
ego, llevándonos a la libertad y totalidad de
nuestra naturaleza divina. Citando las palabras del
santo sufí Jâmî: "Nunca rechaces
el amor, ni siquiera el amor en forma humana, porque
tan sólo el amor te liberará de ti mismo".
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