| Novedades | ||
|
Dios
en su poder y gloria permanece más escondido que todo lo escondido
y más lejano que toda lejanía. La razón sólo
nos dice que Él existe. Si la razón intenta penetrar la
esencia de Dios o atribuirle cualquier semejanza, la existencia de Dios
se desvanece, pues se trata de un objetivo que la razón no puede
alcanzar. Es como intentar obtener una percepción sensible sin
usar el sentido adecuado. Por esto nos vemos obligados a buscar a Dios
en la huella que de sí deja en sus obras. Cuando de esta forma
es conocida su existencia no hay que proceder a atribuirle forma o figura,
o a buscar su esencia gloriosa, pues lo reduciríamos a la medida
de nuestro pensamiento y se nos escaparía su misma existencia,
ya que cuanto podemos concebir mentalmente no es Él... Cuando descubrimos
a Dios gracias al rostro que de sí deja en sus obras, cuando razonamos
acerca de su sabiduría y poder, comprendemos que existe, nuestro
espíritu es iluminado por tal conocimiento y entonces sabemos cuanto
se puede saber, como dice el verso: "Yo soy el Señor, tu Dios;
te enseño para tu utilidad. Yo te llevo por el camino que conduce
adonde debes ir" (Isaías, 48, 17).
El amor de Dios es un ímpetu del alma, la cual, en su esencia,
gravita hacia Dios para unirse con su altísima luz. El alma, sustancia
espiritual simple, es atraída por lo que le es semejante en el
mundo de los espíritus y es naturalmente repelida por lo que le
es opuesto en el mundo de la tosca materia. Para perfeccionarla el Creador
la ha unido a un cuerpo opaco con el fin de que ella lo dirija, cuide
de él y le proporcione cuanto le sea útil; ella desea cuanto
se ordena al bien del cuerpo, cuanto le evita sufrimiento; es como el
médico experto que cuida de su enfermedad y le sirve con cuidado.
Cuando el alma percibe un objeto que aumenta su luz y fuerza, es atraída
por él, se une con él y medita con ansiedad y ardiente deseo
acerca de su presencia. En esto consiste la perfección del puro
amor... Entonces ella se sacia con la copa del amor santo, se aísla
en Dios para unírsele de corazón y rendirle su ofrenda de
amor; se abandona, desea... No tiene otro deseo que someterse a Él...
Ninguna imagen que no sea la de Él pasa por su espíritu.
Y nadie, excepto Él, ocupa su pensamiento. Enferma de amor y ebria
de deseo, no inicia el menor gesto que no le una a la voluntad de Él,
ni usa su lengua si no es para celebrarlo, para darle alabanza y gloria.
Si Él la humilla, ella le da gracias; si le agobia, ella se muestra
paciente y sólo concibe más amor y abandono. Un santo se
levantaba de noche y decía: "¡Oh Dios mío! me
haces pasar hambre, me dejas abandonado en las tinieblas de la noche;
mas por tu gloria soberana ya puedes consumirme en las llamas y el fuego,
que en mí sólo crecerá mi amor por ti y mi gozo en
tu seno". Bahya
ibn Paquda |
||