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El que se arrepiente de sus pecados, debe arrepentirse
igualmente de mantener una determinación propia
junto a Su Señor; pues la determinación
y la elección forman parte de los pecados capitales
del corazón. El arrepentimiento significa volverse
hacia Dios mediante lo que Él quiere para ti.
Actuar según tu propio criterio, tadbîr,
no puede satisfacerle porque es un delito de asociación
a Su Señoría y una infidelidad al don
de la razón [i], y Él detesta la infidelidad
de Sus servidores. ¿Cómo puede considerarse
auténtico el arrepentimiento de un servidor preocupado
con su propia decisión en este mundo e indiferente
a la perfecta atención de su Guardián?
La renuncia al mundo no es auténtica más
que si uno se desprende de su propia decisión,
porque a lo que debes renunciar; y en esto consiste
la renuncia, es a tu propia decisión.
La renuncia puede ser de dos clases: renuncia exterior;
que uno manifiesta, y renuncia interior; que se lleva
consigo. La renuncia exterior se refiere a beneficios
lícitos como alimentos, vestidos, etc.; la renuncia
interior es la renuncia a todo poder y pretensión,
lo cual implica la renuncia a la propia determinación.
La perseverancia y el agradecimiento auténticos
también suponen desprendimiento del tadbîr.
El que persevera evita lo que Dios no ama, y lo que
Dios no ama es que tú pretendas tener capacidad
de determinación frente a Él. Hay diferentes
categorías de perseverancia: una consiste en
cumplir con las prohibiciones y las obligaciones, otra,
en prescindir de tus propias decisiones y preferencias.
También podría decirse que una es saber
guardar las limitaciones de la naturaleza humana, y
otra aceptar las condiciones inherentes a la servidumbre.
Forma parte de la servidumbre desprenderse del tadbîr
frente a Dios.
El agradecimiento auténtico tampoco es posible
sin el abandono de la decisión propia porque,
como dice Yunayd [ii], Dios tenga misericordia de él:
“El agradecimiento consiste en no ser infiel a
Dios a cambio de Sus mismos favores”. Si no fuera
por la razón, con la que Dios te ha distinguido
al formarte y te ha concedido como modo de perfección,
no podrías tener capacidad de decidir frente
a Él. Ni los seres inanimados ni los animales
irracionales pueden tener capacidad de decisión,
por falta de capacidad mental que examine las consecuencias
y los intereses.
El temor y la esperanza también se oponen. Cuando
los envites del temor asaltan el corazón le impiden
que aspires a tomar decisiones propias. Si la esperanza
llena el corazón, lo regocija en Dios y lo ocupa
totalmente en el Quehacer Divino, ¿cómo
podría, entonces, afanarse por sus propias decisiones?
Ocurre lo mismo con la confianza plena. El que se remite
a Dios se desprende de su gobierno y se apoya sólo
en Él para todos sus asuntos y para toda decisión,
sometiéndose al curso de los acontecimientos
y decretos. La relación que hay entre la pérdida
del tadbîr y las estaciones de la confianza plena
y de la satisfacción es más evidente que
en las demás estaciones.
El amor implica estar totalmente sumergido en el Bien
Amado y abandonar toda voluntad propia junto a la Suya.
Esta es la esencia de lo que buscamos. El amante no
tiene determinación propia ni por un instante,
el amor a Dios le tiene totalmente absorto. Por eso
dicen algunos: “Quien haya gustado algo del verdadero
amor de Dios se despreocupa de cualquier otra cosa”.
También está claro que la satisfacción
no admite tampoco el tadbîr. La satisfacción
consiste en contentarse de antemano con la decisión
de Dios. ¿Cómo alguien con determinación
propia va a estar satisfecho con Su Decreto? ¿No
sabes que la satisfacción limpia el corazón
de las turbulencias del tadbîr? El que está
satisfecho con Dios siente que la luz de la satisfacción
en el Decreto le llena de tal modo que no le queda voluntad
posible frente a Dios. Al verdadero servidor le basta
la excelencia de la elección de Su Señor.
¡Tenlo en cuenta!
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