Munaya
 
 
Iláhi, ana l-faqíru fi ghináia
fakáifa la akúnu faqíran fi fáqri.
Iláhi, ana l-yáhilu fi ‘ílmi
fakáifa la akúnu yahúlan fi yáhli.


¡Ilahi!, yo soy pobre en mi riqueza
¿Cómo no habría de ser pobre en mi pobreza?
¡Ilahi!, yo soy ignorante en mi ciencia
¿Cómo no habría de ser ignorante en mi ignorancia?
 
 

El sufi, en la soledad de su noche, pronuncia esta Munaya o invocación en la confidencia de la intimidad con Allah. La Munaya de Ibn ‘Atállah de Alejandría es una de las más célebres: se trata de expresiones que recogen el saber de los sufis acerca del Sendero que conduce hacia Allah. Pronunciadas a modo de invocación o Du’á, la Munaya es la reproducción en palabras de convicciones internas que permiten el acceso a la Presencia de la Unidad. Se trata de enunciados develadores, es decir, retiran de la percepción del musulmán todo lo que le impide asomarse a la grandeza e inmensidad de Allah. Su repetición, al igual que el Dzikr, precipita en el ánimo aquello que es significado por sus términos.

Comienza esta Munaya con el reconocimiento de la propia insuficiencia ante Allah. Se deja todo en sus manos renunciando a lo que el ser humano acumula a lo largo de su vida: saberes y riqueza. El murid, el que se inicia en el Camino antiguo de los sufis, abandona todas sus seguridades y certezas ofreciéndose vacío al que lo ha creado, de modo que sólo El lo llene con la riqueza verdadera y el saber verdadero.

Deja atrás todos sus prejuicios, todos sus reparos, y se lanza con valor a los valles de Allah, esperando sólo de El. Se dice entonces que se afianza en su verdadera condición: la ‘Ubudía, la dependencia absoluta de Allah. Su pobreza-faqr y su ignorancia-yahl son su Nada ante la Existencia de Allah-Uno, que espera de la Rahma de su Señor la plenitud que sólo El comunica. La Rahma es Vida, el acto con el que Allah lo posibilita todo.

La riqueza-ghina y el saber-’ilm anteriores a la Tawba, el momento en que el ser humano se vuelve definitivamente hacia Allah, eran obstáculos que él interponía al conformarse con los logros del Nafs, el Ego, olvidando las exigencias del Ruh, la dimensión universal del hombre. El Nafs había creado para él pequeñas riquezas y conocimientos con los que confundía a la verdadera aspiración o himma que no es otra que Allah mismo en toda su Majestad. Al despertar, la himma del hombre se reactiva y busca su objeto verdadero, y ya no se satisface en la mediocridad del Nafs y se lanza a los espacios ilimitados de horizontes inalcanzables del Ruh.

Situarse en el faqr y el yahl, la pobreza y la ignorancia, son el paso primero hacia Allah, a la vez que es indicio de Adab o Cortesía necesaria para llamar a la Puerta de Allah. El Adab no es un acto formal sino la expresión de un saber inherente a la naturaleza humana: es reconocimiento con el cual se aclara lo que debe ser aclarado para poder avanzar hacia el objeto de la aspiración-himma. La himma no es sólo un deseo abstracto: en realidad toma cuerpo, se convierte en la flecha que se lanza hacia adelante, que arranca del arco del anhelo para avanzar y abrir caminos. Así, las primeras palabras de la Munaya van tensando la cuerda del arco. Son la puerta de la jaula que comienza a abrirse. Desde los barrotes, el Ruh contemplaba los espacios infinitos del cielo de Allah, y ahora ha encontrado una llave.

Renunciar al ghina y al ‘ilm implica abrirse definitivamente a Allah, estar atento a las revelaciones que va a hacer al Corazón, su confidente. A partir de ese abandono a Allah, todo lo que el hombre reciba lo interpretará en su clave verdadera, en su sentido trascendente. Todo para él se volverá de pronto de otro color, tal como enseñan los maestros en el arte de los sufis. Ese nuevo color es la huella de Allah; es así como su Presencia será siempre detectada de modo inmediato.