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El
sufi, en la soledad de su noche, pronuncia esta Munaya
o invocación en la confidencia de la intimidad
con Allah. La Munaya de Ibn ‘Atállah de
Alejandría es una de las más célebres:
se trata de expresiones que recogen el saber de los
sufis acerca del Sendero que conduce hacia Allah. Pronunciadas
a modo de invocación o Du’á, la
Munaya es la reproducción en palabras de convicciones
internas que permiten el acceso a la Presencia de la
Unidad. Se trata de enunciados develadores, es decir,
retiran de la percepción del musulmán
todo lo que le impide asomarse a la grandeza e inmensidad
de Allah. Su repetición, al igual que el Dzikr,
precipita en el ánimo aquello que es significado
por sus términos.
Comienza esta Munaya con el reconocimiento de la propia
insuficiencia ante Allah. Se deja todo en sus manos
renunciando a lo que el ser humano acumula a lo largo
de su vida: saberes y riqueza. El murid, el que se inicia
en el Camino antiguo de los sufis, abandona todas sus
seguridades y certezas ofreciéndose vacío
al que lo ha creado, de modo que sólo El lo llene
con la riqueza verdadera y el saber verdadero.
Deja atrás todos sus prejuicios, todos sus reparos,
y se lanza con valor a los valles de Allah, esperando
sólo de El. Se dice entonces que se afianza en
su verdadera condición: la ‘Ubudía,
la dependencia absoluta de Allah. Su pobreza-faqr y
su ignorancia-yahl son su Nada ante la Existencia de
Allah-Uno, que espera de la Rahma de su Señor
la plenitud que sólo El comunica. La Rahma es
Vida, el acto con el que Allah lo posibilita todo.
La riqueza-ghina y el saber-’ilm anteriores a
la Tawba, el momento en que el ser humano se vuelve
definitivamente hacia Allah, eran obstáculos
que él interponía al conformarse con los
logros del Nafs, el Ego, olvidando las exigencias del
Ruh, la dimensión universal del hombre. El Nafs
había creado para él pequeñas riquezas
y conocimientos con los que confundía a la verdadera
aspiración o himma que no es otra que Allah mismo
en toda su Majestad. Al despertar, la himma del hombre
se reactiva y busca su objeto verdadero, y ya no se
satisface en la mediocridad del Nafs y se lanza a los
espacios ilimitados de horizontes inalcanzables del
Ruh.
Situarse en el faqr y el yahl, la pobreza y la ignorancia,
son el paso primero hacia Allah, a la vez que es indicio
de Adab o Cortesía necesaria para llamar a la
Puerta de Allah. El Adab no es un acto formal sino la
expresión de un saber inherente a la naturaleza
humana: es reconocimiento con el cual se aclara lo que
debe ser aclarado para poder avanzar hacia el objeto
de la aspiración-himma. La himma no es sólo
un deseo abstracto: en realidad toma cuerpo, se convierte
en la flecha que se lanza hacia adelante, que arranca
del arco del anhelo para avanzar y abrir caminos. Así,
las primeras palabras de la Munaya van tensando la cuerda
del arco. Son la puerta de la jaula que comienza a abrirse.
Desde los barrotes, el Ruh contemplaba los espacios
infinitos del cielo de Allah, y ahora ha encontrado
una llave.
Renunciar al ghina y al ‘ilm implica abrirse definitivamente
a Allah, estar atento a las revelaciones que va a hacer
al Corazón, su confidente. A partir de ese abandono
a Allah, todo lo que el hombre reciba lo interpretará
en su clave verdadera, en su sentido trascendente. Todo
para él se volverá de pronto de otro color,
tal como enseñan los maestros en el arte de los
sufis. Ese nuevo color es la huella de Allah; es así
como su Presencia será siempre detectada de modo
inmediato.
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