Los Hipócritas
Tefsir del Sural Al Bakara
 
 
Munâfiqîn

Se caracterizan por sus titubeos e inseguridades, su falta de trasparencia y resolución, son tenidos por ellos como signo de distinción por encima del común de las gentes.

En el fondo la sûra pretende visualizar ante nosotros un esquema que se repite siempre, por diferentes que sean las formas que adopte en función de las circunstancias.

 
 

Los hipócritas (los munâfiqîn) son los que afirman -sólo con sus lenguas y no con sus intenciones ni con sus acciones- tener los corazones abiertos a Allah y al Último Día -el momento del reencuentro con Allah en la muerte, que es el Día de la Justicia y la Retribución-. Afirman que son del número de los mûminîn, que su actitud es la de apertura (Îmân), pero mientras sus lenguas dicen esas palabras sus corazones están en otro lado, sumidos en la cerrazón (Kufr). En realidad, los hipócritas son kâfirîn que ante los mûminîn no se atreven o no les interesa expresar lo que en realidad son.

Para ellos, sus argucias y embustes son signo de inteligencia y astucia, y se creen capaces de engañar a los que consideran simples y necios. El Corán delata la naturaleza de su actitud. Con ironía nos dice que no sólo engañan a los mûminîn sino que engañan en primer lugar a Allah

Es tal su descuido y negligencia, es tal el sopor en el que viven y tan profundo el sueño en el que están sumidos sus espíritus, sus corazones y sus inteligencias, que en realidad sólo se mienten a sí mismos: Allah sabe de sus embustes, y por otro lado los mûminîn están protegidos por Allah y Él los resguarda contra los viles. Ante esto, esos necios resulta que no hacen sino engañarse y estafarse a sí mismos, sin darse cuenta. Se engañan a sí mismos cuando creen que ganan algo con la hipocresía (Nifâq), cuando la confunden con un buen adorno, cuando piensan que los protege. No se dan cuenta de que esas apariencias son más destructoras que el Kufr.

¿Qué les empuja a engañar a los mûminîn intentando confundirles? ¿Por qué, en lugar de enfrentarse directamente a los musulmanes como hacen los kâfirîn, los hipócritas se enredan en embustes?: fî qulûbihim márad, en sus corazones hay una enfermedad... En sus naturalezas hay un defecto, en sus corazones hay una desviación, y esto es lo que les impide seguir un camino claro y recto. La enfermedad (márad) de sus corazones es la vileza. Mientras que los corazones de los kâfirîn están muertos, los de los munâfiqîn están enfermos.

Los hipócritas no se detienen en el límite de la mentira y el ardid, la necedad y las arrogantes pretensiones, sino que añaden a todo ello la debilidad de carácter, la vileza y la conspiración en las tinieblas:
El fuerte no es vil ni malintencionado, ni timador ni confabulador, ni hace guiños a escondidas, ni es difamador. Pero los munâfiqîn evitan el enfrentamiento cara a cara: cuando se encuentran con los mûminîn aparentan ser de su número para evitar granjearse su antipatía y haciendo de ese fingimiento un velo que les permita causar un daño soterrado. Pero cuando se encuentran a solas con sus verdaderos aliados -a los que el Corán llama aquí ‘sus demonios’ porque son quienes les inspiran y aconsejan ese modo de actuar traicionero y vil

El Islam ha alumbrado las cosas a su alrededor, les ha mostrado otra manera de percibir la existencia, les ha enseñado cuál es la senda y el método. Sin embargo, han preferido no ver ni escuchar, han preferido ser sordos y ciegos ante esa luz, han dado en ellos más fuerza a sus inclinaciones y arrogancias, han dejado prevalecer el imperio de su egoísmo. De nada les ha servido que la luz resplandeciera ante ellos. Entonces, Allah los ha cegado definitivamente, les ha arrebatado esa luz (nûr), les ha quitado esa luz que no han apreciado en su justo valor, y Allah los ha dejado en tinieblas, en el vacío de la ausencia de la Rahma, la Misericordia Creadora, y en esa oscuridad ya no ven nada ni tienen oriente sino frustración y dolor en un laberinto infinito y terrorífico.

Siendo los oídos, la lengua y los ojos instrumentos para captar los ecos y los brillos para aprovecharlos como senda y como luz, los munâfiqîn han inutilizado sus oídos por lo que son sordos, han atrofiado sus lenguas por lo que son mudos y han abolido sus ojos por lo que son ciegos, y ya no pueden dar marcha atrás ni regresar sobre sus pasos y redescubrir la Verdad que han dejado atrás, ya no pueden retomar la senda ni nada queda que les pueda servir de criterio y guiar Están definitivamente encerrados en su propio círculo.

Su personalidad es una componenda de perplejidad, indecisión y miedo. Sus corazones, retratados por el Corán, ofrecen un espectáculo sorprendente, rebosante de movimiento y violencia. El texto nos habla de desconcierto y desorientación, terror en lo más íntimo, indecisión causada por el espanto, y a la vez hay luces fulminantes y ecos estruendosos. El Corán nos describe que por el horizonte del munâfiq es como si apareciera una nube borrascosa (sáyyib) en el cielo (samâ), llena de presagios y cargada de agua que cae con violencia a torrentes en medio de tinieblas amenazantes entre el estrépito de truenos (ra‘d) y el estallido de relámpagos (barq).

No desean desapegarse del mundo que los hipnotiza. Tienen miedo al influjo de la revelación que los transportaría a otro universo, al mundo de Allah, a al-Âjira. Es el terror a eso lo que les hace retroceder y protegerse. Pero su retroceso significa en el fondo un hundirse absoluto en sus propias tinieblas y terrores.

Lo que diferencia a los munâfiqîn de los kâfirîn es que mientras los segundos lo rechazan de plano los primeros intentan aprovechar lo bueno que pueda ofrecerles:, cada vez que alumbra para ellos, caminan a su luz. Esto puede entenderse a nivel espiritual, pero también a nivel material.