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Los hipócritas (los munâfiqîn) son
los que afirman -sólo con sus lenguas y no con
sus intenciones ni con sus acciones- tener los corazones
abiertos a Allah y al Último Día -el momento
del reencuentro con Allah en la muerte, que es el Día
de la Justicia y la Retribución-. Afirman que
son del número de los mûminîn, que
su actitud es la de apertura (Îmân), pero
mientras sus lenguas dicen esas palabras sus corazones
están en otro lado, sumidos en la cerrazón
(Kufr). En realidad, los hipócritas son kâfirîn
que ante los mûminîn no se atreven o no
les interesa expresar lo que en realidad son.
Para ellos, sus argucias y embustes son signo de inteligencia
y astucia, y se creen capaces de engañar a los
que consideran simples y necios. El Corán delata
la naturaleza de su actitud. Con ironía nos dice
que no sólo engañan a los mûminîn
sino que engañan en primer lugar a Allah
Es
tal su descuido y negligencia, es tal el sopor en el
que viven y tan profundo el sueño en el que están
sumidos sus espíritus, sus corazones y sus inteligencias,
que en realidad sólo se mienten a sí mismos:
Allah sabe de sus embustes, y por otro lado los mûminîn
están protegidos por Allah y Él los resguarda
contra los viles. Ante esto, esos necios resulta que
no hacen sino engañarse y estafarse a sí
mismos, sin darse cuenta. Se engañan a sí
mismos cuando creen que ganan algo con la hipocresía
(Nifâq), cuando la confunden con un buen adorno,
cuando piensan que los protege. No se dan cuenta de
que esas apariencias son más destructoras que
el Kufr.
¿Qué les empuja a engañar a los
mûminîn intentando confundirles? ¿Por
qué, en lugar de enfrentarse directamente a los
musulmanes como hacen los kâfirîn, los hipócritas
se enredan en embustes?: fî qulûbihim márad,
en sus corazones hay una enfermedad... En sus naturalezas
hay un defecto, en sus corazones hay una desviación,
y esto es lo que les impide seguir un camino claro y
recto. La enfermedad (márad) de sus corazones
es la vileza. Mientras que los corazones de los kâfirîn
están muertos, los de los munâfiqîn
están enfermos.
Los hipócritas no se detienen en el límite
de la mentira y el ardid, la necedad y las arrogantes
pretensiones, sino que añaden a todo ello la
debilidad de carácter, la vileza y la conspiración
en las tinieblas:
El fuerte no es vil ni malintencionado, ni timador ni
confabulador, ni hace guiños a escondidas, ni
es difamador. Pero los munâfiqîn evitan
el enfrentamiento cara a cara: cuando se encuentran
con los mûminîn aparentan ser de su número
para evitar granjearse su antipatía y haciendo
de ese fingimiento un velo que les permita causar un
daño soterrado. Pero cuando se encuentran a solas
con sus verdaderos aliados -a los que el Corán
llama aquí ‘sus demonios’ porque
son quienes les inspiran y aconsejan ese modo de actuar
traicionero y vil
El Islam ha alumbrado las cosas a su alrededor, les
ha mostrado otra manera de percibir la existencia, les
ha enseñado cuál es la senda y el método.
Sin embargo, han preferido no ver ni escuchar, han preferido
ser sordos y ciegos ante esa luz, han dado en ellos
más fuerza a sus inclinaciones y arrogancias,
han dejado prevalecer el imperio de su egoísmo.
De nada les ha servido que la luz resplandeciera ante
ellos. Entonces, Allah los ha cegado definitivamente,
les ha arrebatado esa luz (nûr), les ha quitado
esa luz que no han apreciado en su justo valor, y Allah
los ha dejado en tinieblas, en el vacío de la
ausencia de la Rahma, la Misericordia Creadora, y en
esa oscuridad ya no ven nada ni tienen oriente sino
frustración y dolor en un laberinto infinito
y terrorífico.
Siendo los oídos, la lengua y los ojos instrumentos
para captar los ecos y los brillos para aprovecharlos
como senda y como luz, los munâfiqîn han
inutilizado sus oídos por lo que son sordos,
han atrofiado sus lenguas por lo que son mudos y han
abolido sus ojos por lo que son ciegos, y ya no pueden
dar marcha atrás ni regresar sobre sus pasos
y redescubrir la Verdad que han dejado atrás,
ya no pueden retomar la senda ni nada queda que les
pueda servir de criterio y guiar Están definitivamente
encerrados en su propio círculo.
Su personalidad es una componenda de perplejidad, indecisión
y miedo. Sus corazones, retratados por el Corán,
ofrecen un espectáculo sorprendente, rebosante
de movimiento y violencia. El texto nos habla de desconcierto
y desorientación, terror en lo más íntimo,
indecisión causada por el espanto, y a la vez
hay luces fulminantes y ecos estruendosos. El Corán
nos describe que por el horizonte del munâfiq
es como si apareciera una nube borrascosa (sáyyib)
en el cielo (samâ), llena de presagios y cargada
de agua que cae con violencia a torrentes en medio de
tinieblas amenazantes entre el estrépito de truenos
(ra‘d) y el estallido de relámpagos (barq).
No desean desapegarse del mundo que los hipnotiza. Tienen
miedo al influjo de la revelación que los transportaría
a otro universo, al mundo de Allah, a al-Âjira.
Es el terror a eso lo que les hace retroceder y protegerse.
Pero su retroceso significa en el fondo un hundirse
absoluto en sus propias tinieblas y terrores.
Lo
que diferencia a los munâfiqîn de los kâfirîn
es que mientras los segundos lo rechazan de plano los
primeros intentan aprovechar lo bueno que pueda ofrecerles:,
cada vez que alumbra para ellos, caminan a su luz. Esto
puede entenderse a nivel espiritual, pero también
a nivel material.
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