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Cuatro Pilares LOS CUATRO PILARES DEL MÉTODO
El método utilizado por los sufíes para avanzar hacia el hombre perfecto y universal y la vivencia de unidad divina que ello implica, varía de acuerdo a la tariqa de cada cofradía. Sin embargo, en términos generales, éste reposa sobre cuatro pilares fundamentales: 1. la invocación, 2. la meditación, 3. el cuidado del corazón, 4. la preservación del lazo con el maestro. A estos cuatro pilares del método, propiamente dicho, debe agregarse una iniciación previa. Ésta consiste en el ingreso formal a la tariqa de una cofradía, y presupone la sujeción a una <cadena> ininterrumpida de maestros (silsila) que se remonta hasta el mismo Profeta Mahoma. Con este ingreso formal, el discípulo se convierte en el receptáculo de la enseñanza de dichos maestros y participa de lo que podría denominarse una genealogía espiritual. Generalmente, la iniciación previa toma la forma de un pacto entre el discípulo y su maestro inmediato, quien, al mismo tiempo, representa al Profeta y a sus predecesores. Este pacto, al sellar la bendición o la influencia espiritual de la cadena (la barakah), implica la sumisión del discípulo y la preservación del lazo que lo une al maestro. Por eso mismo, en el sufismo, el discípulo no puede romper ese pacto individualmente, sino que se requiere el acuerdo de ambos. La invocación: La invocación (dhikr), también llamada la plegaria perpetua del corazón, es considerada la práctica más importante del sufismo. Consiste en invocar y tener presente a Dios en todo momento. El termino dhikr significa a un tiempo <recuerdo>, <mención>, <memoria>, <evocación>, <rememoración>. Su práctica, que va mucho más allá de la plegaria ritual obligatoria (salat), debe prolongarse hasta tanto el nombre divino (el nombre que el practicante utilice para referirse a Dios: Señor, Ala, Padre), penetre el corazón y tome posesión de aquel que lo invoca -según la conocida fórmula: el dhikr se comienza con la lengua y se termina con el corazón. Por medio de la invocación, primero verbal (nombrando el nombre divino para lograr enfocar la atención gradualmente en Él) y luego de corazón (enfocando la atención exclusivamente en Él, en el Uno e indivisible), la conciencia se purifica, alistándose para la identificación con la divinidad. La práctica de la invocación, primero verbal y posteriormente sólo de corazón, desemboca gradualmente en el estado de pobreza espiritual al cual nos hemos referido anteriormente y que, consiste, en aislarse de las formas, apartándose de sus múltiples apariencias para no ver ya en ellas más que su esencia única y divina. Significa ver las cosas en su verdadera naturaleza, olvidándose por completo de opiniones personales. Es, en suma, abandonar la multiplicidad de los objetos percibidos para solo ver en ellos al Uno e indivisible. La meditación: La meditación es el complemento indispensable de la invocación. Es una poderosa herramienta que predispone al corazón para recibir la certeza de Dios, al enfocar la atención exclusivamente en el Uno e indivisible, dentro de nosotros mismos. Dijo Mahoma en relación a la meditación: "Una hora de meditación vale más que las buenas obras de las dos especies que pesan (el hombre y los ángeles)". Efectivamente, la meditación posibilita la adquisición de un estado de silencio mental propicio para experimentar la realidad divina dentro de nosotros mismos. Mientras que la invocación se esfuerza por advertir exclusivamente al Uno en el exterior, en el mundo creado (inmanencia divina), la meditación se esfuerza por advertir exclusivamente al Uno en el interior de nosotros mismos, al margen del mundo creado (trascendencia divina).
La acción recíproca de la invocación y de la meditación permite a la conciencia acceder a un estado de receptividad tal, propicio para captar la Realidad última. En ésta captación de la Realidad, denominada iluminación súbita, se recibe la revelación de la esencia divina, de la unidad divina. En suma, la misma representa la <visión> del hombre perfecto, que encuentra en su corazón su verdadera realidad y unidad con el todo. El cuidado del corazón, tercer pilar del método, consiste en permanecer en este estado de receptividad siempre vivo. Mientras que, tomados individualmente, la invocación y la meditación pueden ser considerados técnicas de atención, su síntesis es la contemplación permanente, necesaria para lograr la verdadera experiencia espiritual. Esta contemplación, conocida en el sufismo como el cuidado del corazón, implica una permanente <vigilancia> (muraqabah). En las Revelaciones Mecas escribe Ibn.Arabi: <la muraqabah es una actividad de vigilancia ininterrumpida que exige que no haya momento alguno en el cual el servidor (el que contempla) no este en estado de vigilancia>. En este estado de vigilancia ininterrumpida, el que contempla debe esforzarse por advertir al Uno e indivisible, tanto en el mundo que percibe como dentro de sí mismo. Preservación del lazo con el maestro En el sufismo el maestro es el representante del Profeta; ayuda al discípulo a transformar su alma y posibilita el renacimiento espiritual. Es también el representante de la enseñanzas (tariqa) de una cofradía, y es a través de él como el discípulo llegará a ser un eslabón de la cadena ininterrumpida de maestros (silsila). Denominado, según el caso, sheik, murshid, murad o pir, es el maestro quien conduce al discípulo por la vía, lo instruye en la doctrina, en la invocación, la meditación, sugiere las lecturas del estudiante, recibe sus preguntas y lo introduce en la asamblea (majilis) que es una imagen terrena de la asamblea celeste de los santos. El lazo de unión entre discípulo y maestro, implica la frecuentación regular. Generalmente en el sufismo se desaconseja frecuentar a un maestro distinto del propio ya que cada uno tiene sus propios métodos y actitudes. Seguir enseñanzas de maestros diversos, conduce más a menudo a la confusión que a la luz. Además, debe existir entre ambos aquello denominado <lazo de amor>. Por todo lo anterior, la unión entre maestro y discípulo es intenso. En la visión sufí el lazo entre ambos perdura aún después de la muerte, y la dirección e inspiración espiritual del maestro sigue subsistiendo en forma misteriosa, así como subsiste el polvo bajo los cascos de un caballo. Rumi, que comparaba a su maestro Shams con el <caballero celeste>, decía: <El caballero celeste pasa, bajo los cascos se levanta el polvo. Él se ha ido. Pero su polvo flota en nuestro derredor. Que tu visión sea recta y no se dirija ni a izquierda ni a derecha. Su polvo está presente, y él en el infinito>. |
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