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A
estos cuatro pilares del método, propiamente
dicho, debe agregarse una iniciación previa.
Ésta consiste en el ingreso formal a la tariqa
de una cofradía, y presupone la sujeción
a una <cadena> ininterrumpida de maestros (silsila)
que se remonta hasta el mismo Profeta Mahoma. Con este
ingreso formal, el discípulo se convierte en
el receptáculo de la enseñanza de dichos
maestros y participa de lo que podría denominarse
una genealogía espiritual.
Generalmente,
la iniciación previa toma la forma de un pacto
entre el discípulo y su maestro inmediato, quien,
al mismo tiempo, representa al Profeta y a sus predecesores.
Este pacto, al sellar la bendición o la influencia
espiritual de la cadena (la barakah), implica la sumisión
del discípulo y la preservación del lazo
que lo une al maestro. Por eso mismo, en el sufismo,
el discípulo no puede romper ese pacto individualmente,
sino que se requiere el acuerdo de ambos.
La
invocación:
La
invocación (dhikr), también llamada la
plegaria perpetua del corazón, es considerada
la práctica más importante del sufismo.
Consiste en invocar y tener presente a Dios en todo
momento. El termino dhikr significa a un tiempo <recuerdo>,
<mención>, <memoria>, <evocación>,
<rememoración>. Su práctica, que
va mucho más allá de la plegaria ritual
obligatoria (salat), debe prolongarse hasta tanto el
nombre divino (el nombre que el practicante utilice
para referirse a Dios: Señor, Ala, Padre), penetre
el corazón y tome posesión de aquel que
lo invoca -según la conocida fórmula:
el dhikr se comienza con la lengua y se termina con
el corazón.
Por
medio de la invocación, primero verbal (nombrando
el nombre divino para lograr enfocar la atención
gradualmente en Él) y luego de corazón
(enfocando la atención exclusivamente en Él,
en el Uno e indivisible), la conciencia se purifica,
alistándose para la identificación con
la divinidad.
La
práctica de la invocación, primero verbal
y posteriormente sólo de corazón, desemboca
gradualmente en el estado de pobreza espiritual al cual
nos hemos referido anteriormente y que, consiste, en
aislarse de las formas, apartándose de sus múltiples
apariencias para no ver ya en ellas más que su
esencia única y divina. Significa ver las cosas
en su verdadera naturaleza, olvidándose por completo
de opiniones personales. Es, en suma, abandonar la multiplicidad
de los objetos percibidos para solo ver en ellos al
Uno e indivisible.
La
meditación:
La
meditación es el complemento indispensable de
la invocación. Es una poderosa herramienta que
predispone al corazón para recibir la certeza
de Dios, al enfocar la atención exclusivamente
en el Uno e indivisible, dentro de nosotros mismos.
Dijo
Mahoma en relación a la meditación: "Una
hora de meditación vale más que las buenas
obras de las dos especies que pesan (el hombre y los
ángeles)". Efectivamente, la meditación
posibilita la adquisición de un estado de silencio
mental propicio para experimentar la realidad divina
dentro de nosotros mismos.
Mientras
que la invocación se esfuerza por advertir exclusivamente
al Uno en el exterior, en el mundo creado (inmanencia
divina), la meditación se esfuerza por advertir
exclusivamente al Uno en el interior de nosotros mismos,
al margen del mundo creado (trascendencia divina).
El cuidado del corazón
La
acción recíproca de la invocación
y de la meditación permite a la conciencia acceder
a un estado de receptividad tal, propicio para captar
la Realidad última. En ésta captación
de la Realidad, denominada iluminación súbita,
se recibe la revelación de la esencia divina,
de la unidad divina. En suma, la misma representa la
<visión> del hombre perfecto, que encuentra
en su corazón su verdadera realidad y unidad
con el todo.
El
cuidado del corazón, tercer pilar del método,
consiste en permanecer en este estado de receptividad
siempre vivo. Mientras que, tomados individualmente,
la invocación y la meditación pueden ser
considerados técnicas de atención, su
síntesis es la contemplación permanente,
necesaria para lograr la verdadera experiencia espiritual.
Esta contemplación, conocida en el sufismo como
el cuidado del corazón, implica una permanente
<vigilancia> (muraqabah). En las Revelaciones
Mecas escribe Ibn.Arabi: <la muraqabah es una actividad
de vigilancia ininterrumpida que exige que no haya momento
alguno en el cual el servidor (el que contempla) no
este en estado de vigilancia>. En este estado de
vigilancia ininterrumpida, el que contempla debe esforzarse
por advertir al Uno e indivisible, tanto en el mundo
que percibe como dentro de sí mismo.
Preservación
del lazo con el maestro
En
el sufismo el maestro es el representante del Profeta;
ayuda al discípulo a transformar su alma y posibilita
el renacimiento espiritual. Es también el representante
de la enseñanzas (tariqa) de una cofradía,
y es a través de él como el discípulo
llegará a ser un eslabón de la cadena
ininterrumpida de maestros (silsila). Denominado, según
el caso, sheik, murshid, murad o pir, es el maestro
quien conduce al discípulo por la vía,
lo instruye en la doctrina, en la invocación,
la meditación, sugiere las lecturas del estudiante,
recibe sus preguntas y lo introduce en la asamblea (majilis)
que es una imagen terrena de la asamblea celeste de
los santos.
El
lazo de unión entre discípulo y maestro,
implica la frecuentación regular. Generalmente
en el sufismo se desaconseja frecuentar a un maestro
distinto del propio ya que cada uno tiene sus propios
métodos y actitudes. Seguir enseñanzas
de maestros diversos, conduce más a menudo a
la confusión que a la luz. Además, debe
existir entre ambos aquello denominado <lazo de amor>.
Por
todo lo anterior, la unión entre maestro y discípulo
es intenso. En la visión sufí el lazo
entre ambos perdura aún después de la
muerte, y la dirección e inspiración espiritual
del maestro sigue subsistiendo en forma misteriosa,
así como subsiste el polvo bajo los cascos de
un caballo. Rumi, que comparaba a su maestro Shams con
el <caballero celeste>, decía: <El caballero
celeste pasa, bajo los cascos se levanta el polvo. Él
se ha ido. Pero su polvo flota en nuestro derredor.
Que tu visión sea recta y no se dirija ni a izquierda
ni a derecha. Su polvo está presente, y él
en el infinito>.
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